Es bien sabido que las estrellas más brillantes del cosmos tienen una inmensa fuerza de gravedad. Pero, en este caso, no hablamos de cuerpos celestes en el espacio exterior, sino de la fuerza de atracción que ejercen a su alrededor los artistas con talento. Uno de los casos más prominentes fue el de Prince (xxxx – xxxx) durante toda su carrera: su prodigiosa producción artística estaba sustentada por un magnetismo personal digno de un agujero negro en torno al que hizo gravitar, a lo largo de su carrera, distintas bandas de músicos como The Time, The Revolution, The New Power Generation y 3rdeyegirl porque, principalmente, hacían falta muchos y distintos músicos para cumplir las fantasías y los sueños musicales del de Minneapolis y, en segundo lugar, le encantaba erigirse en el demiurgo de músicos dotados que le ayudasen a mutar y transformarse. Las inagotables ideas que brotaban de su mente (y de las que queda testimonio en un inmenso archivo, todavía por descubrir) requerían una ejecución disciplinada e imaginativa. La cumbre de ese universo propio y salvaje fue la publicación de «Purple Rain», un magistral proyecto musical y audiovisual que hablaba de sí mismo, del arte y del amor, y cuyas interioridades desgrana Andrea Swensson en el libro «Prince. Purple Rain, 40 aniversario» (Ediciones Cúpula). Aunque fueron dos proyectos que crecieron en paralelo, Prince concibió primero las canciones de «Purple Rain». En 1983, el joven de Minneapolis ya había publicado cinco discos, entre ellos, «1999», que ya le había abierto las puertas de la popularidad y en los que había tenido tiempo de tocar todos los instrumentos posibles y de cambiar de estilo varias veces. Prince quería ir más allá e imaginó una sonoridad que ya había tomado el nombre de su ciudad. El «sonido Minneapolis» era una mezcla de funk, rock, R&B y hasta electrónica que invitaba al hedonismo. Prince, era, de hecho, un enorme aficionado a los aparatos electrónicos para componer sus paisajes de amor del futuro pasado. En «Purple Rain», incorporó una caja de ritmos (la famosa Linn LM-1) que definió el sonido del trabajo y que podía emular una decena de instrumentos de percusión acústicos. Con él, incluso «sampleó» unas palmas de un disco de Tom Petty & The Heartbreakers. Así de meticuloso era Prince: debían ser exactamente esas palmas, no otras. Coleccionaba una enorme colección de sintetizadores –el piano había sido su primer instrumento, porque su padre, aunque abandonó el hogar familiar, no se llevó el suyo– que le permitían viajar del pasado al futuro con apenas presionar un botón. Sin embargo, claro, «Purple Rain» no habría sido posible sin The Revolution, la banda que le acompañaba en aquel momento de su trayectoria. Una formación tan diversa que haría las delicias de lo políticamente correcto en 2026. Negros, blancos y dos lesbianas (las fantásticas instrumentistas Lisa Coleman y Wendy Melvoin) integraban la
Un libro se adentra en los misterios de la obra maestra del compositor de Minneapolis: un viaje sexual y espiritual al amor del pasado futuro
Es bien sabido que las estrellas más brillantes del cosmos tienen una inmensa fuerza de gravedad. Pero, en este caso, no hablamos de cuerpos celestes en el espacio exterior, sino de la fuerza de atracción que ejercen a su alrededor los artistas con talento. Uno de los casos más prominentes fue el de Prince (xxxx – xxxx) durante toda su carrera: su prodigiosa producción artística estaba sustentada por un magnetismo personal digno de un agujero negro en torno al que hizo gravitar, a lo largo de su carrera, distintas bandas de músicos como The Time, The Revolution, The New Power Generation y 3rdeyegirl porque, principalmente, hacían falta muchos y distintos músicos para cumplir las fantasías y los sueños musicales del de Minneapolis y, en segundo lugar, le encantaba erigirse en el demiurgo de músicos dotados que le ayudasen a mutar y transformarse. Las inagotables ideas que brotaban de su mente (y de las que queda testimonio en un inmenso archivo, todavía por descubrir) requerían una ejecución disciplinada e imaginativa. La cumbre de ese universo propio y salvaje fue la publicación de «Purple Rain», un magistral proyecto musical y audiovisual que hablaba de sí mismo, del arte y del amor, y cuyas interioridades desgrana Andrea Swensson en el libro «Prince. Purple Rain, 40 aniversario» (Ediciones Cúpula).Aunque fueron dos proyectos que crecieron en paralelo, Prince concibió primero las canciones de «Purple Rain». En 1983, el joven de Minneapolis ya había publicado cinco discos, entre ellos, «1999», que ya le había abierto las puertas de la popularidad y en los que había tenido tiempo de tocar todos los instrumentos posibles y de cambiar de estilo varias veces. Prince quería ir más allá e imaginó una sonoridad que ya había tomado el nombre de su ciudad. El «sonido Minneapolis» era una mezcla de funk, rock, R&B y hasta electrónica que invitaba al hedonismo. Prince, era, de hecho, un enorme aficionado a los aparatos electrónicos para componer sus paisajes de amor del futuro pasado. En «Purple Rain», incorporó una caja de ritmos (la famosa Linn LM-1) que definió el sonido del trabajo y que podía emular una decena de instrumentos de percusión acústicos. Con él, incluso «sampleó» unas palmas de un disco de Tom Petty & The Heartbreakers. Así de meticuloso era Prince: debían ser exactamente esas palmas, no otras. Coleccionaba una enorme colección de sintetizadores –el piano había sido su primer instrumento, porque su padre, aunque abandonó el hogar familiar, no se llevó el suyo– que le permitían viajar del pasado al futuro con apenas presionar un botón.Sin embargo, claro, «Purple Rain» no habría sido posible sin The Revolution, la banda que le acompañaba en aquel momento de su trayectoria. Una formación tan diversa que haría las delicias de lo políticamente correcto en 2026. Negros, blancos y dos lesbianas (las fantásticas instrumentistas Lisa Coleman y Wendy Melvoin) integraban la f
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