Hay momentos en la historia en los que todo parece conjurarse para crear un infierno sobre la Tierra. El periodo de la historia de China conocido como de los Reinos Combatientes (476-221 a.C.) fue sin duda uno de ellos. Por aquel entonces, lo que hoy es China se hallaba dividida en siete Estados independientes que competían ferozmente entre sí.. No siempre había sido así. El periodo histórico inmediatamente anterior no puede decirse que fuera un remanso de paz, pero sí infinitamente menos sangriento. Irónicamente, en este primer momento la división territorial era incluso mayor, pero los gobernantes de cada uno de estos Estados reconocían, siquiera de forma teórica, la primacía de una dinastía –la de Zhou– sobre todos ellos. Además, buena parte de los gobernantes estaban ligados por vínculos de parentesco con la mencionada dinastía, de modo que las relaciones entre los gobernantes –así como entre estos y sus súbditos– estaban fuertemente codificadas por unas normas de comportamiento y etiqueta muy estrictas. Esto conformaba una comunidad de intereses en la que el destino de cada gobernante quedaba vinculado al de los demás, de suerte que todos estaban interesados en mantener el equilibrio político. De resultas, los conflictos se limitaban a escaramuzas entre vecinos que no hacían peligrar el statu quo.. Sin embargo, en segundo plano se fueron dando mutaciones socioeconómicas que anticipaban un cambio: la agricultura se volvió más intensiva, la producción más abundante y, con ello, asistimos a un importante crecimiento demográfico y al nacimiento de grandes ciudades. El antiguo modelo de dominio, que podríamos llamar feudal, comenzó a dar paso a otro de propiedad privada de la tierra. La administración se burocratizó y sistematizó, y los gobiernos se dotaron de mejores instrumentos de control, lo que les permitió acumular mayor poder y riqueza.. Todas estas tendencias convergen a principios del siglo V a. C., cuando se produce un hito recordado como el pistoletazo de salida de la nueva era: la “partición de Jin entre las tres casas”, esto es, la desintegración del Estado que hasta la fecha había sido el pilar central del orden político y militar de la China central, y su división entre tres de sus propios linajes. Un suceso cataclísmico para el equilibrio político, comparable a si los modernos EEUU se dividieran en tres Estados, y además en conflicto entre sí.. A partir de ese momento se abrió un periodo de lucha feroz entre siete Estados o “reinos combatientes”. Sus nombres eran Qi, Chu, Yan, Han, Zhao, Wei y Qin, también conocidos como “los siete héroes”. Una nueva era marcada por el caos, la innovación y la guerra sin cuartel. Se hacían y deshacían constantemente alianzas que formaban enormes bloques enfrentados unos contra otros, y a lo largo de todo el periodo apenas hubo dos años seguidos de paz. Ejércitos colosales, de hasta cientos de miles de hombres, se enfrentaban en batallas en las que se decidía la supervivencia o aniquilación de reinos enteros. Los guerreros se profesionalizaron, la técnica militar se depuró, e incluso se desarrolló todo un género literario dedicado al ello, cuyo más célebre exponente es «El arte de la guerra», de Sun Tzu. La guerra se hizo mucho más letal, y algunos comandantes alcanzaron cotas inusitadas de espanto, como el general Bai Qi, apodado el Carnicero, a quien se le atribuía la muerte de cerca de un millón de enemigos.. Este contexto de competición extrema forzó a los reinos a adoptar soluciones extremas. Uno de ellos, el de Qin, optó por aplicar un peculiar sistema socioeconómico conocido como «nong zhan», que, «de facto», integraba a toda su población en un régimen militar y orientaba todos los recursos del país exclusivamente hacia el esfuerzo bélico. Una suerte de “Esparta asiática” en la que la única vía de ascenso social era la guerra: quien cercenara la cabeza de un soldado enemigo era recompensado con tierras, siervos y privilegios, tanto más si cercenaba muchas cabezas. Los hombres luchaban, las mujeres destruían caminos y viviendas, y los ancianos y débiles se encargaban de la logística. Era un sistema espantoso, pero eficaz, y gracias a ello el Estado de Qin comenzó a despuntar sobre todos los restantes. Así, entre los siglos IV y III a. C. fue expandiéndose, fagocitando a su paso un reino tras otro hasta culminar con la unificación de toda China bajo el gobierno del primer emperador, Qin Shi Huang. Este suceso dio inicio a la China imperial, cuyo nombre deriva, precisamente, de la dinastía Qin, la primera en unificar aquel vasto territorio.. Para saber más…. ‘China. Los Reinos Combatientes’ (Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 93), 68 páginas, 7,50 euros.
