El césped dictará sentencia, pero el destino de este partido se empezará a ganar desde la pizarra. El choque de trenes entre la España de Luis de la Fuente y la Austria de Ralf Rangnick es el ejemplo perfecto de un dilema filosófico, donde la Selección se enfrenta a la trampa más temida del fútbol moderno europeo: el gegenpressing. Esta asfixiante doctrina se basa en una premisa tan simple como extenuante: presionar tras pérdida de forma inmediata y feroz para recuperar el balón en menos de ocho segundos y armar el disparo a puerta en menos de diez. Un ritmo vertical que no entiende de pases horizontales ni de posesiones amables. El creador de este sistema es Ralf Rangnick, apodado el Profesor, quien revolucionó el fútbol germano al enterrar la figura del líbero. Testó la presión en zona en el modesto Ulm, pero el impacto llegó con sus obras maestras: el Hoffenheim y el Leipzig. Con un ritmo físico demencial y transiciones verticales salvajes, Rangnick demostró que someter a los gigantes de la Bundesliga requería una preparación atlética perfecta, aunque en la Austria actual la madurez dicta el guion: hoy el técnico alemán ya no expone a sus soldados a este martirio durante los 90 minutos, sabiendo alternar la asfixia alta con fases de repliegue inteligente. De su escuela a los grandes banquillos de Europa Este ecosistema de alta intensidad dejó de ser un experimento aislado para convertirse en el molde de los proyectos más dominantes del continente. Entrenadores de la primera línea mundial como Jürgen Klopp, Julian Nagelsmann o Hansi Flick bebieron directamente de esta fuente conceptual. El actual Barcelona de Flick —heredero de aquel Bayern del sextete— muestra los mismos rasgos genéticos: bloque alto, asfixia total al poseedor del balón y un despliegue físico brutal que niega el espacio al rival. No es casualidad que el propio Rangnick fuese quien recomendó el fichaje de Flick a la directiva azulgrana, ya que ambos comparten el mismo ADN de la intensidad extrema. Sin embargo, este fervor por la asfixia colectiva ha cobrado peaje en el talento individual de la última hornada de futbolistas. Como bien denunciaba el escritor Eduardo Galeano al analizar la deriva del juego, «a medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí». La obsesión por el despliegue físico ha fabricado bloques graníticos con futbolistas menos finos. La propia selección de Alemania es el vivo reflejo de esta mutación; nadie duda de su tremenda pegada, pero hoy por hoy sufren la falta de ese desborde felino, de esa inventiva en el uno contra uno que a España le sobra en las alas, especialmente cuando el balón llega a los pies del descarado portador del dorsal número 19: un Lamine Yamal capaz de congelar el tiempo y desbaratar cualquier entramado defensivo. El antídoto de Luis de la Fuente Para desactivar el cortocircuito que propone Rangnick, Luis de la Fuente di
El laboratorio táctico de Austria examina la madurez de la Selección en un duelo de alta intensidad
El césped dictará sentencia, pero el destino de este partido se empezará a ganar desde la pizarra. El choque de trenes entre la España de Luis de la Fuente y la Austria de Ralf Rangnick es el ejemplo perfecto de un dilema filosófico, donde la Selección se enfrenta a la trampa más temida del fútbol moderno europeo: el gegenpressing. Esta asfixiante doctrina se basa en una premisa tan simple como extenuante: presionar tras pérdida de forma inmediata y feroz para recuperar el balón en menos de ocho segundos y armar el disparo a puerta en menos de diez. Un ritmo vertical que no entiende de pases horizontales ni de posesiones amables.El creador de este sistema es Ralf Rangnick, apodado el Profesor, quien revolucionó el fútbol germano al enterrar la figura del líbero. Testó la presión en zona en el modesto Ulm, pero el impacto llegó con sus obras maestras: el Hoffenheim y el Leipzig. Con un ritmo físico demencial y transiciones verticales salvajes, Rangnick demostró que someter a los gigantes de la Bundesliga requería una preparación atlética perfecta, aunque en la Austria actual la madurez dicta el guion: hoy el técnico alemán ya no expone a sus soldados a este martirio durante los 90 minutos, sabiendo alternar la asfixia alta con fases de repliegue inteligente.De su escuela a los grandes banquillos de EuropaEste ecosistema de alta intensidad dejó de ser un experimento aislado para convertirse en el molde de los proyectos más dominantes del continente. Entrenadores de la primera línea mundial como Jürgen Klopp, Julian Nagelsmann o Hansi Flick bebieron directamente de esta fuente conceptual. El actual Barcelona de Flick —heredero de aquel Bayern del sextete— muestra los mismos rasgos genéticos: bloque alto, asfixia total al poseedor del balón y un despliegue físico brutal que niega el espacio al rival. No es casualidad que el propio Rangnick fuese quien recomendó el fichaje de Flick a la directiva azulgrana, ya que ambos comparten el mismo ADN de la intensidad extrema.Sin embargo, este fervor por la asfixia colectiva ha cobrado peaje en el talento individual de la última hornada de futbolistas. Como bien denunciaba el escritor Eduardo Galeano al analizar la deriva del juego, «a medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí». La obsesión por el despliegue físico ha fabricado bloques graníticos con futbolistas menos finos. La propia selección de Alemania es el vivo reflejo de esta mutación; nadie duda de su tremenda pegada, pero hoy por hoy sufren la falta de ese desborde felino, de esa inventiva en el uno contra uno que a España le sobra en las alas, especialmente cuando el balón llega a los pies del descarado portador del dorsal número 19: un Lamine Yamal capaz de congelar el tiempo y desbaratar cualquier entramado defensivo.El antídoto de Luis de la FuentePara desactivar el cortocircuito que propone Rangnick, Luis de la Fuente dispone
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