«¿Qué piensa el Presidente? ¿Qué hace el Presidente del Gobierno? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no hace declaraciones?», empezó preguntándose Carlos Arias Navarro mirando a la cámara de TVE el 28 de abril de 1976. El hombre gris de traje oscuro iba a hacer una declaración a todos los españoles. Esta vez no era la noticia de la muerte del dictador, sino el anuncio del programa de reformas para la democracia. El comienzo de su alocución fue extraño. Tuteó a la gente en tono paternalista, y dijo que se había cerrado «con dolor de la nación» una etapa bajo la «guía experta y segura» de Franco. Había «ansiedad», aseguró, por saber qué iba a hacer el Gobierno. Lógico: unos días antes, «Newsweek» había publicado que el rey Juan Carlos consideraba a Arias Navarro un «desastre sin paliativos».. Los españoles de abril de 1976 estaban arremolinados frente a la tele única, con la programación interrumpida por el deseo de protagonismo del presidente del Gobierno. Durante treinta minutos escucharon lo que llamó «Calendario para la Reforma Política». El político quería demostrar que aún tenía el mando, la autoridad suficiente como para marcar el ritmo. Deseaba hacerlo sin molestar al búnker ni animar a los rupturistas. El país vivía entre huelgas y atentados terroristas, con un grupo de ministros a la greña. Por eso Arias quiso transmitir serenidad y cercanía, con un pie posado en el pasado franquista y otro en la lealtad a un rey, a Juan Carlos I, al que no valoraba.. Arias presentó la reforma como una actualización consecuente del régimen anterior. La nueva generación, el desarrollismo y la conciencia democrática hacían que las fórmulas añejas fueran «viejas e inútiles» en el nuevo contexto. Había que reformar, dijo, conservando lo «bueno», porque «solo se reforma lo que se desea conservar». Debió tomar aire, si es que quedaba en el plató, y desveló el calendario para las nuevas instituciones que marcarían el paso a la democracia.. En principio, las Cortes Españolas pasarían a tener dos cámaras: una Baja elegida por sufragio universal, igual, directo y secreto, y otra Alta, el Senado, con miembros designados por el rey y otras instancias. Aquello era un avance, pero quedaba saber qué podrían votar los españoles, es decir, si al acudir a las urnas depositarían su papeleta por una persona o, por el contrario, por un grupo. En esto último se hallaba el problema porque todavía no había partidos organizados, salvo el PCE y el PSOE junto a grupos diminutos.. Esta situación la describió Arias entre el miedo y el desprecio: el Gobierno decidiría quiénes contaba con «verdadera fuerza» y cuáles no eran «más que unas pretenciosas siglas llamadas al ridículo y al olvido». Aquello era una puñalada a los partidos minúsculos que habían fundado antiguos compañeros suyos, como Joaquín Ruiz-Giménez, u opositores de renombre en el caso de Enrique Tierno Galván. Eso sí: los comunistas quedarían fuera.. El calendario no se cumplió. Animado por los ataques sin respuesta, Arias Navarro se decidió a anunciar el calendario para que no se creyera que pecaba de «pereza», dijo. El 15 de mayo de 1976 estarían terminados todos los proyectos de ley para la reforma política, a excepción de la ley electoral. Un mes después, el 15 de julio, esta última iría a las Cortes. Entonces se apresuró, o contó mal, y afirmó que el referéndum nacional para la reforma se celebraría en octubre de 1976 (finalmente, fue en junio del año siguiente).. El error fue lógico porque Arias no sabía que faltaba poco para que Juan Carlos I lo sustituyera por Adolfo Suárez. Con ese fallo cronológico, Arias predijo que las elecciones generales podrían ser a primeros de 1977. Y acabó volviendo a la cantinela franquista con un tono condescendiente. Identificó a Franco como un «veterano capitán» y, por su lado, al rey con un «joven capitán» que albergaban el mismo propósito, que no era otro que conducir a España a «metas de grandeza, libertad, dignidad y paz».. Todo esto fue un espejismo. El Gobierno no aumentó su credibilidad ante la sociedad y el calendario no se cumplió. Tampoco tranquilizó a los españoles porque había demasiadas incógnitas y no se estaba dialogando con la oposición para llevar a cabo unas reformas que fueran aceptables para todos. En el exterior tampoco se lo tomaron con tranquilidad. El «New York Times» dijo que Joaquín Areilza, ministro de Exteriores, estaba muy enfadado con las fechas propuestas. «The Guardian» aseguró que el Gobierno seguía dividido. El corresponsal del «Daily Express» fue más fantasioso, quizá por aburrimiento: «miles de obreros de la construcción abandonaron el trabajo (a las nueve de la noche) mientras Arias hablaba en televisión».