Durante los siglos V y III a.C. lo que hoy conocemos como China atravesó un periodo de guerra total y sin cuartel entre los siete Estados en que por entonces se hallaba dividida. Un baño de sangre como pocos en la historia de la humanidad
Hay momentos en la historia en los que todo parece conjurarse para crear un infierno sobre la Tierra. El periodo de la historia de China conocido como de los Reinos Combatientes (476-221 a.C.) fue sin duda uno de ellos. Por aquel entonces, lo que hoy es China se hallaba dividida en siete Estados independientes que competían ferozmente entre sí.. No siempre había sido así. El periodo histórico inmediatamente anterior no puede decirse que fuera un remanso de paz, pero sí infinitamente menos sangriento. Irónicamente, en este primer momento la división territorial era incluso mayor, pero los gobernantes de cada uno de estos Estados reconocían, siquiera de forma teórica, la primacía de una dinastía –la de Zhou– sobre todos ellos. Además, buena parte de los gobernantes estaban ligados por vínculos de parentesco con la mencionada dinastía, de modo que las relaciones entre los gobernantes –así como entre estos y sus súbditos– estaban fuertemente codificadas por unas normas de comportamiento y etiqueta muy estrictas. Esto conformaba una comunidad de intereses en la que el destino de cada gobernante quedaba vinculado al de los demás, de suerte que todos estaban interesados en mantener el equilibrio político. De resultas, los conflictos se limitaban a escaramuzas entre vecinos que no hacían peligrar el statu quo.. Sin embargo, en segundo plano se fueron dando mutaciones socioeconómicas que anticipaban un cambio: la agricultura se volvió más intensiva, la producción más abundante y, con ello, asistimos a un importante crecimiento demográfico y al nacimiento de grandes ciudades. El antiguo modelo de dominio, que podríamos llamar feudal, comenzó a dar paso a otro de propiedad privada de la tierra. La administración se burocratizó y sistematizó, y los gobiernos se dotaron de mejores instrumentos de control, lo que les permitió acumular mayor poder y riqueza.. Todas estas tendencias convergen a principios del siglo V a. C., cuando se produce un hito recordado como el pistoletazo de salida de la nueva era: la “partición de Jin entre las tres casas”, esto es, la desintegración del Estado que hasta la fecha había sido el pilar central del orden político y militar de la China central, y su división entre tres de sus propios linajes. Un suceso cataclísmico para el equilibrio político, comparable a si los modernos EEUU se dividieran en tres Estados, y además en conflicto entre sí.. A partir de ese momento se abrió un periodo de lucha feroz entre siete Estados o “reinos combatientes”. Sus nombres eran Qi, Chu, Yan, Han, Zhao, Wei y Qin, también conocidos como “los siete héroes”. Una nueva era marcada por el caos, la innovación y la guerra sin cuartel. Se hacían y deshacían constantemente alianzas que formaban enormes bloques enfrentados unos contra otros, y a lo largo de todo el periodo apenas hubo dos años seguidos de paz. Ejércitos colosales, de hasta cientos de miles de hombres, se enfrentaban en batallas en las que se decidía la supervivencia o aniquilación de reinos enteros. Los guerreros se profesionalizaron, la técnica militar se depuró, e incluso se desarrolló todo un género literario dedicado al ello, cuyo más célebre exponente es «El arte de la guerra», de Sun Tzu. La guerra se hizo mucho más letal, y algunos comandantes alcanzaron cotas inusitadas de espanto, como el general Bai Qi, apodado el Carnicero, a quien se le atribuía la muerte de cerca de un millón de enemigos.. Este contexto de competición extrema forzó a los reinos a adoptar soluciones extremas. Uno de ellos, el de Qin, optó por aplicar un peculiar sistema socioeconómico conocido como «nong zhan», que, «de facto», integraba a toda su población en un régimen militar y orientaba todos los recursos del país exclusivamente hacia el esfuerzo bélico. Una suerte de “Esparta asiática” en la que la única vía de ascenso social era la guerra: quien cercenara la cabeza de un soldado enemigo era recompensado con tierras, siervos y privilegios, tanto más si cercenaba muchas cabezas. Los hombres luchaban, las mujeres destruían caminos y viviendas, y los ancianos y débiles se encargaban de la logística. Era un sistema espantoso, pero eficaz, y gracias a ello el Estado de Qin comenzó a despuntar sobre todos los restantes. Así, entre los siglos IV y III a. C. fue expandiéndose, fagocitando a su paso un reino tras otro hasta culminar con la unificación de toda China bajo el gobierno del primer emperador, Qin Shi Huang. Este suceso dio inicio a la China imperial, cuyo nombre deriva, precisamente, de la dinastía Qin, la primera en unificar aquel vasto territorio.. ‘China. Los Reinos Combatientes’ (Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 93), 68 páginas, 7,50 euros.
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