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  Internacional  Merz, entre la ambición reformista y el desgaste prematuro del poder
Internacional

Merz, entre la ambición reformista y el desgaste prematuro del poder

26 de enero de 2026
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Friedrich Merz llegó a la Cancillería con la ambición explícita de corregir rumbos y acelerar reformas. Siete meses después, el canciller se encuentra en una posición incómoda, atrapado entre un balance de gestión todavía incompleto, una coalición frágil y un desgaste político que ha llegado antes de lo previsto. Él mismo lo admitió sin rodeos el pasado 8 de diciembre al hacer balance de sus primeros meses de mandato en una intervención televisiva ante el público: “No estoy satisfecho con lo que hemos conseguido hasta ahora”. Una confesión poco habitual en un jefe de Gobierno alemán y aún más lanzada en una fase tan temprana del mandato lo que resume con precisión el momento que atraviesa su Ejecutivo.. El arranque del mandato fue todo menos plácido. A Merz le tocó gobernar en un contexto de desaceleración económica persistente, con una guerra en Ucrania enquistada, una relación transatlántica marcada por la imprevisibilidad de Donald Trump y una sociedad alemana fatigada tras años de crisis encadenadas. A eso se sumó una agenda interna cargada de asuntos sensibles: la reforma del sistema de pensiones, el nuevo modelo de servicio militar, la política de asilo o la gestión de una extrema derecha en ascenso que condiciona cada decisión del Gobierno. Con todo, el canciller quiso presentarse como un reformista decidido desde el primer día. Habló de cambio de rumbo económico, de recuperar competitividad y de exigir más esfuerzo a un país acostumbrado a la estabilidad.. Sin embargo, el Merz que gobierna se parece cada vez menos al Merz que agitaba auditorios en campaña. La dureza del discurso ha dado paso a un tono más cauteloso, más consciente de los equilibrios internos y de los riesgos políticos de cada movimiento. Para sus críticos, es una renuncia. Para sus aliados, una adaptación necesaria.. Esa tensión se hizo visible con la polémica sobre el «Stadtbild», cuando el canciller aludió a la degradación visible de algunos espacios urbanos como síntoma de problemas de integración y convivencia. Las palabras generaron una tormenta política inmediata y alimentaron lecturas identitarias que el propio Merz trató después de corregir. Desde entonces, el Gobierno ha afinado el lenguaje, consciente de que cualquier ambigüedad puede ser capitalizada por los ultras de Alternativa para Alemania (AfD), que siguen creciendo en las encuestas.. La coalición tampoco ha facilitado las cosas. El pacto entre conservadores y socialdemócratas se ha revelado más frágil de lo esperado como demostró el debate sobre las pensiones que dejó al descubierto una fractura generacional dentro de la propia Unión conservadora, con diputados jóvenes dispuestos a votar en contra el Ejecutivo. Merz salvó el pulso en el Bundestag pero el episodio confirmó que gobernar exige algo más que autoridad formal; exige capacidad de persuasión, incluso dentro de casa. Mientras tanto, los indicadores de popularidad se han desplomado con una rapidez que ha sorprendido incluso en Berlín. Según los últimos sondeos, Merz alcanza unos niveles de desaprobación comparables a los de Olaf Scholz en el peor momento de su mandato, aunque el excanciller necesitó más de dos años para llegar ahí. Solo un 22% de los alemanes se declara satisfecho con la labor del actual canciller. La cifra pesa, aunque en el entorno de Merz se insiste en que las reformas impopulares nunca generan aplausos inmediatos.. En el plano internacional, Merz ha buscado refugio y proyección. La política exterior se ha convertido en uno de los espacios donde el canciller se siente más cómodo. Su apuesta por reforzar el eje europeo junto a Francia y el Reino Unido, su implicación directa en las conversaciones sobre Ucrania y su insistencia en dotar de garantías sólidas cualquier alto el fuego le han permitido proyectar liderazgo, hasta el punto de que cada vez más analistas lo describen como un canciller forjado en la gestión de crisis más que como el gran reformador que había prometido ser. Ese perfil, sin embargo, no disipa los dilemas internos que siguen lastrando a su Gobierno, en un país que continúa sin encontrar el pulso económico prometido y donde la percepción de estancamiento se ha instalado con fuerza.. El propio Merz ha admitido públicamente que Alemania aún no ha tocado fondo y que el camino que queda por recorrer implicará nuevos sacrificios; una advertencia que condensa uno de los principales riesgos de su mandato: pedir paciencia a una sociedad cansada, sin poder ofrecer aún resultados tangibles. El canciller es consciente de ello y de ahí que en sus apariciones públicas más recientes haya optado por un ejercicio poco habitual en la política alemana: la autocrítica. Reconoce retrasos, admite errores de comunicación y pide tiempo. En el fondo, intenta ganar algo esencial en esta fase del mandato: credibilidad. No la que se mide en encuestas semanales, sino la que se construye demostrando coherencia entre el diagnóstico y las decisiones. Queda por ver si esa estrategia basta.. El calendario político aprieta, la AfD acecha y las elecciones regionales de 2026 se perfilan como un primer plebiscito real sobre su liderazgo. Merz aún no ha fracasado, pero tampoco ha logrado imponer el relato de un nuevo comienzo. Mientras, su cancillería se mueve en ese terreno intermedio y resbaladizo donde el poder no se pierde de golpe, sino que se desgasta día a día. El tiempo dirá si la ambición reformista que lo llevó a la Cancillería fue solo un impulso inicial o si todavía guarda margen para convertirse en un proyecto de país.

