Recibo felicitación de Navidad desde Cádiz a media mañana en forma de un bello texto sobre el nacimiento de Jesús. Cualquier cosa que venga desde allí, desde el corazón del mundo, merece la mejor consideración. Más si llega en las volandas de ese cariño que sólo se encuentra allí, al final de Occidente, donde el mar se rompe en la escollera luchando con la luz, el sol y la tibieza. Salve Cádiz, salve amigos gadiritas, que me hacen pensar sobre el porqué de todo eso que celebramos en estos días. La venida de Cristo, un portal en Belén, los pastores adorando a una criatura desvalida, Dios hecho hombre en un pesebre. Pienso tras leerlo en el Cristo de la Buena Muerte que espera, también absolutamente solo, colgado de la cruz una vez que acabó su misión. «Los ojos al mundo muertos, y los dos brazos abiertos», le escribió José María Pemán al crucificado de San Agustín, recuerdo. Me pregunto qué sentido queda de todo aquello en la Palestina de hace 2025 años. Sinceramente creo que poco o casi nada, aunque el ser humano permanece tan frágil como aquella Sagrada Familia al relente. En realidad, es mucho más fácil entender la metáfora de nuestra existencia si la colocamos en el plano de lo real, si a Dios dejamos de pensarlo como un objeto, si lo entendemos y lo vivimos en la experiencia. Desde Santa Lucía los días se alargan, venciendo la luz a la sombra, ofreciéndonos razones para creer, tomándonos de la mano lentamente, sacando de la oscuridad el desencanto. Dicen que la Navidad rescata la fiesta del Sol de los egipcios, que somos una continuidad, y me acuerdo de Robert Graves cuando escribe sobre la dama blanca, la creadora de la poesía, del lado sensible de la vida, la diosa de un espacio donde habita la magia. ¿Acaso no es eso la Navidad?, podrían preguntarse en Cádiz, posando sus pies sobre la diosa en la que habitan. Probablemente, pero al final sólo consiste en hacernos cargo de que Dios vuelve a nacer en nosotros y por eso se hace un hombre. Miren lo que escribe magistralmente Curzio Malaparte en «La Piel»: «Cristo murió para enseñarnos que cualquiera de nosotros puede llegar a ser un Cristo, que cada hombre, con su sacrificio, puede salvar al mundo». Nacemos ahora para la luz y para la cruz. ¡Salve Gadiritas! y Feliz Navidad.
«Es mucho más fácil entender la metáfora de nuestra existencia si la colocamos en el plano de lo real, si a Dios dejamos de pensarlo como un objeto»
Recibo felicitación de Navidad desde Cádiz a media mañana en forma de un bello texto sobre el nacimiento de Jesús. Cualquier cosa que venga desde allí, desde el corazón del mundo, merece la mejor consideración. Más si llega en las volandas de ese cariño que sólo se encuentra allí, al final de Occidente, donde el mar se rompe en la escollera luchando con la luz, el sol y la tibieza. Salve Cádiz, salve amigos gadiritas, que me hacen pensar sobre el porqué de todo eso que celebramos en estos días. La venida de Cristo, un portal en Belén, los pastores adorando a una criatura desvalida, Dios hecho hombre en un pesebre. Pienso tras leerlo en el Cristo de la Buena Muerte que espera, también absolutamente solo, colgado de la cruz una vez que acabó su misión. «Los ojos al mundo muertos, y los dos brazos abiertos», le escribió José María Pemán al crucificado de San Agustín, recuerdo. Me pregunto qué sentido queda de todo aquello en la Palestina de hace 2025 años. Sinceramente creo que poco o casi nada, aunque el ser humano permanece tan frágil como aquella Sagrada Familia al relente. En realidad, es mucho más fácil entender la metáfora de nuestra existencia si la colocamos en el plano de lo real, si a Dios dejamos de pensarlo como un objeto, si lo entendemos y lo vivimos en la experiencia. Desde Santa Lucía los días se alargan, venciendo la luz a la sombra, ofreciéndonos razones para creer, tomándonos de la mano lentamente, sacando de la oscuridad el desencanto. Dicen que la Navidad rescata la fiesta del Sol de los egipcios, que somos una continuidad, y me acuerdo de Robert Graves cuando escribe sobre la dama blanca, la creadora de la poesía, del lado sensible de la vida, la diosa de un espacio donde habita la magia. ¿Acaso no es eso la Navidad?, podrían preguntarse en Cádiz, posando sus pies sobre la diosa en la que habitan. Probablemente, pero al final sólo consiste en hacernos cargo de que Dios vuelve a nacer en nosotros y por eso se hace un hombre. Miren lo que escribe magistralmente Curzio Malaparte en «La Piel»: «Cristo murió para enseñarnos que cualquiera de nosotros puede llegar a ser un Cristo, que cada hombre, con su sacrificio, puede salvar al mundo». Nacemos ahora para la luz y para la cruz. ¡Salve Gadiritas! y Feliz Navidad.
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