«Seguimos reclamando por nuestros miles de desaparecidos. Es una pelea del presente porque hay muchos genocidas que todavía no logramos enjuiciar», dice Alejandrina Barry. Ella es huérfana de esa dictadura, tenía tres años cuando los golpistas asesinaron a sus padres, los persiguieron hasta Uruguay, en el marco de la sangrienta «Operación Cóndor».. Hoy es activista de derechos humanos y hasta hace dos años era diputada de izquierda. Sigue batallando en los tribunales contra los militares que cometieron delitos de lesa humanidad, encabezados por Jorge Rafael Videla, quien falleció a los 87 años en el 2013, sentado en el inodoro de su celda, donde cumplió solo un año de la prisión perpetua a la que había sido condenado.. Aunque el gobierno de Javier Milei no tenga intención de condenar rotundamente esta tragedia que, hace 50 años, desencadenó el más sangriento golpe militar en ese país, miles de argentinos y cientos de organizaciones civiles y de Derechos Humanos, universidades, gremios laborales y sindicales, se alistan para recordar hoy, en olor a multitud y en todos los rincones del país, la fecha que desencadenó la dictadura: el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 contra Isabel Martínez de Perón, «Isabelita», quien siendo la vicepresidenta, había asumido el mando del país, tras la muerte de su marido, el general Juan Perón, en julio de 1974.. Siete años de terror y 30.000 desaparecidos. Hace 50 años en Argentina, se instaló una dictadura del horror que duró 7 años (1976-1983). Se han contado más de 600 centros de detención y campos de concentración clandestinos y se estima una cifra de 30 mil desaparecidos. La justicia argentina determinó que la dictadura que comandó el general Videla llevó a cabo un «plan sistemático de exterminio», que incluyó las desapariciones de personas, las torturas, el robo de bebés y la utilización de centros clandestinos de detención. Además de recién nacidos, la Junta Militar golpista secuestró escuelas, universidades, instituciones, sindicatos, derechos humanos y civiles, pero no la memoria de un país. O de la mayoría. Hay quienes, como Javier Milei, prefieren olvidar y pasar la página.. «Usted no puede construir nada sobre una mentira. Entonces, en tanto y en cuanto no admitan que no fueron 30.000, no se puede discutir», señaló el mandatario el año pasado, por estas mismas fechas, en alusión a la cifra de desaparecidos que sostienen los organismos de derechos humanos. E insistió: «Yo no estoy de acuerdo con esta visión tuerta que nos quiso imponer el kirchnerismo y siempre dije: quiero la memoria completa; o sea, una verdad contada a medias no es verdad, es una mentira». Ya desde que era candidato, Milei ha evitado condenar el golpe de Estado y se ha obsesionado en desmentir la cifra de desaparecidos.. Millones de argentinos, en cambio, no olvidan. Para todos ellos el duelo sigue: hasta que no se sepa dónde están los miles de desaparecidos, se identifique a los cientos de bebés robados y se condene a todos los implicados en más de 100 investigaciones todavía abiertas.. Día de la Memoria. En Argentina, el 24 de marzo fue decretado como «Día de la Memoria» y es feriado en todo el país. La historia del golpe de Estado de 1976 y la tragedia que vivió Argentina con la dictadura militar es transversal a tres generaciones que hoy son esas voces testimoniales que desgarran y reclaman justicia y memoria: la de los sobrevivientes de las torturas, la de los hijos de los asesinados y la de las abuelas de la Plaza de Mayo, que son las madres de los desaparecidos que buscan incesantemente a sus nietos secuestrados y dados en adopción a los militares o familias de su entorno. Ya han ubicado a 165, pero estiman que les faltan unos 400 más que nacieron en medio de la dictadura y que hoy tienen entre 43 y 49 años.. Teresa Labarde Calvo y su madre Adriana Calvo sobrevivieron a esa barbarie. Teresa nació de milagro dentro de un patrullero Ford Falcón a toda marcha cuando llevaban a su madre, vendada y maniatada, desde una comisaría a un campo de concentración llamado Pozo Banfield, donde los militares conducían a todas las mujeres prisioneras a parir.. «Iban a toda velocidad y yo les gritaba que se detuvieran, que mi hija ya iba a nacer, ya no puedo más, les decía, y ellos respondían: no sirve de nada, si