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  Cultura  Marsella, 1940: la segunda huida de los exiliados del nazismo
Cultura

Marsella, 1940: la segunda huida de los exiliados del nazismo

14 de marzo de 2026
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«Odio a Alemania porque soy español. El buen patriota español sabe que, en el curso de la Historia, siempre que el destino español ha acabado en fracaso se debe a algún tipo de funesta intervención germánica». Esto forma parte de unas declaraciones de Manuel Chaves Nogales, en abril de 1940, durante su exilio británico: había llegado a Londres desde París para escapar de la ocupación alemana en Francia, tras una travesía en barco, e instalado en el hotel Savoy, que a día de hoy todavía conserva archivos de la época en que la capital británica fue el refugio, o, al menos, la escala necesaria, de media Europa que huía de los nazis.. Por supuesto, hubo un sinfín de otros escritores que compartirían la visión de Chaves Nogales, pero por desgracia también más casos de personas letradas que sintieron que el nazismo iba con su modo de pensar. Entre los casos más sonados está el de Knut Hamsun, que defendió la ocupación alemana de Noruega en 1940 al considerar que ello devolvería a su país la grandeza de la época vikinga. No sólo manifestó tal cosa en artículos, sino que se posicionó sin ambages a favor del Tercer Reich, que veía como el salvador de la tirana Inglaterra, además de idolatrar a Hitler, al que llamó, una semana más tarde del suicidio del sátrapa, «un guerrero para la humanidad y un predicador del evangelio sobre el derecho de todas las naciones».. Conocidos y anónimos. En ese mismo año relativo a las dos referencias librescas que hemos apuntado, la ofensiva del Ejército alemán había conseguido apoderarse del suelo galo con tamaña rapidez que, en solo unas pocas semanas se desencadenó un desplazamiento humano de dimensiones extraordinarias: millones de personas huyeron del avance de los nazis. Y por esa senda transita el libro «Marsella 1940» (traducción de Carlos Fortea), de Uwe Wittstock, que estudió esa segunda huida de muchos intelectuales, artistas y pensadores europeos que, tras haber abandonado Alemania y Austria después de 1933, habían encontrado acomodo en Francia. Sin embargo, la invasión alemana convirtió de pronto ese lugar en una trampa mortal, de modo que los exiliados que ya habían perdido su país se vieron obligados a abandonar una vez más sus vidas para intentar salvarse, se calcula que entre ocho y diez millones de personas.. Wittstock habla de que se trató de «un desplazamiento de masas de una dimensión difícilmente imaginable, y quizá el mayor movimiento migratorio que Europa haya vivido nunca en un tiempo tan corto». Así, la obra relata cómo muchos exiliados terminaron concentrándose en Marsella, una ciudad portuaria que se convirtió en el último gran punto de salida hacia la libertad. Desde allí, quienes podían conseguir documentos y ayuda intentaban escapar hacia América, generalmente atravesando España y Portugal o dirigiéndose hacia el norte de África. Entre las personas que pasaron por Marsella en aquellos meses se encontraban algunas de las figuras más importantes de la cultura europea del siglo XX: Hannah Arendt, Walter Benjamin, Heinrich Mann, Anna Seghers, André Breton, Max Ernst, Alma Mahler, Franz Werfel e Marc Chagall. Sus historias, junto a las de muchos otros exiliados, forman el núcleo del relato de Wittstock, que reconstruye día a día las angustias, decisiones y esperanzas de quienes intentaban escapar del avance del nacionalsocialismo.. Esta elección de determinados individuos permite al autor representar la situación de muchos otros refugiados, lo cual él mismo se encarga de justificar: «Esas personas están en el centro de este libro. Junto a ellas, innumerables desconocidos quedaron expuestos a los mismos peligros, pero los rastros de su vida se