Stranger Things llega a su final con una de las temporadas con más duración por episodio jamás vista. Siendo el más corto de los ocho que la componen de una hora y cincuenta minutos, la historia del universo de Hawkins se cierra definitivamente y se empeña en poner patas arriba las leyes de la realidad. Portales que se abren entre nuestro mundo y el “Upside Down”, monstruos que atraviesan dimensiones y personajes que intentan encontrar un atajo hacia lo imposible mientras las partidas de Dragones y Mazmorras se quedan sin finalizar. Amoríos de instituto, nerds dejados de lado por los guays y un ambiente ochentero retromolón que adereza conceptos físicos muy, pero que muy llamativos.. En medio de esa tormenta narrativa, los guionistas echaron mano de un recurso que ha pasado de las aulas de física a la gran pantalla y ahora también a la televisión: el célebre ejemplo del papel doblado y el bolígrafo atravesando de un punto a otro. Personalmente, el mejor ejemplo para divulgar científicamente algo tan complicado como los agujeros de gusano. Estos hipotéticos túneles en el espacio-tiempo conectan dos regiones lejanas como si fueran las páginas de un cuaderno que de pronto se tocan. Lo que en la ficción sirve para salvar a los protagonistas de un destino fatal, en la ciencia lleva un siglo de debates, ecuaciones y más de un dolor de cabeza para físicos de talla mundial.. Pero, ¿de dónde salió realmente esta analogía tan visual? ¿Quién fue la primera persona que pensó que un folio arrugado podía ser la mejor metáfora para un concepto nacido en las tripas de la relatividad general de Einstein? Lo cierto es que la historia detrás de ese “bolígrafo atravesando el folio” es casi tan curiosa como la de los propios agujeros de gusano. Y todo empezó, como tantas veces en la ciencia, con un experimento mental y una metáfora afortunada.. Un puente llamado Einstein-Rosen. La primera vez que alguien pensó que el universo podía esconder atajos no fue un guionista de Netflix, sino Ludwig Flamm, en 1916. Apenas unos meses después de que Karl Schwarzschild encontrara la primera solución exacta a las ecuaciones de la relatividad general, Flamm se dio cuenta de que dicha solución admitía una interpretación sorprendente: dos hojas de espacio unidas por un “puente”. Era el germen de lo que décadas más tarde se bautizaría como wormhole o agujero de gusano.. En 1935, Albert Einstein y Nathan Rosen retomaron esa intuición y publicaron en Physical Review el famoso artículo sobre los “puentes de Einstein-Rosen”. Lo que buscaban en realidad era evitar singularidades matemáticas, pero lo que consiguieron fue abrir la puerta a una idea tan potente que hoy sigue siendo combustible de novelas, cómics y series de televisión. Ese “puente” conectaba dos regiones del espacio-tiempo, pero tenía un problema fundamental: no era atravesable. Quien intentase cruzarlo quedaría atrapado en su interior en menos tiempo del que dura una presa con el demogorgón en Stranger Things.. Fue John Wheeler, en los años 50, quien acuñó el término wormhole y exploró las implicaciones de la topología cuántica en la estructura del universo. Y ya en los años 80, Kip Thorne y Michael Morris refinaron la idea para plantear los llamados agujeros de gusano atravesables, esos que en teoría sí se podrían cruzar… aunque a cambio exigen un tipo de materia que no sabemos si existe.. La metáfora del papel doblado aparece aquí como la herramienta perfecta para explicar un fenómeno matemáticamente complejo. Aunque no existe un consenso absoluto sobre quién la introdujo primero, todo apunta a que su popularización vino de la mano de físicos como Thorne en conferencias y libros de divulgación a finales del siglo XX, y que rápidamente saltó al cine con películas como Contact (1997) y Interestelar (2014). En estas producciones, asesoradas científicamente por el propio Thorne, doblar un folio y atravesarlo con un bolígrafo se convirtió en la imagen definitiva para entender lo que Flamm, Einstein y Rosen habían escrito en densos párrafos de ecuaciones y que condensa de manera magistral un concepto tan complejo.. Doblando el folioespacio-tiempo. Para entenderlo correctamente, hay que usar el mítico ejemplo de la sábana y la bola de bolos. Imaginemos que el universo es como una tela elástica gigante. Cuando ponemos algo con masa encima —una estrella, un planeta, nosotros mismos o una bola de bolos muy pesada— esa tela se curva. Esa es