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Friedrich Merz llegó a la Cancillería con la ambición explícita de corregir rumbos y acelerar reformas. Siete meses después, el canciller se encuentra en una posición incómoda, atrapado entre un balance de gestión todavía incompleto, una coalición frágil y un desgaste político que ha llegado antes de lo previsto. Él mismo lo admitió sin rodeos el pasado 8 de diciembre al hacer balance de sus primeros meses de mandato en una intervención televisiva ante el público: “No estoy satisfecho con lo que hemos conseguido hasta ahora”. Una confesión poco habitual en un jefe de Gobierno alemán y aún más lanzada en una fase tan temprana del mandato lo que resume con precisión el momento que atraviesa su Ejecutivo.. El arranque del mandato fue todo menos plácido. A Merz le tocó gobernar en un contexto de desaceleración económica persistente, con una guerra en Ucrania enquistada, una relación transatlántica marcada por la imprevisibilidad de Donald Trump y una sociedad alemana fatigada tras años de crisis encadenadas. A eso se sumó una agenda interna cargada de asuntos sensibles: la reforma del sistema de pensiones, el nuevo modelo de servicio militar, la política de asilo o la gestión de una extrema derecha en ascenso que condiciona cada decisión del Gobierno. Con todo, el canciller quiso presentarse como un reformista decidido desde el primer día. Habló de cambio de rumbo económico, de recuperar competitividad y de exigir más esfuerzo a un país acostumbrado a la estabilidad.. Sin embargo, el Merz que gobierna se parece cada vez menos al Merz que agitaba auditorios en campaña. La dureza del discurso ha dado paso a un tono más cauteloso, más consciente de los equilibrios internos y de los riesgos políticos de cada movimiento. Para sus críticos, es una renuncia. Para sus aliados, una adaptación necesaria.. Esa tensión se hizo visible con la polémica sobre el «Stadtbild», cuando el canciller aludió a la degradación visible de algunos espacios urbanos como síntoma de problemas de integración y convivencia. Las palabras generaron una tormenta política inmediata y alimentaron lecturas identitarias que el propio Merz trató después de corregir. Desde entonces, el Gobierno ha afinado el lenguaje, consciente de que cualquier ambigüedad puede ser capitalizada por los ultras de Alternativa para Alemania (AfD), que siguen creciendo en las encuestas.. La coalición tampoco ha facilitado las cosas. El pacto entre conservadores y socialdemócratas se ha revelado más frágil de lo esperado como demostró el debate sobre las pensiones que dejó al descubierto una fractura generacional dentro de la propia Unión conservadora, con diputados jóvenes dispuestos a votar en contra el Ejecutivo. Merz salvó el pulso en el Bundestag pero el episodio confirmó que gobernar exige algo más que autoridad formal; exige capacidad de persuasión, incluso dentro de casa. Mientras tanto, los indicadores de popularidad se han desplomado con una rapidez que ha sorprendido incluso en Berlín. Según los últimos sondeos, Merz alcanza unos niveles de desaprobación comparables a los de Olaf Scholz en el peor momento de su mandato, aunque el excanciller necesitó más de dos años para llegar ahí. Solo un 22% de los alemanes se declara satisfecho con la labor del actual canciller. La cifra pesa, aunque en el entorno de Merz se insiste en que las reformas impopulares nunca generan aplausos inmediatos.. En el plano internacional, Merz ha buscado refugio y proyección. La política exterior se ha convertido en uno de los espacios donde el canciller se siente más cómodo. Su apuesta por reforzar el eje europeo junto a Francia y el Reino Unido, su implicación directa en las conversaciones sobre Ucrania y su insistencia en dotar de garantías sólidas cualquier alto el fuego le han permitido proyectar liderazgo, hasta el punto de que cada vez más analistas lo describen como un canciller forjado en la gestión de crisis más que como el gran reformador que había prometido ser. Ese perfil, sin embargo, no disipa los dilemas internos que siguen lastrando a su Gobierno, en un país que continúa sin encontrar el pulso económico prometido y donde la percepción de estancamiento se ha instalado con fuerza.. El propio Merz ha admitido públicamente que Alemania aún no ha tocado fondo y que el camino que queda por recorrer implicará nuevos sacrificios; una advertencia que condensa uno de los principales riesgos de su mandato: pedir paciencia a una sociedad cansada, sin poder ofrecer aún resultados tangibles. El canciller es consciente de ello y de ahí que en sus apariciones públicas más recientes haya optado por un ejercicio poco habitual en la política alemana: la autocrítica. Reconoce retrasos, admite errores de comunicación y pide tiempo. En el fondo, intenta ganar algo esencial en esta fase del mandato: credibilidad. No la que se mide en encuestas semanales, sino la que se construye demostrando coherencia entre el diagnóstico y las decisiones. Queda por ver si esa estrategia basta.. El calendario político aprieta, la AfD acecha y las elecciones regionales de 2026 se perfilan como un primer plebiscito real sobre su liderazgo. Merz aún no ha fracasado, pero tampoco ha logrado imponer el relato de un nuevo comienzo. Mientras, su cancillería se mueve en ese terreno intermedio y resbaladizo donde el poder no se pierde de golpe, sino que se desgasta día a día. El tiempo dirá si la ambición reformista que lo llevó a la Cancillería fue solo un impulso inicial o si todavía guarda margen para convertirse en un proyecto de país.

 

El canciller alemán ha encontrado en la política exterior un refugio frente a los problemas internos

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