Hay restaurantes que se explican solos con el primer plato que llega a la mesa. Lluritu 3 es uno de ellos. Un salpicón de marisco fresco, cortado con intención y sin distracciones, basta para entender que detrás hay una manera muy clara de cocinar y una historia que tiene más que ver con la vida que con el negocio. Esa historia empieza en casa de Pau Roca, uno de los fundadores, donde su madre, gran cocinera, le enseñó desde pequeño a disfrutar de la comida. Esa educación sentimental es el origen de esta marisquería desenfadada que, años después, él y dos amigos del barrio —Gerard Belenes y Pol Puigventós— convertirían en un proyecto gastronómico.. Los tres crecieron juntos, compartiendo mesas familiares, bares del barrio y una costumbre que arrastran hasta hoy: viajar para comer. Pau lo confiesa sin pudor mientras recuerda una escapada reciente a Madrid hecha expresamente para probar varios restaurantes. Ese entusiasmo por descubrir sabores, mezclado con el vínculo de amistad, acabó cristalizando en una idea que en su momento no existía en Barcelona: una marisquería alejada de excentricidades y rituales, donde el producto fuera el protagonista y donde se pudiera comer marisco sin solemnidad, sin manteles blancos y sin sentir que se trataba de una ocasión especial. Algo sencillo, directo, con brasa cuando hace falta y sin artificios.. Lo curioso es que cuando abrieron el primer Lluritu no lo hicieron con intención de crear una marca ni de extenderse por la ciudad. Fue algo espontáneo y natural: el primer local empezó a funcionar, el segundo llegó porque la demanda crecía y el tercero apareció casi como consecuencia lógica de la evolución del proyecto. Hoy, Lluritu 3 es el que mejor representa lo que son. Pau ya no está en el día a día de la gestión, pero sí se reserva las aperturas y se pasa a menudo a comer. Sigue opinando sobre la carta, sobre los detalles y sobre el tono del local, y lo hace desde un lugar de cercanía, no de vitrina, como un comensal más que conoce muy bien la casa que ayudó a levantar.. Lluritu 3 es también hijo de un momento inesperado: la pandemia. Con los restaurantes cerrados, sobrevivieron preparando y enviando arroces a domicilio. Fue un éxito absoluto. Los clientes los pedían una y otra vez y, cuando por fin pudieron abrir una tercera sede, tuvieron claro que ese trabajo no podía quedarse en un paréntesis. Por eso Lluritu 3 es el Lluritu de los arroces, el espacio donde esta sección de la carta toma protagonismo y da personalidad propia al local. Ese giro marca una diferencia clara con los otros dos restaurantes.. La ubicación también influye. El restaurante se encuentra en pleno Passeig de Sant Joan, una avenida amplia y tranquila, con ritmo de barrio y familias que pasean sin prisa. Es el único Lluritu con terraza, un detalle que parece menor pero que transforma por completo la experiencia. Sentarse fuera, pedir una gilda o unas zamburiñas a la brasa mientras cae la luz de la tarde, aporta una calma que encaja perfectamente con la filosofía del proyecto. Lluritu 3 respira más despacio que sus hermanos y se nota.. La carta del día que nos encontramos lo confirma. En la pared, escrita en letras grandes, desfilan platos que ya son casi identitarios de la casa: gilda, ostra, anchoas, ensaladilla rusa, sardinas marinadas, zamburiñas, gambetes, tartar de sepia, ceviche verde, salpicón de marisco, ravioli de peus i gambes, anguila ahumada con tomate. En los laterales, las piezas del día: pescados grandes, moluscos y precios que cambian según mercado, porque aquí la frescura es ley.. Entre los entrantes, el salpicón de marisco abrió la comida con una declaración de intenciones. Es el plato favorito de los fundadores y no cuesta entender por qué. Cada bocado tiene textura, brillo, acidez justa y una limpieza que solo se consigue cuando se trabaja con producto que no necesita disfraz. Las zamburiñas llegaron inmediatamente después, marcadas a la brasa, jugosas y tostadas, casi obligando al silencio alrededor de la mesa. El ravioli de peus i gambes fue la sorpresa de la jornada, un bocado delicado que combina la profundidad gelatinosa del pie de cerdo con la dulzura marina de la gamba, un mar y montaña muy catalán que funciona de manera sorprendente. La anguila ahumada con tomate completó los entrantes con un equilibrio perfecto entre grasa y frescor.. Los arroces fueron el capítulo central de la comida y también el momento en el que Lluritu 3 se muestra en plenitud. El especial de otoño, con camafeos, butifarra negra y calamar, combina tierra y mar con un sentido del sabor que remite a la cocina catalana más profunda. El arroz seco de marisco, en cambio, va a lo esencial: caldo trabajado con seriedad, sabor a mar claro y limpio y un punto de cocción impecable.. La parte dulce mantiene la misma filosofía. La carta de postres ofrece una mousse de galleta María, un goxua clásico, un flan de café y Baileys, una tarta de Santiago, un brownie con helado de carquinyoli y un sorbete de limón y albahaca que refresca sin pesar. Son postres pensados para cerrar la comida sin complicaciones, con precios contenidos y la misma honestidad que el resto del menú.. Salir de Lluritu 3 deja la sensación de haber pasado por un restaurante al que es fácil querer volver. No porque sorprenda con trucos o artificios, sino porque consigue algo más difícil: hacer que comer bien parezca lo más sencillo del mundo.
