Todavía lo recuerdo. Y no porque tenga buena memoria —que no es el caso, ni mucho menos—, sino por la cercanía del tiempo y por la hondura de la herida. Fue el 12 de octubre, Día de la Hispanidad. Doce de octubre para siempre. El día en que, sin saberlo, se nos resquebrajó el corazón. Porque a veces la vida cambia en un instante, sin previo aviso, como un relámpago seco.. Aquel día había sido luminoso. Feliz. De los más felices. Por eso de compartir pasiones, de celebrar lo que amamos. El festival de Madrid nos regaló el regreso inaudito de Curro Vázquez: verlo reaparecer a los 74 años fue una felicidad inmensa, atravesada también por el temblor inevitable —el toro no perdona—. Lo que vino después es difícil de nombrar. Ni las mejores palabras alcanzan a describirlo. Fueron fogonazos de emoción, destellos irrepetibles. El mejor regalo que pude hacerle a mi hijo Martín aquel día quedó, sin embargo, empequeñecido por la generosidad del Maestro, que le entregó el capote con el que acababa de torear cuando a sus nueve años bajó al ruedo a darle las gracias y quiso sacarlo a hombros.. Seguiremos siempre en deuda con Morante, por aquella mañana irrepetible, con César Rincón exponiendo de punta a punta el ruedo junto a su oponente, y Antoñete, tan nuestro, tan del foro, tan incrustado en la memoria colectiva. Pocos días he repartido tantos abrazos. Era una emoción que desbordaba, imposible de contener.. Pero de la luz pasamos a la oscuridad absoluta. El miedo se apoderó de la plaza al ver a Morante cogido por la tarde. No hubo herida, pero sí un cuerpo paralizado, rígido, inerte sobre la arena. Un escalofrío recorrió Las Ventas. El toro no perdona. Y el Maestro llevaba demasiadas tardes acercándose con sigilo a la tragedia. Mirándola de frente. Despreciándola. Hasta que llegó el momento que tantas veces hemos contado, recordado, celebrado… y sufrido: Morante caminando solo hacia el centro del ruedo de Madrid, la Monumental de Las Ventas —¿hay algo más sagrado?— para quitarse la coleta. No en Sevilla. En Madrid. El gesto, el símbolo, el rito. Porque el toreo es un acto sagrado. Y cuando aquel hombre roto por dentro se despojó del añadido, la afición entera se quebró en mil pedazos.. Vivir sin Morante no era un tránsito sencillo. Era un agujero negro que no se limitaba al invierno. Era la oscuridad de las pasiones. El reencuentro con los amigos se parecía a un funeral. Y lo era. Estábamos de luto. Después llegó la revolución mediática, el ruido, las especulaciones. Por eso el rumor de una retirada transitoria sonaba a desubicación. ¿Qué había pasado? Para un descanso, como otras veces, no te cortas/quitas la coleta. ¿Había sido todo mentira? ¿Una escenografía?. Tres meses después, y tras no poco movimiento en el entorno del torero, se hizo oficial su contratación en Sevilla. Se sabía que tenía la feria bloqueada. Un golpe de efecto para José María Garzón en su primer año al frente de la Maestranza tras más de un siglo bajo las mismas manos. Un sueño empresarial hecho realidad.. Volver a ver a Morante —cuando apenas han pasado dos meses desde aquel adiós entre lágrimas, suyas y de todos— es alimento para el alma. Pero también deja una sensación amarga, casi de engaño emocional. ¿Qué ocurrió realmente aquel 12 de octubre?. No podemos medir lo que sienten los demás, pero sí calibrar nuestro propio sufrimiento. Y de ahí nace la contradicción, el peso simbólico de cada gesto en una profesión donde el rito lo es todo.. Un cuarto de siglo después, Morante de la Puebla ha llegado a ser el torero que siempre se intuyó. Durante años el destino le puso zancadillas: los sorteos, el viento, las circunstancias… Hasta que, de pronto, los planetas se alinearon. Y Morante fue imparable. Histórico. Tanto como para conquistar a una generación que durante mucho tiempo le dio la espalda. El reconocimiento ya lo tenía de su legión fiel; lo nuevo fue el abrazo de la gran masa, pasada la frontera de los cuarenta. Y quizá —solo quizá— no ha podido resistirse a esa marea humana que hoy corea “José Antonio Morante de la Puebla” casi como una forma de vida.. Lo resumía con crudeza y verdad el Urdialista de pro, monosabio-blog: “Morante, seguiré yendo a verte, pero devuélveme mis lágrimas del 12 de octubre”.. Suscrito queda. Hasta el fin del mundo, Morante, y sabiendo que has abierto las puertas de tu propio universo. Ya infinito.