la forma sencilla de explicar lo que la relatividad general de Einstein formuló con ecuaciones: la gravedad no es una fuerza “invisible” que tira de los objetos, sino la consecuencia de que el espacio-tiempo se deforma.. En este contexto nacen los agujeros de gusano. Las matemáticas permiten que, en lugar de tener solo curvaturas, haya túneles que unan regiones lejanas de esa tela cósmica. El primero en aparecer en los libros fue el llamado puente de Einstein-Rosen, que básicamente conecta dos “bocas” idénticas del espacio-tiempo. Sobre el papel sonaba a autopista interestelar, pero en la práctica se comporta como un puente que se desmorona en cuanto alguien intenta cruzarlo: dura tan poco abierto que no hay partícula capaz de atravesarlo.. Ahí entra la imaginación de otros físicos. En los años 80, Kip Thorne y Michael Morris plantearon la posibilidad de agujeros de gusano atravesables, es decir, que sí podrían cruzarse. La condición era algo peliaguda: para mantener abierto el túnel haría falta un tipo de materia que no se comporta como la normal. Mientras la materia corriente —la que forma a las personas, las mesas o los planetas— tiende a colapsar el túnel, esta otra tendría que hacer lo contrario: ejercer una presión negativa que impida el cierre. A eso se le llamó “materia exótica”.. Si existieran, los agujeros de gusano permitirían algo espectacular: unir dos puntos muy alejados del cosmos en un solo salto como si de un viaje interestelar de Star Wars se tratase. La famosa analogía del folio doblado resume todo esto de maravilla. En una hoja plana, dos puntos alejados requieren un largo camino. Al doblarla, se tocan y basta atravesarla con un bolígrafo para conectar ambos. Eso es lo que haría un agujero de gusano: no romper las leyes del espacio, sino “aprovechar” una dimensión más para unir lugares remotos.. De momento, no hemos encontrado ningún agujero de gusano real en el universo. Pero la idea sigue viva. Si no es en la vida real es en el imaginario de las películas y series, porque combina lo mejor de la ciencia dura con la imaginación desbordante. Definitivamente, sería un viaje tan trepidante como el de la serie de los hermanos Duffer.
Los agujeros de gusano entre universos de Stranger Things
Stranger Things llega a su final con una de las temporadas con más duración por episodio jamás vista. Siendo el más corto de los ocho que la componen de una hora y cincuenta minutos, la historia del universo de Hawkins se cierra definitivamente y se empeña en poner patas arriba las leyes de la realidad. Portales que se abren entre nuestro mundo y el “Upside Down”, monstruos que atraviesan dimensiones y personajes que intentan encontrar un atajo hacia lo imposible mientras las partidas de Dragones y Mazmorras se quedan sin finalizar. Amoríos de instituto, nerds dejados de lado por los guays y un ambiente ochentero retromolón que adereza conceptos físicos muy, pero que muy llamativos.. En medio de esa tormenta narrativa, los guionistas echaron mano de un recurso que ha pasado de las aulas de física a la gran pantalla y ahora también a la televisión: el célebre ejemplo del papel doblado y el bolígrafo atravesando de un punto a otro. Personalmente, el mejor ejemplo para divulgar científicamente algo tan complicado como los agujeros de gusano. Estos hipotéticos túneles en el espacio-tiempo conectan dos regiones lejanas como si fueran las páginas de un cuaderno que de pronto se tocan. Lo que en la ficción sirve para salvar a los protagonistas de un destino fatal, en la ciencia lleva un siglo de debates, ecuaciones y más de un dolor de cabeza para físicos de talla mundial.. Pero, ¿de dónde salió realmente esta analogía tan visual? ¿Quién fue la primera persona que pensó que un folio arrugado podía ser la mejor metáfora para un concepto nacido en las tripas de la relatividad general de Einstein? Lo cierto es que la historia detrás de ese “bolígrafo atravesando el folio” es casi tan curiosa como la de los propios agujeros de gusano. Y todo empezó, como tantas veces en la ciencia, con un experimento mental y una metáfora afortunada.. Un puente llamado Einstein-Rosen. La primera vez que alguien pensó que el universo podía esconder atajos no fue un guionista de Netflix, sino Ludwig Flamm, en 1916. Apenas unos meses después de que Karl Schwarzschild encontrara la primera solución exacta a las ecuaciones de la relatividad general, Flamm se dio cuenta de que dicha