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  Cultura  Los libros de la semana: de la despedida de Julian Barnes al regreso de Salman Rushdie
Cultura

Los libros de la semana: de la despedida de Julian Barnes al regreso de Salman Rushdie

24 de enero de 2026
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«Despedidas», de Julian Barnes (9/10). Julian Barnes, una despedida por todo lo alto. Por Jesús Ferrer. En 1983, la revista «Granta» seleccionó a los mejores jóvenes novelistas ingleses del momento. Nacía así una generación literaria que agrupaba nombres como Ian McEwan, William Boyd, Graham Swift, Martin Amis, Kazuo Ishiguro. Salman Rushdie, Hanif Kureishi, Vikram Seth, Christopher Hitchens y Julian Barnes, quien, con «El loro de Flaubert», biografía ficcionada del francés, sentaba las bases de esta renovación narrativa: realismo irónico, interculturalidad crítica, elogio de la cotidianidad, anticonvencionalismo social, humor contestatario y revisión de la tradicional escritura decimonónica. A todo ello se unía la reconfiguración de géneros como el melodrama victoriano, la novela policíaca, la crónica periodística y el alegato político. Precisamente uno de los mejores integrantes de ese grupo, Julian Barnes (Leicester, 1946), publica «Despedidas». «Este será mi último libro», confiesa, avanzando el carácter de balance vital, reflexión testamentaria y conclusivo relato de esta obra. Tras una fecunda trayectoria con novelas como«El sentido de un final», «Inglaterra, Inglaterra» y «El ruido del tiempo», traza aquí una ficción autobiográfica con la que ofrece su lúcida mirada sobre el amor (y el desamor), la muerte, la felicidad, el éxito profesional, la excelencia literaria y los vaivenes del azar.. El añorado pasado. La primera parte del libro teoriza sobre la escritura rememorativa, el recuerdo como narrativa del pasado y una revisión crítica de lo vivido. Se toma como pretexto el conocido episodio de la magdalena de Proust cuyo aroma, en su «En busca del tiempo perdido», le lleva a la reminiscencia del añorado pasado. Una anécdota esta encarada a la propia intimidad del autor: «Tampoco sé adivinar qué repentina clave olfativa podría funcionar conmigo: no, desde luego, un bocado fortuito de bizcocho mojado en algo. Voto más bien por el olor del pegamento y del barniz que usaba cuando construía maquetas de aviones, o el aroma del beicon friéndose, o el de un golden retriever con el pelo húmedo». Barnes escribe aquí en la avanzada setentena de su edad, constatando que los recuerdos desagradables afloran en la vejez («Recuerdo autobiográfico involuntario»), sin poder eliminar su acaso culpable deriva ética. Fotografías, apuntes y diarios personales contribuyen a esa reconstrucción del ayer. Las páginas que siguen nos llevan a la juventud del escritor, cuando en el Oxford universitario trató durante 18 meses a dos singulares compañeros de estudios: Jean, resuelta y desinhibida, intrépida viajera, impulsiva y resolutoria; y Stephen, amable y equilibrado, estudiante de filosofía para adquirir una mente ordenada y racionalista que le permitiera acceder al funcionariado administrativo. Se enamorarán y también se separarán, y Julian les pierde la pista hasta 40 años después, en que los tres vivirán un reencuentro, llenando con recuerdos, ficticios y reales, esa laguna de varias décadas. Se cita aquí a Martin Amis quien, a avanzada edad, le gustaba decir: «Lo malo es que ya no puedes hacer nuevos viejos amigos». Enamoramientos, desencuentros, enfermedades, éxitos y fracasos afloran en ese reencuentro, en la certidumbre de que el pasado es inamovible y forma parte ya de un presente de escasas expectativas futuras. Es este un libro trufado de literatura, al que acuden las experiencias vitales de Baudelaire, Rimbaud, Philip Larkin. Flaubert, John Updike y Virginia Woolf entre otros escritores que exhiben aquí su relación con el pasado. La muerte, sin dramatismo alguno