La última vez que Isabel Coixet transitó la inherente aspereza de una despedida –sin contar con el funesto adiós que tuvo que dedicarle de manera inevitablemente sufrida al azúcar: «le dije adiós con tristeza pero sólo fueron cinco minutos, no duré más», admite entre risas–, el episodio vivido encerraba un porcentaje considerable de expectativa, pero también la dosis correspondiente de belleza doméstica nacida de la pureza temblorosa de lo cotidiano con la que terminan envolviéndose todos y cada uno de sus trabajos.. «Ahora hablando enserio, lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en mi última despedida es John Berger. Le fui a ver a su casa, él tenía una enfermedad, toda la gente alrededor suyo sabía que se iba a ir, ya no podía levantarse, estaba tumbado. Y recuerdo que yo en ese momento esperaba que me dijera algo solemne, algo trascendental. Él sabía que era la última vez que nos íbamos a ver y yo también lo sabía. Me pidió que me acercara y me dijo al oído ‘‘diviértete más’’. Eso fue lo que me dijo. Y los dos no reímos, porque él sabía también que yo esperaba algo enorme, magnánimo, como algún mensaje sobre la vida y la muerte», relata la cineasta en el interior de una de las recoletas estancias del Instituto Italiano convertida en improvisado refugio contra la lluvia que diluye las calles y perfora los tejados de Madrid durante la entrevista que mantenemos, evidenciando que la última recomendación en vida del escritor y pintor británico, lejos de abusar de la grandilocuencia esperada de quien está a punto de irse para no volver, fue capaz de encapsular la esencia de un propósito mucho menor en apariencia pero mayor en contenido, mucho más importante, más radicalmente esencial, mejor.. Sin dar la espalda. En el caso de Alba Rohrwacher, la extraordinaria actriz italiana («La soledad de los números primos», «Hungry Hearts» o «La quimera») que sentada a la derecha de Coixet dedica proyectiles de ternura en forma de miradas de entendimiento y complicidad extrema a la cineasta durante su intervención, su último adiós pronunciado terminó adquiriendo un simbolismo muy vinculado al despliegue interpretativo que ofrece en «Tres adioses», la última y expectorante propuesta de la directora. «Me resulta muy impactante saludar por última vez a una persona que no sabes que no volverás a ver nunca. Esto es algo que me ocurrió con mi abuelo hace dos años y que no estaba enfermo. La última vez que le vi estaba de espaldas. Desde entonces no soy capaz de despedirme de nadie si está dándome la espalda. No a las personas en general, me refiero a las personas de mi vida, de mi entorno, a todas aquellas que amo y necesito, claro. Les tengo que ver la cara cuando nos despedimos, es algo muy importante», comparte.. «Compartir la comida, cocinar para el otro, es también un gran gesto de amor». Isabel Coixet. Marta, el personaje al que da vida, cuerpo e incluso pareciera que alma en una película inspirada en dos de los relatos del libro «Tres cuencos» escrito por la fallecida autora italiana Michela Murgia y mecida por los hilos formales de un viento suavísimo, estético, depurado, que vuelve a equilibrar la sensibilidad estética y sensorial del universo coixetiano, lleva más de siete años mirando a la cara de su pareja y evitando su espalda, excepto en una de esas noches en las que tras una discusión completamente trivial, aparentemente exenta de gravedad, rompe con ella.. «Antonio me ha dejado porque me ha dejado. Porque se ha hartado de las cosas que al principio le gustaban de mí. Así es como funciona. Quieres a alguien y después ya no», le explica pragmática a su hermana antes de ser consciente de que esa ausencia de apetito sobrevenida tras la ruptura no se debe sólo a la tristeza del desamor, sino a la existencia inesperada de un cáncer. Una circunstancia configurada como una fatalidad inesperada pero al mismo transformada en oportunidad -no edulcorada narrativamente- para adquirir un apego más intenso por las pequeñas cosas asumidas de la vida y por hacer uso de la determinación a la hora de tomar decisiones afectivas. Se traslada en este sentido una cierta sensación de urgencia por el cambio que no sabemos si se hubiera llevado a cabo si la protagonista no hubiera recibido el inminente diagnóstico. Acompasada por los alfilerazos musicales paralizantes de Nina Simone, la Roma alejada del elemento marquetiniano, del encuadre estereotipado de postal, aquella que late debajo de sus empedrados, se extiende elegante con ecos de Moretti ante la mirada del espectador como un infinito mar atravesado por secretos, bicicletas y espejos saliendo de portales para ilustrar las aristas de un amor que, como ocurre en la escena producida junto al Tíber, necesita bajarse corporalmente a tierra -mediante ese abrazo prolongado que recuerda al protagonizado por