En el pueblo sevillano de Camas había desde siempre una leyenda que decía que bajo un cerro que llamaban del Carambolo reposaba un tesoro. Es muy probable que no supieran nada de ello los directivos de la Real Sociedad de Tiro al Pichón de Sevilla que compraron aquellos terrenos en 1940 para establecer su sede. Pero el hecho es que, cuando casi dos décadas después tocó construir en aquel cerro, efectivamente, el obrero gaditano Alonso Hinojos del Pino sacó a la luz con su azada un día de septiembre de 1958 la primera de las 20 piezas de oro del tesoro que “sentó las bases para la construcción de una arqueología de Tarteso”, la cultura que dominó el suroeste de la península Ibérica en la primera mitad del primer milenio antes de nuestra era. Así lo cuentan los arqueólogos del CSIC Sebastián Celestino y Esther Rodríguez en el libro Tarteso, un relato divulgativo sobre lo que se sabe y lo que aún falta por descubrir de esta civilización tan fascinante como, en general, desconocida.. Seguir leyendo
Sebastián Celestino y Esther Rodríguez reconstruyen en un libro de divulgación la historia de la rica civilización que dominó el suroeste de la península Ibérica
En el pueblo sevillano de Camas había desde siempre una leyenda que decía que bajo un cerro que llamaban del Carambolo reposaba un tesoro. Es muy probable que no supieran nada de ello los directivos de la Real Sociedad de Tiro al Pichón de Sevilla que compraron aquellos terrenos en 1940 para establecer su sede. Pero el hecho es que, cuando casi dos décadas después tocó construir en aquel cerro, efectivamente, el obrero gaditano Alonso Hinojos del Pino sacó a la luz con su azada un día de septiembre de 1958 la primera de las 20 piezas de oro del tesoro que “sentó las bases para la construcción de una arqueología de Tarteso”, la cultura que dominó el suroeste de la península Ibérica en la primera mitad del primer milenio antes de nuestra era. Así lo cuentan los arqueólogos del CSIC Sebastián Celestino y Esther Rodríguez en el libro Tarteso, un relato divulgativo sobre lo que se sabe y lo que aún falta por descubrir de esta civilización tan fascinante como, en general, desconocida.. Los arqueólogos Esther Rodríguez y Sebastián Celestino desentierra un jarro de bronce en Los especialistas desentierran un fragmento de la columna de mármol de origen griego en el yacimiento del Turuñuelo de Guareña, en Badajoz. Imagen de archivo. Proyecto Construyendo Tarteso. Los autores, de hecho, dirigen desde hace algo más de una década el yacimiento de Casas del Turuñuelo, en Guareña (Badajoz), uno de los que más han contribuido en los últimos años (y sigue haciéndolo) a arrancar la historia de Tarteso de las garras de la mitología y la pura especulación y bajarla a la realidad que van dictando los descubrimientos arqueológicos. Pero muchos otros abrieron antes el camino por el que este insólito edificio monumental de dos plantas de hace 2.500 años está arrojando luz sobre la rica y poderosa civilización que prosperó en la península de la mano del comercio de minerales con los pueblos que dominaron el Mediterráneo. Y sobre esas figuras —sus descubrimientos y sus interpretaciones— han construido Rodríguez y Celestino este libro que acaban de publicar con Espasa, que rinde, además, homenaje al trabajo del arqueólogo, con sus penurias, sus casualidades y sus laberintos administrativos. A partir de una serie de relatos que les sirven para ir desentrañando la historia, el texto se convierte algunas veces en un libro de aventuras y otras, en uno de viajes —con pistas gastronómicas incluidas— que nos lleva desde Sevilla, Huelva o Badajoz hasta Nueva York o las islas griegas de Samos y Foça; saltando de la protohistoria y las fuentes clásicas hasta nuestros días.. “Nos dimos cuenta de que una de las cosas de las que nadie suele hablar es de cómo se descubrieron los restos más importantes”, explica Celestino. Y así lo han hecho con la estela de Solana de Cabañas, en Cáceres (la primera estela de guerrero que se conoció), el ya mencionado tesoro del Carambolo o el de Aliseda. En este último caso, los labriegos que lo encontraron en 1920 lo vendieron a un joyero de Cáceres y el asunto solo salió a la luz cuando el Ayuntamiento del pueblo reclamó su parte. “No ha sido fácil construir el libro desde una perspectiva divulgativa, pero estamos muy contentos con el resultado”, añade Rodríguez frente a una taza de en una calurosa tarde de junio en Mérida —ambos trabajan en el Instituto de Arqueología de la capital extremeña—.. El Carambolo es un referente fundamental en la investigación de la protohistoria de la península Ibérica, concretamente del periodo comprendido entre los siglos VIII y VI a. C., en los que por primera vez el Mediterráneo se