Recordamos este año a Antonio Maura (1853-1925) en el centésimo aniversario de su fallecimiento. Como era previsible, la fecha ha pasado casi desapercibida. Ni el Congreso, ni el Ministerio de (in)Cultura ni el Ministerio de la Memoria y la Verdad Oficial Suprema han hecho nada por difundir la figura. En lo político, ha salvado el honor una jornada organizada por Vox en el Congreso, acompañada de un recuerdo en la Asamblea balear –organizan una exposición en enero, y hoy se estrena el documental «Maura en 10 traços»–, y un acto casi simbólico en el Senado. Entre las iniciativas privadas, está la reedición ampliada de la biografía que publicó en 1997 la historiadora María Jesús González.. Antonio Maura nació en Palma de Mallorca, en una casa burguesa frente al puerto. Fue a Madrid a estudiar y terminó Derecho durante los felices y progresistas años revolucionarios de entre 1868 y 1873, los mismos que acabaron en tres guerras civiles simultáneas. Ingresó en Partido Liberal y luego, en 1899, entró en el Partido Conservador. Eran años de relevo y de cambio. Llegaba a su fin la gran generación que había traído y estabilizado la Monarquía constitucional después del feliz y progresista experimento antes aludido. Y el régimen liberal de Cánovas y Sagasta entraba en una nueva era que imponía, como en el resto de los países europeos, su democratización. Fue lo que intentó Mara, primero en su Gobierno de entre 1903 y 1904, luego en el Gobierno llamado «largo» de entre 1907 y 1909. Una nueva izquierda –alianza de liberales, socialistas y republicanos– echó abajo el intento. Y la democracia tendría que esperar hasta 1975 para abrirse paso. De la mano, como Maura sabía, de la Corona. No es de extrañar que a Maura no se le quiera recordar. Suscita demasiadas preguntas.. Para Maura, la crisis del liberalismo de finales del siglo XIX estaba ligada a la necesidad de democratización. No se dejó llevar por la depresión post 98, ni dejó de creer en su país. Tampoco puso nunca en duda el fundamento del liberalismo, que es la separación entre el Estado y la conciencia personal. Y se mantendría siempre fiel al régimen liberal de 1876, con su equilibrio entre la Corona y las Cortes, y un ejecutivo sometido a esa doble confianza. A partir de ahí, Maura estaba convencido de que él podía emprender el cambio sin rupturas ni quiebra de la convivencia.. Un nuevo liderazgo. Contaba con el Derecho, que para Maura fue siempre el norte de su vida intelectual y política, también profesional. Contaba con el régimen liberal, plenamente estabilizado… Y le faltaba el pueblo, o mejor dicho la ciudadanía, es decir la conciencia del lazo que une al individuo con la vida política. Nadie, ni antes ni después, ha hecho de la ciudadanía, como hizo Maura, el nervio de su acción política. Eran tiempos en los que el debate público se concentraba en la cuestión del caciquismo, al que se le achacaba la falsificación electoral y la falta de autenticidad de la política. Maura comprendió que la desaparición del caciquismo no era una cuestión moral. Era una cuestión política, que requería la formación de una ciudadanía consciente.. De esa convicción básica se nutre el personaje extraordinario que compuso, un hombre de Estado que se dirige a una opinión pública a la que da forma con su palabra, sus gestos, sus actitudes. Gran orador, con grandes lecturas españolas, tenía el don de las frases precisas, definitorias, a veces hirientes. «Luz y taquígrafos», «Nosotros somos nosotros», o el declararse «incompatible con las digestiones sosegadas» son algunas de esas fórmulas que la política española, cada vez más depauperada, ha ido dejando en el olvido… Nunca se arredró ante la oposición parlamentaria. Al contrario, siempre estaba dispuesto al debate. Pensaba que la confrontación dialéctica formaba parte esencial de su proyecto de creación de la ciudadanía. Durante la discusión de una de sus leyes más célebres, el Congreso mantuvo abierta una comisión parlamentaria casi en permanencia. La llamaban «el cine»…. El gran personaje, de dimensión casi titánica, responde a su tiempo. Ya no valían los debates parlamentarios entre notables, como las decisiones políticas no se podían ya tomar en el elitista grupo de los amigos políticos. Es lo que Maura llamó la «revolución desde arriba», pensando sin duda que la truculencia regeneracionista le sería útil. Se equivocó. La formación de la ciudadanía era incompatible con cualquier «regeneracionismo» y cualquier «revolución desde arriba». Requería