Un local que reivindica el producto, la brasa y la posibilidad de comer bien cada día, ahora con la carta más completa del grupo.
Hay restaurantes que se explican solos con el primer plato que llega a la mesa. Lluritu 3 es uno de ellos. Un salpicón de marisco fresco, cortado con intención y sin distracciones, basta para entender que detrás hay una manera muy clara de cocinar y una historia que tiene más que ver con la vida que con el negocio. Esa historia empieza en casa de Pau Roca, uno de los fundadores, donde su madre, gran cocinera, le enseñó desde pequeño a disfrutar de la comida. Esa educación sentimental es el origen de esta marisquería desenfadada que, años después, él y dos amigos del barrio —Gerard Belenes y Pol Puigventós— convertirían en un proyecto gastronómico.. Los tres crecieron juntos, compartiendo mesas familiares, bares del barrio y una costumbre que arrastran hasta hoy: viajar para comer. Pau lo confiesa sin pudor mientras recuerda una escapada reciente a Madrid hecha expresamente para probar varios restaurantes. Ese entusiasmo por descubrir sabores, mezclado con el vínculo de amistad, acabó cristalizando en una idea que en su momento no existía en Barcelona: una marisquería alejada de excentricidades y rituales, donde el producto fuera el protagonista y donde se pudiera comer marisco sin solemnidad, sin manteles blancos y sin sentir que se trataba de una ocasión especial. Algo sencillo, directo, con brasa cuando hace falta y sin artificios.. Lo curioso es que cuando abrieron el primer Lluritu no lo hicieron con intención de crear una marca ni de extenderse por la ciudad. Fue algo espontáneo y natural: el primer local empezó a funcionar, el segundo llegó porque la demanda crecía y el tercero apareció casi como consecuencia lógica de la evolución del proyecto. Hoy, Lluritu 3 es el que mejor representa lo que son. Pau ya no está en el día a día de la gestión, pero sí se reserva las aperturas y se pasa a menudo a comer. Sigue opinando sobre la carta, sobre los detalles y sobre el tono del local, y lo hace desde un lugar de cercanía, no de vitrina, como un comensal más que conoce muy bien la casa que ayudó a levantar.. Lluritu 3 es también hijo de un momento inesperado: la pandemia. Con los restaurantes cerrados, sobrevivieron preparando y enviando arroces a domicilio. Fue un éxito absoluto. Los clientes los pedían una y otra vez y, cuando por fin pudieron abrir una tercera sede, tuvieron claro que ese trabajo no podía quedarse en un paréntesis. Por eso Lluritu 3 es el Lluritu de los arroces, el espacio donde esta sección de la carta toma protagonismo y da personalidad propia al local. Ese giro marca una diferencia clara con los otros dos restaurantes.. La ubicación también influye. El restaurante se encuentra en pleno Passeig de Sant Joan, una avenida amplia y tranquila, con ritmo de barrio y familias que pasean sin prisa. Es el único Lluritu con terraza, un detalle que parece menor pero que transforma por completo la experiencia. Sentarse fuera, pedir una gilda o unas zamburiñas a la brasa mientras cae la luz de la tarde, aporta una calma que encaja perfectamente con la filosofía del proyecto. Lluritu 3 respira más despacio que sus hermanos y se nota.. La carta del día que nos encontramos lo confirma. En la pared, escrita en letras grandes, desfilan platos que ya son casi identitarios de la casa: gilda, ostra, anchoas, ensaladilla rusa, sardinas marinadas, zamburiñas, gambetes, tartar de sepia, ceviche verde, salpicón de marisco, ravioli de peus i gambes, anguila ahumada con tomate. En los laterales, las piezas del día: pescados grandes, moluscos y precios que cambian según mercado, porque aquí la frescura es ley.. Entre los entrantes, el salpicón de marisco abrió la comida con una declaración de intenciones. Es el plato favorito de los fundadores y no cuesta entender por qué. Cada bocado tiene textura, brillo, acidez justa y una limpieza que solo se consigue cuando se trabaja con producto que no necesita disfraz. Las zamburiñas llegaron inmediatamente después, marcadas a la brasa, jugosas y tostadas, casi obligando al silencio alrededor de la mesa. El ravioli de peus i gambes fue la sorpresa de la jornada, un bocado delicado que combina la profundidad gelatinosa del pie de cerdo con la dulzura marina de la gamba, un mar y montaña muy catalán que funciona de manera sorprendente. La anguila ahumada con tomate completó los entrantes con un equilibrio perfecto entre grasa y frescor.. Los arroces fueron el capítulo central de la comida y también el momento en el que Lluritu 3 se muestra en plenitud. El especial de otoño, con camafeos, butifarra negra y calamar, combina tierra y mar con un sentido del sabor que remite a la cocina catalana más profunda. El arroz seco de marisco, en cambio, va a lo esencial: caldo trabajado con seriedad, sabor a mar claro y limpio y un punto de cocción impecable.. La parte dulce mantiene la misma filosofía. La carta de postres ofrece una mousse de galleta María, un goxua clásico, un flan de café y Baileys, una tarta de Santiago, un brownie con helado de carquinyoli y un sorbete de limón y albahaca que refresca sin pesar. Son postres pensados para cerrar la comida sin complicaciones, con precios contenidos y la misma honestidad que el resto del menú.. Salir de Lluritu 3 deja la sensación de haber pasado por un restaurante al que es fácil querer volver. No porque sorprenda con trucos o artificios, sino porque consigue algo más difícil: hacer que comer bien parezca lo más sencillo del mundo.
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