y con irónico humor, protagoniza esta obra. Tratado el escritor de una enfermedad terminal, relativiza así su situación: «O sea que mi cáncer y yo caminaremos despacio del brazo hasta el día en que muera. Momento en el cual, sí, habrá una “victoria”: yo, al morir ¡habré matado a mi cáncer! ¡Barnes 1-Cáncer 0!». Sin asomo de cualquier vestigio trágico, con una optimista mirada hacia la inmediatez de cada instante vivido, recapitula sobre una existencia marcada por la literatura. En los párrafos finales se imagina tomando un café con su lector y muestra un concluyente deseo: «Espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego sí. Tu presencia ha sido un placer; de hecho, no sería nada sin ti». Una agradecida despedida en toda regla en este libro que conmueve y emociona con la inteligente mirada de un extraordinario escritor.. Lo mejor: Su visión esperanzada, con cierto humor y sin dramatismo, sobre la enfermedad y la muerte. Lo peor: Ninguna objeción negatova dado el irónico estoicismo clásico de este brillante ejercicio memorialístico. «La penúltima hora», de Salman Rushdie (9/10). Las palabras, y la memoria, nunca le fallan a Salman Rushdie. Por Diego Gándara. No pudieron con él ni la fatwa del viejo régimen del Ayatolah Jomeini en 1989 tras la publicación de su novela «Los versos satánicos» ni el intento de asesinato del 12 de agosto de 2022. La obra de Salman Rushdie (Mombai, 1947), intensa, vital, parece destinada a sobrevivir a todo y a pesar de todo, y no sólo eso. Lo impulsa, también, a seguir adelante, aunque la muerte siempre ande pisándole los talones. Una prueba de ello es «La penúltima hora», su nuevo libro de ficción después de aquel atentado a puñaladas y en el que queda retratado por qué es un escritor de primerísimo nivel: porque es capaz, en cinco relatos, de hincarle el diente a la experiencia propia pero con historias que, quizá, no tienen mucho que ver con su vida, aunque iluminan, como estelas esplendentes, cualquier experiencia humana cercana a la muerte, cualquier vida rodeada de tanta oscuridad.. Jugarse la vida. «Las palabras nos fallan», dice el final del último relato de «La penúltima hora», una frase que suena y resuena, por un lado, como si en ella se resumiera el espíritu del libro, y, por el otro, como si allí se cifrara el epílogo de una obra tan vasta y extensa como la de Rushdie, un escritor que con sus palabras, precisamente, tejidas y entretejidas en un mundo de ficción, se ha jugado la vida. Sea como fuere, lo cierto es que en estos relatos (tres de los cuales pueden leerse como novelas breves o cuentos largos) Rushdie se adentra en los países en los que ha vivido (India, Inglaterra y Estados Unidos) y aborda, en estas historias donde aparecen dos ancianos criminales, un infeliz matrimonio cargado de música, dólares y magia, y el fantasma de un académico inglés con ansias de venganza, cuestiones relacionadas con la edad, la muerte y la memoria. Y con las palabras, que siempre fallan.. Lo mejor: Rushdie se sumerge de lleno en la ficción, combinando una prosa vibrante con un estilo suave, ligero y repleto de vivacidad. Lo peor: Poco puede cuestionársele, salvo que, por momentos, parece tan seguro que no consigue ya sorprender al lector. «¿Qué buscas, lobo?», de Eva Viežnaviec (8/10). Un relato lúcido y áspero sobre la violencia en el seno familiar. Por Ángeles López. Volver al lugar de origen rara vez es un gesto restaurador; a veces es una capitulación. Esa es la premisa de esta novela de la bielorrusa Eva Viežnaviec (en traducción de Andréi Kozinets), una narración áspera e intensamente sensorial donde el retorno es a la intemperie, la memoria es un terreno espinoso y la familia un paisaje moral del que resulta difícil huir. La protagonista, Ryna, regresa tras una expulsión de Alemania y un despido ligado a su dipsomanía. El texto arranca con una eficacia inmediata: el cuerpo es lo primero que se expresa, marcado por