Siete meses de papilla y un cartón en las porterías del futbolín. Así arrancó la historia de Iker Casillas, nacido en Móstoles en el seno de una familia que llegó justa a fin de mes y que encontró en el ingenio doméstico la solución a los problemas cotidianos. El niño que acabaría ganando tres Champions League, un Mundial y dos Eurocopas con la selección española empezó su vida entre centrifugados de lavadora y bares con futbolín.. La lavadora y el futbolín. Mari Carmen, su madre, tardó siete meses en conseguir que el pequeño Iker comiese algo que no fueran papilla y patatas fritas. El método que ideó para lograrlo merece capítulo propio. En un bar cercano que tenía futbolín, subía al niño a una banqueta y aprovechaba los instantes entre gol y gol para meterle la cuchara. El problema era el coste de la maquinita, pero encontró una solución: encajaba un cartón en las porterías sin que los dueños le vieran, de modo que las bolas no cayeran y no hubiera que seguir echando monedas. «Fíjese lo que llegué a hacer: le llevaba a comer a un bar donde había un futbolín, le subía en una banqueta y, entre gol y gol, conseguía darle la papilla. Pero, claro, no iba a estar echando duros dos horas a la maquinita. Así que cogía un cartón y, sin que me vieran los dueños, lo encajaba en las porterías para que las bolas no se colaran. Cualquiera que me oiga…», recordó Mari Carmen hace años en El País. El futbolín no fue el único aliado. «¡Lo que he llegado a inventarme para que comiera! La lavadora, por ejemplo, era magnífica. Metía un balón, la ponía a centrifugar y el niño se quedaba alelado viendo cómo daba vueltas la pelota. Yo aprovechaba y… ¡toma cucharada!», añadió.. Un guardia civil con aspiraciones vascas. Detrás de aquellas penurias había una economía familiar que apretaba. José Luis Casillas trabajaba como guardia civil y su mujer, María del Carmen Fernández, se ocupaba del hogar, y el dinero no llegaba con holgura. La situación fue tan ajustada que José Luis pidió en dos ocasiones el traslado al País Vasco para cobrar los complementos salariales por destino. Ese intento explica que sus dos hijos lleven nombres vascos, Iker y Unai. El traslado nunca llegó a materializarse, pero los nombres quedaron.. José Luis Casillas siempre fue para su hijo la figura vertebral de su trayectoria deportiva, y el propio Iker Casillas lo ha reconocido públicamente. El padre, sin embargo, ejercía una contención deliberada ante los elogios que recibía de los entrenadores de la cantera. «No quiero que suene prepotente, a mi padre todos los entrenadores le decían que era bueno, que iba a llegar a ser portero del Madrid. Él sabía que era bueno, pero no quería que me confundiera», explicó Iker Casillas. Esa mesura paterna convivió además con el rendimiento académico del hijo, que compaginaba los entrenamientos con los libros sin descuidar ninguno de los dos frentes. «En EGB sacó una media de sobresaliente, en Primero de BUP, notable… Luego, llegaron los viajes y, aun así, pudo con el COU», contó José Luis.. La final que perdió y la que ganó. A los nueve años, Iker Casillas entró en la cantera del Real Madrid y su progresión fue tan rápida que apenas dos meses después ya viajaba fuera de España para competir. José Luis narró aquellos primeros pasos con detalle: «Le metieron en el torneo social del club. Jugaba con el equipo llamado Losada y dos meses después le llevaron a un campeonato benjamín en Francia. Su equipo llegó a la final, contra el Benfica. ¿Y a que no sabe lo que pasó? ¡Perdieron por penaltis!», recordó. Aquella derrota ante el Benfica en categoría benjamín adquiere otra dimensión al ponerla junto a lo que vendría después, cuando ese mismo portero fue determinante en la tanda de penaltis de cuartos de final de la Eurocopa 2008 ante Italia, donde empezó la leyenda.
