A perro flaco todo son pulgas. Algo así deben de estar pensando en la familia real noruega tras el comienzo de la Semana Santa. Porque incluso en una época de asueto y descanso las vacaciones de algunos de sus miembros están generando titulares, reacciones y sospechas. O, centrando la cuestión, sus «no vacaciones». Porque no hay tregua para Mette-Marit y su esposo, el príncipe heredero Haakon de Noruega, de quienes no se sabe dónde se encuentran ni qué han decidido hacer esta Pascua. Lo cual, en estos momentos en los que viven con una imagen pública paupérrima, no hace sino agravar la situación y dar pie y pábulo a los constantes rumores de crisis matrimonial y de un futurible divorcio que pondría en jaque, otra vez, a la institución.. Porque la monarquía escandinava tiene costumbre de informar siempre a la prensa local del destino elegido por sus diferentes miembros para estos días de relax. Y así lo ha hecho esta vez, pero solo con los reyes, Harald V y Sonia de Noruega, que como es tradición se han marchado a la Cabaña del Príncipe, un refugio, casi siempre otoñal, que les pertenece desde 1924 en el valle de Sikkilsdalen, entre las montañas de Jotunheimen.. Sin embargo, el hecho de que no se sepa nada de Mette-Marit y de sus esposo, en plena crisis reputacional y de salud por el encarcelamiento del hijo de la princesa, Marius Borg, sus aireados mensajes con el magnate proxeneta y pedófilo Jeffrey Epstein y el empeoramiento de la fibrosis pulmonar crónica que le fue diagnosticada hace ocho años, en 2018 —una enfermedad que además no tiene cura y que le está dificultando gravemente la respiración— no ha conseguido sino hacer saltar aún más las alarmas, máxime cuando el diario noruego Se og Hør daba a conocer hace unos días que el coche de la princesa lleva una tarjeta HC-bevis. Es decir, un permiso especial para poder aparcar en las plazas reservadas para las personas discapacitadas, lo que significa que la princesa ha tenido que presentar un informe sobre su problema de salud.. Sobre todo porque a raíz de la enfermedad, que es progresiva, se barrunta entre los medios si no estarán decantándose desde la corona porque la princesa se someta cuanto antes a un trasplante de pulmón, de lo que ya informó la casa real hace unos meses y habida cuenta de su cada vez más limitada presencia pública y de que le permitiría mejorar su calidad de vida, algo primordial en estos momentos tan bajos de su vida, del que los expertos han puntualizado que el estrés al que ha estado sometida la princesa en los últimos meses podría ser la causa de un agravamiento irreversible de la fibrosis.. Al cabo, no solo podría haber agravado de una forma irreversible su enfermedad —recientemente el citado periódico publicaba unas fotografías de la princesa noruega acompañada de su esposo y unas amigas con una cánula nasal, lo que indica que ya necesita, a diario, tener cerca una máquina de oxígeno—, sino que hay que pensar incluso más allá desde la institución: su popularidad ha llegado a un mínimo histórico tal que, según las últimas encuestas, un amplio porcentaje de los noruegos no quieren que acabe siendo reina. Y teniendo Harald casi 90 años y su esposa 89, es una posibilidad cada vez más cercana.. Básicamente porque la prueba ha estado en una de las pocas buenas noticias que ha recibido la familia real noruega en bastante tiempo: la recuperación de la princesa Astrid, la segunda hermana del monarca, que hace apenas una semana —el pasado viernes 27 los reyes iban a visitarla— era ingresada de urgencia en el Hospital Nacional de Oslo a sus 94 años. Un susto que advertía sobre el delicado estado de salud, dado que si bien en un principio solo se dijo desde palacio que necesitaba «descansar y convalecer tras una breve enfermedad», este domingo varios medios locales, desde VG a Nettavisen, explicaban que la recuperación iba viento en popa y daban a conocer qué había sucedido.. «Podemos anunciar que la hermana del rey Harald ha tenido una neumonía», explicaban desde el último de los citados medios, añadiendo que no había sido fácil para ella superarla debido a su avanzada edad, aunque es de sobra conocido que, a pesar de la vejez, la princesa Astrid es una de las royals más activas del país, asistiendo a multitud de actos oficiales siempre que puede. Sin ir más lejos, fue una sorpresa su ausencia, hace justo una semana, el martes 24, en la gala en la que la corona noruega acogió a los reyes de Bélgica, Felipe y Matilde, siendo la segunda vez consecutiva que faltaba a um compromiso al que rara vez no acudía, ya que tampoco había podido acompañar a los reyes durante el Campeonato Mundial de Esquí Nórdico en Holmenkollen.. Así las cosas, Noruega se ha encontrado en nada de tiempo con la cara y la cruz de la salud y la imagen pública de sus representantes monárquicos, a quienes ahora están mirando con lupa cada uno de sus movimientos.