más bien la formación de nuevos partidos políticos, como el que Lerroux estaba poniendo en marcha. Más que frases sensacionales, era necesario la movilización de un nuevo electorado, un hecho del que era consciente, pero que no consiguió, en parte porque los católicos no respondieron a su llamamiento. Y a medio plazo, habría que llegar a una reforma constitucional, algo que no le gustaba y que las circunstancias hicieron luego imposible.. Ahora bien, los límites del proyecto democratizador de Antonio Maura, que hoy resultan evidentes, no deben impedirnos reconocer la seriedad del planteamiento y la ambición con el que formuló su proyecto. Con una energía y un compromiso que siguen asombrando, Maura lo cambió todo. Promocionó políticas sociales novedosas, que los liberales –la izquierda del régimen– eran incapaces de concebir. Apoyó la industria nacional con medidas proteccionistas y un gran proyecto de creación de una Armada digna de su país. Intentó legislar contra la violencia de nuevo cuño, el terrible terrorismo anarquista. Planteó un nuevo papel del Estado en la economía, con medidas intervencionistas acompasadas a la crisis del librecambismo. Se preocupó, algo muy de su tiempo pero bien adecuado a la urbanización masiva de esos años, de la higiene (multiplicó por 10 el presupuesto) y de la moral pública. Aquí llegó a intentar medidas que no contribuyeron a su popularidad en una sociedad con un grado de libertad que hoy nos resulta inimaginable.. Consciente de la crisis de identidad nacional, tomó medidas cruciales sobre los símbolos, el patrimonio cultural y natural, y la materia de la identidad de la cultura española, en particular su raíz católica. Su gran proyecto fue una ley de reforma de la Administración local con la que pretendía «descuajar el caciquismo» del proceso electoral. Maura se aleja en esto, como en tantas cosas, del liberalismo conservador, según el cual, como decía Cánovas, la centralización es la civilización. Se convenció que descentralizando lograría resultados más limpios. Su proyecto de ley no llegó a ver la luz, aunque su consecuencia fue abrir las puertas de la política española al nacionalismo catalán, como si fuera un aliado crucial para el progreso… Para asombro de propios y extraños, esta fantasía no ha dejado de encandilar al conservadurismo español.. El proyecto democratizador de Antonio Maura sucumbió, después de la Semana Trágica de Barcelona en 1909, ante una coalición llamada «Bloque de izquierdas». Reunió a liberales, republicanos y socialistas, y señala el nacimiento de la moderna izquierda española, ajena desde entonces a cualquier idea de democratización pactada. La historiadora María Jesús González, que se centra en los años de gobierno, señala cómo Maura se convirtió luego, después de 1909, en el defensor un poco reticente del régimen que le impidieron reformar. A veces incluso lidiando con sus propios seguidores, los mauristas.. Su biografía, ampliamente documentada, permite conocer en detalle la obra política del Maura gobernante. En su momento, la obra de María Jesús González rompió con el tabú que pesaba sobre el género de la biografía política, tabú impuesto aquí por los marxistas. A cambio, da una importancia exagerada a las ideas progresistas, hasta el punto de hacer del gran político algo así como un discípulo de los institucionistas de Giner de los Ríos –de cuya biografía el autor de estas líneas prepara una reedición para el año que viene–, que abominaban de él tanto como lo despreciaban. La autora no se despega de una perspectiva característica. Con esos mimbres, no se entiende bien la raigambre conservadora y católica del pensamiento de Maura. Tampoco se comprenden los motivos por los que la democracia en España tiene raíces conservadoras. Y, menos aún, por qué entre las razones de ser de la izquierda de nuestro país está el obstaculizar la democracia y acabar con ella, una realidad que cuajó con el famoso eslogan «¡Maura no!». En el fondo, entre las virtudes de la biografía de María Jesús González está la de ser un excelente ejemplo de la historiografía oficial del siglo pasado. Muy alejada, eso sí, del sectarismo que ha llegado luego con las Leyes de Memoria. Memoria antidemocrática, como era de esperar.. Lo mejor: El acopio de información sobre la política gubernamental de Antonio Maura. Lo peor: Los prejuicios que obstaculizan la comprensión cabal de su conservadurismo
Ante una fecha que ha pasado desapercibida, esta biografía analiza las claves de un estadista tan icónico como denostado, y de su fascinante ambiente histórico