El torero de La Puebla se anuncia cuatro tardes en Sevilla, gran pelotazo para Garzón en la feria, hasta ahora lo único que se sabe sobre la temporada del diestro
Todavía lo recuerdo. Y no porque tenga buena memoria —que no es el caso, ni mucho menos—, sino por la cercanía del tiempo y por la hondura de la herida. Fue el 12 de octubre, Día de la Hispanidad. Doce de octubre para siempre. El día en que, sin saberlo, se nos resquebrajó el corazón. Porque a veces la vida cambia en un instante, sin previo aviso, como un relámpago seco.. Aquel día había sido luminoso. Feliz. De los más felices. Por eso de compartir pasiones, de celebrar lo que amamos. El festival de Madrid nos regaló el regreso inaudito de Curro Vázquez: verlo reaparecer a los 74 años fue una felicidad inmensa, atravesada también por el temblor inevitable —el toro no perdona—. Lo que vino después es difícil de nombrar. Ni las mejores palabras alcanzan a describirlo. Fueron fogonazos de emoción, destellos irrepetibles. El mejor regalo que pude hacerle a mi hijo Martín aquel día quedó, sin embargo, empequeñecido por la generosidad del Maestro, que le entregó el capote con el que acababa de torear cuando a sus nueve años bajó al ruedo a darle las gracias y quiso sacarlo a hombros.. Seguiremos siempre en deuda con Morante, por aquella mañana irrepetible, con César Rincónexponiendo de punta a punta el ruedo junto a su oponente, y Antoñete, tan nuestro, tan del foro, tan incrustado en la memoria colectiva. Pocos días he repartido tantos abrazos. Era una emoción que desbordaba, imposible de contener.. Pero de la luz pasamos a la oscuridad absoluta. El miedo se apoderó de la plaza al ver a Morante cogido por la tarde. No hubo herida, pero sí un cuerpo paralizado, rígido, inerte sobre la arena. Un escalofrío recorrió Las Ventas. El toro no perdona. Y el Maestro llevaba demasiadas tardes acercándose con sigilo a la tragedia. Mirándola de frente. Despreciándola. Hasta que llegó el momento que tantas veces hemos contado, recordado, celebrado… y sufrido: Morante caminando solo hacia el centro del ruedo de Madrid, la Monumental de Las Ventas —¿hay algo más sagrado?— para quitarse la coleta. No en Sevilla. En Madrid. El gesto, el símbolo, el rito. Porque el toreo es un acto sagrado. Y cuando aquel hombre roto por dentro se despojó del añadido, la afición entera se quebró en mil pedazos.. Vivir sin Morante no era un tránsito sencillo. Era un agujero negro que no se limitaba al invierno. Era la oscuridad de las pasiones. El reencuentro con los amigos se parecía a un funeral. Y lo era. Estábamos de luto. Después llegó la revolución mediática, el ruido, las especulaciones. Por eso el rumor de una retirada transitoria sonaba a desubicación. ¿Qué había pasado? Para un descanso, como otras veces, no te cortas/quitas la coleta. ¿Había sido todo mentira? ¿Una escenografía?. Tres meses después, y tras no poco movimiento en el entorno del torero, se hizo oficial su contratación en Sevilla. Se sabía que tenía la feria bloqueada. Un golpe de efecto para José María Garzón en su primer año al frente de la Maestranza tras más de un siglo bajo las mismas manos. Un sueño empresarial hecho realidad.. Volver a ver a Morante —cuando apenas han pasado dos meses desde aquel adiós entre lágrimas, suyas y de todos— es alimento para el alma. Pero también deja una sensación amarga, casi de engaño emocional. ¿Qué ocurrió realmente aquel 12 de octubre?. No podemos medir lo que sienten los demás, pero sí calibrar nuestro propio sufrimiento. Y de ahí nace la contradicción, el peso simbólico de cada gesto en una profesión donde el rito lo es todo.. Un cuarto de siglo después, Morante de la Puebla ha llegado a ser el torero que siempre se intuyó. Durante años el destino le puso zancadillas: los sorteos, el viento, las circunstancias… Hasta que, de pronto, los planetas se alinearon. Y Morante fue imparable. Histórico. Tanto como para conquistar a una generación que durante mucho tiempo le dio la espalda. El reconocimiento ya lo tenía de su legión fiel; lo nuevo fue el abrazo de la gran masa, pasada la frontera de los cuarenta. Y quizá —solo quizá— no ha podido resistirse a esa marea humana que hoy corea “José Antonio Morante de la Puebla” casi como una forma de vida.. Lo resumía con crudeza y verdad el Urdialista de pro, monosabio-blog: “Morante, seguiré yendo a verte, pero devuélveme mis lágrimas del 12 de octubre”.. Suscrito queda. Hasta el fin del mundo, Morante, y sabiendo que has abierto las puertas de tu propio universo. Ya infinito.
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