La madre del mítico portero de la selección española y del Real Madrid ha contado cómo fue su infancia y cuánto le costaba comer
Siete meses de papilla y un cartón en las porterías del futbolín. Así arrancó la historia de Iker Casillas, nacido en Móstoles en el seno de una familia que llegó justa a fin de mes y que encontró en el ingenio doméstico la solución a los problemas cotidianos. El niño que acabaría ganando tres Champions League, un Mundial y dos Eurocopas con la selección española empezó su vida entre centrifugados de lavadora y bares con futbolín.. La lavadora y el futbolín. Mari Carmen, su madre, tardó siete meses en conseguir que el pequeño Iker comiese algo que no fueran papilla y patatas fritas. El método que ideó para lograrlo merece capítulo propio. En un bar cercano que tenía futbolín, subía al niño a una banqueta y aprovechaba los instantes entre gol y gol para meterle la cuchara. El problema era el coste de la maquinita, pero encontró una solución: encajaba un cartón en las porterías sin que los dueños le vieran, de modo que las bolas no cayeran y no hubiera que seguir echando monedas. «Fíjese lo que llegué a hacer: le llevaba a comer a un bar donde había un futbolín, le subía en una banqueta y, entre gol y gol, conseguía darle la papilla. Pero, claro, no iba a estar echando duros dos horas a la maquinita. Así que cogía un cartón y, sin que me vieran los dueños, lo encajaba en las porterías para que las bolas no se colaran. Cualquiera que me oiga…», recordó Mari Carmen hace años en El País. El futbolín no fue el único aliado. «¡Lo que he llegado a inventarme para que comiera! La lavadora, por ejemplo, era magnífica. Metía un balón, la ponía a centrifugar y el niño se quedaba alelado viendo cómo daba vueltas la pelota. Yo aprovechaba y… ¡toma cucharada!», añadió.. Un guardia civil con aspiraciones vascas. Detrás de aquellas penurias había una economía familiar que apretaba. José Luis Casillas trabajaba como guardia civil y su mujer, María del Carmen Fernández, se ocupaba del hogar, y el dinero no llegaba con holgura. La situación fue tan ajustada que José Luis pidió en dos ocasiones el traslado al País Vasco para cobrar los complementos salariales por destino. Ese intento explica que sus dos hijos lleven nombres vascos, Iker y Unai. El traslado nunca llegó a materializarse, pero los nombres quedaron.. José Luis Casillas siempre fue para su hijo la figura vertebral de su trayectoria deportiva, y el propio Iker Casillas lo ha reconocido públicamente. El padre, sin embargo, ejercía una contención deliberada ante los elogios que recibía de los entrenadores de la cantera. «No quiero que suene prepotente, a mi padre todos los entrenadores le decían que era bueno, que iba a llegar a ser portero del Madrid. Él sabía que era bueno, pero no quería que me confundiera», explicó Iker Casillas. Esa mesura paterna convivió además con el rendimiento académico del hijo, que compaginaba los entrenamientos con los libros sin descuidar ninguno de los dos frentes. «En EGB sacó una media de sobresaliente, en Primero de BUP, notable… Luego, llegaron los viajes y, aun así, pudo con el COU», contó José Luis.. La final que perdió y la que ganó. A los nueve años, Iker Casillas entró en la cantera del Real Madrid y su progresión fue tan rápida que apenas dos meses después ya viajaba fuera de España para competir. José Luis narró aquellos primeros pasos con detalle: «Le metieron en el torneo social del club. Jugaba con el equipo llamado Losada y dos meses después le llevaron a un campeonato benjamín en Francia. Su equipo llegó a la final, contra el Benfica. ¿Y a que no sabe lo que pasó? ¡Perdieron por penaltis!», recordó. Aquella derrota ante el Benfica en categoría benjamín adquiere otra dimensión al ponerla junto a lo que vendría después, cuando ese mismo portero fue determinante en la tanda de penaltis de cuartos de final de la Eurocopa 2008 ante Italia, donde empezó la leyenda.
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