Hay momentos en la política estadounidense en los que la política exterior deja de ser un asunto técnico para convertirse en una palanca de poder interno. La captura de Nicolás Maduro, presentada por la Casa Blanca como una operación quirúrgica contra el crimen organizado y el autoritarismo hemisférico, ha tenido ese efecto. Y si hay un nombre que emerge como gran beneficiario de esta jugada es el de Marco Rubio, hoy convertido en el gran hacedor de la Venezuela trumpista y en una figura central del debate republicano de cara a 2028.. No es casual que Rubio haya sido el rostro visible antes, durante y después de la operación. Tampoco lo es la ausencia llamativa del vicepresidente JD Vance, a quien muchos dan por heredero natural de Donald Trump. En política, las ausencias pesan tanto como las presencias, y la de Vance en este episodio ha sido interpretada en Washington como algo más que un detalle de agenda.. La ausencia de Vance y el cálculo electoral. Antes de que se activara la operación, en sectores del Partido Republicano y de la propia Casa Blanca circulaba una lectura clara: Vance lideraba el ala más escéptica frente a una intervención directa en Venezuela. No por simpatía con el régimen chavista, sino por cálculo político. Las encuestas mostraban poco entusiasmo ciudadano ante una acción militar en América Latina y el vicepresidente —pragmático, disciplinado, con la vista puesta en 2028— prefería concentrarse en las banderas más populares de la era America First: inflación, desindustrialización, migración.. Apostar por lo seguro, no por lo épico. Esa lógica explica su bajo perfil en todo lo relacionado con Venezuela y su ausencia tanto en la operación como en la conferencia de prensa posterior. Hasta hoy, su papel en ese frente sigue siendo secundario, casi invisible.. Rubio, el ala dura que convenció a Trump. En la vereda opuesta se movía Rubio. Viejo conocedor del dossier venezolano, con una biografía marcada por el anticastrismo cubano y una carrera construida alrededor de la política hemisférica, el hoy secretario de Estado defendía una tesis distinta: Venezuela no era un frente periférico, sino un nudo estratégico donde convergían narcotráfico, actores extrahemisféricos y un desafío directo a la credibilidad de Estados Unidos.. Convencer a Trump de actuar —y hacerlo ahora— fue su gran victoria política. En un entorno donde muchos aconsejaban prudencia, Rubio apostó por la acción y logró imponer su diagnóstico. El resultado es una operación que no solo golpea al chavismo, sino que redefine el enfoque estadounidense en la región.. Una victoria política. La captura del dictador venezolano se ha leído como un golpe de efecto geopolítico, pero también como un triunfo personal de Rubio. No solo diseñó el plan; supo blindarlo de la lógica electoral que ya empieza a contaminar cada decisión en Washington. Mientras otros calculaban costos en encuestas futuras, Rubio jugó a largo plazo: sumar credenciales, asumir riesgos y dejar que los resultados hablaran.. En la puesta en escena posterior, Rubio volvió a marcar diferencias. Frente a los impulsos más maximalistas del presidente, se encargó de encuadrar la operación como una acción contra estructuras criminales, no contra el pueblo venezolano. Fue un ejercicio de control político y discursivo que reforzó su imagen de estratega serio, no de halcón impulsivo.. Dos estilos, dos caminos hacia 2028. La comparación con Vance resulta inevitable. El vicepresidente está ya inmerso en la arena electoral, recibiendo fuego amigo de sectores America First que lo consideran demasiado ideológico para unos y excesivamente prudente para otros. Incluso ha sido blanco de ataques personales que revelan lo temprano y áspero del combate interno republicano.. Rubio, en cambio, se mantiene al margen de la refriega. Su discurso es institucional, su agenda es de gobierno y su foco está puesto en la acumulación de resultados. No compite —todavía—, pero tampoco se borra. Observa, ejecuta y espera.. El blindaje estratégico del posible candidato. La jugada ha sido especialmente astuta. Al declarar que apoyará a Vance si decide lanzarse a la Presidencia, Rubio se presenta como hombre de partido y evita un choque frontal. Se distancia de la pelea interna sin renunciar a su propio capital político. En Washington, parecer indispensable sin parecer ambicioso es una virtud escasa y poderosa.. Su perfil ayuda a entender este momento. Hijo de inmigrantes cubanos, senador durante más de una década, aspirante frustrado en 2016 y ahora jefe de la diplomacia en el segundo mandato de Trump, Rubio ha logrado reinventarse. Ya no es el joven que chocó con el trumpismo; es uno de sus arquitectos más eficaces.. La Venezuela trumpista como plataforma. Para Trump, Rubio es útil: entiende América Latina, habla el lenguaje de la seguridad nacional y conecta con votantes hispanos clave. Para el Partido Republicano, es algo más: la prueba de que existe un trumpismo institucional, capaz de ejecutar políticas duras sin caer en la improvisación permanente.. ¿Es suficiente para pensar en 2028? Aún es pronto. La política exterior rara vez gana elecciones por sí sola y el humor del electorado estadounidense puede cambiar con rapidez. Pero en un partido que busca sucesión sin ruptura, Rubio ofrece un perfil singular: leal a Trump, respetado por el establishment y relativamente inmune —por ahora— al desgaste de la lucha interna. Mientras Vance corre, Rubio camina. Y a veces, en Washington, caminar con paso firme es la forma más segura de llegar primero.