igual van a morir» contó Adriana, ya fallecida, en sus testimoniales. Con las manos atadas atrás y los ojos vendados y en un parto imposible, nació Teresa y cayó al piso del patrullero colgando del cordón umbilical.. Leyes de amnistía. Su madre no podía verla ni tocarla. «Les pedia que me alcanzaran a mi beba, que estaba tirada y lloraba, pero no lo hicieron y no se detuvieron». Fue ahí, en medio de tanto dolor e impotencia, que Adriana, secuestrada en febrero de 1977, por su militancia en el gremio de docentes universitarios, juró que, si sobrevivía, iba luchar hasta el último día de su vida para alcanzar justicia. Y así lo hizo, fue la primera superviviente en dar su testimonio que sirvió para abrir las causas contra decenas de militares, entre ellos Jorge Videla, una vez que se derogaron las leyes de amnistía «Punto Final» y «Obediencia Debida», que habían beneficiado a los militares golpistas.. Adriana contó que cuando llegó al Pozo Banfield la condujeron donde el «médico obstetra torturador», Jorge Bergés, fallecido hace solo un mes, quien cortó recién el cordón umbilical de su bebé y le arrancó a ella la placenta. Después le ordenó que trajera un balde y trapeara el piso así desnuda y recién parida. Tras ejecutar esa tarea, recién le entregaron a su hija. Y las dejaron a las dos a su suerte. No les dieron comida ni abrigo, fueron las otras prisioneras, muchas de ellas, despojadas de sus hijos, las que las salvaron.. «Como los calabozos ya estaban abiertos, todas las compañeras prisioneras, alrededor de 20, se pusieron delante mío, adentro del calabozo, gritando como leonas: ‘No se la llevan. No se la llevan’. Y era imposible que me la sacaran si no nos mataban a todas. Era absolutamente imposible porque formaron una muralla humana que no podían atravesar. Y Teresa se quedó conmigo». Adriana también contó que en esa prisión se comía cada tres días una sopa. Y muchas mujeres dejaron de comer su ración para donarla a la recién llegada que tenía que dar el pecho a su hija. Y ellas se quedaban sin comer por días.
«Seguimos reclamando por nuestros miles de desaparecidos. Es una pelea del presente porque hay muchos genocidas que todavía no logramos enjuiciar», dice Alejandrina Barry. Ella es huérfana de esa dictadura, tenía tres años cuando los golpistas asesinaron a sus padres, los persiguieron hasta Uruguay, en el marco de la sangrienta «Operación Cóndor».. Hoy es activista de derechos humanos y hasta hace dos años era diputada de izquierda. Sigue batallando en los tribunales contra los militares que cometieron delitos de lesa humanidad, encabezados por Jorge Rafael Videla, quien falleció a los 87 años en el 2013, sentado en el inodoro de su celda, donde cumplió solo un año de la prisión perpetua a la que había sido condenado.. Aunque el gobierno de Javier Milei no tenga intención de condenar rotundamente esta tragedia que, hace 50 años, desencadenó el más sangriento golpe militar en ese país, miles de argentinos y cientos de organizaciones civiles y de Derechos Humanos, universidades, gremios laborales y sindicales, se alistan para recordar hoy, en olor a multitud y en todos los rincones del país, la fecha que desencadenó la dictadura: el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 contra Isabel Martínez de Perón, «Isabelita», quien siendo la vicepresidenta, había asumido el mando del país, tras la muerte de su marido, el general Juan Perón, en julio de 1974.. Siete años de terror y 30.000 desaparecidos. Hace 50 años en Argentina, se instaló una dictadura del horror que duró 7 años (1976-1983). Se han contado más de 600 centros de detención y campos de concentración clandestinos y se estima una cifra de 30 mil desaparecidos. La justicia argentina determinó que la dictadura que comandó el general Videla llevó a cabo un «plan sistemático de exterminio», que incluyó las desapariciones de personas, las torturas, el robo de bebés y la utilización de centros clandestinos de detención. Además de recién nacidos, la Junta Militar golpista secuestró escuelas, universidades, instituciones, sindicatos, derechos humanos y civiles, pero no la memoria de un país. O de la mayoría. Hay quienes, como Javier Milei, prefieren olvidar y pasar la página.. «Usted no puede construir nada sobre una mentira. Entonces, en tanto y en cuanto no