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  España  Andalucía  La ley de los grandes números
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La ley de los grandes números

10 de enero de 2026
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En uno de los poemas incluidos en su libro «Soberanos de la nada», Ryszard Krynicki expone a Dios la siguiente queja en nombre del género humano: «nos cargaste de libertad,/dejándonos por resolver/todos los asuntos humanos e inhumanos». Desde hace siglos, esta cuestión del libre albedrío ha sido objeto de enconadas discusiones por parte de filósofos y teólogos. Hoy en día, son biólogos y neurocientíficos quienes debaten con no menos apasionamiento si somos dueños de nuestras decisiones o nos comportamos, por el contrario, como autómatas, cuyo comportamiento viene dictado por los genes que regulan el desarrollo y el funcionamiento de nuestras células, por las hormonas que modulan las respuestas de nuestro organismo al entorno o por los neurotransmisores que bañan nuestro cerebro haciendo posible su funcionamiento. ¿Es únicamente voluntad mía amar a mis hijos en mayor medida que al resto de las personas o si estoy dispuesto a dar la vida por ellos, pero no por un desconocido, es porque portan la mitad de mi ADN? ¿Muestro empatía hacia mis amigos porque en su presencia aumenta en mi sangre la cantidad de oxitocina o tengo niveles más altos de esta hormona a causa de la afinidad que siento por ellos? ¿Es mi incapacidad para afrontar las vicisitudes de la vida de un modo objetivo la que me hace sentir ansiedad y tener niveles anormalmente bajos de serotonina en mi cerebro o me convertiré contra mi voluntad en alguien ansioso al ingerir medicamentos que faciliten su recaptación por parte de mis neuronas? Posiblemente sucedan ambas cosas: que cuerpo y mente interactúen constantemente y que, como consecuencia, tengamos cierto margen de decisión dentro de los límites, bastante estrechos, que marcan nuestra herencia biológica y el ambiente en que hemos crecido y en el que vivimos. Al mismo tiempo, y también por las razones anteriores, el comportamiento individual parece seguir patrones sustancialmente aleatorios, dando la sensación de que cada persona se conduce de forma diferente en un mismo entorno y que hasta uno mismo llegar a reaccionar de forma distinta ante las mismas circunstancias. Ante un ladrón que trata de robar a una anciana, hay quien se limita a mirar y hay quien corre. Y aunque un día fuimos nosotros los primeros en enfrentarnos al desaprensivo, otro sentimos miedo y solo llegamos a dar la voz de alarma.. Todo lo anterior procura demasiadas veces la angustiosa sensación de que la vida es caótica, de que cuanto ha sucedido y sucede es fruto del azar, y, sobre todo, que no es posible anticiparnos al futuro. Nos aferramos entonces a pautas de comportamiento que se mostraron eficaces en el pasado y a sesgos cognitivos que nos permiten interpretar esta caleidoscópica realidad en términos familiares (y consoladores). Frente a los cambios, optamos, por tanto, por ser conservadores y proceder como hemos venido haciendo hasta ese momento. Y ante las nuevas ideas, nos ceñimos a lo que opine la mayoría, que suele ser también lo que se ha venido opinando hasta la fecha. No obstante, estos modos de enfrentarnos a la complejidad del mundo son bastante ineficientes. Pensemos, por ejemplo, en cuánto ha costado (y sigue costando) que las personas reciclen sus residuos, opten por el transporte público al ir a trabajar, no tiren basura al suelo cuando salen de paseo o coman de modo saludable. Y hablamos no solo de lo que se ha tardado en cambiar tales hábitos, sino también de cuánto se ha despilfarrado en el camino, en términos de materias primas, calidad medioambiental o años de salud (y gastos sanitarios). Añadamos a esta pesada herencia que supone un comportamiento conservador y una cognición sesgada el hecho de que vivimos presos de la inmediatez, del aquí y el ahora. Lo juzgamos todo en función del efecto que tiene sobre nosotros y sobre lo que nos rodea. Y por eso llegamos casi siempre a conclusiones parciales: los árboles no nos dejan ver el bosque.. Una forma de enfrentarse a lo anterior consiste en recurrir a la llamada ley de los grandes números. Técnicamente, se trata de una serie de teoremas estadísticos que vienen a decir que cuanto mayor sea la muestra que analicemos, más probable es que su comportamiento sea representativo del conjunto del que forma parte. Pensemos en una moneda. La probabilidad de que al lanzarla al aire salga cara es del 