Magimel y Huppert en «La pianista» pero sin la sordidez añadida de Haneke- para seguir encontrándose en el mismo punto en el que se despidió.. «Filmo como soy». Isabel Coixet. «Creo que filmo como soy. Veo la vida como una tragicomedia todo el rato. Es imposible no ver la parte trágica, pero al margen de las grandes injusticias y de los grandes horrores que ocurren en el mundo, creo que la vida cotidiana de la gente que no estamos en una situación de guerra o de opresión absoluta, está llena de pequeñas cosas cómicas que no tengo que esforzarme demasiado en buscarlas. O sea, la vida, la realidad, te las da todo el rato, ¿no? Y con Alba ha sido muy fácil no caer en el melodrama, porque aunque me encante Douglas Sirk, ninguna de las dos somos personas melodramáticas y por eso hemos sorteado de forma natural esta historia dolorosa con luz, con risa, con ternura, con cariño, pero sin zafarnos de todo lo que hay de doloroso en dejar la vida», asegura la realizadora cuando mencionamos la similitud temática con «Mi vida sin mí» y antes de profundizar en la arbitrariedad de este antojo divino e inexplicable que constituye el amor.. «En todas mis películas lo he contado desde diferentes puntos de vista. Para mí el amor es siempre una construcción y es una proyección: cómo proyectamos al otro. El otro es el 80% quién es y el 20% nuestra proyección. Cuando ese ideal se gasta por la rutina, por el tiempo, tiene que haber algo sólido. Si solamente ha habido proyección, es que no es amor, simplemente te gustaba una persona y luego ya no. Creo que el personaje de Antonio no está en contacto con lo que siente y por eso rompe con ella, rompe con ella porque piensa »ahí fuera habrá quizá algo mejor», y en ese instante su drama existencial es que se da cuenta que la quiere, que por primera vez está conectado con lo que siente, pero para eso ya ha metido la pata, ya ha cometido un error», indica.. En cambio, «el personaje de Marta es diferente, tiene una concepción del amor mucho más de entrega, ella piensa que una discusión como la que han tenido no es definitiva. Le pide que le cuente un chiste para hacerle ver que «vale, de acuerdo, no me gustan las inauguraciones, pero hay algo entre nosotros, algo potente, algo real, algo que es suficiente». Y claro en ese sentido yo soy más Marta. A también me han dejado por motivos mucho más peregrinos, aunque tengo que decir que las personas que han roto conmigo luego se han dado cuenta del error que han cometido, y me siento muy contenta, me da mucha satisfacción», confiesa divertida.. «Las personas que han roto conmigo luego se han dado cuenta del error que han cometido». Isabel Coixet. «Marta termina actuando como una heroína de lo cotidiano. En esa escena del río ella es capaz de decir las cosas de una forma mucho más limpia, mucho más firme, mucho más sencilla que al principio, es realmente capaz de mirar al otro y de decirle todo lo que realmente piensa. Creo que me parezco más a ella que a Antonio», apostilla Rohrwacher. Y en mitad de todo este baile acompasado de adioses, aceptaciones y placeres reivindicados, asoma impaciente, por supuesto, la comida.. «Mira para mí la comida siempre ha estado muy presente en mis películas, pero siento que no como un elemento de atrezo, sino para trasladar la idea de cómo nos relacionamos con la comida. En «La vida secreta de las palabras» por ejemplo el personaje de Sarah Polley empieza a volver a vivir cuando el cocinero que interpreta Javier Cámara despierta su apetito. Una vez ha despertado su apetito estomacal, empieza su apetito por la vida. Es curioso que me preguntes esto porque ahora hay dos personas, una en Sidney y otra en Stanford que están escribiendo tesis sobre el papel de la comida en mis películas, pero para mí en este caso la evolución que hace el personaje de Marta desde el cracker con ketchup y el hot dog frío (que es lo más asqueroso que alguien puede comer) a algo tan simple como un huevo frito, es fundamental. Es alguien también que sabemos que ha hecho dietas porque hacía deporte, que no le gusta tampoco la comida súper sofisticada, pero sin embargo de repente le apetece comer un bol de fruta, un huevo frito y cocinar. El regalo final que le concede al personaje de Agustín (fantástico Francesco Carril en su naturalista encarnación de profesor compañero de trabajo de Marta) es este plato que comparte con él. Compartir la comida, cocinar para el otro, es también un gran gesto de amor. Y completa Rohrwacher: «cuando ella coge la pasta y pone la rúcula con las manos intentando emplatar con coherencia, me parece algo tan torpe y al mismo tiempo algo tan bondadoso y divertido», añade conocedora, como Berger, de la necesidad apremiante que rige la urgencia de estar vivos y despiertos y conscientes y seguros y porosos: quizás porque hay, en efecto, que divertirse más.
