Parece mentira, pero pese a las mil y una novedades bibliográficas que aparecen cada año en torno a la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, todavía hay asuntos que han quedado desatendidos. «Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría» (traducción de Raquel Marqués García), de Danny Orbach, aborda precisamente una de las zonas más incómodas y menos resueltas de la historia contemporánea: qué ocurrió con los hombres que habían servido al Tercer Reich cuando ese régimen colapsó, y cómo sus capacidades, sus crímenes y sus fantasías sobrevivieron y se reciclaron en el nuevo orden mundial surgido tras 1945. No es un relato de persecución y justicia, sino que el libro reconstruye un paisaje mucho más turbio, en el que antiguos nazis no solo escaparon del castigo, sino que se convirtieron en piezas útiles –y a menudo codiciadas– por las grandes potencias de la Guerra Fría.. El punto de partida es conocido pero raramente explorado con esta profundidad: tras la rendición alemana, millones de personas que habían trabajado para la maquinaria militar, administrativa y represiva del Reich quedaron suspendidas en un limbo político y moral. Algunos fueron juzgados, otros huyeron, pero muchos encontraron una nueva forma de supervivencia: vender lo único que aún poseía valor estratégico, su experiencia en inteligencia, contrainsurgencia, represión y guerra clandestina. En un mundo que se reorganizaba a toda velocidad en torno al enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, esas habilidades adquirieron una relevancia inesperada.. Así las cosas, Orbach demuestra que la desnazificación fue, en gran medida, una promesa incumplida. Los juicios de Núremberg castigaron a un número reducido de líderes visibles, pero pronto quedó claro que depurar de forma sistemática a Alemania Occidental habría supuesto un coste político y administrativo insoportable. En ningún ámbito fue esto más evidente que en los servicios de inteligencia. Allí, antiguos agentes nazis fueron considerados no solo recuperables, sino fiables, especialmente en la lucha contra el comunismo. En este sentido, cabe decir que el anticomunismo funcionó como una coartada moral y política que permitió reciclar biografías profundamente comprometidas.. El caso del general Reinhard Gehlen, eje de la primera parte del libro, encarna esta lógica con una claridad inquietante. Jefe de la inteligencia militar alemana en el Frente Oriental, Gehlen no fue un ideólogo nazi ferviente, pero sí un engranaje esencial del sistema que facilitó el genocidio y la guerra de exterminio contra la Unión Soviética. Su mérito no residía en la adhesión doctrinal, sino en la comprensión temprana de que el Reich estaba condenado y de que el futuro pasaría por explotar la inevitable ruptura entre los antiguos aliados. El episodio del «Prado de las Miserias», donde Gehlen escondió sus archivos sobre el Ejército Rojo mientras Berlín se derrumbaba, condensa el cinismo, la ambición personal y la capacidad de adaptación que define a muchos de los protagonistas de «Fugitivos». Gehlen no buscaba salvar el nazismo, sino salvarse a sí mismo y preservar su poder, y su apuesta fue ofrecer a los estadounidenses lo que más necesitaban en el nuevo contexto: información sobre el enemigo soviético.. Una red de espionaje. Orbach muestra cómo esa apuesta, inicialmente arriesgada, acabó siendo extraordinariamente rentable. A pesar de la desconfianza inicial y de la humillación de los primeros interrogatorios, Gehlen logró reconstruir su red bajo supervisión estadounidense y sentar las bases de lo que acabaría convirtiéndose en el servicio secreto de la República Federal Alemana. El precio de esa colaboración fue alto: la integración de numerosos antiguos agentes nazis, algunos criminales de guerra, otros oportunistas, otros directamente infiltrados por Moscú. De esta manera, el libro va exponiendo que el uso sistemático de antiguos nazis como mercenarios de la inteligencia no solo planteó un problema moral, sino que resultó estratégicamente desastroso. La arrogancia de quienes creyeron que podían instrumentalizar a estos hombres sin ser instrumentalizados a su vez abrió grietas que la Unión Soviética supo explotar con eficacia. Según Orbach, Moscú fue, a la larga, el principal beneficiario de esta