Sentirse inestable al asomarse a un mirador o al caminar cerca de un borde elevado es una reacción mucho más compleja de lo que parece. Según una investigación reciente, esa sensación de temblor, hormigueo o pesadez en los pies no proviene del vértigo, sino de un mecanismo automático del sistema nervioso que se activa para protegernos.. La anatomista Michelle Spear, de la Universidad de Bristol, explica que cuando una persona se aproxima a un desnivel, el cerebro “amplifica” la información sensorial que llega desde las plantas de los pies. Este aumento de sensibilidad puede pasar desapercibido en algunas personas, pero en otras se vuelve tan evidente que genera incomodidad o incluso miedo.. El sistema nervioso procesa constantemente miles de señales, aunque la mayoría nunca llega a la conciencia. Sin embargo, ante un riesgo potencial —como un precipicio— el cerebro prioriza la información relacionada con el equilibrio, especialmente la que procede de los receptores táctiles de los pies.. Estos receptores detectan vibraciones, presión y cambios en la distribución del peso. Cuando el cuerpo percibe un peligro, la postura se vuelve más rígida, los movimientos se hacen más lentos y el cerebro presta más atención a cada microajuste. Para algunos, este proceso mejora la estabilidad; para otros, se convierte en una sensación molesta que dificulta avanzar.. Por qué algunas personas lo notan más que otras. Spear señala que la clave está en cómo cada persona gestiona la información sensorial. Quienes tienen una mayor sensibilidad al tacto o una atención más focalizada pueden percibir estos cambios como un zumbido, un cosquilleo o una sensación de peso en los pies.. En cambio, quienes filtran mejor estas señales apenas notan nada y se mueven con más soltura. Este fenómeno también explica por qué los escaladores experimentados desarrollan una percepción muy fina del reparto del peso, mientras que otros sienten que sus pies “se pegan al suelo” o que necesitan quedarse quietos.. Desde una perspectiva evolutiva, este aumento de vigilancia tenía una función clara: evitar caídas mortales en entornos rocosos o irregulares. Nuestros antepasados se movían por terrenos donde un paso en falso podía ser fatal, por lo que un sistema que reforzara la atención al equilibrio resultaba ventajoso. Hoy, ese mismo mecanismo sigue activo, aunque el riesgo real sea menor. La diferencia es que algunas personas lo perciben como una ayuda silenciosa y otras como una sensación inquietante que las paraliza.. Spear aclara que esta respuesta no debe confundirse con el vértigo, que se origina en el sistema vestibular del oído interno y provoca una falsa sensación de movimiento. En este caso, el cuerpo no cree que esté girando: simplemente aumenta la vigilancia sobre el equilibrio. La diferencia radica en cómo el cerebro procesa la información: algunas personas detectan estas señales con más facilidad, y una vez que las notan, es más probable que vuelvan a percibirlas en el futuro.
Un nuevo estudio explica que el cerebro “sube el volumen” de las señales procedentes de las plantas de los pies cuando nos acercamos a un precipicio
Sentirse inestable al asomarse a un mirador o al caminar cerca de un borde elevado es una reacción mucho más compleja de lo que parece. Según una investigación reciente, esa sensación de temblor, hormigueo o pesadez en los pies no proviene del vértigo, sino de un mecanismo automático del sistema nervioso que se activa para protegernos.. La anatomista Michelle Spear, de la Universidad de Bristol, explica que cuando una persona se aproxima a un desnivel, el cerebro “amplifica” la información sensorial que llega desde las plantas de los pies. Este aumento de sensibilidad puede pasar desapercibido en algunas personas, pero en otras se vuelve tan evidente que genera incomodidad o incluso miedo.. El sistema nervioso procesa constantemente miles de señales, aunque la mayoría nunca llega a la conciencia. Sin embargo, ante un riesgo potencial —como un precipicio— el cerebro prioriza la información relacionada con el equilibrio, especialmente la que procede de los receptores táctiles de los pies.. Estos receptores detectan vibraciones, presión y cambios en la distribución del peso. Cuando el cuerpo percibe un peligro, la postura se vuelve más rígida, los movimientos se hacen más lentos y el cerebro presta más atención a cada microajuste. Para algunos, este proceso mejora la estabilidad; para otros, se convierte en una sensación molesta que dificulta avanzar.. Spear señala que la clave está en cómo cada persona gestiona la información sensorial. Quienes tienen una mayor sensibilidad al tacto o una atención más focalizada pueden percibir estos cambios como un zumbido, un cosquilleo o una sensación de peso en los pies.. En cambio, quienes filtran mejor estas señales apenas notan nada y se mueven con más soltura. Este fenómeno también explica por qué los escaladores experimentados desarrollan una percepción muy fina del reparto del peso, mientras que otros sienten que sus pies “se pegan al suelo” o que necesitan quedarse quietos.. Desde una perspectiva evolutiva, este aumento de vigilancia tenía una función clara: evitar caídas mortales en entornos rocosos o irregulares. Nuestros antepasados se movían por terrenos donde un paso en falso podía ser fatal, por lo que un sistema que reforzara la atención al equilibrio resultaba ventajoso. Hoy, ese mismo mecanismo sigue activo, aunque el riesgo real sea menor. La diferencia es que algunas personas lo perciben como una ayuda silenciosa y otras como una sensación inquietante que las paraliza.. Spear aclara que esta respuesta no debe confundirse con el vértigo, que se origina en el sistema vestibular del oído interno y provoca una falsa sensación de movimiento. En este caso, el cuerpo no cree que esté girando: simplemente aumenta la vigilancia sobre el equilibrio. La diferencia radica en cómo el cerebro procesa la información: algunas personas detectan estas señales con más facilidad, y una vez que las notan, es más probable que vuelvan a percibirlas en el futuro.
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