Hay momentos en la política estadounidense en los que la política exterior deja de ser un asunto técnico para convertirse en una palanca de poder interno. La captura de Nicolás Maduro, presentada por la Casa Blanca como una operación quirúrgica contra el crimen organizado y el autoritarismo hemisférico, ha tenido ese efecto. Y si hay un nombre que emerge como gran beneficiario de esta jugada es el de Marco Rubio, hoy convertido en el gran hacedor de la Venezuela trumpista y en una figura central del debate republicano de cara a 2028.. No es casual que Rubio haya sido el rostro visible antes, durante y después de la operación. Tampoco lo es la ausencia llamativa del vicepresidente JD Vance, a quien muchos dan por heredero natural de Donald Trump. En política, las ausencias pesan tanto como las presencias, y la de Vance en este episodio ha sido interpretada en Washington como algo más que un detalle de agenda.. La ausencia de Vance y el cálculo electoral. Antes de que se activara la operación, en sectores del Partido Republicano y de la propia Casa Blanca circulaba una lectura clara: Vance lideraba el ala más escéptica frente a una intervención directa en Venezuela. No por simpatía con el régimen chavista, sino por cálculo político. Las encuestas mostraban poco entusiasmo ciudadano ante una acción militar en América Latina y el vicepresidente —pragmático, disciplinado, con la vista puesta en 2028— prefería concentrarse en las banderas más populares de la era America First: inflación, desindustrialización, migración.. Apostar por lo seguro, no por lo épico. Esa lógica explica su bajo perfil en todo lo relacionado con Venezuela y su ausencia tanto en la operación como en la conferencia de prensa posterior. Hasta hoy, su papel en ese frente sigue siendo secundario, casi invisible.. Rubio, el ala dura que convenció a Trump. En la vereda opuesta se movía Rubio. Viejo conocedor del dossier venezolano, con una biografía marcada por el anticastrismo cubano y una carrera construida alrededor de la política hemisférica, el hoy secretario de Estado defendía una tesis distinta: Venezuela no era un frente periférico, sino un nudo estratégico donde convergían narcotráfico, actores extrahemisféricos y un desafío directo a la credibilidad de Estados Unidos.. Convencer a Trump de actuar —y hacerlo ahora— fue su gran victoria política. En un entorno donde muchos aconsejaban prudencia, Rubio apostó por la acción y logró imponer su diagnóstico. El resultado es una operación que no solo golpea al chavismo, sino que redefine el enfoque estadounidense en la región.. Una victoria política. La captura del dictador venezolano se ha leído como un golpe de efecto geopolítico, pero también como un triunfo personal de Rubio. No solo diseñó el plan; supo blindarlo de la lógica electoral que ya empieza a contaminar cada decisión en Washington. Mientras otros calculaban costos en encuestas futuras, Rubio jugó a largo plazo: sumar credenciales, asumir riesgos y dejar que los resultados hablaran.. En la puesta en escena posterior, Rubio volvió a marcar diferencias. Frente a los impulsos más maximalistas del presidente, se encargó de encuadrar la operación como una acción contra estructuras criminales, no contra el pueblo venezolano. Fue un ejercicio de control político y discursivo que reforzó su imagen de estratega serio, no de halcón impulsivo.. Dos estilos, dos caminos hacia 2028. La comparación con Vance resulta inevitable. El vicepresidente está ya inmerso en la arena electoral, recibiendo fuego amigo de sectores America First que lo consideran demasiado ideológico para unos y excesivamente prudente para otros. Incluso ha sido blanco de ataques personales que revelan lo temprano y áspero del combate interno republicano.. Rubio, en cambio, se mantiene al margen de la refriega. Su discurso es institucional, su agenda es de gobierno y su foco está puesto en la acumulación de resultados. No compite —todavía—, pero tampoco se borra. Observa, ejecuta y espera.. El blindaje estratégico del posible candidato. La jugada ha sido especialmente astuta. Al declarar que apoyará a Vance si decide lanzarse a la Presidencia, Rubio se presenta como hombre de partido y evita un choque frontal. Se distancia de la pelea interna sin renunciar a su propio capital político. En Washington, parecer indispensable sin parecer ambicioso es una virtud escasa y poderosa.. Su perfil ayuda a entender este momento. Hijo de inmigrantes cubanos, senador durante más de una década, aspirante frustrado en 2016 y ahora jefe de la diplomacia en el segundo mandato de Trump, Rubio ha logrado reinventarse. Ya no es el joven que chocó con el trumpismo; es uno de sus arquitectos más eficaces.. La Venezuela trumpista como plataforma. Para Trump, Rubio es útil: entiende América Latina, habla el lenguaje de la seguridad nacional y conecta con votantes hispanos clave. Para el Partido Republicano, es algo más: la prueba de que existe un trumpismo institucional, capaz de ejecutar políticas duras sin caer en la improvisación permanente.. ¿Es suficiente para pensar en 2028? Aún es pronto. La política exterior rara vez gana elecciones por sí sola y el humor del electorado estadounidense puede cambiar con rapidez. Pero en un partido que busca sucesión sin ruptura, Rubio ofrece un perfil singular: leal a Trump, respetado por el establishment y relativamente inmune —por ahora— al desgaste de la lucha interna. Mientras Vance corre, Rubio camina. Y a veces, en Washington, caminar con paso firme es la forma más segura de llegar primero.
La caída de Maduro, sumado a su perfil discreto e institucionalista, lo perfilan como posible candidato de cara a las presidenciales de 2028
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