El zumbido del frigorífico, el tic tac de un reloj, el viento llamando a la ventana, el revoloteo de una mosca, el crujido del armario de madera, el rozar de la sábana, la respiración de quien tú más quieres.. Hay bandas sonoras que solo son protagonistas en nuestra cabeza cuando el mundo duerme. Siempre están ahí, pero somos incapaces de escucharlas sin la congregación del silencio de la noche.. El trajín del día, y sus estridencias, nos mantiene entretenidos en otros lugares. Lo más ruidoso conquista nuestra atención. Más aún en la sociedad en la que las miradas siempre están estimuladas con algún impacto audiovisual. Hasta provocarnos un horror vacui. El vacío nos pone nerviosos y, raudos, debemos rellenarlo. A menudo, con lo primero que nos encontramos en el camino. O que nos pone delante el algoritmo de Instagram, TikTok o X.. Luego nos extraña el auge de la crispación. Hasta justificamos la mala educación al grito del “y tú más”. Tendrá algo que ver en la victoria de las vehemencias que el alarido solo descansa mientras yacemos en la cama.. Estamos aturdidos por la contaminación audiovisual sin tregua. El silencio está en peligro de extinción. Y con él cuesta más llegar a la serenidad desde la que despegan las ideas con sus empatías. Qué dócil es una sociedad que se cree atenta y, en realidad, está ofuscada en el estruendo que nos impide contemplar la vida detrás de las ventanas, las gotas antes de que la lluvia empape y la respiración de quien quieres. Y te quiere.. Otros poderes del silencio:
El silencio en peligro de extinción.
20MINUTOS.ES – Televisión
El zumbido del frigorífico, el tic tac de un reloj, el viento llamando a la ventana, el revoloteo de una mosca, el crujido del armario de madera, el rozar de la sábana, la respiración de quien tú más quieres.. Hay bandas sonoras que solo son protagonistas en nuestra cabeza cuando el mundo duerme. Siempre están ahí, pero somos incapaces de escucharlas sin la congregación del silencio de la noche.. El trajín del día, y sus estridencias, nos mantiene entretenidos en otros lugares. Lo más ruidoso conquista nuestra atención. Más aún en la sociedad en la que las miradas siempre están estimuladas con algún impacto audiovisual. Hasta provocarnos un horror vacui. El vacío nos pone nerviosos y, raudos, debemos rellenarlo. A menudo, con lo primero que nos encontramos en el camino. O que nos pone delante el algoritmo de Instagram, TikTok o X.. Luego nos extraña el auge de la crispación. Hasta justificamos la mala educación al grito del “y tú más”. Tendrá algo que ver en la victoria de las vehemencias que el alarido solo descansa mientras yacemos en la cama.. Estamos aturdidos por la contaminación audiovisual sin tregua. El silencio está en peligro de extinción. Y con él cuesta más llegar a la serenidad desde la que despegan las ideas con sus empatías. Qué dócil es una sociedad que se cree atenta y, en realidad, está ofuscada en el estruendo que nos impide contemplar la vida detrás de las ventanas, las gotas antes de que la lluvia empape y la respiración de quien quieres. Y te quiere.