conformó como un mundo interconectado y con una cultura compartida. En la foto, un brazalete y otras piezas del tesoro.. Lo cierto, en cualquier caso, es que entre las capas de lectura del libro también está la que toca la fibra del especialista, como cuando defienden que los yacimientos del siglo V que eran excavados en Extremadura, en el entorno del Guadiana, pertenecen sin lugar a dudas a la cultura tartésica. O cuando apuestan por Huelva como el lugar más probable en el que pudo estar ubicada una gran ciudad tartésica. “Nuestra candidata favorita, aunque seguro que no es la única”, escriben en el libro. “Hemos intentado inclinar la balanza hacia Huelva, si existiera una capital de Tarteso…”, señala Rodríguez. “Cada vez hay más pruebas que apuntan a ello; ya tienen el puerto tartésico”, añade Celestino sobre el descubrimiento de unos almacenes portuarios de entre los siglos VII y VI antes de nuestra era en 2022 durante unas obras en un edificio de Hacienda. El problema es que esa ciudad estaría enterrada bajo capas y capas de la actual capital onubense, por lo que solo puede ir asomando, a duras penas y de forma muy fragmentaria, con obras como la de ese edificio que solo permiten hacer arqueología de urgencia.. Pero empecemos por el principio para poner en todo esto perspectiva. La escasez de restos materiales de envergadura de la época tartésica hizo que durante muchas décadas la voz cantante de la investigación sobre este periodo la llevaran los investigadores de los textos clásicos que muchos siglos después, desde Grecia y desde Roma, dejaron testimonios legendarios, fragmentados y descontextualizados. Entre los más conocidos están el del décimo trabajo de Hércules —robó el ganado al gigante Gerión, al que acabó matando, en el confín occidental del mundo conocido— o la historia del mítico, sabio, bondadoso y tremendamente rico rey Argantonio, que vivió nada menos que 120 años.. El hecho es que los textos, por sí mismos, conducían sin remedio a callejones sin salida que solo se han desatascado con décadas de trabajo arqueológico que, con mucho esfuerzo, ha ido uniendo los hilos que han acabado construyendo una misma historia. Así, cabe mencionar, entre otros, las necrópolis de Carmona y de Medellín, los tesoros de Aliseda y el Carambolo, las excavaciones de urgencia en Huelva, el poblado minero de tejada la Vieja en Escacena del Campo, el templo de Cancho Roano en Zalamea de la Serena, el Turuñuelo de Guareña…. En 1978, un labrador que construía una alberca descubrió este edificio de origen tartésico, que 2.500 años antes había sido quemado con todo lo que tenía dentro. Interpretado al principio como santuario, las últimas investigaciones sugieren que fue un palacio de la nobleza rural, al estilo de otros que vertebraban el valle del Guadiana entre 500 y 400 antes de Cristo. Situado a 10 kilómetros del municipio de Zalamea de la Serena, se puede visitar gratuitamente.. En todo caso, Rodríguez y Celestino defienden la complementariedad de las fuentes filológicas. “Estamos viendo que había un barrio griego en la Huelva tartésica, en el Turuñuelo están apareciendo muchísimas muestras griegas… Todo conecta con el relato de Argantonio ofreciendo asilo a los griegos de la isla de Foça que estaban siendo invadidos por los persas”, explica Rodríguez.. Así, la interpretación que defienden los especialistas en este libro podría resumirse —mucho, mucho— de esta manera: los fenicios se asentaron en el sur de la península, posiblemente en Cádiz, en torno al siglo IX antes de nuestra era, atraídos por un comercio de metales, sobre todo de plata, que seguramente ya existía impulsado por los indígenas. Con sus avances tecnológicos impulsaron ese comercio por el Mediterráneo, dando lugar en el camino, al hibridarse con la de los pueblos indígenas, a esa cultura propia, la tartésica, cuyo núcleo central se asentó entre lo que hoy es Huelva, Sevilla y Cádiz. Esa cultura brilló de tal manera que dio lugar, muchos siglos después, a esas narraciones legendarias que quedaron para la historia. Pero en algún momento del siglo VI antes de nuestra era, una brutal crisis económica, tal vez rematada por algún episodio climático catastrófico, provocó una decadencia que desembocó en su práctica desaparición.. En ese momento, habría florecido esa zona fronteriza de Tarteso de la vega del Valle medio del Guadiana, en la actual Extremadura, posiblemente apoyada sobre nuevas rutas comerciales a través de la península que les conectaban con las colonias griegas de la zona de Levante. Para el final abrupto del Tarteso extremeño hace unos 2.500 años —los yacimientos muestran que sus habitantes destrozaron todo, lo quemaron y lo enterraron para después abandonarlos— aún no tienen explicación.
