Manos Unidas ha vuelto a colocar la lucha contra el hambre en el centro del debate global sobre la paz. Lo hace en un momento especialmente convulso, marcado por la proliferación de conflictos armados y por una violencia que, lejos de desaparecer, se cronifica en numerosas regiones del planeta. Bajo esta mirada, la organización sostiene que combatir la pobreza y garantizar derechos básicos no es solo una cuestión humanitaria, sino una condición imprescindible para construir una paz real y duradera.. El Palacio Episcopal acogió esta semana la presentación de la campaña anual de 2026 en Córdoba, un acto que reunió al obispo de la diócesis, monseñor Jesús Fernández; al consiliario de la ONG, Agustín Moreno; a la presidenta diocesana, María Angustias Redondo; y a la misionera Dalila Elisabeth Baca. En un ambiente marcado por la reflexión y el compromiso, los responsables de la entidad insistieron en una idea que atraviesa toda la campaña: la paz no puede entenderse únicamente como la ausencia de guerra, sino como un proceso que exige educación, instituciones sólidas y justicia social.. Moreno recordó que Manos Unidas trabaja desde hace décadas con una misión clara: erradicar el hambre, la enfermedad y las carencias educativas que afectan a millones de personas en países en desarrollo. “Hay que luchar contra la injusticia, la desigualdad y la falta de oportunidades entre los pueblos”, subrayó, al tiempo que puso en valor la estructura humana que sostiene el trabajo de la organización. A nivel nacional, la entidad cuenta con 72 delegaciones y unos 6.700 voluntarios. En Córdoba, donde solo existe una persona contratada, la labor se apoya en una amplia red de colaboradores, socios y parroquias que permiten que la mayor parte de los recursos económicos llegue directamente a los destinatarios de los proyectos.. Cada campaña moviliza cifras significativas. Según explicó el consiliario, la inversión anual ronda el millón de euros, con unos 6.000 beneficiarios directos y cerca de 40.000 indirectos. A ello se suma el trabajo de sensibilización en centros educativos y parroquias, considerado por la organización como una herramienta clave para promover valores de convivencia y justicia social.. La presidenta diocesana detalló los cuatro proyectos que centrarán el esfuerzo de este año, uno por cada vicaría, con una inversión global de 363.816 euros. Dos de ellos se desarrollarán en África, uno en América y otro en Asia, alcanzando a más de 12.000 beneficiarios directos y casi 55.000 indirectos.. El proyecto asignado a la capital cordobesa se llevará a cabo en Maralá, al norte de Kenia, una región especialmente empobrecida donde el analfabetismo alcanza el 70% de la población y se acerca al cien por cien entre mujeres y niñas. Allí se construirán tres aulas, talleres de formación profesional, un comedor y depósitos de agua, con el objetivo de reforzar la capacitación práctica de las alumnas de la escuela Irene School. Para Redondo, apostar por la educación femenina tiene un impacto multiplicador: cuando una mujer accede a la formación, se abre una oportunidad para toda su familia.. La vicaría de la Campiña, por su parte, trabajará en Maracaibo (Venezuela) con un proyecto destinado a mejorar el acceso a la educación secundaria en el barrio de los Domínguez. La construcción y equipamiento de nuevas aulas, laboratorios e instalaciones informáticas permitirá que 648 jóvenes continúen su formación académica y puedan aspirar a estudios universitarios o profesionales. Se trata, según la organización, de una herramienta para romper el círculo de la pobreza estructural que afecta a familias vulnerables.. En Malawi, el proyecto impulsado por la vicaría del Guadalquivir se centra en la seguridad alimentaria en escuelas primarias. Con una inversión cercana a los 86.000 euros, se construirán 22 cocinas equipadas con acceso a agua segura, garantizando al menos una comida diaria para más de 11.500 niños. En un país donde la agricultura de subsistencia es predominante y las aulas pueden llegar a albergar hasta 200 alumnos por profesor, la alimentación se convierte también en un incentivo para la asistencia escolar.. El cuarto proyecto, asignado a la vicaría de la Sierra, se desarrollará en India y está dirigido a niñas con discapacidad, un colectivo especialmente vulnerable. La construcción de un internado permitirá que 122 menores vivan en condiciones dignas y accedan a una educación que, en muchos casos, les es negada por prejuicios sociales y situaciones de exclusión extrema.. La educación fue señalada de forma reiterada como la herramienta más poderosa para combatir la pobreza. Así lo defendió la presidenta diocesana y también la misionera Dalila Elisabeth Baca, quien aportó el testimonio directo de jóvenes y familias cuya vida ha cambiado gracias a los proyectos de Manos Unidas. Su intervención puso rostro a las cifras y recordó que detrás de cada iniciativa hay historias personales de superación y esperanza.. El obispo Jesús Fernández cerró el acto con una reflexión que conectó la campaña con la situación global actual. Según recordó, el mundo vive el mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial, con decenas de países implicados en guerras activas y millones de personas atrapadas en crisis olvidadas. Para el prelado, el hambre no es una fatalidad inevitable, sino una consecuencia de la injusticia y del mal uso de los recursos.. Durante sus 67 años de trayectoria, Manos Unidas ha defendido que desarrollo y paz son inseparables. En un contexto internacional cada vez más polarizado, la ONG insiste en que romper la cadena entre hambre, pobreza y violencia es el único camino hacia una convivencia duradera. La campaña de este año, más que una simple recaudación de fondos, se presenta como una llamada a la responsabilidad colectiva: unir esfuerzos para construir un mundo donde la dignidad humana y la justicia social sean el verdadero fundamento de la paz.
