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  Opinión  Los coleccionistas invisibles
Opinión

Los coleccionistas invisibles

5 de marzo de 2026
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“Una colección es un autorretrato hecho con obras de arte”, dijo el añorado medievalista Jaime Barrachina, conservador del Museo Castillo de Peralada, en una memorable conferencia pronunciada en la Universidad de Barcelona en 2015. Con su inconfundible voz de oboe y vestido con un polo oscuro con la marca de una conocida fábrica cubana de puros habanos, Barrachina diseccionó durante una hora el coleccionismo con su gracia y maestría habituales. Habló de la necesidad de estudiar el coleccionismo desde otros ángulos, como la forma en que se distribuyeron las obras en el espacio en la posguerra, lo que él denominaba el “estilo Parador”, en alusión a la cadena hotelera pública creada por Alfonso XIII; un estilo que abarcaba alfombras y tapices de alta época, donde lo auténtico se mezclaba con lo falso, lámparas facticias con pie de columna barroca y pantalla de pergamino recortada de un cantoral, y que influyó en la decoración de muchos hogares de la época. También reivindicaba las colecciones hechas por mujeres que por entonces comenzaban a salir a la luz. Y las colecciones de los historiadores del arte, poco conocidas, por la aversión de los mismos a que nadie pudiera decir que se aprovecharon de sus conocimientos para construirlas, algo absurdo: “¿No se aprovecha de sus conocimientos un médico para vivir mejor o un arquitecto para tener una mejor casa?”, argumentaba Barrachina. Los historiadores del arte o los anticuarios suelen tener casas donde las piezas dialogan entre ellas y crean un clima visual que explica bien la persona que allí habita. Una casa es un refugio, una guarida, y la huella de la vida queda marcada en los objetos, en el arte, en los libros de sus propietarios. No hay nada peor que una casa vacía, un hogar convertido en habitación de hotel, algo que hoy abunda. Y no es una cuestión de dinero —a partir de 50 euros puedes comprarte un grabado, y un original por lo que vale una buena cena—, sino de educación, voluntad y gusto.. Seguir leyendo

