Hay edificios que terminan convertidos en símbolos involuntarios de una época. El Washington Hilton, durante décadas sede de cenas de gala, recepciones diplomáticas y la famosa cena de corresponsales de la Casa Blanca este sábado a ser escenario de una emergencia presidencial.. Un hombre armado irrumpió en el área de seguridad del hotel mientras se celebraba la tradicional cena anual de corresponsales de la Casa Blanca, obligando a evacuar al presidente Donald Trump, a miembros del gabinete y a cientos de invitados. Las autoridades informaron que el sospechoso fue reducido y arrestado. Un agente recibió un impacto en el chaleco antibalas y se recupera.. No hubo víctimas mortales. Pero en Washington, donde los edificios también guardan memoria política, el sobresalto activó una asociación inmediata: en ese mismo hotel, el 30 de marzo de 1981, el presidente Ronald Reagan fue baleado en un atentado que cambió para siempre la seguridad presidencial en Estados Unidos.. El día que dispararon a Reagan. Reagan llevaba apenas 69 días en la Casa Blanca cuando acudió al Washington Hilton para pronunciar un discurso ante líderes sindicales. Era una parada rutinaria en una agenda intensa. El hotel era entonces una sede frecuente de grandes eventos políticos por su capacidad y cercanía al centro de poder.. Al terminar el acto, el mandatario salió por una puerta lateral rumbo a la limusina presidencial. El trayecto era corto, cubierto y aparentemente controlado. Los agentes del Servicio Secreto consideraban esa ruta relativamente segura.. Disparó seis veces en menos de dos segundos con un revólver calibre .22. Una de las balas rebotó en la carrocería blindada de la limusina y penetró el costado del presidente, perforándole un pulmón y quedando peligrosamente cerca del corazón. También fueron heridos el portavoz presidencial James Brady, el agente Tim McCarthy y el policía Thomas Delahanty.. Reagan fue llevado de urgencia al George Washington University Hospital. Allí comenzó una de las leyendas políticas más repetidas del siglo XX: antes de entrar al quirófano, bromeó con su esposa Nancy diciendo “Cariño, olvidé agacharme”, y a los cirujanos les soltó: “Espero que todos sean republicanos”.. El atentado expuso debilidades graves en los esquemas de protección presidencial. A partir de entonces, el Servicio Secreto rediseñó salidas públicas, accesos a hoteles, posiciones de cobertura, distancias con multitudes y tiempos de exposición al aire libre.. Lo que antes era una caminata breve entre puertas pasó a considerarse una ventana crítica de vulnerabilidad.. Cada visita posterior de un presidente al Washington Hilton quedó inevitablemente marcada por aquel antecedente.. Por eso el incidente de este fin de semana tuvo un peso simbólico superior al de cualquier otro recinto. Según autoridades, el sospechoso cargaba una escopeta, una pistola y cuchillos, y trató de atravesar un punto de control del Servicio Secreto en el lobby poco después de las 8:35 p.m. Hubo disparos, confusión y órdenes de resguardo dentro del salón principal. Trump y los altos funcionarios fueron evacuados en segundos.. El presidente apareció después en la Casa Blanca y elogió la respuesta de los agentes. También dijo que el evento sería reprogramado.. Esta vez no hubo presidente herido. No hubo hospital ni cirugía de emergencia. Pero el escenario hizo imposible ignorar el eco histórico. El mismo hotel. Otro presidente. Otra noche interrumpida por disparos.. El peso de los lugares. En Washington hay edificios asociados al poder: la Casa Blanca, el Capitolio, el Pentágono. Y hay otros asociados a momentos específicos que marcaron generaciones. El Washington Hilton pertenece a esa segunda categoría.. Allí se han pronunciado bromas presidenciales, discursos elegantes y homenajes al periodismo. Pero también allí un presidente cayó herido y otro tuvo que ser evacuado décadas después.. Los hoteles suelen vender comodidad, lujo y discreción. Este arrastra además otra mercancía más difícil de gestionar: la memoria. Porque algunos lugares no envejecen como monumentos, sino como advertencias.