Recordamos este año a Antonio Maura (1853-1925) en el centésimo aniversario de su fallecimiento. Como era previsible, la fecha ha pasado casi desapercibida. Ni el Congreso, ni el Ministerio de (in)Cultura ni el Ministerio de la Memoria y la Verdad Oficial Suprema han hecho nada por difundir la figura. En lo político, ha salvado el honor una jornada organizada por Vox en el Congreso, acompañada de un recuerdo en la Asamblea balear –organizan una exposición en enero, y hoy se estrena el documental «Maura en 10 traços»–, y un acto casi simbólico en el Senado. Entre las iniciativas privadas, está la reedición ampliada de la biografía que publicó en 1997 la historiadora María Jesús González.. Antonio Maura nació en Palma de Mallorca, en una casa burguesa frente al puerto. Fue a Madrid a estudiar y terminó Derecho durante los felices y progresistas años revolucionarios de entre 1868 y 1873, los mismos que acabaron en tres guerras civiles simultáneas. Ingresó en Partido Liberal y luego, en 1899, entró en el Partido Conservador. Eran años de relevo y de cambio. Llegaba a su fin la gran generación que había traído y estabilizado la Monarquía constitucional después del feliz y progresista experimento antes aludido. Y el régimen liberal de Cánovas y Sagasta entraba en una nueva era que imponía, como en el resto de los países europeos, su democratización. Fue lo que intentó Mara, primero en su Gobierno de entre 1903 y 1904, luego en el Gobierno llamado «largo» de entre 1907 y 1909. Una nueva izquierda –alianza de liberales, socialistas y republicanos– echó abajo el intento. Y la democracia tendría que esperar hasta 1975 para abrirse paso. De la mano, como Maura sabía, de la Corona. No es de extrañar que a Maura no se le quiera recordar. Suscita demasiadas preguntas.. Para Maura, la crisis del liberalismo de finales del siglo XIX estaba ligada a la necesidad de democratización. No se dejó llevar por la depresión post 98, ni dejó de creer en su país. Tampoco puso nunca en duda el fundamento del liberalismo, que es la separación entre el Estado y la conciencia personal. Y se mantendría siempre fiel al régimen liberal de 1876, con su equilibrio entre la Corona y las Cortes, y un ejecutivo sometido a esa doble confianza. A partir de ahí, Maura estaba convencido de que él podía emprender el cambio sin rupturas ni quiebra de la convivencia.. Contaba con el Derecho, que para Maura fue siempre el norte de su vida intelectual y política, también profesional. Contaba con el régimen liberal, plenamente estabilizado… Y le faltaba el pueblo, o mejor dicho la ciudadanía, es decir la conciencia del lazo que une al individuo con la vida política. Nadie, ni antes ni después, ha hecho de la ciudadanía, como hizo Maura, el nervio de su acción política. Eran tiempos en los que el debate público se concentraba en la cuestión del caciquismo, al que se le achacaba la falsificación electoral y la falta de autenticidad de la política. Maura comprendió que la desaparición del caciquismo no era una cuestión moral. Era una cuestión política, que requería la formación de una ciudadanía consciente.. De esa convicción básica se nutre el personaje extraordinario que compuso, un hombre de Estado que se dirige a una opinión pública a la que da forma con su palabra, sus gestos, sus actitudes. Gran orador, con grandes lecturas españolas, tenía el don de las frases precisas, definitorias, a veces hirientes. «Luz y taquígrafos», «Nosotros somos nosotros», o el declararse «incompatible con las digestiones sosegadas» son algunas de esas fórmulas que la política española, cada vez más depauperada, ha ido dejando en el olvido… Nunca se arredró ante la oposición parlamentaria. Al contrario, siempre estaba dispuesto al debate. Pensaba que la confrontación dialéctica formaba parte esencial de su proyecto de creación de la ciudadanía. Durante la discusión de una de sus leyes más célebres, el Congreso mantuvo abierta una comisión parlamentaria casi en permanencia. La llamaban «el cine»…. El gran personaje, de dimensión casi titánica, responde a su tiempo. Ya no valían los debates parlamentarios entre notables, como las decisiones políticas no se podían ya tomar en el elitista grupo de los amigos políticos. Es lo que Maura llamó la «revolución desde arriba», pensando sin duda que la truculencia regeneracionista le sería útil. Se equivocó. La formación de la ciudadanía era incompatible con cualquier «regeneracionismo» y