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“Una colección es un autorretrato hecho con obras de arte”, dijo el añorado medievalista Jaime Barrachina, conservador del Museo Castillo de Peralada, en una memorable conferencia pronunciada en la Universidad de Barcelona en 2015. Con su inconfundible voz de oboe y vestido con un polo oscuro con la marca de una conocida fábrica cubana de puros habanos, Barrachina diseccionó durante una hora el coleccionismo con su gracia y maestría habituales. Habló de la necesidad de estudiar el coleccionismo desde otros ángulos, como la forma en que se distribuyeron las obras en el espacio en la posguerra, lo que él denominaba el “estilo Parador”, en alusión a la cadena hotelera pública creada por Alfonso XIII; un estilo que abarcaba alfombras y tapices de alta época, donde lo auténtico se mezclaba con lo falso, lámparas facticias con pie de columna barroca y pantalla de pergamino recortada de un cantoral, y que influyó en la decoración de muchos hogares de la época. También reivindicaba las colecciones hechas por mujeres que por entonces comenzaban a salir a la luz. Y las colecciones de los historiadores del arte, poco conocidas, por la aversión de los mismos a que nadie pudiera decir que se aprovecharon de sus conocimientos para construirlas, algo absurdo: “¿No se aprovecha de sus conocimientos un médico para vivir mejor o un arquitecto para tener una mejor casa?”, argumentaba Barrachina. Los historiadores del arte o los anticuarios suelen tener casas donde las piezas dialogan entre ellas y crean un clima visual que explica bien la persona que allí habita. Una casa es un refugio, una guarida, y la huella de la vida queda marcada en los objetos, en el arte, en los libros de sus propietarios. No hay nada peor que una casa vacía, un hogar convertido en habitación de hotel, algo que hoy abunda. Y no es una cuestión de dinero —a partir de 50 euros puedes comprarte un grabado, y un original por lo que vale una buena cena—, sino de educación, voluntad y gusto.. Como un consumado biólogo, a Barrachina le gustaba equiparar las colecciones de arte con las raíces de las plantas en un ejercicio estructuralista ingenioso e ilustrativo. No les voy a cansar con las equiparaciones que aquel día formuló. Me sorprendió que Barrachina no se fijase en una de las tipologías del coleccionismo que a mí más me gusta: la de los artistas. Muchos creadores compran para afirmarse: buscan en las obras lo que en el arte antiguo puede anticiparles; ven las obras del pasado como embriones de las suyas propias. Algunos dejaron casas preciosas, como la maravillosa de John Soane en el barrio londinense de Holborn o el Cau Ferrat de Santiago Rusiñol en Sitges, por poner como ejemplo algunas de las que más me gustan, auténticos espejos de sus almas. Hoy, los artistas contemporáneos conocen muy bien el engranaje de la industria y, con parte de lo que ganan vendiendo sus cuadros, compran obras de los maestros antiguos.. Hace poco más de un siglo, el escritor Stefan Zweig escribió La colección invisible, cuento incluido luego en el tomo Calidoscopio, donde explora como pocos esta patología humana, a medio camino entre la pulsión posesiva y la conquista de la inmortalidad, que denominamos coleccionismo. Un funcionario se había dedicado a coleccionar grabados de los grandes maestros (Mantegna, Durero, Rembrandt) con enormes sacrificios, hasta atesorar la mejor colección en su género de la Alemania previa a la Primera Guerra Mundial. En la posguerra, cuando el coleccionista ya era un anciano ciego, su mujer y su hija habían vendido, sin avisarle, parte de la colección para poder comer y habían sustituido los grabados por burdas copias para que el ciego no se diese cuenta cuando repasaba, orgulloso, sus álbumes. Un anticuario le visita para preguntarle sobre su colección y se ve envuelto en el engaño que han urdido sus familiares.. El magistral relato de Zweig explica muy bien lo que es una colección. En rigor, una colección es una coalición, es decir, un conjunto de piezas adquiridas para completar un grupo. Cuando el coleccionista desaparece, su colección muere con él, porque coleccionar suele ser un ejercicio personal e intransferible, muy difícil de legar a la siguiente generación. Normalmente, cuando muere el coleccionista, sus herederos consideran la colección un problema que hay que solucionar cuanto antes, más que una ilusión que se deba perpetuar. El coleccionista es un idealista que vive a través de sus obras mientras sus descendientes acostumbran ser unos pragmáticos que no saben qué hacer con ella y se la quitan de encima vendiéndola porque hay que vaciar pronto el piso, sin preocuparse mucho de su valor, que, a fin de cuentas, es relativo porque a ellos no les ha costado nada, y la balanza entre lo sentimental y lo material casi siempre se inclina del mismo lado.. Los coleccionistas son gente dichosa, decía Goethe, y tenía razón. A menudo, especialmente en nuestro país, donde el arte es sinónimo de lujo y no de cultura, se confunde al coleccionista con el rico. Y entonces el arte, como poder simbólico, pasa a ser una cosa de gente pudiente que afirma su posición económica a través de los grandes nombres. En parte es verdad. He ido a casas de coleccionistas que te reciben con un basquiat de dos metros cuadrados en el vestíbulo, en el lavabo tienen un lienzo de Picasso, y una cabeza de Plensa refleja su blanco esplendor en las aguas de la piscina, todo para que te enteres de con quién estás hablando. Son los coleccionistas que salen en las películas, siempre ligados a las grandes ventas internacionales, donde el arte no es más que una mercancía de lujo que se exhibe en los mercados de Londres, París y Nueva York. Son los coleccionistas que se pasean en las moquetas de las grandes ferias de las vanidades del arte dejando una estela de glamur. Pero estos no son ni representan todo el coleccionismo: son la parte más visible, pero se limitan a encarnar el tópico que ha calado en nuestro imaginario colectivo: el arte como valor de cambio, los cuadros equiparados a las joyas y los Ferrari.. Pero no todo el coleccionismo es así, ni todos los coleccionistas son propietarios de empresas que cotizan en el Ibex. Existen otros coleccionistas, otras raíces, mucho más humildes, de los que nadie habla. Son los coleccionistas invisibles. Me refiero al médico que hace guardias para comprarse el cuadro que no le deja dormir desde que lo vio en una galería; o al funcionario que prefiere adquirir un arca gótica que irse de vacaciones al otro lado del Atlántico; o al joven que pide dinero a sus padres para comprarse su primer dibujo de Nonell. O al profesor de Igualada que, con gran esfuerzo y la ayuda de una madre amorosa, reunirá el dinero que no tiene para adquirir un objeto que le alegrará la vida para siempre. Son personas inquietas y cultas que leen y van a exposiciones y a los museos, que no han sucumbido a los vientos de lo nuevo, que no pertenecen al rebaño que sigue a pies juntillas todos los preceptos actuales: la apología de la ignorancia, el desprestigio del pasado, la desmaterialización de la cultura y la sobrevaloración de lo emocional sobre lo material, lo tangible, los objetos, el arte. A ellos, hay quien los llama frikis; yo los llamo sabios. Como los monjes medievales, estos coleccionistas, estas raíces ocultas e invisibles, siguiendo con el símil de Barrachina, pero fértiles y nutritivas, serán capaces de preservar la memoria del mundo.. Artur Ramon es historiador del arte y anticuario.

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