política, tanto por la infiltración directa como por el descrédito político que suponía para Alemania Occidental asociarse con criminales del Reich.. Sin embargo, «Fugitivos» va más allá del eje germano-estadounidense, dado que muestra la dimensión verdaderamente global del fenómeno. Desde puertos yugoslavos infestados de contrabandistas hasta casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, los mercenarios nazis tejieron una red transnacional de espionaje, tráfico de armas y operaciones encubiertas que servía indistintamente a Washington, Moscú, gobiernos árabes e incluso a Israel. Es decir, contra la imagen simplista del nazi como anticomunista visceral, Orbach documenta múltiples casos de antiguos miembros del Reich que colaboraron con la Unión Soviética o con sus Estados satélites, ya fuera por oportunismo, resentimiento hacia Occidente o por afinidad con el antiamericanismo y el antisemitismo. Otros se proclamaron «neutralistas» y trataron de jugar a todos los bandos, vendiendo información a quien pagara mejor y cambiando de lealtades con una facilidad pasmosa.. El libro identifica aquí un segundo gran tema: el poder de la ilusión y del autoengaño. Por un lado, el de los propios mercenarios nazis, que se convencieron de ser una fuerza autónoma capaz de manipular a superpotencias enfrentadas. Por otro, el de los Estados y servicios de inteligencia que exageraron sistemáticamente la influencia real de estos individuos, precisamente por el peso simbólico y traumático de la palabra «nazi» en el imaginario de la posguerra. En muchos casos, no fueron tanto las acciones de estos mercenarios como las reacciones desmedidas que provocaron las que acabaron influyendo en el curso que tomó la Guerra Fría.. Un mundo fragmentado. Este patrón se observa con especial claridad en Oriente Próximo. El temor, amplificado por la memoria del Holocausto, a que científicos y traficantes de armas alemanes fortalecieran a los enemigos de Israel llevó al Mossad a lanzar campañas encubiertas de intimidación y terror que desencadenaron crisis diplomáticas graves con Alemania Occidental. Orbach no minimiza la amenaza percibida, pero muestra cómo el miedo y la sobrerreacción acabaron perjudicando intereses estratégicos fundamentales.. Un tercer eje del libro es la disfunción estructural de los servicios de inteligencia durante la Guerra Fría. Orbach describe un mundo fragmentado, compartimentado, lleno de rivalidades internas y carente de una coordinación política clara. En ese contexto, las operaciones encubiertas, además de complementar la política exterior, en muchos casos la sustituyeron y empujaron a Estados a decisiones que sus propios gobiernos no habrían tomado de forma racional.. El retrato que emerge de figuras como Klaus Barbie o Wilhelm Höttl es especialmente perturbador. No se trata solo de criminales que escaparon a la justicia, sino de individuos que aprendieron a capitalizar su pasado, a presentarse como indispensables y a moverse con soltura entre servicios rivales. Höttl, traficante de información al servicio de prácticamente todos los bandos, encarna el extremo cínico del mercenario: alguien para quien la ideología es irrelevante y la guerra una oportunidad de negocio.. La investigación de Orbach se apoya en una base documental impresionante, que incluye archivos desclasificados del Mossad, la CIA y los servicios de inteligencia alemanes, además de entrevistas con protagonistas directos. El autor es cuidadoso al señalar las limitaciones de las fuentes, la persistencia de archivos cerrados y el carácter a menudo engañoso de los testimonios disponibles. Esa prudencia metodológica refuerza la credibilidad de un relato que, por su propia naturaleza, se mueve en terrenos resbaladizos. En última instancia, «Fugitivos» es una investigación histórica que también puede servir como reflexión sobre la herencia moral de la Guerra Fría. Muestra cómo la lógica de la emergencia permanente, del enemigo absoluto y de la utilidad estratégica erosionó principios que supuestamente distinguían a las democracias de aquello que decían combatir. En resumidas cuentas, la colaboración con mercenarios nazis no fue un accidente ni una excepción puntual, sino una consecuencia estructural de un mundo organizado en torno al miedo y la confrontación.. El título