A perro flaco todo son pulgas. Algo así deben de estar pensando en la familia real noruega tras el comienzo de la Semana Santa. Porque incluso en una época de asueto y descanso las vacaciones de algunos de sus miembros están generando titulares, reacciones y sospechas. O, centrando la cuestión, sus «no vacaciones». Porque no hay tregua para Mette-Marit y su esposo, el príncipe heredero Haakon de Noruega, de quienes no se sabe dónde se encuentran ni qué han decidido hacer esta Pascua. Lo cual, en estos momentos en los que viven con una imagen pública paupérrima, no hace sino agravar la situación y dar pie y pábulo a los constantes rumores de crisis matrimonial y de un futurible divorcio que pondría en jaque, otra vez, a la institución.. Porque la monarquía escandinava tiene costumbre de informar siempre a la prensa local del destino elegido por sus diferentes miembros para estos días de relax. Y así lo ha hecho esta vez, pero solo con los reyes, Harald V y Sonia de Noruega, que como es tradición se han marchado a la Cabaña del Príncipe, un refugio, casi siempre otoñal, que les pertenece desde 1924 en el valle de Sikkilsdalen, entre las montañas de Jotunheimen.. Sin embargo, el hecho de que no se sepa nada de Mette-Marit y de sus esposo, en plena crisis reputacional y de salud por el encarcelamiento del hijo de la princesa, Marius Borg, sus aireados mensajes con el magnate proxeneta y pedófilo Jeffrey Epstein y el empeoramiento de la fibrosis pulmonar crónica que le fue diagnosticada hace ocho años, en 2018 —una enfermedad que además no tiene cura y que le está dificultando gravemente la respiración— no ha conseguido sino hacer saltar aún más las alarmas, máxime cuando el diario noruego Se og Hør daba a conocer hace unos días que el coche de la princesa lleva una tarjeta HC-bevis. Es decir, un permiso especial para poder aparcar en las plazas reservadas para las personas discapacitadas, lo que significa que la princesa ha tenido que presentar un informe sobre su problema de salud.. Sobre todo porque a raíz de la enfermedad, que es progresiva, se barrunta entre los medios si no estarán decantándose desde la corona porque la princesa se someta cuanto antes a un trasplante de pulmón, de lo que ya informó la casa real hace unos meses y habida cuenta de su cada vez más limitada presencia pública y de que le permitiría mejorar su calidad de vida, algo primordial en estos momentos tan bajos de su vida, del que los expertos han puntualizado que el estrés al que ha estado sometida la princesa en los últimos meses podría ser la causa de un agravamiento irreversible de la fibrosis.. Al cabo, no solo podría haber agravado de una forma irreversible su enfermedad —recientemente el citado periódico publicaba unas fotografías de la princesa noruega acompañada de su esposo y unas amigas con una cánula nasal, lo que indica que ya necesita, a diario, tener cerca una máquina de oxígeno—, sino que hay que pensar incluso más allá desde la institución: su popularidad ha llegado a un mínimo histórico tal que, según las últimas encuestas, un amplio porcentaje de los noruegos no quieren que acabe siendo reina. Y teniendo Harald casi 90 años y su esposa 89, es una posibilidad cada vez más cercana.. Básicamente porque la prueba ha estado en una de las pocas buenas noticias que ha recibido la familia real noruega en bastante tiempo: la recuperación de la princesa Astrid, la segunda hermana del monarca, que hace apenas una semana —el pasado viernes 27 los reyes iban a visitarla— era ingresada de urgencia en el Hospital Nacional de Oslo a sus 94 años. Un susto que advertía sobre el delicado estado de salud, dado que si bien en un principio solo se dijo desde palacio que necesitaba «descansar y convalecer tras una breve enfermedad», este domingo varios medios locales, desde VG a Nettavisen, explicaban que la recuperación iba viento en popa y daban a conocer qué había sucedido.. «Podemos anunciar que la hermana del rey Harald ha tenido una neumonía», explicaban desde el último de los citados medios, añadiendo que no había sido fácil para ella superarla debido a su avanzada edad, aunque es de sobra conocido que, a pesar de la vejez, la princesa Astrid es una de las royals más activas del país, asistiendo a multitud de actos oficiales siempre que puede. Sin ir más lejos, fue una sorpresa su ausencia, hace justo una semana, el martes 24, en la gala en la que la corona noruega acogió a los reyes de Bélgica, Felipe y Matilde, siendo la segunda vez consecutiva que faltaba a um compromiso al que rara vez no acudía, ya que tampoco había podido acompañar a los reyes durante el Campeonato Mundial de Esquí Nórdico en Holmenkollen.. Así las cosas, Noruega se ha encontrado en nada de tiempo con la cara y la cruz de la salud y la imagen pública de sus representantes monárquicos, a quienes ahora están mirando con lupa cada uno de sus movimientos.