50%. Pero si la tiramos solo dos veces, puede ocurrir que solo obtengamos cruces (de hecho, sucede una de cada cuatro veces). En cambio, si la tiramos 1000 veces, lo más seguro es que obtengamos alrededor de 500 caras. En una aplicación bastante libre de esta ley a nuestras sociedades, cabría afirmar que entenderemos mejor el comportamiento humano si estudiamos grandes grupos, acontecimientos globales y largos períodos de tiempo. Esta es una razón por la que en ciencias sociales se han vuelto cada vez más habituales los denominados metaanálisis, que son estudios estadísticos de un amplio número de trabajos que versan sobre una determinada cuestión. Los metaanálisis permiten, en la práctica, comparar el comportamiento o las opiniones de miles, cientos de miles o incluso millones de individuos. Y los resultados pueden apartarse bastante de lo esperado. Por ejemplo, un metaanálisis publicado recientemente, que abarca un universo de más de 11 millones de personas de los cinco continentes, sugiere que no hay ninguna correlación entre la desigualdad económica y la prevalencia de enfermedades mentales o incluso, la insatisfacción personal en sujetos sanos. Así, siempre que sus condiciones de vida sean aceptables (tengan para comer y puedan vivir dignamente, no estén enfermos y su entorno sea económicamente estable, no habiendo, por ejemplo, inflación), las personas parecen ser felices incluso aunque haya quienes vivan más desahogadamente que ellas. En ciertos casos, se advierte, incluso, una correlación positiva entre ambos factores, lo que significa que cierta desigualdad económica constituye un acicate para la superación individual y la promoción social, que suelen ser fuentes de satisfacción personal. Obviamente, este paradójico resultado puede explicarse de diferentes maneras, incluyendo la posibilidad de que muchas culturas habiliten modos de pensamiento que hagan que la gente acepte la desigualdad como algo positivo, lo cual no es necesariamente bueno ni justo. Pero también constituye una llamada de atención para el tipo de políticas que solemos adoptar para tratar de mejorar las condiciones de vida de las personas. Así, promover una igualdad absoluta puede volvernos más infelices, porque sintamos que puede ser aún más injusto que quien trabaja reciba la misma recompensa que quien no aporta nada a la sociedad. Metaanálisis semejantes del comportamiento humano en sociedad arrojan resultados igual de interesantes. Por ejemplo, otro trabajo reciente sugiere que el grado de individualismo de una sociedad se correlaciona con su nivel de riqueza; o viceversa, que los comportamientos altruistas son más habituales cuando las condiciones de vida son más difíciles. En consecuencia, no es la riqueza lo que nos hace ser desprendidos, sino la falta de ella. Una conclusión importante de este tipo de estudios con grandes números es que, si bien el comportamiento de las sociedades humanas puede ser también cambiante, tales cambios tienen generalmente una naturaleza adaptativa, constituyendo respuestas óptimas a la ecología, también variable, de nuestras sociedades.. Nuestro problema es que somos esclavos de lo que podríamos llamar la ley de los pequeños números. Nuestra mente la ocupan encuentros concretos, sucesos puntuales o afirmaciones particulares; o lo que ocurre en nuestra calle, vemos camino del trabajo o nos encontramos al volver de vacaciones al pueblo. Pero es harto probable que casi ninguna de estas experiencias sea representativa del modo real en que se comportan y están cambiando nuestras sociedades. Así, puede uno tener la sensación de que en su barrio cada vez vive más gente forastera o que en el autobús se escuchan cada vez más lenguas diferentes, pero la verdadera dimensión del fenómeno de la inmigración masiva que estamos experimentando solo se puede entenderse genuinamente consultando una base de datos como Eurostat, que nos dirá que somos el segundo país de la Unión Europea que más inmigrantes recibe y que en solo tres años, entre 2021 y 2023, entraron en España casi 3 millones y medio de personas. Sabedores de estas cifras, quizás dejemos de creer que la sanidad andaluza funciona mal solo por culpa de Juanma Moreno o que faltan viviendas para los jóvenes únicamente porque los propietarios especulan con ellas. Y, en fin, puesto que, como decía Krynicki, estamos obligados, queramos o no, a resolver los asuntos humanos, nos vendría bien recuperar el viejo lema del ecologismo: «piensa globalmente y actúa localmente». O mejor aún: «recurre a los grandes números para ajustar las cuentas pequeñas».

