Durante siglos, la Navidad se celebró a la luz de las velas. Era una celebración literalmente iluminada por pequeñas llamas que se colocaban en ramas de abeto, ventanas, altares y, más tarde, en los árboles decorados. Las velas ofrecían una luz cálida y simbólica, frágil y peligrosa al mismo tiempo. Iluminaban poco, consumían rápido y ardían con facilidad. Sin embargo, encenderlas formaba parte del ritual invernal, la victoria de la luz sobre la noche en el corazón del invierno. Ese símbolo ancestral empezó a transformarse en el siglo XIX, cuando la luz dejó de depender del fuego. El cambio no se produjo primero en los hogares ni en las iglesias, sino en un espacio dedicado a la ficción, al artificio y a la imaginación colectiva, el teatro.. El Savoy Theatre de Londres era conocido por ser un laboratorio de ideas nuevas. En 1882 se introdujo allí una modernidad que marcaría el primer precedente del espectáculo moderno, ya que fue el primer teatro del mundo iluminado completamente con electricidad. El responsable de aquel salto tecnológico fue Sir Joseph Swan, inventor británico y figura clave en la historia de la iluminación moderna. Swan había nacido en Sunderland en 1828. Químico de profesión, fue un investigador incansable. Llevaba décadas experimentando con filamentos incandescentes cuando la electricidad aún era una promesa incierta. Antes de convertirse en una figura pública había trabajado con la fotografía, procesos químicos y nuevos materiales. En la década de 1870 desarrolló una de las primeras bombillas eléctricas prácticas, basada en un filamento de carbono, y logró que su sistema funcionara de manera estable. Su rivalidad con Thomas Edison fue real, pero también complementaria. Ambos acabarían fusionando intereses en el Reino Unido, dando lugar a la empresa «Edison and Swan United Electric Light Company».. Swan no concebía la electricidad solo como un avance técnico. Estaba convencido de que debía integrarse en la vida cotidiana de forma elegante y segura. El Savoy Theatre se convirtió en el escaparate perfecto para demostrarlo. Iluminar un teatro entero con electricidad no solo era una proeza técnica, sino una declaración cultural. La luz eléctrica podía ser bella. Ese mismo año, en el escenario del Savoy se representaba la ópera «Iolanthe», de Gilbert y Sullivan, una obra ambientada en un mundo de hadas, humor político y fantasía. Para dar vida a las bailarinas que representaban a esos seres etéreos, Swan ideó pequeñas luces eléctricas de baja intensidad, diminutas bombillas pensadas no para iluminar el espacio, sino para crear un efecto visual sobre el vestuario y el escenario. El público quedó fascinado.. Así nació el término «fairy lights», luces de hadas. No eran potentes ni utilitarias, sino delicadas, decorativas, casi mágicas. Por primera vez, la electricidad se asociaba, no con fábricas o calles, sino con lo maravilloso. El teatro había convertido la luz eléctrica en emoción. La conexión con la Navidad surgió casi de manera natural. En la segunda mitad del siglo XIX, el árbol de Navidad era ya una tradición asentada en buena parte de Europa y Estados Unidos, popularizada en gran medida por la reina Victoria y el príncipe Alberto, es decir, la familia real británica. Pero seguía iluminándose con velas, con el consiguiente riesgo de incendios domésticos. Los periódicos de la época recogían cada diciembre accidentes provocados por árboles que ardían en minutos y casas arrasadas, ya que sus estructuras principales estaban hechas de madera, el mismo material que los árboles vivos que cortaban para decorar los hogares.. Excentricidad tecnológica. Las luces eléctricas ofrecían una alternativa segura y, además, espectacular. En el año 1882, Edward H. Johnson, colaborador cercano de Thomas Edison, decoró su árbol de Navidad en Nueva York con bombillas eléctricas de colores. El gesto fue visto entonces como una excentricidad tecnológica reservada a unos pocos, pero señalaba un camino posible. La electricidad podía entrar en el hogar no solamente como utilidad, sino como celebración.. Durante las décadas siguientes, las «fairy lights» saltaron del teatro a los escaparates, de los salones burgueses a las plazas públicas. Al principio eran caras y complejas de instalar. Tener un árbol iluminado eléctricamente era una declaración de estatus. La Primera Guerra Mundial y la expansión de las redes eléctricas aceleraron el proceso. En los años veinte y treinta, las luces navideñas empezaron a producirse en serie. Se abarataron y popularizaron.. Al mismo tiempo, cambiaron de función. Ya no servían solo para iluminar un árbol, sino para envolver fachadas, ventanas, comercios y avenidas enteras. Y estas luces pequeñas pasaron posteriormente a ser consuelo en tiempos oscuros. Durante la Gran Depresión y más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, simbolizaban continuidad, reconstrucción y una cierta obstinación en celebrar. Encenderlas afirmaba que, pese a todo, el invierno no tendría la última palabra.. Resulta significativo que esta tradición tenga su origen en el teatro. Las luces LED de nuestros árboles modernos conservan esa herencia escénica. No iluminan para ver mejor, sino para transformar el espacio, como las bailarinas o el escenario londiense. Convierten lo cotidiano en extraordinario y el invierno en un espectáculo compartido.