Los españoles, arremolinados frente a la tele única, durante 30 minutos escucharon lo que el presidente llamó «Calendario para la reforma política»
«¿Qué piensa el Presidente? ¿Qué hace el Presidente del Gobierno? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no hace declaraciones?», empezó preguntándose Carlos Arias Navarro mirando a la cámara de TVE el 28 de abril de 1976. El hombre gris de traje oscuro iba a hacer una declaración a todos los españoles. Esta vez no era la noticia de la muerte del dictador, sino el anuncio del programa de reformas para la democracia. El comienzo de su alocución fue extraño. Tuteó a la gente en tono paternalista, y dijo que se había cerrado «con dolor de la nación» una etapa bajo la «guía experta y segura» de Franco. Había «ansiedad», aseguró, por saber qué iba a hacer el Gobierno. Lógico: unos días antes, «Newsweek» había publicado que el rey Juan Carlos consideraba a Arias Navarro un «desastre sin paliativos».. Los españoles de abril de 1976 estaban arremolinados frente a la tele única, con la programación interrumpida por el deseo de protagonismo del presidente del Gobierno. Durante treinta minutos escucharon lo que llamó «Calendario para la Reforma Política». El político quería demostrar que aún tenía el mando, la autoridad suficiente como para marcar el ritmo. Deseaba hacerlo sin molestar al búnker ni animar a los rupturistas. El país vivía entre huelgas y atentados terroristas, con un grupo de ministros a la greña. Por eso Arias quiso transmitir serenidad y cercanía, con un pie posado en el pasado franquista y otro en la lealtad a un rey, a Juan Carlos I, al que no valoraba.. Arias presentó la reforma como una actualización consecuente del régimen anterior. La nueva generación, el desarrollismo y la conciencia democrática hacían que las fórmulas añejas fueran «viejas e inútiles» en el nuevo contexto. Había que reformar, dijo, conservando lo «bueno», porque «solo se reforma lo que se desea conservar». Debió tomar aire, si es que quedaba en el plató, y desveló el calendario para las nuevas instituciones que marcarían el paso a la democracia.. En principio, las Cortes Españolas pasarían a tener dos cámaras: una Baja elegida por sufragio universal, igual, directo y secreto, y otra Alta, el Senado, con miembros designados por el rey y otras instancias. Aquello era un avance, pero quedaba saber qué podrían votar los españoles, es decir, si al acudir a las urnas depositarían su papeleta por una persona o, por el contrario, por un grupo. En esto último se hallaba el problema porque todavía no había partidos organizados, salvo el PCE y el PSOE junto a grupos diminutos.. Esta situación la describió Arias entre el miedo y el desprecio: el Gobierno decidiría quiénes contaba con «verdadera fuerza» y cuáles no eran «más que unas pretenciosas siglas llamadas al ridículo y al olvido». Aquello era una puñalada a los partidos minúsculos que habían fundado antiguos compañeros suyos, como Joaquín Ruiz-Giménez, u opositores de renombre en el caso de Enrique Tierno Galván. Eso sí: los comunistas quedarían fuera.. Animado por los ataques sin respuesta, Arias Navarro se decidió a anunciar el calendario para que no se creyera que pecaba de «pereza», dijo. El 15 de mayo de 1976 estarían terminados todos los proyectos de ley para la reforma política, a excepción de la ley electoral. Un mes después, el 15 de julio, esta última iría a las Cortes. Entonces se apresuró, o contó mal, y afirmó que el referéndum nacional para la reforma se celebraría en octubre de 1976 (finalmente, fue en junio del año siguiente).. El error fue lógico porque Arias no sabía que faltaba poco para que Juan Carlos I lo sustituyera por Adolfo Suárez. Con ese fallo cronológico, Arias predijo que las elecciones generales podrían ser a primeros de 1977. Y acabó volviendo a la cantinela franquista con un tono condescendiente. Identificó a Franco como un «veterano capitán» y, por su lado, al rey con un «joven capitán» que albergaban el mismo propósito, que no era otro que conducir a España a «metas de grandeza, libertad, dignidad y paz».. Todo esto fue un espejismo. El Gobierno no aumentó su credibilidad ante la sociedad y el calendario no se cumplió. Tampoco tranquilizó a los españoles porque había demasiadas incógnitas y no se estaba dialogando con la oposición para llevar a cabo unas reformas que fueran aceptables para todos. En el exterior tampoco se lo tomaron con tranquilidad. El «New York Times» dijo que Joaquín Areilza, ministro de Exteriores, estaba muy enfadado con las fechas propuestas. «The Guardian» aseguró que el Gobierno seguía dividido. El corresponsal del «Daily Express» fue más fantasioso, quizá por aburrimiento: «miles de obreros de la construcción abandonaron el trabajo (a las nueve de la noche) mientras Arias hablaba en televisión».
Noticias de cultura en La Razón