del libro es preciso por cuanto estos hombres fueron fugitivos de la justicia, pero también del sentido de responsabilidad histórica. Supieron adaptarse a un nuevo orden sin rendir cuentas por el anterior, y lo hicieron porque otros estaban dispuestos a mirar hacia otro lado. Orbach deja claro que, tras la derrota militar del nazismo, muchas de sus prácticas, redes y mentalidades no solo sobrevivieron, sino que se integraron en el corazón mismo del orden internacional de la posguerra. Esa es, quizá, la lección más incómoda de todas que proyecta el libro y que sigue haciendo que este tema en torno al ámbito nacionalsocialista aún depare sorpresas o, cuando menos, estudios novedosos.. La CIA, una agencia de espionaje inmoral. El autor, profesor asociado en el departamento de Historia y Estudios Asiáticos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, muestra cómo la lógica de la Guerra Fría erosionó cualquier límite moral en los primeros años de la CIA. Por ejemplo, James H. Critchfield, uno de sus primeros agentes, llega a Pullach, a un antiguo retiro nazi, donde ondeaba la bandera estadounidense, para reunirse con Reinhard Gehlen, bajo el alias de «doctor Schneider», en lo que un historiador de la CIA describiría como «un lugar de misterios, confusiones e intrigas, una guerra que se libraba en las sombras». A partir de ahí, se revela una paradoja constante: la agencia que temía «pasar vergüenza cuando se descubrían criminales de guerra en sus filas» acabó aceptando a Gehlen porque «necesitaban con urgencia agentes que los informaran de los soviéticos». La negativa de Gehlen a entregar listas de agentes y a ceder el control no impidió su integración, pese a que se temía que la organización pudiera «servir de base para un resurgimiento futuro del nazismo y el militarismo alemán». El apoyo estadounidense se sostuvo sobre una red marcada por la falta de control, la corrupción y el mercado negro, donde café y cigarrillos servían como moneda de financiación y el lema no oficial era «Aquí esto se puede».
Danny Orbach desvela en este libro el coste económico de la desnazificación de Alemania y cómo las grandes potencias blanquearon a los nazis como espías durante la posguerra
Parece mentira, pero pese a las mil y una novedades bibliográficas que aparecen cada año en torno a la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, todavía hay asuntos que han quedado desatendidos. «Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría» (traducción de Raquel Marqués García), de Danny Orbach, aborda precisamente una de las zonas más incómodas y menos resueltas de la historia contemporánea: qué ocurrió con los hombres que habían servido al Tercer Reich cuando ese régimen colapsó, y cómo sus capacidades, sus crímenes y sus fantasías sobrevivieron y se reciclaron en el nuevo orden mundial surgido tras 1945. No es un relato de persecución y justicia, sino que el libro reconstruye un paisaje mucho más turbio, en el que antiguos nazis no solo escaparon del castigo, sino que se convirtieron en piezas útiles –y a menudo codiciadas– por las grandes potencias de la Guerra Fría.. El punto de partida es conocido pero raramente explorado con esta profundidad: tras la rendición alemana, millones de personas que habían trabajado para la maquinaria militar, administrativa y represiva del Reich quedaron suspendidas en un limbo político y moral. Algunos fueron juzgados, otros huyeron, pero muchos encontraron una nueva forma de supervivencia: vender lo único que aún poseía valor estratégico, su experiencia en inteligencia, contrainsurgencia, represión y guerra clandestina. En un mundo que se reorganizaba a toda velocidad en torno al enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, esas habilidades adquirieron una relevancia inesperada.. Así las cosas, Orbach demuestra que la desnazificación fue, en gran medida, una promesa incumplida. Los juicios de Núremberg castigaron a un número reducido de líderes visibles, pero pronto quedó claro que depurar de forma sistemática a Alemania Occidental habría supuesto un coste político y administrativo insoportable. En ningún ámbito fue esto más evidente que en los servicios de inteligencia. Allí, antiguos agentes nazis fueron considerados no solo recuperables, sino fiables, especialmente en la lucha contra