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«Hoy en día son biólogos y neurocientíficos quienes debaten si somos dueños de nuestras decisiones»»

  

En uno de los poemas incluidos en su libro «Soberanos de la nada», Ryszard Krynicki expone a Dios la siguiente queja en nombre del género humano: «nos cargaste de libertad,/dejándonos por resolver/todos los asuntos humanos e inhumanos». Desde hace siglos, esta cuestión del libre albedrío ha sido objeto de enconadas discusiones por parte de filósofos y teólogos. Hoy en día, son biólogos y neurocientíficos quienes debaten con no menos apasionamiento si somos dueños de nuestras decisiones o nos comportamos, por el contrario, como autómatas, cuyo comportamiento viene dictado por los genes que regulan el desarrollo y el funcionamiento de nuestras células, por las hormonas que modulan las respuestas de nuestro organismo al entorno o por los neurotransmisores que bañan nuestro cerebro haciendo posible su funcionamiento. ¿Es únicamente voluntad mía amar a mis hijos en mayor medida que al resto de las personas o si estoy dispuesto a dar la vida por ellos, pero no por un desconocido, es porque portan la mitad de mi ADN? ¿Muestro empatía hacia mis amigos porque en su presencia aumenta en mi sangre la cantidad de oxitocina o tengo niveles más altos de esta hormona a causa de la afinidad que siento por ellos? ¿Es mi incapacidad para afrontar las vicisitudes de la vida de un modo objetivo la que me hace sentir ansiedad y tener niveles anormalmente bajos de serotonina en mi cerebro o me convertiré contra mi voluntad en alguien ansioso al ingerir medicamentos que faciliten su recaptación por parte de mis neuronas? Posiblemente sucedan ambas cosas: que cuerpo y mente interactúen constantemente y que, como consecuencia, tengamos cierto margen de decisión dentro de los límites, bastante estrechos, que marcan nuestra herencia biológica y el ambiente en que hemos crecido y en el que vivimos. Al mismo tiempo, y también por las razones anteriores, el comportamiento individual parece seguir patrones sustancialmente aleatorios, dando la sensación de que cada persona se conduce de forma diferente en un mismo entorno y que hasta uno mismo llegar a reaccionar de forma distinta ante las mismas circunstancias. Ante un ladrón que trata de robar a una anciana, hay quien se limita a mirar y hay quien corre. Y aunque un día fuimos nosotros los primeros en enfrentarnos al desaprensivo, otro sentimos miedo y solo llegamos a dar la voz de alarma.. Todo lo anterior procura demasiadas veces la angustiosa sensación de que la vida es caótica, de que cuanto ha sucedido y sucede es fruto del azar, y, sobre todo, que no es posible anticiparnos al futuro. Nos aferramos entonces a pautas de comportamiento que se mostraron eficaces en el pasado y a sesgos cognitivos que nos permiten interpretar esta caleidoscópica realidad en términos familiares (y consoladores). Frente a los cambios, optamos, por tanto, por ser conservadores y proceder como hemos venido haciendo hasta ese momento. Y ante las nuevas ideas, nos ceñimos a lo que opine la mayoría, que suele ser también lo que se ha venido opinando hasta la fecha. No obstante, estos modos de enfrentarnos a la complejidad del mundo son bastante ineficientes. Pensemos, por ejemplo, en cuánto ha costado (y sigue costando) que las personas reciclen sus residuos, opten por el transporte público al ir a trabajar, no tiren basura al suelo cuando salen de paseo o coman de modo saludable. Y hablamos no solo de lo que se ha tardado en cambiar tales hábitos, sino también de cuánto se ha despilfarrado en el camino, en términos de materias primas, calidad medioambiental o años de salud (y gastos sanitarios). Añadamos a esta pesada herencia que supone un comportamiento conservador y una cognición sesgada el hecho de que vivimos presos de la inmediatez, del aquí y el ahora. Lo juzgamos todo en función del efecto que tiene sobre nosotros y sobre lo que nos rodea. Y por eso llegamos casi siempre a conclusiones parciales: los árboles no nos dejan ver el bosque.. Una forma de enfrentarse a lo anterior consiste en recurrir a la llamada ley de los grandes números. Técnicamente, se trata de una serie de teoremas estadísticos que vienen a decir que cuanto mayor sea la muestra que analicemos, más probable es que su comportamiento sea representativo del conjunto del que forma parte. Pensemos en una moneda. La probabilidad de que al lanzarla al aire salga cara es del 50%. Pero si la tiramos solo dos veces, puede ocurrir que solo obtengamos