solución admitía una interpretación sorprendente: dos hojas de espacio unidas por un “puente”. Era el germen de lo que décadas más tarde se bautizaría como wormhole o agujero de gusano.. En 1935, Albert Einstein y Nathan Rosen retomaron esa intuición y publicaron en Physical Review el famoso artículo sobre los “puentes de Einstein-Rosen”. Lo que buscaban en realidad era evitar singularidades matemáticas, pero lo que consiguieron fue abrir la puerta a una idea tan potente que hoy sigue siendo combustible de novelas, cómics y series de televisión. Ese “puente” conectaba dos regiones del espacio-tiempo, pero tenía un problema fundamental: no era atravesable. Quien intentase cruzarlo quedaría atrapado en su interior en menos tiempo del que dura una presa con el demogorgón en Stranger Things.. Fue John Wheeler, en los años 50, quien acuñó el término wormhole y exploró las implicaciones de la topología cuántica en la estructura del universo. Y ya en los años 80, Kip Thorne y Michael Morris refinaron la idea para plantear los llamados agujeros de gusano atravesables, esos que en teoría sí se podrían cruzar… aunque a cambio exigen un tipo de materia que no sabemos si existe.. La metáfora del papel doblado aparece aquí como la herramienta perfecta para explicar un fenómeno matemáticamente complejo. Aunque no existe un consenso absoluto sobre quién la introdujo primero, todo apunta a que su popularización vino de la mano de físicos como Thorne en conferencias y libros de divulgación a finales del siglo XX, y que rápidamente saltó al cine con películas como Contact (1997) y Interestelar (2014). En estas producciones, asesoradas científicamente por el propio Thorne, doblar un folio y atravesarlo con un bolígrafo se convirtió en la imagen definitiva para entender lo que Flamm, Einstein y Rosen habían escrito en densos párrafos de ecuaciones y que condensa de manera magistral un concepto tan complejo.. Doblando el folioespacio-tiempo. Para entenderlo correctamente, hay que usar el mítico ejemplo de la sábana y la bola de bolos. Imaginemos que el universo es como una tela elástica gigante. Cuando ponemos algo con masa encima —una estrella, un planeta, nosotros mismos o una bola de bolos muy pesada— esa tela se curva. Esa es la forma sencilla de explicar lo que la relatividad general de Einstein formuló con ecuaciones: la gravedad no es una fuerza “invisible” que tira de los objetos, sino la consecuencia de que el espacio-tiempo se deforma.. En este contexto nacen los agujeros de gusano. Las matemáticas permiten que, en lugar de tener solo curvaturas, haya túneles que unan regiones lejanas de esa tela cósmica. El primero en aparecer en los libros fue el llamado puente de Einstein-Rosen, que básicamente conecta dos “bocas” idénticas del espacio-tiempo. Sobre el papel sonaba a autopista interestelar, pero en la práctica se comporta como un puente que se desmorona en cuanto alguien intenta cruzarlo: dura tan poco abierto que no hay partícula capaz de atravesarlo.. Ahí entra la imaginación de otros físicos. En los años 80, Kip Thorne y Michael Morris plantearon la posibilidad de agujeros de gusano atravesables, es decir, que sí podrían cruzarse. La condición era algo peliaguda: para mantener abierto el túnel haría falta un tipo de materia que no se comporta como la normal. Mientras la materia corriente —la que forma a las personas, las mesas o los planetas— tiende a colapsar el túnel, esta otra tendría que hacer lo contrario: ejercer una presión negativa que impida el cierre. A eso se le llamó “materia exótica”.. Si existieran, los agujeros de gusano permitirían algo espectacular: unir dos puntos muy alejados del cosmos en un solo salto como si de un viaje interestelar de Star Wars se tratase. La famosa analogía del folio doblado resume todo esto de maravilla. En una hoja plana, dos puntos alejados requieren un largo camino. Al doblarla, se tocan y basta atravesarla con un bolígrafo para conectar ambos. Eso es lo que haría un agujero de gusano: no romper las leyes del espacio, sino “aprovechar” una dimensión más para unir lugares remotos.. De momento, no hemos encontrado ningún agujero de gusano real en el universo. Pero la idea sigue viva. Si no es en la vida real es en el imaginario de las películas y series, porque combina lo mejor de la ciencia dura con la imaginación desbordante. Definitivamente, sería un viaje tan trepidante como el de la serie de los hermanos Duffer.