El personal e infinito universo sensorial de la cineasta vuelve a desplegarse con fuerza en los márgenes de su nuevo trabajo, «Tres adioses», de la mano de la actriz italiana, atravesando escenarios de enfermedad, rupturas sentimentales y vida
La última vez que Isabel Coixet transitó la inherente aspereza de una despedida –sin contar con el funesto adiós que tuvo que dedicarle de manera inevitablemente sufrida al azúcar: «le dije adiós con tristeza pero sólo fueron cinco minutos, no duré más», admite entre risas–, el episodio vivido encerraba un porcentaje considerable de expectativa, pero también la dosis correspondiente de belleza doméstica nacida de la pureza temblorosa de lo cotidiano con la que terminan envolviéndose todos y cada uno de sus trabajos.. «Ahora hablando enserio, lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en mi última despedida es John Berger. Le fui a ver a su casa, él tenía una enfermedad, toda la gente alrededor suyo sabía que se iba a ir, ya no podía levantarse, estaba tumbado. Y recuerdo que yo en ese momento esperaba que me dijera algo solemne, algo trascendental. Él sabía que era la última vez que nos íbamos a ver y yo también lo sabía. Me pidió que me acercara y me dijo al oído ‘‘diviértete más’’. Eso fue lo que me dijo. Y los dos no reímos, porque él sabía también que yo esperaba algo enorme, magnánimo, como algún mensaje sobre la vida y la muerte», relata la cineasta en el interior de una de las recoletas estancias del Instituto Italiano convertida en improvisado refugio contra la lluvia que diluye las calles y perfora los tejados de Madrid durante la entrevista que mantenemos, evidenciando que la última recomendación en vida del escritor y pintor británico, lejos de abusar de la grandilocuencia esperada de quien está a punto de irse para no volver, fue capaz de encapsular la esencia de un propósito mucho menor en apariencia pero mayor en contenido, mucho más importante, más radicalmente esencial, mejor.. En el caso de Alba Rohrwacher, la extraordinaria actriz italiana («La soledad de los números primos», «Hungry Hearts» o «La quimera») que sentada a la derecha de Coixet dedica proyectiles de ternura en forma de miradas de entendimiento y complicidad extrema a la cineasta durante su intervención, su último adiós pronunciado terminó adquiriendo un simbolismo muy vinculado al despliegue interpretativo que ofrece en «Tres adioses», la última y expectorante propuesta de la directora. «Me resulta muy impactante saludar por última vez a una persona que no sabes que no volverás a ver nunca. Esto es algo que me ocurrió con mi abuelo hace dos años y que no estaba enfermo. La última vez que le vi estaba de espaldas. Desde entonces no soy capaz de despedirme de nadie si está dándome la espalda. No a las personas en general, me refiero a las personas de mi vida, de mi entorno, a todas aquellas que amo y necesito, claro. Les tengo que ver la cara cuando nos despedimos, es algo muy importante», comparte.. «Compartir la comida, cocinar para el otro, es también un gran gesto de amor». Marta, el personaje al que da vida, cuerpo e incluso pareciera que alma en una película inspirada en dos de los relatos del libro «Tres cuencos» escrito por la fallecida autora italiana Michela Murgia y mecida por los hilos formales de un viento suavísimo, estético, depurado, que vuelve a equilibrar la sensibilidad estética y sensorial del universo coixetiano, lleva más de siete años mirando a la cara de su pareja y evitando su espalda, excepto en una de esas noches en las que tras una discusión completamente trivial, aparentemente exenta de gravedad, rompe con ella.. «Antonio me ha dejado porque me ha dejado. Porque se ha hartado de las cosas que al principio le gustaban de mí. Así es como funciona. Quieres a alguien y después ya no», le explica pragmática a su hermana antes de ser consciente de que esa ausencia de apetito sobrevenida tras la ruptura no se debe sólo a la tristeza del desamor, sino a la existencia inesperada de un cáncer. Una circunstancia configurada como una fatalidad inesperada pero al mismo transformada en oportunidad -no edulcorada narrativamente- para adquirir un apego más intenso por las pequeñas cosas asumidas de la vida y por hacer uso de la determinación a la hora de tomar decisiones afectivas. Se traslada en este sentido una cierta sensación de urgencia por el cambio que no sabemos si se hubiera llevado a cabo si la protagonista no hubiera recibido el inminente diagnóstico. Acompasada por los alfilerazos musicales paralizantes de Nina Simone, la Roma alejada del elemento marquetiniano, del encuadre estereotipado de postal, aquella que late debajo de sus empedrados, se extiende elegante con ecos de Moretti ante la mirada del espectador como un infinito mar atravesado por secretos, bicicletas y espejos saliendo de portales para ilustrar las aristas de un amor que, como ocurre en la escena producida junto al Tíber, necesita bajarse