estaciones, trenes, baños públicos, tragos escondidos y la necesidad de sostener una apariencia de normalidad.El libro despliega una Bielorrusia rural de aldeas, cementerios, bases militares abandonadas y restos soviéticos. No es ambientación: el territorio funciona como un personaje más.. Los mecanismos de la supervivencia. Uno de los aciertos de la autora es evitar la instantánea folclórica. Su mirada se detiene en los mecanismos íntimos de la supervivencia. En el centro se alza Darafeia, la abuela curandera, depositaria de un saber ancestral. Allí se tensa la colisión entre modernidad agotada y una tradición que se resiste a desaparecer transformada en sombra. El duelo tampoco se presenta como purificación, sino en tanto conflicto. La novela sugiere una violencia doméstica soterrada, una «guerra silenciosa» entre generaciones, y, al mismo tiempo, una forma torcida de amor: gestos materiales, brutales, casi clínicos, que sustituyen cualquier melodrama. El resultado es un relato incómodo y sagaz, de una lucidez sin anestesia, que renuncia al consuelo fácil y se atreve con una verdad más rara y más honda: que la pertenencia no siempre abriga, a veces infecta; que un lugar puede doler como una enfermedad lenta y, aun así, seguir llamándose hogar.. Lo mejor: Su prosa sensorial, una atmósfera rural inquietante, la ironía precisa y ese duelo familiar sin sentimentalismo ni concesiones. Lo peor: Un ritmo en ciertos ratos denso; algunos tramos exigen al lector paciencia y tolerancia a la incomodidad narrativa

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«Despedidas», de Julian Barnes (9/10). Julian Barnes, una despedida por todo lo alto. Por Jesús Ferrer. En 1983, la revista «Granta» seleccionó a los mejores jóvenes novelistas ingleses del momento. Nacía así una generación literaria que agrupaba nombres como Ian McEwan, William Boyd, Graham Swift, Martin Amis, Kazuo Ishiguro. Salman Rushdie, Hanif Kureishi, Vikram Seth, Christopher Hitchens y Julian Barnes, quien, con «El loro de Flaubert», biografía ficcionada del francés, sentaba las bases de esta renovación narrativa: realismo irónico, interculturalidad crítica, elogio de la cotidianidad, anticonvencionalismo social, humor contestatario y revisión de la tradicional escritura decimonónica. A todo ello se unía la reconfiguración de géneros como el melodrama victoriano, la novela policíaca, la crónica periodística y el alegato político. Precisamente uno de los mejores integrantes de ese grupo, Julian Barnes (Leicester, 1946), publica «Despedidas». «Este será mi último libro», confiesa, avanzando el carácter de balance vital, reflexión testamentaria y conclusivo relato de esta obra. Tras una fecunda trayectoria con novelas como«El sentido de un final», «Inglaterra, Inglaterra» y «El ruido del tiempo», traza aquí una ficción autobiográfica con la que ofrece su lúcida mirada sobre el amor (y el desamor), la muerte, la felicidad, el éxito profesional, la excelencia literaria y los vaivenes del azar.. El añorado pasado. La primera parte del libro teoriza sobre la escritura rememorativa, el recuerdo como narrativa del pasado y una revisión crítica de lo vivido. Se toma como pretexto el conocido episodio de la magdalena de Proust cuyo aroma, en su «En busca del tiempo perdido», le lleva a la reminiscencia del añorado pasado. Una anécdota esta encarada a la propia intimidad del autor: «Tampoco sé adivinar qué repentina clave olfativa podría funcionar conmigo: no, desde luego, un bocado fortuito de bizcocho mojado en algo. Voto más bien por el olor del pegamento y del barniz que usaba cuando construía maquetas de aviones, o el aroma del beicon friéndose, o el de un golden retriever con el pelo húmedo». Barnes escribe aquí en la avanzada setentena de su edad, constatando que los recuerdos desagradables afloran en la vejez («Recuerdo autobiográfico involuntario»), sin poder eliminar su acaso culpable deriva ética. Fotografías, apuntes