Amazon se quedó con la Metro-Goldwyn-Mayer, creada en 1924. Disney fagocitó a la 20th Century Fox, fundada en 1935. Y, ahora, Netflix ha anunciado que comprará Warner Bros, inaugurada en 1923, por 72.000 millones de dólares.. La absorción incluye el sello de series de calidad HBO, que pertenece al mismo grupo, Discovery, compañía que ya anunció su reestructuración en dos empresas diferentes para facilitar la venta, lo que desencadenó una guerra de ofertas por Warner que, finalmente, ha ganado Netflix contra Comcast (NBC) y Paramount-Skydance. Ahora falta por ver quién se quedará con la otra división, Discovery Global, que atesora canales lineales de cable, con una de las televisiones más incómodas para Trump: CNN.. El secreto está en el contenido. Y, con esta colosal inversión, Netflix no compra solo un estudio de producción, sobre todo se asegura un siglo de narrativa cultural que va de los clásicos del cine de los años dorados de Hollywood a Juego de Tronos, Harry Potter o Friends.. De hecho, la pérdida de Friends ya fue un crudo golpe para Netflix. La serie de los amigos neoyorquinos se situaba cada fin de semana entre lo más visto. Incluso por encima de estrenos recientes. El motivo: ante tal marabunta de contenido, solemos regresar a lugares seguros para nuestro recuerdo. Revivirlos sabemos que no decepcionará nuestras expectativas y, encima, no perderemos minutos y minutos de nuestro tiempo enredados en la paradoja de la elección de qué ver.. Los de Netflix necesitaban rearmarse ante Prime Video y Disney. Les faltaba un estudio con historia que, al final, atesora activos que otros no pueden sustituir. Hasta asociados a la alegría de pasar un día en el parque temático. Sin embargo, que Netflix devore el sello de prestigio de HBO preocupa mucho a los sindicatos de la industria audiovisual norteamericana, que saben que va a afectar al porvenir de la osadía creativa en la producción de nuevas series y películas. Malos tiempos para la autoría de los creadores independientes.. Tal concentración de poder en manos de la compañía que creció en el modelo de animar la impaciencia colectiva, asegura, a priori, una merma de la diversidad de miradas en la industria audiovisual. También inquieta el futuro de la experiencia inversiva que supone ir a ver una peli a salas de cine, uno de los pocos sitios que nos podemos seguir aislando de la hiperconexión digital de los teléfonos móviles. La prioridad de las compañías bajo demanda es otra: que nos quedemos atrapados en el laberinto de contenidos de su plataforma, donde paradójicamente recordamos más aquellas series y películas que consumimos antes de que nos dieran la posibilidad de degustar la ansiedad del maratón de series. Cuando nos pasábamos días y días imaginando cuál sería el próximo giro de guion porque no quedaba otra que esperar siete días para ver el siguiente capítulo. Cuando te emocionabas con una película sin distraerte por un WhatsApp. Cuando las ficciones tenían un arco narrativo con un final claro y no esperaban a cerrar la trama dependiendo de las expectativas de la audiencia.. Cuando el creador mandaba más que el algoritmo. Cuando las historias atesoraban tiempo hasta para ser diferentes. Porque, por lo general, se competía desde la elaboración creativa, no desde la fugacidad de la caza de la atención inmediata. Y, por todo esto mismo, Netflix necesita la consistencia de los 102 años de memoria de la Warner.
La preocupación crece en los sindicatos norteamericanos.
20MINUTOS.ES – Televisión
Amazon se quedó con la Metro-Goldwyn-Mayer, creada en 1924. Disney fagocitó a la 20th Century Fox, fundada en 1935. Y, ahora, Netflix ha anunciado que comprará Warner Bros, inaugurada en 1923, por 72.000 millones de dólares.. La absorción incluye el sello de series de calidad HBO, que pertenece al mismo grupo, Discovery, compañía que ya anunció su reestructuración en dos empresas diferentes para facilitar la venta, lo que desencadenó una guerra de ofertas por Warner que, finalmente, ha ganado Netflix contra Comcast (NBC) y Paramount-Skydance. Ahora falta por ver quién se quedará con la otra división, Discovery Global, que atesora canales lineales de cable, con una de las televisiones más incómodas para Trump: CNN.. El secreto está en el contenido. Y, con esta colosal inversión, Netflix no compra solo un estudio de producción, sobre todo se asegura un siglo de narrativa cultural que va de los clásicos del cine de los años dorados de Hollywood a Juego de Tronos, Harry Potter o Friends.. De hecho, la pérdida de Friends ya fue un crudo golpe para Netflix. La serie de los amigos neoyorquinos se situaba cada fin de semana entre lo más visto. Incluso por encima de estrenos recientes.El motivo: ante tal marabunta de contenido, solemos regresar a lugares seguros para nuestro recuerdo. Revivirlos sabemos que no decepcionará nuestras expectativas y, encima, no perderemos minutos y minutos de nuestro tiempo enredados en la paradoja de la elección de qué ver.. Los de Netflix necesitaban rearmarse ante Prime Video y Disney. Les faltaba un estudio con historia que, al final, atesora activos que otros no pueden sustituir. Hasta asociados a la alegría de pasar un día en el parque temático. Sin embargo, que Netflix devore el sello de prestigio de HBO preocupa mucho a los sindicatos de la industria audiovisual norteamericana, que saben que va a afectar al porvenir de la osadía creativa en la producción de nuevas series y películas. Malos tiempos para la autoría de los creadores independientes.. Tal concentración de poder en manos de la compañía que creció en el modelo de animar la impaciencia colectiva, asegura, a priori, una merma de la diversidad de miradas en la industria audiovisual. También inquieta el futuro de la experiencia inversiva que supone ir a ver una peli a salas de cine, uno de los pocos sitios que nos podemos seguir aislando de la hiperconexión digital de los teléfonos móviles. La prioridad de las compañías bajo demanda es otra: que nos quedemos atrapados en el laberinto de contenidos de su plataforma, donde paradójicamente recordamos más aquellas series y películas que consumimos antes de que nos dieran la posibilidad de degustar la ansiedad del maratón de series. Cuando nos pasábamos días y días imaginando cuál sería el próximo giro de guion porque no quedaba otra que esperar siete días para ver el siguiente capítulo. Cuando te emocionabas con una película sin distraerte por un WhatsApp. Cuando las ficciones tenían un arco narrativo con un final claro y no esperaban a cerrar la trama dependiendo de las expectativas de la audiencia.. Cuando el creador mandaba más que el algoritmo. Cuando las historias atesoraban tiempo hasta para ser diferentes. Porque, por lo general, se competía desde la elaboración creativa, no desde la fugacidad de la caza de la atención inmediata. Y, por todo esto mismo, Netflix necesita la consistencia de los 102 años de memoria de la Warner.
