Esta científica, valiente donde las haya, dejó una frase que nos hace reflexionar hondamente: “Nada en la vida debe temerse, solo debe comprenderse. Cuando lo comprendes, el temor desaparece”. Me gusta aplicar esta frase a las relaciones humanas y los prejuicios. Es ciertísimo que si nos tomáramos la molestia de indagar en aquellos humanos que desconocemos, el temor hacia ellos desaparecería. No hablo de asesinos, psicópatas y demás violentos disfrazados, a los que también habría que conocer para pararlos; hablo de esa gente que nos parece radicalmente diferente a nosotros y nos provoca la necesidad de negarlos, marginarlos e incluso agredirlos. Unas de las personas que más miedo provocan son los “sin hogar”, con sus barbas, su carrito, su sufrimiento. La reacción general de los transeúntes es convertirles en seres invisibles. Solo algunos conscientes se acercan a ellos y descubren que detrás de esos seres rotos hay corazones grandes y vidas valiosas. Descubren asimismo que, con afecto, estos hombres son generosos y apacibles. “Porque el temor no nace de un peligro real sino de un desconocimiento”. También las personas LGTG inexplicablemente generan cierto miedo entre los amilanados. Asimismo, los que visten modas aparentemente agresivas, puro maquillaje, muchas de las veces para parecer malotes. Por eso estoy tan de acuerdo con la genial Curie en que hay que avanzar sin temor al peligro. Pero, cuidado, hay que estar atento cuando suenan las alarmas de destrucción. Entonces hay que parar. Algo que nuestras sociedades regidas por la economía desalmada no hacen. Cuando el dinero entra en juego, las señales de peligro son pisoteadas por los que están llenando el cazo de dinero, poder u otro tipo de regalías inmorales. Cuando el daño general aflora hay que parar, detenerlos, sin contemplaciones.. Marie Curie no se detuvo con el radio y lo pagó con su propia vida, murió de una anemia aplásica causada por los tubos de ensayo que guardaba en su bata. Seguramente no tuvo miedo porque comprendía que estaba haciendo un bien a la humanidad. Lo único que justifica el peor peligro.
Unas de las personas que más miedo provocan son los “sin hogar”, con sus barbas, su carrito, su sufrimiento
Esta científica, valiente donde las haya, dejó una frase que nos hace reflexionar hondamente: “Nada en la vida debe temerse, solo debe comprenderse. Cuando lo comprendes, el temor desaparece”. Me gusta aplicar esta frase a las relaciones humanas y los prejuicios. Es ciertísimo que si nos tomáramos la molestia de indagar en aquellos humanos que desconocemos, el temor hacia ellos desaparecería. No hablo de asesinos, psicópatas y demás violentos disfrazados, a los que también habría que conocer para pararlos; hablo de esa gente que nos parece radicalmente diferente a nosotros y nos provoca la necesidad de negarlos, marginarlos e incluso agredirlos. Unas de las personas que más miedo provocan son los “sin hogar”, con sus barbas, su carrito, su sufrimiento. La reacción general de los transeúntes es convertirles en seres invisibles. Solo algunos conscientes se acercan a ellos y descubren que detrás de esos seres rotos hay corazones grandes y vidas valiosas. Descubren asimismo que, con afecto, estos hombres son generosos y apacibles. “Porque el temor no nace de un peligro real sino de un desconocimiento”. También las personas LGTG inexplicablemente generan cierto miedo entre los amilanados. Asimismo, los que visten modas aparentemente agresivas, puro maquillaje, muchas de las veces para parecer malotes. Por eso estoy tan de acuerdo con la genial Curie en que hay que avanzar sin temor al peligro. Pero, cuidado, hay que estar atento cuando suenan las alarmas de destrucción. Entonces hay que parar. Algo que nuestras sociedades regidas por la economía desalmada no hacen. Cuando el dinero entra en juego, las señales de peligro son pisoteadas por los que están llenando el cazo de dinero, poder u otro tipo de regalías inmorales. Cuando el daño general aflora hay que parar, detenerlos, sin contemplaciones.. Marie Curie no se detuvo con el radio y lo pagó con su propia vida, murió de una anemia aplásica causada por los tubos de ensayo que guardaba en su bata. Seguramente no tuvo miedo porque comprendía que estaba haciendo un bien a la humanidad. Lo único que justifica el peor peligro.
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