Privilegiando su naturaleza de artista plástico por encima de sus cualidades singularísimas como cineasta, Oliver Laxe se acomoda con sus ademanes de druida mesiánico intelectual en el espacio habilitado de la rueda de Prensa del Reina Sofía para ejercitar una de las prácticas que más lleva entrenando desde que estrenó «Sirat», el último trabajo con el que ha conseguido postularse para los Globos de Oro en la categoría de mejor película extranjera y mejor banda sonora y con la que saborea las mieles previas de los Oscar: hablar. Pero no de una manera explicativa, didáctica o necesariamente divulgativa, sino «escultórica».. «Soy un arquitecto y un músico frustrado. Hablo en términos de ‘‘grano’’, ‘‘brillo’’. Describo estados, sensaciones, lo que sentimos cuando estamos cerca de la muerte», reconocía ayer el celebrado director de forma críptica, misteriosa, ambigua, durante la presentación en la mencionada institución de su nueva instalación «Hu. Bailad como si nadie os viera». Utilizando la potencia estética de algunas de las imágenes presentes en la película y otras de templos grabadas pero sin utilizar, Laxe proyecta en las dos salas del Espacio I situada en la primera planta del Edificio Sabatini del museo desde este miércoles 17 de diciembre hasta el 20 de abril del año que viene la sinestesia de todos esos enclaves desérticos que en la cinta sirven para ambientar una atemporalidad espacial semilímbica y que aquí se acompañan con una enérgica sonoridad una experiencia que promete ser inmersiva y trascendental. Casi tanto o más que las palabras redentoras de su emisario.. «El arte nace del choque. Cuando estudié publicidad en Pontevedra estuve dos años haciendo instalaciones. Mi sensibilidad siempre ha sido muy espacial, por eso me encargo de buscar las localizaciones en mis películas. Pienso en imágenes antes que en ideas», explicó. Considerada la primera manifestación sonora de lo divino, la palabra árabe que encabeza el título de la muestra, Hu, alude a una suerte de soplo, de reverberación sensorial. «El espacio expositivo del museo me permite retrabajar ciertas imágenes, sin esas limitaciones del cine, que son sobre todo narrativas. Aquí en este templo puedo ir más lejos de un plano puramente formal o conceptual. Llega un momento en el que te tienes que abandonar para que la obra tenga sentido y eso es lo que he intentado hacer», añadía.. «Mi sensibilidad siempre ha sido muy espacial». Oliver Laxe. En la pirámide de altavoces envuelta en sombra que precede a la introducción en la segunda sala del espacio donde asistimos a una proyección multicanal de 16mm transferido a digital, color y sonido, la oscuridad pretende modular la experiencia del potencial espectador a través del sobrecogimiento, la introspección y el trance. La explicación de lo contemplado se vuelve prescindible a ojos de Laxe, que reniega del esclarecimiento subrayado de la obra y se interroga en voz alta acerca del ego del creador: «¿hay un gremio en el que se den tantos premios? ¿en el que se produzca tanto reconocimiento repetido? Los cineastas somos muy pesados. Tenéis que estar cansados de que hablemos de nosotros mismos todo el tiempo. El artista tiene que morir antes de morir y considero que esta obra ha nacido viva».
El cineasta presenta su instalación artística inspirada en materiales visuales de «Sirat» en el Edificio Sabatini
Privilegiando su naturaleza de artista plástico por encima de sus cualidades singularísimas como cineasta, Oliver Laxe se acomoda con sus ademanes de druida mesiánico intelectual en el espacio habilitado de la rueda de Prensa del Reina Sofía para ejercitar una de las prácticas que más lleva entrenando desde que estrenó «Sirat», el último trabajo con el que ha conseguido postularse para los Globos de Oro en la categoría de mejor película extranjera y mejor banda sonora y con la que saborea las mieles previas de los Oscar: hablar. Pero no de una manera explicativa, didáctica o necesariamente divulgativa, sino «escultórica».. «Soy un arquitecto y un músico frustrado. Hablo en términos de ‘‘grano’’, ‘‘brillo’’. Describo estados, sensaciones, lo que sentimos cuando estamos cerca de la muerte», reconocía ayer el celebrado director de forma críptica, misteriosa, ambigua, durante la presentación en la mencionada institución de su nueva instalación «Hu. Bailad como si nadie os viera». Utilizando la potencia estética de algunas de las imágenes presentes en la película y otras de templos grabadas pero sin utilizar, Laxe proyecta en las dos salas del Espacio I situada en la primera planta del Edificio Sabatini del museo desde este miércoles 17 de diciembre hasta el 20 de abril del año que viene la sinestesia de todos esos enclaves desérticos que en la cinta sirven para ambientar una atemporalidad espacial semilímbica y que aquí se acompañan con una enérgica sonoridad una experiencia que promete ser inmersiva y trascendental. Casi tanto o más que las palabras redentoras de su emisario.. «El arte nace del choque. Cuando estudié publicidad en Pontevedra estuve dos años haciendo instalaciones. Mi sensibilidad siempre ha sido muy espacial, por eso me encargo de buscar las localizaciones en mis películas. Pienso en imágenes antes que en ideas», explicó. Considerada la primera manifestación sonora de lo divino, la palabra árabe que encabeza el título de la muestra, Hu, alude a una suerte de soplo, de reverberación sensorial. «El espacio expositivo del museo me permite retrabajar ciertas imágenes, sin esas limitaciones del cine, que son sobre todo narrativas. Aquí en este templo puedo ir más lejos de un plano puramente formal o conceptual. Llega un momento en el que te tienes que abandonar para que la obra tenga sentido y eso es lo que he intentado hacer», añadía.. «Mi sensibilidad siempre ha sido muy espacial». En la pirámide de altavoces envuelta en sombra que precede a la introducción en la segunda sala del espacio donde asistimos a una proyección multicanal de 16mm transferido a digital, color y sonido, la oscuridad pretende modular la experiencia del potencial espectador a través del sobrecogimiento, la introspección y el trance. La explicación de lo contemplado se vuelve prescindible a ojos de Laxe, que reniega del esclarecimiento subrayado de la obra y se interroga en voz alta acerca del ego del creador: «¿hay un gremio en el que se den tantos premios? ¿en el que se produzca tanto reconocimiento repetido? Los cineastas somos muy pesados. Tenéis que estar cansados de que hablemos de nosotros mismos todo el tiempo. El artista tiene que morir antes de morir y considero que esta obra ha nacido viva».
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