Presenta en Córdoba su campaña 2026 con cuatro proyectos en África, Asia y América que beneficiarán a más de 12.000 personas
Manos Unidas ha vuelto a colocar la lucha contra el hambre en el centro del debate global sobre la paz. Lo hace en un momento especialmente convulso, marcado por la proliferación de conflictos armados y por una violencia que, lejos de desaparecer, se cronifica en numerosas regiones del planeta. Bajo esta mirada, la organización sostiene que combatir la pobreza y garantizar derechos básicos no es solo una cuestión humanitaria, sino una condición imprescindible para construir una paz real y duradera.. El Palacio Episcopal acogió esta semana la presentación de la campaña anual de 2026 en Córdoba, un acto que reunió al obispo de la diócesis, monseñor Jesús Fernández; al consiliario de la ONG, Agustín Moreno; a la presidenta diocesana, María Angustias Redondo; y a la misionera Dalila Elisabeth Baca. En un ambiente marcado por la reflexión y el compromiso, los responsables de la entidad insistieron en una idea que atraviesa toda la campaña: la paz no puede entenderse únicamente como la ausencia de guerra, sino como un proceso que exige educación, instituciones sólidas y justicia social.. Moreno recordó que Manos Unidas trabaja desde hace décadas con una misión clara: erradicar el hambre, la enfermedad y las carencias educativas que afectan a millones de personas en países en desarrollo. “Hay que luchar contra la injusticia, la desigualdad y la falta de oportunidades entre los pueblos”, subrayó, al tiempo que puso en valor la estructura humana que sostiene el trabajo de la organización. A nivel nacional, la entidad cuenta con 72 delegaciones y unos 6.700 voluntarios. En Córdoba, donde solo existe una persona contratada, la labor se apoya en una amplia red de colaboradores, socios y parroquias que permiten que la mayor parte de los recursos económicos llegue directamente a los destinatarios de los proyectos.. Cada campaña moviliza cifras significativas. Según explicó el consiliario, la inversión anual ronda el millón de euros, con unos 6.000 beneficiarios directos y cerca de 40.000 indirectos. A ello se suma el trabajo de sensibilización en centros educativos y parroquias, considerado por la organización como una herramienta clave para promover valores de convivencia y justicia social.. La presidenta diocesana detalló los cuatro proyectos que centrarán el esfuerzo de este año, uno por cada vicaría, con una inversión global de 363.816 euros. Dos de ellos se desarrollarán en África, uno en América y otro en Asia, alcanzando a más de 12.000 beneficiarios directos y casi 55.000 indirectos.. El proyecto asignado a la capital cordobesa se llevará a cabo en Maralá, al norte de Kenia, una región especialmente empobrecida donde el analfabetismo alcanza el 70% de la población y se acerca al cien por cien entre mujeres y niñas. Allí se construirán tres aulas, talleres de formación profesional, un comedor y depósitos de agua, con el objetivo de reforzar la capacitación práctica de las alumnas de la escuela Irene School. Para Redondo, apostar por la educación femenina tiene un impacto multiplicador: cuando una mujer accede a la formación, se abre una oportunidad para toda su familia.. La vicaría de la Campiña, por su parte, trabajará en Maracaibo (Venezuela) con un proyecto destinado a mejorar el acceso a la educación secundaria en el barrio de los Domínguez. La construcción y equipamiento de nuevas aulas, laboratorios e instalaciones informáticas permitirá que 648 jóvenes continúen su formación académica y puedan aspirar a estudios universitarios o profesionales. Se trata, según la organización, de una herramienta para romper el círculo de la pobreza estructural que afecta a familias vulnerables.. En Malawi, el proyecto impulsado por la vicaría del Guadalquivir se centra en la seguridad alimentaria en escuelas primarias. Con una inversión cercana a los 86.000 euros, se construirán 22 cocinas equipadas con acceso a agua segura, garantizando al menos una comida diaria para más de 11.500 niños. En un país donde la agricultura de subsistencia es predominante y las aulas pueden llegar a albergar hasta 200 alumnos por profesor, la alimentación se convierte también en un incentivo para la asistencia escolar.. El cuarto proyecto, asignado a la vicaría de la Sierra, se desarrollará en India y está dirigido a niñas con discapacidad, un colectivo especialmente vulnerable. La construcción de un internado permitirá que 122 menores vivan en condiciones dignas y accedan a una educación que, en muchos casos, les es negada por prejuicios sociales y situaciones de exclusión extrema.. La educación fue señalada de forma reiterada como la herramienta más poderosa para combatir la pobreza. Así lo defendió la presidenta diocesana y también la misionera Dalila Elisabeth Baca, quien aportó el testimonio directo de jóvenes y familias cuya vida ha cambiado gracias a los proyectos de Manos Unidas. Su intervención puso rostro a las cifras y recordó que detrás de cada iniciativa hay historias personales de superación y esperanza.. El obispo Jesús Fernández cerró el acto con una reflexión que conectó la campaña con la situación global actual. Según recordó, el mundo vive el mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial, con decenas de países implicados en guerras activas y millones de personas atrapadas en crisis olvidadas. Para el prelado, el hambre no es una fatalidad inevitable, sino una consecuencia de la injusticia y del mal uso de los recursos.. Durante sus 67 años de trayectoria, Manos Unidas ha defendido que desarrollo y paz son inseparables. En un contexto internacional cada vez más polarizado, la ONG insiste en que romper la cadena entre hambre, pobreza y violencia es el único camino hacia una convivencia duradera. La campaña de este año, más que una simple recaudación de fondos, se presenta como una llamada a la responsabilidad colectiva: unir esfuerzos para construir un mundo donde la dignidad humana y la justicia social sean el verdadero fundamento de la paz.
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