el comunismo. En este sentido, cabe decir que el anticomunismo funcionó como una coartada moral y política que permitió reciclar biografías profundamente comprometidas.. El caso del general Reinhard Gehlen, eje de la primera parte del libro, encarna esta lógica con una claridad inquietante. Jefe de la inteligencia militar alemana en el Frente Oriental, Gehlen no fue un ideólogo nazi ferviente, pero sí un engranaje esencial del sistema que facilitó el genocidio y la guerra de exterminio contra la Unión Soviética. Su mérito no residía en la adhesión doctrinal, sino en la comprensión temprana de que el Reich estaba condenado y de que el futuro pasaría por explotar la inevitable ruptura entre los antiguos aliados. El episodio del «Prado de las Miserias», donde Gehlen escondió sus archivos sobre el Ejército Rojo mientras Berlín se derrumbaba, condensa el cinismo, la ambición personal y la capacidad de adaptación que define a muchos de los protagonistas de «Fugitivos». Gehlen no buscaba salvar el nazismo, sino salvarse a sí mismo y preservar su poder, y su apuesta fue ofrecer a los estadounidenses lo que más necesitaban en el nuevo contexto: información sobre el enemigo soviético.. Una red de espionaje. Orbach muestra cómo esa apuesta, inicialmente arriesgada, acabó siendo extraordinariamente rentable. A pesar de la desconfianza inicial y de la humillación de los primeros interrogatorios, Gehlen logró reconstruir su red bajo supervisión estadounidense y sentar las bases de lo que acabaría convirtiéndose en el servicio secreto de la República Federal Alemana. El precio de esa colaboración fue alto: la integración de numerosos antiguos agentes nazis, algunos criminales de guerra, otros oportunistas, otros directamente infiltrados por Moscú. De esta manera, el libro va exponiendo que el uso sistemático de antiguos nazis como mercenarios de la inteligencia no solo planteó un problema moral, sino que resultó estratégicamente desastroso. La arrogancia de quienes creyeron que podían instrumentalizar a estos hombres sin ser instrumentalizados a su vez abrió grietas que la Unión Soviética supo explotar con eficacia. Según Orbach, Moscú fue, a la larga, el principal beneficiario de esta política, tanto por la infiltración directa como por el descrédito político que suponía para Alemania Occidental asociarse con criminales del Reich.. Sin embargo, «Fugitivos» va más allá del eje germano-estadounidense, dado que muestra la dimensión verdaderamente global del fenómeno. Desde puertos yugoslavos infestados de contrabandistas hasta casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, los mercenarios nazis tejieron una red transnacional de espionaje, tráfico de armas y operaciones encubiertas que servía indistintamente a Washington, Moscú, gobiernos árabes e incluso a Israel. Es decir, contra la imagen simplista del nazi como anticomunista visceral, Orbach documenta múltiples casos de antiguos miembros del Reich que colaboraron con la Unión Soviética o con sus Estados satélites, ya fuera por oportunismo, resentimiento hacia Occidente o por afinidad con el antiamericanismo y el antisemitismo. Otros se proclamaron «neutralistas» y trataron de jugar a todos los bandos, vendiendo información a quien pagara mejor y cambiando de lealtades con una facilidad pasmosa.. El libro identifica aquí un segundo gran tema: el poder de la ilusión y del autoengaño. Por un lado, el de los propios mercenarios nazis, que se convencieron de ser una fuerza autónoma capaz de manipular a superpotencias enfrentadas. Por otro, el de los Estados y servicios de inteligencia que exageraron sistemáticamente la influencia real de estos individuos, precisamente por el peso simbólico y traumático de la palabra «nazi» en el imaginario de la posguerra. En muchos casos, no fueron tanto las acciones de estos mercenarios como las reacciones desmedidas que provocaron las que acabaron influyendo en el curso que tomó la Guerra Fría.. Un mundo fragmentado. Este patrón se observa con especial claridad en Oriente Próximo. El temor, amplificado por la memoria del Holocausto, a que científicos y traficantes de armas alemanes fortalecieran a los enemigos de Israel llevó al Mossad a lanzar campañas encubiertas de intimidación y terror que desencadenaron crisis diplomáticas graves con Alemania