cualquier «revolución desde arriba». Requería más bien la formación de nuevos partidos políticos, como el que Lerroux estaba poniendo en marcha. Más que frases sensacionales, era necesario la movilización de un nuevo electorado, un hecho del que era consciente, pero que no consiguió, en parte porque los católicos no respondieron a su llamamiento. Y a medio plazo, habría que llegar a una reforma constitucional, algo que no le gustaba y que las circunstancias hicieron luego imposible.. Ahora bien, los límites del proyecto democratizador de Antonio Maura, que hoy resultan evidentes, no deben impedirnos reconocer la seriedad del planteamiento y la ambición con el que formuló su proyecto. Con una energía y un compromiso que siguen asombrando, Maura lo cambió todo. Promocionó políticas sociales novedosas, que los liberales –la izquierda del régimen– eran incapaces de concebir. Apoyó la industria nacional con medidas proteccionistas y un gran proyecto de creación de una Armada digna de su país. Intentó legislar contra la violencia de nuevo cuño, el terrible terrorismo anarquista. Planteó un nuevo papel del Estado en la economía, con medidas intervencionistas acompasadas a la crisis del librecambismo. Se preocupó, algo muy de su tiempo pero bien adecuado a la urbanización masiva de esos años, de la higiene (multiplicó por 10 el presupuesto) y de la moral pública. Aquí llegó a intentar medidas que no contribuyeron a su popularidad en una sociedad con un grado de libertad que hoy nos resulta inimaginable.. Consciente de la crisis de identidad nacional, tomó medidas cruciales sobre los símbolos, el patrimonio cultural y natural, y la materia de la identidad de la cultura española, en particular su raíz católica. Su gran proyecto fue una ley de reforma de la Administración local con la que pretendía «descuajar el caciquismo» del proceso electoral. Maura se aleja en esto, como en tantas cosas, del liberalismo conservador, según el cual, como decía Cánovas, la centralización es la civilización. Se convenció que descentralizando lograría resultados más limpios. Su proyecto de ley no llegó a ver la luz, aunque su consecuencia fue abrir las puertas de la política española al nacionalismo catalán, como si fuera un aliado crucial para el progreso… Para asombro de propios y extraños, esta fantasía no ha dejado de encandilar al conservadurismo español.. El proyecto democratizador de Antonio Maura sucumbió, después de la Semana Trágica de Barcelona en 1909, ante una coalición llamada «Bloque de izquierdas». Reunió a liberales, republicanos y socialistas, y señala el nacimiento de la moderna izquierda española, ajena desde entonces a cualquier idea de democratización pactada. La historiadora María Jesús González, que se centra en los años de gobierno, señala cómo Maura se convirtió luego, después de 1909, en el defensor un poco reticente del régimen que le impidieron reformar. A veces incluso lidiando con sus propios seguidores, los mauristas.. Su biografía, ampliamente documentada, permite conocer en detalle la obra política del Maura gobernante. En su momento, la obra de María Jesús González rompió con el tabú que pesaba sobre el género de la biografía política, tabú impuesto aquí por los marxistas. A cambio, da una importancia exagerada a las ideas progresistas, hasta el punto de hacer del gran político algo así como un discípulo de los institucionistas de Giner de los Ríos –de cuya biografía el autor de estas líneas prepara una reedición para el año que viene–, que abominaban de él tanto como lo despreciaban. La autora no se despega de una perspectiva característica. Con esos mimbres, no se entiende bien la raigambre conservadora y católica del pensamiento de Maura. Tampoco se comprenden los motivos por los que la democracia en España tiene raíces conservadoras. Y, menos aún, por qué entre las razones de ser de la izquierda de nuestro país está el obstaculizar la democracia y acabar con ella, una realidad que cuajó con el famoso eslogan «¡Maura no!». En el fondo, entre las virtudes de la biografía de María Jesús González está la de ser un excelente ejemplo de la historiografía oficial del siglo pasado. Muy alejada, eso sí, del sectarismo que ha llegado luego con las Leyes de Memoria. Memoria antidemocrática, como era de esperar.. Lo mejor: El acopio de información sobre la política gubernamental de Antonio Maura. Lo peor: Los prejuicios que obstaculizan la comprensión cabal de su conservadurismo
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