Todo estaba funcionando bien hasta que llegó la escena romántica. El guion decía que el chico empezaba el coqueteo para acabar besando a la chica. Pero el chico cada vez se ponía más nervioso, más tenso. Hasta que no pudo más: “!Es que yo tengo votos de castidad!”. El protagonista, de la obra de teatro y del inesperado dilema, era un Luis de Tavira de apenas 20 años que acababa de entrar en la Universidad de Filosofía y Letras de la UNAM mientras continuaba su camino para ordenarse como jesuita.. Seguir leyendo
Hijo de aristócrata español, maestro y renovador de la tradición escénica mexicana, el director recibe a El PAÍS para repasar su vida y su carrera, desde su formación como sacerdote a sus enfrentamientos con la censura priista
Todo estaba funcionando bien hasta que llegó la escena romántica. El guion decía que el chico empezaba el coqueteo para acabar besando a la chica. Pero el chico cada vez se ponía más nervioso, más tenso. Hasta que no pudo más y paró la escena entre lamentos: “!Es que yo tengo votos de castidad!”. El protagonista, de la obra de teatro y del inesperado dilema, era un Luis de Tavira de apenas 20 años que acababa de entrar en la Universidad de Filosofía y Letras de la UNAM mientras continuaba su camino para ordenarse como jesuita.
El dilema lo ganó el teatro pero el afán pedagógico y la vocación de servicio nunca le abandonaron. Más bien han sido el motor de este estudioso de las tablas, fundador de instituciones, maestro de actores y dramaturgos y renovador de la tradición mexicana hasta convertirse en uno de sus grandes referentes contemporáneos, que a sus 78 años sigue escribiendo y dirigiendo. La última obra en la que está trabajando gira, por cierto, en torno a un jesuita vasco que vivió la bomba atómica de Hiroshima.
Espigado y barbón como su amado Valle Inclán, y de ojos pequeños y vivarachos como Bertolt Brecht, otro de sus modelos, recibe a EL PAÍS en su casa al sur de la capital, construida por un arquitecto amigo suyo al que le pidió que fuera como una “biblioteca donde haya también unas recámaras para dormir”. El estudio de paredes de ladrillo, abierto y de dos plantas, está forrado de libros y CDs hasta el techo blanco y ondulado. Apenas hay hueco para alguna silla, una máquina de café y un par de bolsas con frutos secos. En las paredes hay parafernalia religiosa, como un santo ortodoxo que rescató un amigo de la guerra de Ucrania. También tiene enmarcada una tela blanca, de unos 20 centímetros, con una bandera de México desteñida. Es un brazalete, el salvoconducto que le permitió a su padre, un aristócrata español, huir de la guerra civil y llegar a México hace casi un siglo.

Pregunta. Su padre llega a México gracias a que había nacido aquí un poco por azar
Respuesta. Mis abuelos eran parientes del rey Alfonso XIII y vinieron a México en 1910 como parte de la comitiva de las fiestas del centenario de la Independencia. Pero estalla la revolución y no hay manera de salir. Se quedan un tiempo en México y aquí nace mi padre.
P. ¿Por qué decide escapar cuando estalla la guerra española?
R. Como eran familia cercana al rey les dan casa en el Retiro de Aranjuez y a los hijos les piden que se enrolen en la defensa de toda esta zona de Madrid. Él se niega a matar a nadie y lo meten preso. Mi abuelo ya no vivía, murió en la guerra de Marruecos. Pero mi abuela fue a ver al embajador de México con la boleta de bautismo de aquí, en Coyoacán. El embajador se apiadó de ella y, pese a no ser un documento oficial, le dio ese salvoconducto que tengo en la pared.
P. ¿Cómo fue el viaje de su padre?
R. Con el brazalete pudo cruzar a Francia. No tenía nada, dormía en un parque y una noche se metió a pasar la noche en una iglesia. Allí se le acerca un cura al que cuenta su historia, le da de cenar y le dice que tiene un amigo jesuita en México que trabaja con estudiantes y que termina comprándole un billete a Cuba. La gratitud de mi padre con los jesuitas fue inmensa.
P. Ahí empieza la relación de su familia con los jesuitas.
R. Mi padre era un hombre de una pieza. Y lleno de contradicciones. Muy buen abogado. Quería ser rico, pero también honesto. Fue el abogado de todo un fraccionamiento en la actual colonia Polanco, donde también compra una casa, muy cerca de un colegio de jesuitas donde lleva a todos sus hijos. Como cristiano riguroso era de lo de “todos los hijos que Dios mande”. Y tuvo nueve y quería que todos fueran abogados.

