Aseguran los lingüistas que las palabras son signos convencionales, simples secuencias de sonidos que designan un significado con el que no guardan relación alguna más allá de la estrictamente establecida por el uso. Vamos, que únicamente por puro convenio o pacto original entre los hablantes de una lengua, una palabra como «árbol» significa eso que todos nos figuramos enseguida al oírla o escribirla, y lo mismo «mesa» y cualquiera otra. Dicho de otra manera, que es la costumbre la que ha impuesto una palabra u otra (y la prueba es que cada lengua dispone de una palabra distinta para llamar a la misma cosa), que no hay parecido ninguno entre los nombres y las cosas a las que nombran; por ejemplo, entre la palabra «silla» y el objeto silla, que lo mismo que se llama así podría haberse llamado «lápiz» y no habría pasado nada.. Ahora bien, ¿sería la rosa como es si se llamara de otra manera?. Y si se decidiera o se nos obligara a cambiar los nombres y tuviéramos que llamar rata a la paloma y paloma a la rata, ¿cambiaríamos la percepción y consideración que tenemos de una y otra? ¿Les enseñaríamos a los niños que la rata es el símbolo de la paz y la dibujarían ellos con una ramita de olivo en el pico? ¿Les echaríamos a las ratas migas de pan para que nos rodearan los pies y se nos posaran en el hombro? ¿Perseguiríamos con saña a las palomas, decididos a exterminarlas, y huiríamos de ellas como de la peste?. Hay además palabras que ni pintadas para lo que designan, porque las pronunciamos y ya su sonido evoca o sugiere aquello con que las asociamos, y eso es lo que ocurre, por ejemplo, con guerra, que tiene un nombre áspero y desabrido, a diferencia de paz, tan suave y claro.. ¿Y despertarían en nosotros las mismas ideas y evocaciones estos dos nombres, invierno y primavera, si se intercambiase su orden en el calendario?. Sí, ya sé que es una ingenuidad, pero a uno le da a veces por pensar cosas así.. Como le da también por hacer listas, por ejemplo, de los vocablos de no muy buena reputación. Basta con atenerse a las formadas por un verbo seguido de una o varias palabras para reunir un curioso repertorio de calificativos en el que, bajo una inofensiva apariencia de mera descripción más o menos ocurrente, asoma la punta afilada del escarnio o la desconsideración: cantamañanas, pintamonas, lameculos, soplagaitas, meapilas, cascarrabias, vendehúmos, perdonavidas, pelagatos, correveidile, metomentodo…. Lo mismo sucede en determinados nombres de oficios que se van quedando en el diccionario, remisos los hablantes a recurrir a ellos por el tufillo denigratorio que desprenden: picapleitos (abogado), matasanos (médico), chupatintas (oficinista)…
Ahora bien, ¿sería la rosa como es si se llamara de otra manera?
Aseguran los lingüistas que las palabras son signos convencionales, simples secuencias de sonidos que designan un significado con el que no guardan relación alguna más allá de la estrictamente establecida por el uso. Vamos, que únicamente por puro convenio o pacto original entre los hablantes de una lengua, una palabra como «árbol» significa eso que todos nos figuramos enseguida al oírla o escribirla, y lo mismo «mesa» y cualquiera otra. Dicho de otra manera, que es la costumbre la que ha impuesto una palabra u otra (y la prueba es que cada lengua dispone de una palabra distinta para llamar a la misma cosa), que no hay parecido ninguno entre los nombres y las cosas a las que nombran; por ejemplo, entre la palabra «silla» y el objeto silla, que lo mismo que se llama así podría haberse llamado «lápiz» y no habría pasado nada.. Ahora bien, ¿sería la rosa como es si se llamara de otra manera?. Y si se decidiera o se nos obligara a cambiar los nombres y tuviéramos que llamar rata a la paloma y paloma a la rata, ¿cambiaríamos la percepción y consideración que tenemos de una y otra? ¿Les enseñaríamos a los niños que la rata es el símbolo de la paz y la dibujarían ellos con una ramita de olivo en el pico? ¿Les echaríamos a las ratas migas de pan para que nos rodearan los pies y se nos posaran en el hombro? ¿Perseguiríamos con saña a las palomas, decididos a exterminarlas, y huiríamos de ellas como de la peste?. Hay además palabras que ni pintadas para lo que designan, porque las pronunciamos y ya su sonido evoca o sugiere aquello con que las asociamos, y eso es lo que ocurre, por ejemplo, con guerra, que tiene un nombre áspero y desabrido, a diferencia de paz, tan suave y claro.. ¿Y despertarían en nosotros las mismas ideas y evocaciones estos dos nombres, invierno y primavera, si se intercambiase su orden en el calendario?. Sí, ya sé que es una ingenuidad, pero a uno le da a veces por pensar cosas así.. Como le da también por hacer listas, por ejemplo, de los vocablos de no muy buena reputación. Basta con atenerse a las formadas por un verbo seguido de una o varias palabras para reunir un curioso repertorio de calificativos en el que, bajo una inofensiva apariencia de mera descripción más o menos ocurrente, asoma la punta afilada del escarnio o la desconsideración: cantamañanas, pintamonas, lameculos, soplagaitas, meapilas, cascarrabias, vendehúmos, perdonavidas, pelagatos, correveidile, metomentodo…. Lo mismo sucede en determinados nombres de oficios que se van quedando en el diccionario, remisos los hablantes a recurrir a ellos por el tufillo denigratorio que desprenden: picapleitos (abogado), matasanos (médico), chupatintas (oficinista)…
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