perdieron en el caos de la guerra y de la huida», señala. Pues bien, dentro de este escenario dramático surge una figura central en el relato: el periodista estadounidense Varian Fry. Wittstock reconstruye cómo este organizó en Marsella el Centre Américain de Secours, una iniciativa destinada a rescatar, y a ayudar a escapar, a intelectuales y artistas amenazados por el régimen nazi. El propio Wittstock destaca el carácter excepcional de ese esfuerzo humanitario en medio de la violencia de la época, al decir que quienes participaron en esa red de ayuda «dieron un ejemplo de inconmovible humanidad en tiempos de la mayor inhumanidad imaginable».. «Marsella 1940» no comienza directamente con los acontecimientos de ese año, sino que retrocede algunos para explicar los antecedentes. Uno de esos episodios iniciales tiene lugar en Berlín en julio de 1935, cuando Fry se encontraba en Alemania realizando un viaje de investigación; por entonces tenía veintisiete años y había llegado desde Nueva York para observar de primera mano la situación en la Alemania de Hitler antes de asumir el puesto de redactor jefe de una revista. El viaje tenía un objetivo claro: comprender el funcionamiento del régimen nazi y advertir a los lectores estadounidenses del peligro que representaba. Fry consideraba que no era necesario ser un profeta para prever que la política de Hitler acabaría conduciendo a una guerra; bastaba con tomar en serio sus declaraciones y observar lo que estaba ocurriendo dentro de Alemania.. Durante su estancia en el país, Fry recorrió distintas ciudades y entrevistó a políticos, empresarios, académicos y personas comunes. También comenzó a aprender alemán para comprender mejor el entorno en el que se encontraba y hacer de ello toda una serie de artículos. Por ejemplo, una tarde de julio de 1935, Fry fue testigo de un episodio de violencia antisemita que lo impresionó profundamente. Al salir del restaurante en que estaba cenando escuchó gritos, cristales rotos y ruido de peleas en una calle cercana. Al llegar al lugar se encontró con grupos de hombres que detenían automóviles, sacaban a los ocupantes y los golpeaban mientras gritaban consignas contra los judíos. Sin embargo, como detalla Wittstock, la policía no intervenía para detener los ataques, sino que se limitaba a regular el tráfico.. Un episodio de violencia. Además, el periodista, oculto en un café, presenció nuevos actos de brutalidad, cuando dos miembros de las SA atacaron a un cliente clavándole un cuchillo en la mano sobre la mesa. Cuando la violencia empezó a disminuir, Fry regresó a su hotel y comenzó a escribir inmediatamente lo que había visto. Aquella misma noche envió su relato al «New York Times», que sacó la noticia en primera página. En los días siguientes Fry intentó obtener más información sobre lo ocurrido y llegó incluso a entrevistarse con Ernst Hanfstaengl, jefe de la oficina de Prensa extranjera del partido nazi, que le hizo comentarios que sugerían planes extremadamente violentos contra los judíos. Aquellas palabras dejaron profundamente impresionado al joven, que por así decirlo ya estaba precavido para ser testigo de las atrocidades que sucedieron cuando Francia fue invadida y miles de refugiados quedaron atrapados en Marsella.. Él mismo se convirtió en uno de los protagonistas de los esfuerzos para ayudarlos a escapar, y con Fry como leitmotiv se articula un relato del que dice el autor que existe suficiente documentación real: «Hay pruebas de todo lo que se cuenta aquí, no se ha inventado nada. Las pruebas proceden de las cartas y diarios, recuerdos, autobiografías y entrevistas de algunas grandes escritoras y escritores, gente del mundo del teatro, intelectuales, artistas».. Lo mejor: Su capacidad para reconstruir con intensidad y apoyo documental el drama de la huida de 1940. Lo peor: Su limitación inevitable: por cada persona mencionada aquí hay miles de otras a ser recordadas