P. ¿Cómo se tomó que usted quisiera ser sacerdote?
R. Me dijo que de ninguna manera, pero yo insistí. Me hacía la broma de que me hice jesuita porque no quería ser abogado. Y algo había de eso. Porque yo no quería ser abogado, ni gente del teatro. El teatro me eligió, pero eso vino después.
P. ¿Qué recuerda de ese momento?
R. Fue durante tres días de un retiro que organizaba el colegio. Tuve una experiencia interna profunda, decisiva, y vigente hasta hoy: el fundar una amistad y un seguimiento. Es a lo que he aspirado que sea mi vida hasta hoy. Y eso es lo que me llevó al teatro. Pero antes hice dos años de noviciado.
P. En esos años ya tiene un encuentro clave con los griegos.
R. Tuve una fortuna inmensa. Me toca un maestro maravilloso que nos enseñaba griego leyéndonos a Sófocles. Este maestro vio cómo me encendió y fue apoyándome. Era mediados de los sesenta, en medio del Concilio Vaticano II, y los jesuitas optaron por sacar a los escolares de los monasterios de clausura y enviarlos a las universidades con el resto de jóvenes. A mi me mandaron a estudiar teatro a la UNAM.

P. Entra en la universidad en 1968, nada menos.
R. Antes entraron los tanques. Me tocó el movimiento estudiantil, las marchas, la masacre de Tlatelolco. Fue un baño de realidad. Todo era asombro, yo venía del encierro, de otra mentalidad. Además, las ideas estéticas de Marx y la comprensión de lo que es el arte suponen mi primer momento de cambio ideológico. En la Orden había algunos compañeros más marxistas que mis profesores, pero en la universidad empiezo a abrirme. Luego también las relaciones con las muchachas. Fue una apertura de horizontes, a veces muy violenta.
P. ¿El teatro le ayudó en ese tránsito?
R. Conocer a Héctor Mendoza cambió mi vida. Es el maestro más decisivo. Me abrió la dimensión de eso que llamamos la ficción, la invención poética del mundo. Él daba clases de actuación y yo no iba a ser actor. Los jesuitas me tenían ahí para aprender letras. Pero entro a sus clases y de pronto me toca una escena con una compañera guapérrima.
P. ¿Y qué paso?
R. El ejercicio consistía en descubrir y declarar el amor. Yo me echaba para atrás todo tieso. Y ella, muy aventada. Y yo, más tieso. Entonces le digo, “mire, yo soy jesuita, tengo votos de castidad, no puedo”. Entonces, Mendoza me dice “aquí eres actor, ¿no entiendes lo que es la ficción?”. Sin eso, yo no habría podido concebir después que estén mis hijos conmigo en un ensayo y que le diga a su madre actriz: “No, no, no, Bésalo con más pasión”. Y que mis hijos no se confundan.
P. Fue un punto de inflexión…
R. Empecé a entender el teatro como un hacer y no como una simple teorización. Como dice Ortega que es la vida. Hay que hacerla, no te la regalan. El teatro es el arte de la vida. De ahí, Mendoza confía en mi y me hace su asistente para dar clases en Bellas Artes a alumnos que eran mayores que yo. Era un momento de renovación del teatro mexicano, con la poesía en voz alta con Arreola y Octavio Paz. Ahí entendí también que el teatro no es literatura.
P. Ahí empieza a dirigir.
P. En mi primer estreno me fui al camerino a la hora de los aplausos. Estaba aterrado. Fue clave la confianza de Mendoza. Desde entonces, no he dejado de dirigir.
P. Creó con él el Centro Universitario de Teatro de la UNAM.
R. Empecé siguiendo un poco la saga de Grotowski, el teatro ritual que se me daba bien por eso de lo litúrgico. Y confabulando con Mendoza dijimos “tenemos que formar a los actores para este nuevo teatro”. Y nació
o esta escuela práctica, no teórica.