cruces (de hecho, sucede una de cada cuatro veces). En cambio, si la tiramos 1000 veces, lo más seguro es que obtengamos alrededor de 500 caras. En una aplicación bastante libre de esta ley a nuestras sociedades, cabría afirmar que entenderemos mejor el comportamiento humano si estudiamos grandes grupos, acontecimientos globales y largos períodos de tiempo. Esta es una razón por la que en ciencias sociales se han vuelto cada vez más habituales los denominados metaanálisis, que son estudios estadísticos de un amplio número de trabajos que versan sobre una determinada cuestión. Los metaanálisis permiten, en la práctica, comparar el comportamiento o las opiniones de miles, cientos de miles o incluso millones de individuos. Y los resultados pueden apartarse bastante de lo esperado. Por ejemplo, un metaanálisis publicado recientemente, que abarca un universo de más de 11 millones de personas de los cinco continentes, sugiere que no hay ninguna correlación entre la desigualdad económica y la prevalencia de enfermedades mentales o incluso, la insatisfacción personal en sujetos sanos. Así, siempre que sus condiciones de vida sean aceptables (tengan para comer y puedan vivir dignamente, no estén enfermos y su entorno sea económicamente estable, no habiendo, por ejemplo, inflación), las personas parecen ser felices incluso aunque haya quienes vivan más desahogadamente que ellas. En ciertos casos, se advierte, incluso, una correlación positiva entre ambos factores, lo que significa que cierta desigualdad económica constituye un acicate para la superación individual y la promoción social, que suelen ser fuentes de satisfacción personal. Obviamente, este paradójico resultado puede explicarse de diferentes maneras, incluyendo la posibilidad de que muchas culturas habiliten modos de pensamiento que hagan que la gente acepte la desigualdad como algo positivo, lo cual no es necesariamente bueno ni justo. Pero también constituye una llamada de atención para el tipo de políticas que solemos adoptar para tratar de mejorar las condiciones de vida de las personas. Así, promover una igualdad absoluta puede volvernos más infelices, porque sintamos que puede ser aún más injusto que quien trabaja reciba la misma recompensa que quien no aporta nada a la sociedad. Metaanálisis semejantes del comportamiento humano en sociedad arrojan resultados igual de interesantes. Por ejemplo, otro trabajo reciente sugiere que el grado de individualismo de una sociedad se correlaciona con su nivel de riqueza; o viceversa, que los comportamientos altruistas son más habituales cuando las condiciones de vida son más difíciles. En consecuencia, no es la riqueza lo que nos hace ser desprendidos, sino la falta de ella. Una conclusión importante de este tipo de estudios con grandes números es que, si bien el comportamiento de las sociedades humanas puede ser también cambiante, tales cambios tienen generalmente una naturaleza adaptativa, constituyendo respuestas óptimas a la ecología, también variable, de nuestras sociedades.. Nuestro problema es que somos esclavos de lo que podríamos llamar la ley de los pequeños números. Nuestra mente la ocupan encuentros concretos, sucesos puntuales o afirmaciones particulares; o lo que ocurre en nuestra calle, vemos camino del trabajo o nos encontramos al volver de vacaciones al pueblo. Pero es harto probable que casi ninguna de estas experiencias sea representativa del modo real en que se comportan y están cambiando nuestras sociedades. Así, puede uno tener la sensación de que en su barrio cada vez vive más gente forastera o que en el autobús se escuchan cada vez más lenguas diferentes, pero la verdadera dimensión del fenómeno de la inmigración masiva que estamos experimentando solo se puede entenderse genuinamente consultando una base de datos como Eurostat, que nos dirá que somos el segundo país de la Unión Europea que más inmigrantes recibe y que en solo tres años, entre 2021 y 2023, entraron en España casi 3 millones y medio de personas. Sabedores de estas cifras, quizás dejemos de creer que la sanidad andaluza funciona mal solo por culpa de Juanma Moreno o que faltan viviendas para los jóvenes únicamente porque los propietarios especulan con ellas. Y, en fin, puesto que, como decía Krynicki, estamos obligados, queramos o no, a resolver los asuntos humanos, nos vendría bien recuperar el viejo lema del ecologismo: «piensa globalmente y actúa localmente». O mejor aún: «recurre a los grandes números para ajustar las cuentas pequeñas».

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