y diarios personales contribuyen a esa reconstrucción del ayer. Las páginas que siguen nos llevan a la juventud del escritor, cuando en el Oxford universitario trató durante 18 meses a dos singulares compañeros de estudios: Jean, resuelta y desinhibida, intrépida viajera, impulsiva y resolutoria; y Stephen, amable y equilibrado, estudiante de filosofía para adquirir una mente ordenada y racionalista que le permitiera acceder al funcionariado administrativo. Se enamorarán y también se separarán, y Julian les pierde la pista hasta 40 años después, en que los tres vivirán un reencuentro, llenando con recuerdos, ficticios y reales, esa laguna de varias décadas. Se cita aquí a Martin Amis quien, a avanzada edad, le gustaba decir: «Lo malo es que ya no puedes hacer nuevos viejos amigos». Enamoramientos, desencuentros, enfermedades, éxitos y fracasos afloran en ese reencuentro, en la certidumbre de que el pasado es inamovible y forma parte ya de un presente de escasas expectativas futuras. Es este un libro trufado de literatura, al que acuden las experiencias vitales de Baudelaire, Rimbaud, Philip Larkin. Flaubert, John Updike y Virginia Woolf entre otros escritores que exhiben aquí su relación con el pasado. La muerte, sin dramatismo alguno y con irónico humor, protagoniza esta obra. Tratado el escritor de una enfermedad terminal, relativiza así su situación: «O sea que mi cáncer y yo caminaremos despacio del brazo hasta el día en que muera. Momento en el cual, sí, habrá una “victoria”: yo, al morir ¡habré matado a mi cáncer! ¡Barnes 1-Cáncer 0!». Sin asomo de cualquier vestigio trágico, con una optimista mirada hacia la inmediatez de cada instante vivido, recapitula sobre una existencia marcada por la literatura. En los párrafos finales se imagina tomando un café con su lector y muestra un concluyente deseo: «Espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego sí. Tu presencia ha sido un placer; de hecho, no sería nada sin ti». Una agradecida despedida en toda regla en este libro que conmueve y emociona con la inteligente mirada de un extraordinario escritor.. Lo mejor: Su visión esperanzada, con cierto humor y sin dramatismo, sobre la enfermedad y la muerte. Lo peor: Ninguna objeción negatova dado el irónico estoicismo clásico de este brillante ejercicio memorialístico. «La penúltima hora», de Salman Rushdie (9/10). Las palabras, y la memoria, nunca le fallan a Salman Rushdie. Por Diego Gándara. No pudieron con él ni la fatwa del viejo régimen del Ayatolah Jomeini en 1989 tras la publicación de su novela «Los versos satánicos» ni el intento de asesinato del 12 de agosto de 2022. La obra de Salman Rushdie (Mombai, 1947), intensa, vital, parece destinada a sobrevivir a todo y a pesar de todo, y no sólo eso. Lo impulsa, también, a seguir adelante, aunque la muerte siempre ande pisándole los talones. 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Sea como fuere, lo cierto es que en estos relatos (tres de los cuales pueden leerse como novelas breves o cuentos largos) Rushdie se adentra en los países en los que ha vivido (India, Inglaterra y Estados Unidos) y aborda, en estas historias donde aparecen dos ancianos criminales, un infeliz matrimonio cargado de música, dólares y magia, y el fantasma de un académico inglés con ansias de venganza, cuestiones relacionadas con la edad, la muerte y la memoria. Y con las palabras, que siempre fallan.. Lo mejor: Rushdie se sumerge de lleno en la ficción, combinando una prosa vibrante con un estilo suave, ligero y repleto de vivacidad. Lo peor: Poco puede cuestionársele, salvo que, por momentos, parece tan seguro que no consigue ya sorprender al lector. «¿Qué buscas, lobo?», de Eva Viežnaviec (8/10). Un relato lúcido y áspero sobre la violencia en el seno familiar. Por Ángeles López. Volver al lugar de origen rara vez es un gesto restaurador; a veces es una capitulación. 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