P. Ahí llega su primer enfrentamiento con la censura.
R. El secretario de Trabajo era Muñoz Ledo y nos propuso, a través de una amiga que conocía nuestros montajes, un proyecto de teatro para los trabajadores, que lo llevaremos a las fábricas. Yo me lo tomo en serio y en ese momento había una huelga muy grande en Saltillo, Coahuila. Eran los setenta y yo tomo una obra de Clifford Odets sobre la huelga de los taxistas en Nueva York, donde una asamblea de trabajadores está esperando al líder y resulta que no llega porque lo mataron. La reacción fue tremenda. Nos dijeron que nos iban a retirar los fondos si la estrenábamos.
R. ¿Y qué hicieron?
P. Nos fuimos a Saltillo y cuando llegamos a la huelga estaba todo rodeado por Ejército. Empezamos la obra, pero no la pudimos acabar porque los trabajadores se metieron. La realidad se metió a la ficción. El organizador nos sacó como pudo pero nos paró una patrulla. Y a la cárcel. Fue fuerte la experiencia estar ahí y no saber por qué.
P. ¿Cuántos días estuvo?
R. Dos. Cuando llegó el Ministerio Público me dijo “Mire, nada más es un aviso. Ya sabe en lo que se está usted metiendo”.
P. Pero no hizo mucho caso.
R. Ya en el sexenio de De la Madrid me nombraron director del Centro Universitario de Teatro de la UNAM, que era un espacio de libertad, de ejercicio crítico. Ahí en confabulación con otro gran amigo entrañable, cómplice y maestro: Vicente Leñero.

P. Y vuelven los líos.
R. Me ofrece que monte El martirio de Morelos, una obra suya que ya había publicado. Era una desmitificación del héroe. Un hombre de carne y hueso que delata a sus compañeros. Todo eso está documentado. Leñero estaba en ese momento en la vertiente europea del Teatro Documento, que abreva en los documentos que son las actas del juicio.
P. ¿Cuál fue la reacción?
R. No habíamos estrenado aún y ya empezaba el escándalo. El Ejército protestó y el presidente presionó al rector. Mi respuesta fue renunciar como funcionario, hacer una conferencia de prensa y declarar el intento de censura en la UNAM. Tomamos el teatro, salimos en The New York Times y el propio presidente le tuvo que decir al rector que nos dejara hacer la obra.
P. Antes de eso, había estudiado a Bertolt Brecht en Berlín.
P. Yo encontré el camino del teatro con el descubrimiento de Brecht. A raiz de un montaje suyo en la UNAM, me dieron una beca en el Berliner Ensamble de Berlín, el teatro que fundó Brecht. Descubrí otra manera de ser y de tener vigencia el teatro. Brecht, que es mucho más que un dramaturgo. Es también un hombre de pensamientos políticos muy fuertes, porque el teatro es político. Quien dice que no hace teatro político también está tomando una postura política.
P. Mientras sigue fundando instituciones, como el Centro Dramático de Michoacán o la nueva vida de la Compañía Nacional de Teatro, mantiene una relación cercana con el zapatismo.
R. Ahí estuvimos desde el principio de esa experiencia asombrosa. Ellos nos enseñan que hay que aprender esperanza. Y la esperanza está en lo que llaman la construcción del común. Esto converge además con lo que yo he entendido siempre que es el teatro, una reunión, un arte comunitario.
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