corporalmente a tierra -mediante ese abrazo prolongado que recuerda al protagonizado por Magimel y Huppert en «La pianista» pero sin la sordidez añadida de Haneke- para seguir encontrándose en el mismo punto en el que se despidió.. «Filmo como soy». «Creo que filmo como soy. Veo la vida como una tragicomedia todo el rato. Es imposible no ver la parte trágica, pero al margen de las grandes injusticias y de los grandes horrores que ocurren en el mundo, creo que la vida cotidiana de la gente que no estamos en una situación de guerra o de opresión absoluta, está llena de pequeñas cosas cómicas que no tengo que esforzarme demasiado en buscarlas. O sea, la vida, la realidad, te las da todo el rato, ¿no? Y con Alba ha sido muy fácil no caer en el melodrama, porque aunque me encante Douglas Sirk, ninguna de las dos somos personas melodramáticas y por eso hemos sorteado de forma natural esta historia dolorosa con luz, con risa, con ternura, con cariño, pero sin zafarnos de todo lo que hay de doloroso en dejar la vida», asegura la realizadora cuando mencionamos la similitud temática con «Mi vida sin mí» y antes de profundizar en la arbitrariedad de este antojo divino e inexplicable que constituye el amor.. «En todas mis películas lo he contado desde diferentes puntos de vista. Para mí el amor es siempre una construcción y es una proyección: cómo proyectamos al otro. El otro es el 80% quién es y el 20% nuestra proyección. Cuando ese ideal se gasta por la rutina, por el tiempo, tiene que haber algo sólido. Si solamente ha habido proyección, es que no es amor, simplemente te gustaba una persona y luego ya no. Creo que el personaje de Antonio no está en contacto con lo que siente y por eso rompe con ella, rompe con ella porque piensa »ahí fuera habrá quizá algo mejor», y en ese instante su drama existencial es que se da cuenta que la quiere, que por primera vez está conectado con lo que siente, pero para eso ya ha metido la pata, ya ha cometido un error», indica.. En cambio, «el personaje de Marta es diferente, tiene una concepción del amor mucho más de entrega, ella piensa que una discusión como la que han tenido no es definitiva. Le pide que le cuente un chiste para hacerle ver que «vale, de acuerdo, no me gustan las inauguraciones, pero hay algo entre nosotros, algo potente, algo real, algo que es suficiente». Y claro en ese sentido yo soy más Marta. A también me han dejado por motivos mucho más peregrinos, aunque tengo que decir que las personas que han roto conmigo luego se han dado cuenta del error que han cometido, y me siento muy contenta, me da mucha satisfacción», confiesa divertida.. «Las personas que han roto conmigo luego se han dado cuenta del error que han cometido». «Marta termina actuando como una heroína de lo cotidiano. En esa escena del río ella es capaz de decir las cosas de una forma mucho más limpia, mucho más firme, mucho más sencilla que al principio, es realmente capaz de mirar al otro y de decirle todo lo que realmente piensa. Creo que me parezco más a ella que a Antonio», apostilla Rohrwacher. Y en mitad de todo este baile acompasado de adioses, aceptaciones y placeres reivindicados, asoma impaciente, por supuesto, la comida.. «Mira para mí la comida siempre ha estado muy presente en mis películas, pero siento que no como un elemento de atrezo, sino para trasladar la idea de cómo nos relacionamos con la comida. En «La vida secreta de las palabras» por ejemplo el personaje de Sarah Polley empieza a volver a vivir cuando el cocinero que interpreta Javier Cámara despierta su apetito. Una vez ha despertado su apetito estomacal, empieza su apetito por la vida. Es curioso que me preguntes esto porque ahora hay dos personas, una en Sidney y otra en Stanford que están escribiendo tesis sobre el papel de la comida en mis películas, pero para mí en este caso la evolución que hace el personaje de Marta desde el cracker con ketchup y el hot dog frío (que es lo más asqueroso que alguien puede comer) a algo tan simple como un huevo frito, es fundamental. Es alguien también que sabemos que ha hecho dietas porque hacía deporte, que no le gusta tampoco la comida súper sofisticada, pero sin embargo de repente le apetece comer un bol de fruta, un huevo frito y cocinar. El regalo final que le concede al personaje de Agustín (fantástico Francesco Carril en su naturalista encarnación de profesor compañero de trabajo de Marta) es este plato que comparte con él. Compartir la comida, cocinar para el otro, es también un gran gesto de amor. Y completa Rohrwacher: «cuando ella coge la pasta y pone la rúcula con las manos intentando emplatar con coherencia, me parece algo tan torpe y al mismo tiempo algo tan bondadoso y divertido», añade conocedora, como Berger, de la necesidad apremiante que rige la urgencia de estar vivos y despiertos y conscientes y seguros y porosos: quizás porque hay, en efecto, que divertirse más.
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