La imagen más simbólica de este periodo festivo casi concluido tiene su origen en un químico inglés del siglo XIX y pasó primero por una etapa teatral
Durante siglos, la Navidad se celebró a la luz de las velas. Era una celebración literalmente iluminada por pequeñas llamas que se colocaban en ramas de abeto, ventanas, altares y, más tarde, en los árboles decorados. Las velas ofrecían una luz cálida y simbólica, frágil y peligrosa al mismo tiempo. Iluminaban poco, consumían rápido y ardían con facilidad. Sin embargo, encenderlas formaba parte del ritual invernal, la victoria de la luz sobre la noche en el corazón del invierno. Ese símbolo ancestral empezó a transformarse en el siglo XIX, cuando la luz dejó de depender del fuego. El cambio no se produjo primero en los hogares ni en las iglesias, sino en un espacio dedicado a la ficción, al artificio y a la imaginación colectiva, el teatro.. El Savoy Theatre de Londres era conocido por ser un laboratorio de ideas nuevas. En 1882 se introdujo allí una modernidad que marcaría el primer precedente del espectáculo moderno, ya que fue el primer teatro del mundo iluminado completamente con electricidad. El responsable de aquel salto tecnológico fue Sir Joseph Swan, inventor británico y figura clave en la historia de la iluminación moderna. Swan había nacido en Sunderland en 1828. Químico de profesión, fue un investigador incansable. Llevaba décadas experimentando con filamentos incandescentes cuando la electricidad aún era una promesa incierta. Antes de convertirse en una figura pública había trabajado con la fotografía, procesos químicos y nuevos materiales. En la década de 1870 desarrolló una de las primeras bombillas eléctricas prácticas, basada en un filamento de carbono, y logró que su sistema funcionara de manera estable. Su rivalidad con Thomas Edison fue real, pero también complementaria. Ambos acabarían fusionando intereses en el Reino Unido, dando lugar a la empresa «Edison and Swan United Electric Light Company».. Swan no concebía la electricidad solo como un avance técnico. Estaba convencido de que debía integrarse en la vida cotidiana de forma elegante y segura. El Savoy Theatre se convirtió en el escaparate perfecto para demostrarlo. Iluminar un teatro entero con electricidad no solo era una proeza técnica, sino una declaración cultural. La luz eléctrica podía ser bella. Ese mismo año, en el escenario del Savoy se representaba la ópera «Iolanthe», de Gilbert y Sullivan, una obra ambientada en un mundo de hadas, humor político y fantasía. Para dar vida a las bailarinas que representaban a esos seres etéreos, Swan ideó pequeñas luces eléctricas de baja intensidad, diminutas bombillas pensadas no para iluminar el espacio, sino para crear un efecto visual sobre el vestuario y el escenario. El público quedó fascinado.. Así nació el término «fairy lights», luces de hadas. No eran potentes ni utilitarias, sino delicadas, decorativas, casi mágicas. Por primera vez, la electricidad se asociaba, no con fábricas o calles, sino con lo maravilloso. El teatro había convertido la luz eléctrica en emoción. La conexión con la Navidad surgió casi de manera natural. En la segunda mitad del siglo XIX, el árbol de Navidad era ya una tradición asentada en buena parte de Europa y Estados Unidos, popularizada en gran medida por la reina Victoria y el príncipe Alberto, es decir, la familia real británica. Pero seguía iluminándose con velas, con el consiguiente riesgo de incendios domésticos. Los periódicos de la época recogían cada diciembre accidentes provocados por árboles que ardían en minutos y casas arrasadas, ya que sus estructuras principales estaban hechas de madera, el mismo material que los árboles vivos que cortaban para decorar los hogares.. Las luces eléctricas ofrecían una alternativa segura y, además, espectacular. En el año 1882, Edward H. Johnson, colaborador cercano de Thomas Edison, decoró su árbol de Navidad en Nueva York con bombillas eléctricas de colores. El gesto fue visto entonces como una excentricidad tecnológica reservada a unos pocos, pero señalaba un camino posible. La electricidad podía entrar en el hogar no solamente como utilidad, sino como celebración.. Durante las décadas siguientes, las «fairy lights» saltaron del teatro a los escaparates, de los salones burgueses a las plazas públicas. Al principio eran caras y complejas de instalar. Tener un árbol iluminado eléctricamente era una declaración de estatus. La Primera Guerra Mundial y la expansión de las redes eléctricas aceleraron el proceso. En los años veinte y treinta, las luces navideñas empezaron a producirse en serie. Se abarataron y popularizaron.. Al mismo tiempo, cambiaron de función. Ya no servían solo para iluminar un árbol, sino para envolver fachadas, ventanas, comercios y avenidas enteras. Y estas luces pequeñas pasaron posteriormente a ser consuelo en tiempos oscuros. Durante la Gran Depresión y más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, simbolizaban continuidad, reconstrucción y una cierta obstinación en celebrar. Encenderlas afirmaba que, pese a todo, el invierno no tendría la última palabra.. Resulta significativo que esta tradición tenga su origen en el teatro. Las luces LED de nuestros árboles modernos conservan esa herencia escénica. No iluminan para ver mejor, sino para transformar el espacio, como las bailarinas o el escenario londiense. Convierten lo cotidiano en extraordinario y el invierno en un espectáculo compartido.
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