Los humanos somos los únicos que hacemos transferencias afectivas a los objetos. Nos emocionan los utensilios ancestrales y recomponemos biografías con ellos. Ningún simio atesoraría los dientes de leche de sus hijos. También lo colectivo está lleno de objetos (banderas, monumentos), pero pocos resultan tan fascinantes como la copa que Jesús usó en la última cena: hasta paganazos como Heinrich Himmler soñaban con poseerlo.. El cáliz santo fue trasmutado en la Edad Media por la imaginación de Chrétien de Troyes y se convirtió en el “santo grial” que buscaban los caballeros artúricos. Desde entonces se confunden el grial mítico y la copa de Jesús de Nazaret, que nada tienen que ver.. Que el santo cáliz existió es cosa narrada en los evangelios, el rabí Jesús celebró con sus apóstoles una cena de despedida en la que bendijo el recipiente que, a partir de ese momento, contendría su propia sangre. Es de imaginar la veneración con que sus discípulos guardaron aquel utensilio, del que la monja peregrina Egeria dio testimonio en el siglo IV, cuando lo vio en la basílica que el emperador Constantino mandó construir sobre el Santo Sepulcro en Jerusalén. Lo definió como “el cáliz de ónice que bendijo el Señor en la Cena”, una descripción adecuada para un vaso que tenía necesariamente que ser de piedra, porque las leyes judías de pureza desaconsejaban los recipientes de barro. Se conserva memoria ininterrumpida de los peregrinos hasta el siglo X y desaparece después, con las invasiones de Tierra Santa.. España reclama el depósito de las dos únicas copas que de forma rigurosa pueden ser tenidas por el cáliz de la última cena. El de León, o de Doña Urraca, y el de la catedral de Valencia. Para su llegada a la península se manejan dos posibles itinerarios históricos, las llamadas “Vía Romana” y “Vía de Jerusalén”. La primera atribuye al apóstol Pedro la traslación a Roma de la reliquia. La segunda prueba ahora que llegó a Egipto y que los monarcas españoles negociaron con los sultanes de El Cairo para traerla.. En el libro de la editorial Encuentro (“El Santo Cáliz. Una historia Real”) Catalina Martín Lloris y Guillermo Gómez-Ferrer documentan cómo llegó el cáliz a la Corona de Aragón en el siglo XIV y pasó finalmente a Valencia. Merece la pena hacer el recorrido con los autores porque recoge una parte interesante de la memoria cristiana y europea. Con rigor historiográfico y el peso de 25 años de investigaciones nos sumergen en la fascinación por este objeto, que según la arqueología, está científicamente datado en época romana compatible con Cristo. Por el camino se aprende mucho y estremece el salto de dos mil años que nos permitiría enlazar directamente con los labios del Señor.
El cáliz santo fue trasmutado en la Edad Media por la imaginación de Chrétien de Troyes y se convirtió en el “santo grial”
Los humanos somos los únicos que hacemos transferencias afectivas a los objetos. Nos emocionan los utensilios ancestrales y recomponemos biografías con ellos. Ningún simio atesoraría los dientes de leche de sus hijos. También lo colectivo está lleno de objetos (banderas, monumentos), pero pocos resultan tan fascinantes como la copa que Jesús usó en la última cena: hasta paganazos como Heinrich Himmler soñaban con poseerlo.. El cáliz santo fue trasmutado en la Edad Media por la imaginación de Chrétien de Troyes y se convirtió en el “santo grial” que buscaban los caballeros artúricos. Desde entonces se confunden el grial mítico y la copa de Jesús de Nazaret, que nada tienen que ver.. Que el santo cáliz existió es cosa narrada en los evangelios, el rabí Jesús celebró con sus apóstoles una cena de despedida en la que bendijo el recipiente que, a partir de ese momento, contendría su propia sangre. Es de imaginar la veneración con que sus discípulos guardaron aquel utensilio, del que la monja peregrina Egeria dio testimonio en el siglo IV, cuando lo vio en la basílica que el emperador Constantino mandó construir sobre el Santo Sepulcro en Jerusalén. Lo definió como “el cáliz de ónice que bendijo el Señor en la Cena”, una descripción adecuada para un vaso que tenía necesariamente que ser de piedra, porque las leyes judías de pureza desaconsejaban los recipientes de barro. Se conserva memoria ininterrumpida de los peregrinos hasta el siglo X y desaparece después, con las invasiones de Tierra Santa.. España reclama el depósito de las dos únicas copas que de forma rigurosa pueden ser tenidas por el cáliz de la última cena. El de León, o de Doña Urraca, y el de la catedral de Valencia. Para su llegada a la península se manejan dos posibles itinerarios históricos, las llamadas “Vía Romana” y “Vía de Jerusalén”. La primera atribuye al apóstol Pedro la traslación a Roma de la reliquia. La segunda prueba ahora que llegó a Egipto y que los monarcas españoles negociaron con los sultanes de El Cairo para traerla.. En el libro de la editorial Encuentro (“El Santo Cáliz. Una historia Real”) Catalina Martín Lloris y Guillermo Gómez-Ferrer documentan cómo llegó el cáliz a la Corona de Aragón en el siglo XIV y pasó finalmente a Valencia. Merece la pena hacer el recorrido con los autores porque recoge una parte interesante de la memoria cristiana y europea. Con rigor historiográfico y el peso de 25 años de investigaciones nos sumergen en la fascinación por este objeto, que según la arqueología, está científicamente datado en época romana compatible con Cristo. Por el camino se aprende mucho y estremece el salto de dos mil años que nos permitiría enlazar directamente con los labios del Señor.
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