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A través de testimonios y documentos, este libro muestra cómo, incluso en uno de los momentos más oscuros del siglo XX, hubo personas que decidieron actuar guiadas por la solidaridad y la responsabilidad moral

  

«Odio a Alemania porque soy español. El buen patriota español sabe que, en el curso de la Historia, siempre que el destino español ha acabado en fracaso se debe a algún tipo de funesta intervención germánica». Esto forma parte de unas declaraciones de Manuel Chaves Nogales, en abril de 1940, durante su exilio británico: había llegado a Londres desde París para escapar de la ocupación alemana en Francia, tras una travesía en barco, e instalado en el hotel Savoy, que a día de hoy todavía conserva archivos de la época en que la capital británica fue el refugio, o, al menos, la escala necesaria, de media Europa que huía de los nazis.. Por supuesto, hubo un sinfín de otros escritores que compartirían la visión de Chaves Nogales, pero por desgracia también más casos de personas letradas que sintieron que el nazismo iba con su modo de pensar. Entre los casos más sonados está el de Knut Hamsun, que defendió la ocupación alemana de Noruega en 1940 al considerar que ello devolvería a su país la grandeza de la época vikinga. No sólo manifestó tal cosa en artículos, sino que se posicionó sin ambages a favor del Tercer Reich, que veía como el salvador de la tirana Inglaterra, además de idolatrar a Hitler, al que llamó, una semana más tarde del suicidio del sátrapa, «un guerrero para la humanidad y un predicador del evangelio sobre el derecho de todas las naciones». ​. Conocidos y anónimos. En ese mismo año relativo a las dos referencias librescas que hemos apuntado, la ofensiva del Ejército alemán había conseguido apoderarse del suelo galo con tamaña rapidez que, en solo unas pocas semanas se desencadenó un desplazamiento humano de dimensiones extraordinarias: millones de personas huyeron del avance de los nazis. Y por esa senda transita el libro «Marsella 1940» (traducción de Carlos Fortea), de Uwe Wittstock, que estudió esa segunda huida de muchos intelectuales, artistas y pensadores europeos que, tras haber abandonado Alemania y Austria después de 1933, habían encontrado acomodo en Francia. Sin embargo, la invasión alemana convirtió de pronto ese lugar en una trampa mortal, de modo que los exiliados que ya habían perdido su país se vieron obligados a abandonar una vez más sus vidas para intentar salvarse, se calcula que entre ocho y diez millones de personas.. Wittstock habla de que se trató de «un desplazamiento de masas de una dimensión difícilmente imaginable, y quizá el mayor movimiento migratorio que Europa haya vivido nunca en un tiempo tan corto». Así, la obra relata cómo muchos exiliados terminaron concentrándose en Marsella, una ciudad portuaria que se convirtió en el último gran punto de salida hacia la libertad. Desde allí, quienes podían conseguir documentos y ayuda intentaban escapar hacia América, generalmente atravesando España y Portugal o dirigiéndose hacia el norte de África. Entre las personas que pasaron por Marsella en aquellos meses se encontraban algunas de las figuras más importantes de la cultura europea del siglo XX: Hannah Arendt, Walter Benjamin, Heinrich Mann, Anna Seghers, André Breton, Max Ernst, Alma Mahler, Franz Werfel e Marc Chagall. Sus historias, junto a las de muchos otros exiliados, forman el núcleo del relato de Wittstock, que reconstruye día a día las angustias, decisiones y esperanzas de quienes intentaban escapar del avance del nacionalsocialismo.. Esta elección de determinados individuos permite al autor representar la situación de muchos otros refugiados, lo cual él mismo se encarga de justificar: «Esas personas están en el centro de este libro. Junto a ellas, innumerables desconocidos quedaron expuestos a los mismos peligros, pero los rastros de su vida se perdieron en el caos de la guerra y de la huida», señala. Pues bien, dentro de este escenario dramático surge una figura central en el relato: el periodista estadounidense Varian Fry. Wittstock reconstruye cómo este organizó en Marsella el Centre Américain de Secours, una iniciativa destinada a rescatar, y a ayudar a escapar, a intelectuales y artistas amenazados por el régimen nazi. El propio Wittstock destaca el carácter excepcional de ese esfuerzo humanitario en medio de la violencia de la época, al decir que quienes participaron en esa red de ayuda «dieron un ejemplo de inconmovible humanidad en tiempos de la mayor inhumanidad imaginable».. «Marsella 1940» no comienza directamente con los acontecimientos de ese año, sino que retrocede algunos para explicar los antecedentes. Uno de esos episodios iniciales tiene lugar en Berlín en julio de 1935, cuando Fry se encontraba en Alemania realizando un viaje de investigación; por entonces tenía veintisiete años y había llegado desde Nueva York para observar de primera mano la situación en la Alemania de Hitler antes de asumir el puesto de redactor jefe de una revista. El viaje tenía un objetivo claro: comprender el funcionamiento del régimen nazi y advertir a los lectores estadounidenses del peligro que representaba. Fry consideraba que no era necesario ser un profeta para prever que la política de Hitler acabaría conduciendo a una guerra; bastaba con tomar en serio sus declaraciones y observar lo que estaba ocurriendo dentro de Alemania.. Durante su estancia en el país, Fry recorrió distintas ciudades y entrevistó a políticos, empresarios, académicos y personas comunes. También comenzó a aprender alemán para comprender mejor el entorno en el que se encontraba y hacer de ello toda una serie de artículos. Por ejemplo, una tarde de julio de 1935, Fry fue testigo de un episodio de violencia antisemita que lo impresionó profundamente. Al salir del restaurante en que estaba cenando escuchó gritos, cristales rotos y ruido de peleas en una calle cercana. Al llegar al lugar se encontró con grupos de hombres que detenían automóviles, sacaban a los ocupantes y los golpeaban mientras gritaban consignas contra los judíos. Sin embargo, como detalla Wittstock, la policía no intervenía para detener los ataques, sino que se limitaba a regular el tráfico.. Un episodio de violencia. Además, el periodista, oculto en un café, presenció nuevos actos de brutalidad, cuando dos miembros de las SA atacaron a un cliente clavándole un cuchillo en la mano sobre la mesa. Cuando la violencia empezó a disminuir, Fry regresó a su hotel y comenzó a escribir inmediatamente lo que había visto. Aquella misma noche envió su relato al «New York Times», que sacó la noticia en primera página. En los días siguientes Fry intentó obtener más información sobre lo ocurrido y llegó incluso a entrevistarse con Ernst Hanfstaengl, jefe de la oficina de Prensa extranjera del partido nazi, que le hizo comentarios que sugerían planes extremadamente violentos contra los judíos. Aquellas palabras dejaron profundamente impresionado al joven, que por así decirlo ya estaba precavido para ser testigo de las atrocidades que sucedieron cuando Francia fue invadida y miles de refugiados quedaron atrapados en Marsella.. Él mismo se convirtió en uno de los protagonistas de los esfuerzos para ayudarlos a escapar, y con Fry como leitmotiv se articula un relato del que dice el autor que existe suficiente documentación real: «Hay pruebas de todo lo que se cuenta aquí, no se ha inventado nada. Las pruebas proceden de las cartas y diarios, recuerdos, autobiografías y entrevistas de algunas grandes escritoras y escritores, gente del mundo del teatro, intelectuales, artistas».. 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