Occidental. Orbach no minimiza la amenaza percibida, pero muestra cómo el miedo y la sobrerreacción acabaron perjudicando intereses estratégicos fundamentales.. Un tercer eje del libro es la disfunción estructural de los servicios de inteligencia durante la Guerra Fría. Orbach describe un mundo fragmentado, compartimentado, lleno de rivalidades internas y carente de una coordinación política clara. En ese contexto, las operaciones encubiertas, además de complementar la política exterior, en muchos casos la sustituyeron y empujaron a Estados a decisiones que sus propios gobiernos no habrían tomado de forma racional.. El retrato que emerge de figuras como Klaus Barbie o Wilhelm Höttl es especialmente perturbador. No se trata solo de criminales que escaparon a la justicia, sino de individuos que aprendieron a capitalizar su pasado, a presentarse como indispensables y a moverse con soltura entre servicios rivales. Höttl, traficante de información al servicio de prácticamente todos los bandos, encarna el extremo cínico del mercenario: alguien para quien la ideología es irrelevante y la guerra una oportunidad de negocio.. La investigación de Orbach se apoya en una base documental impresionante, que incluye archivos desclasificados del Mossad, la CIA y los servicios de inteligencia alemanes, además de entrevistas con protagonistas directos. El autor es cuidadoso al señalar las limitaciones de las fuentes, la persistencia de archivos cerrados y el carácter a menudo engañoso de los testimonios disponibles. Esa prudencia metodológica refuerza la credibilidad de un relato que, por su propia naturaleza, se mueve en terrenos resbaladizos. En última instancia, «Fugitivos» es una investigación histórica que también puede servir como reflexión sobre la herencia moral de la Guerra Fría. Muestra cómo la lógica de la emergencia permanente, del enemigo absoluto y de la utilidad estratégica erosionó principios que supuestamente distinguían a las democracias de aquello que decían combatir. En resumidas cuentas, la colaboración con mercenarios nazis no fue un accidente ni una excepción puntual, sino una consecuencia estructural de un mundo organizado en torno al miedo y la confrontación.. El título del libro es preciso por cuanto estos hombres fueron fugitivos de la justicia, pero también del sentido de responsabilidad histórica. Supieron adaptarse a un nuevo orden sin rendir cuentas por el anterior, y lo hicieron porque otros estaban dispuestos a mirar hacia otro lado. Orbach deja claro que, tras la derrota militar del nazismo, muchas de sus prácticas, redes y mentalidades no solo sobrevivieron, sino que se integraron en el corazón mismo del orden internacional de la posguerra. Esa es, quizá, la lección más incómoda de todas que proyecta el libro y que sigue haciendo que este tema en torno al ámbito nacionalsocialista aún depare sorpresas o, cuando menos, estudios novedosos.. La CIA, una agencia de espionaje inmoral. El autor, profesor asociado en el departamento de Historia y Estudios Asiáticos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, muestra cómo la lógica de la Guerra Fría erosionó cualquier límite moral en los primeros años de la CIA. Por ejemplo, James H. Critchfield, uno de sus primeros agentes, llega a Pullach, a un antiguo retiro nazi, donde ondeaba la bandera estadounidense, para reunirse con Reinhard Gehlen, bajo el alias de «doctor Schneider», en lo que un historiador de la CIA describiría como «un lugar de misterios, confusiones e intrigas, una guerra que se libraba en las sombras». A partir de ahí, se revela una paradoja constante: la agencia que temía «pasar vergüenza cuando se descubrían criminales de guerra en sus filas» acabó aceptando a Gehlen porque «necesitaban con urgencia agentes que los informaran de los soviéticos». La negativa de Gehlen a entregar listas de agentes y a ceder el control no impidió su integración, pese a que se temía que la organización pudiera «servir de base para un resurgimiento futuro del nazismo y el militarismo alemán». El apoyo estadounidense se sostuvo sobre una red marcada por la falta de control, la corrupción y el mercado negro, donde café y cigarrillos servían como moneda de financiación y el lema no oficial era «Aquí esto se puede».
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