admitan que no fueron 30.000, no se puede discutir», señaló el mandatario el año pasado, por estas mismas fechas, en alusión a la cifra de desaparecidos que sostienen los organismos de derechos humanos. E insistió: «Yo no estoy de acuerdo con esta visión tuerta que nos quiso imponer el kirchnerismo y siempre dije: quiero la memoria completa; o sea, una verdad contada a medias no es verdad, es una mentira». Ya desde que era candidato, Milei ha evitado condenar el golpe de Estado y se ha obsesionado en desmentir la cifra de desaparecidos.. Millones de argentinos, en cambio, no olvidan. Para todos ellos el duelo sigue: hasta que no se sepa dónde están los miles de desaparecidos, se identifique a los cientos de bebés robados y se condene a todos los implicados en más de 100 investigaciones todavía abiertas.. Día de la Memoria. En Argentina, el 24 de marzo fue decretado como «Día de la Memoria» y es feriado en todo el país. La historia del golpe de Estado de 1976 y la tragedia que vivió Argentina con la dictadura militar es transversal a tres generaciones que hoy son esas voces testimoniales que desgarran y reclaman justicia y memoria: la de los sobrevivientes de las torturas, la de los hijos de los asesinados y la de las abuelas de la Plaza de Mayo, que son las madres de los desaparecidos que buscan incesantemente a sus nietos secuestrados y dados en adopción a los militares o familias de su entorno. Ya han ubicado a 165, pero estiman que les faltan unos 400 más que nacieron en medio de la dictadura y que hoy tienen entre 43 y 49 años.. Teresa Labarde Calvo y su madre Adriana Calvo sobrevivieron a esa barbarie. Teresa nació de milagro dentro de un patrullero Ford Falcón a toda marcha cuando llevaban a su madre, vendada y maniatada, desde una comisaría a un campo de concentración llamado Pozo Banfield, donde los militares conducían a todas las mujeres prisioneras a parir.. «Iban a toda velocidad y yo les gritaba que se detuvieran, que mi hija ya iba a nacer, ya no puedo más, les decía, y ellos respondían: no sirve de nada, si igual van a morir» contó Adriana, ya fallecida, en sus testimoniales. Con las manos atadas atrás y los ojos vendados y en un parto imposible, nació Teresa y cayó al piso del patrullero colgando del cordón umbilical.. Leyes de amnistía. Su madre no podía verla ni tocarla. «Les pedia que me alcanzaran a mi beba, que estaba tirada y lloraba, pero no lo hicieron y no se detuvieron». Fue ahí, en medio de tanto dolor e impotencia, que Adriana, secuestrada en febrero de 1977, por su militancia en el gremio de docentes universitarios, juró que, si sobrevivía, iba luchar hasta el último día de su vida para alcanzar justicia. Y así lo hizo, fue la primera superviviente en dar su testimonio que sirvió para abrir las causas contra decenas de militares, entre ellos Jorge Videla, una vez que se derogaron las leyes de amnistía «Punto Final» y «Obediencia Debida», que habían beneficiado a los militares golpistas.. Adriana contó que cuando llegó al Pozo Banfield la condujeron donde el «médico obstetra torturador», Jorge Bergés, fallecido hace solo un mes, quien cortó recién el cordón umbilical de su bebé y le arrancó a ella la placenta. Después le ordenó que trajera un balde y trapeara el piso así desnuda y recién parida. Tras ejecutar esa tarea, recién le entregaron a su hija. Y las dejaron a las dos a su suerte. No les dieron comida ni abrigo, fueron las otras prisioneras, muchas de ellas, despojadas de sus hijos, las que las salvaron.. «Como los calabozos ya estaban abiertos, todas las compañeras prisioneras, alrededor de 20, se pusieron delante mío, adentro del calabozo, gritando como leonas: ‘No se la llevan. No se la llevan’. Y era imposible que me la sacaran si no nos mataban a todas. Era absolutamente imposible porque formaron una muralla humana que no podían atravesar. Y Teresa se quedó conmigo». Adriana también contó que en esa prisión se comía cada tres días una sopa. Y muchas mujeres dejaron de comer su ración para donarla a la recién llegada que tenía que dar el pecho a su hija. Y ellas se quedaban sin comer por días.
Mientras Javier Milei prefiere olvidar, Argentina recuerda hoy la fecha del golpe militar, que hace 50 años desencadenó la dictadura más mortal en ese país
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