Hay edificios que terminan convertidos en símbolos involuntarios de una época. El Washington Hilton, durante décadas sede de cenas de gala, recepciones diplomáticas y la famosa cena de corresponsales de la Casa Blanca este sábado a ser escenario de una emergencia presidencial.. Un hombre armado irrumpió en el área de seguridad del hotel mientras se celebraba la tradicional cena anual de corresponsales de la Casa Blanca, obligando a evacuar al presidente Donald Trump, a miembros del gabinete y a cientos de invitados. Las autoridades informaron que el sospechoso fue reducido y arrestado. Un agente recibió un impacto en el chaleco antibalas y se recupera.. No hubo víctimas mortales. Pero en Washington, donde los edificios también guardan memoria política, el sobresalto activó una asociación inmediata: en ese mismo hotel, el 30 de marzo de 1981, el presidente Ronald Reagan fue baleado en un atentado que cambió para siempre la seguridad presidencial en Estados Unidos.. El día que dispararon a Reagan. Reagan llevaba apenas 69 días en la Casa Blanca cuando acudió al Washington Hilton para pronunciar un discurso ante líderes sindicales. Era una parada rutinaria en una agenda intensa. El hotel era entonces una sede frecuente de grandes eventos políticos por su capacidad y cercanía al centro de poder.. Al terminar el acto, el mandatario salió por una puerta lateral rumbo a la limusina presidencial. El trayecto era corto, cubierto y aparentemente controlado. Los agentes del Servicio Secreto consideraban esa ruta relativamente segura.. Disparó seis veces en menos de dos segundos con un revólver calibre .22. Una de las balas rebotó en la carrocería blindada de la limusina y penetró el costado del presidente, perforándole un pulmón y quedando peligrosamente cerca del corazón. También fueron heridos el portavoz presidencial James Brady, el agente Tim McCarthy y el policía Thomas Delahanty.. Reagan fue llevado de urgencia al George Washington University Hospital. Allí comenzó una de las leyendas políticas más repetidas del siglo XX: antes de entrar al quirófano, bromeó con su esposa Nancy diciendo “Cariño, olvidé agacharme”, y a los cirujanos les soltó: “Espero que todos sean republicanos”.. El atentado expuso debilidades graves en los esquemas de protección presidencial. A partir de entonces, el Servicio Secreto rediseñó salidas públicas, accesos a hoteles, posiciones de cobertura, distancias con multitudes y tiempos de exposición al aire libre.. Lo que antes era una caminata breve entre puertas pasó a considerarse una ventana crítica de vulnerabilidad.. Cada visita posterior de un presidente al Washington Hilton quedó inevitablemente marcada por aquel antecedente.. Por eso el incidente de este fin de semana tuvo un peso simbólico superior al de cualquier otro recinto. Según autoridades, el sospechoso cargaba una escopeta, una pistola y cuchillos, y trató de atravesar un punto de control del Servicio Secreto en el lobby poco después de las 8:35 p.m. Hubo disparos, confusión y órdenes de resguardo dentro del salón principal. Trump y los altos funcionarios fueron evacuados en segundos.. El presidente apareció después en la Casa Blanca y elogió la respuesta de los agentes. También dijo que el evento sería reprogramado.. Esta vez no hubo presidente herido. No hubo hospital ni cirugía de emergencia. Pero el escenario hizo imposible ignorar el eco histórico. El mismo hotel. Otro presidente. Otra noche interrumpida por disparos.. El peso de los lugares. En Washington hay edificios asociados al poder: la Casa Blanca, el Capitolio, el Pentágono. Y hay otros asociados a momentos específicos que marcaron generaciones. El Washington Hilton pertenece a esa segunda categoría.. Allí se han pronunciado bromas presidenciales, discursos elegantes y homenajes al periodismo. Pero también allí un presidente cayó herido y otro tuvo que ser evacuado décadas después.. Los hoteles suelen vender comodidad, lujo y discreción. Este arrastra además otra mercancía más difícil de gestionar: la memoria. Porque algunos lugares no envejecen como monumentos, sino como advertencias.
Un hombre se acercó y disparó a quemarropa al presidente Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981
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