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  España  Andalucía  La belleza es pereza; la pereza, belleza
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La belleza es pereza; la pereza, belleza

24 de enero de 2026
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Es obvio que el verso original de Keats nos conmueve mucho más: «la belleza es verdad, la verdad es belleza». Recoge, a modo de aforismo, esa sensación que todos hemos experimentado alguna vez de que las cosas hermosas, por estar armónicamente construidas y responder, por tanto, a un diseño eficiente, han de constituir, a buen seguro, un reflejo de los principios que rigen y organizan el mundo. De ahí, entonces, que el examen de la belleza pueda ser también fuente de conocimiento, aumentando el valor de aquello que, en principio, solo estaba pensado para provocar deleite. Claro que no es una pregunta trivial por qué aquella urna griega a la que Keats dedicó su famosa oda, con sus guirnaldas, doncellas y caramillos tallados en piedra, le parecía tan hermosa al poeta inglés. Durante siglos, pensadores de toda condición han discutido acaloradamente acerca de la esencia de lo bello. De igual modo, artistas, literatos o arquitectos han reflexionado con no menos apasionamiento y no menos desacuerdo sobre la naturaleza estética de sus creaciones. Borges escribió que la belleza es un misterio que ni la psicología ni la retórica son capaces de descifrar. Pero posiblemente estaba equivocado, al menos en lo que concierne a la primera de estas disciplinas. Y es que según la neurociencia (que está reexaminando muchas cuestiones que hasta la fecha han sido patrimonio casi exclusivo de la filosofía), lo que nos parece más bello podría ser, simplemente, lo que nos cuesta menos procesar a nivel cerebral. Así, en un artículo publicado recientemente, los investigadores encontraron una correlación inversa entre el gasto energético del cerebro al mirar una imagen y la valoración estética que dicha imagen recibe por parte del sujeto que la examina. De todos modos, no está todavía muy claro si juzgamos estéticamente superior aquello que, simplemente, exige menos consumo de energía, o si nos parece bello, en cambio, lo que nos resulta más familiar y que, por el hecho de serlo, es menos exigente para nuestro cerebro. A fin de cuentas, un cuadro hermoso suele ser más canónico y, por consiguiente, más prototípico. En todo caso, que nuestro cerebro nos haga sentir placer cuando llevamos a cabo las tareas menos costosas energéticamente, reforzando así nuestra tendencia a realizarlas, tiene mucho sentido, por cuanto se trata del órgano que más energía consume del cuerpo y la visión, la actividad que más recursos demanda de las que hace el cerebro. Obviamente, el mínimo gasto energético no puede ser la única causa de la emoción estética. De ser así, lo que más valoraríamos estéticamente sería contemplar una pared en blanco (o cerrar los ojos). Cualquier estímulo, para ser apreciado, debe despertar también en nosotros un cierto interés, que a su vez suele derivar del hecho de que sea informativo o incluso complejo (y nos suponga un reto procesarlo). Lo que este estudio sugiere es que cuando el estímulo visual es demasiado complicado y el coste de procesarlo resulta excesivo, se genera un sentimiento de rechazo que nos lleva a juzgarlo antiestético y que hace que dejemos de invertir energía en su procesamiento. Así pues, y por resumir este asunto, lo que valoramos como más hermoso sería aquello que nos resulta llamativo, pero no al precio de tener que gastar demasiada energía en su contemplación. Advirtamos también que estamos hablando únicamente de percepción. Porque es bien posible educarnos para sentir placer mirando composiciones ricas en motivos muy exigentes en términos energéticos (y, por tanto, potencialmente antiestéticos, al menos a nivel perceptivo), como grupos de rayas y puntos, y acabar disfrutando de un cuadro de Kandinsky o de Pollock.. El hecho de que algo que tradicionalmente se ha considerado exclusivo del ámbito espiritual, como la belleza, tenga un fundamento fisiológico no debería sorprendernos. Nuestra mente se nutre de la información que le transmiten los sentidos, los cuales son imprescindibles para desenvolvernos con éxito en nuestro entorno y sobrevivir en él. Aunque seamos capaces de reelaborar internamente toda la información que nos proporcionan nuestros órganos sensoriales, nuestra mente es, en buena medida, nuestro cuerpo y nuestra interacción con el entorno. No pensaríamos igual (o posiblemente no pensaríamos en absoluto) si estuviésemos desconectados por completo de lo que nos rodea. En realidad, todos los comportamientos que hemos venido considerando como «superiores» y distintivos del ser humano (o que nuestra especie nuestra en mayor grado que las restantes), y que además del gusto estético incluirían, por ejemplo, el amor romántico o la amistad, no solo tienen también un fundamento biológico, sino un propósito evolutivo. Así, nos embarcamos en largas relaciones monógamas porque nacemos más desvalidos que el resto de los primates y precisamos, para llegar a la adultez, de atenciones casi constantes durante nuestra dilatada infancia. Una inversión tan costosa de tiempo y esfuerzo solo es posible si los vínculos de la pareja son suficientemente estables y duraderos. Del mismo modo, la amistad, que no es más que un intercambio recíproco de favores, sirve, entre otras cosas, para que otros miembros del grupo contribuyan al cuidado de las crías. Y así, sucesivamente.. Esta creciente «biologización del espíritu» no debería tampoco desanimarnos. Que las ciencias se estén interesando por estudiar fenómenos que hasta la fecha parecían más propios de las humanidades, desde la naturaleza de las metáforas, a los principios de la eufonía en el verso, son buenas noticias, porque significa que a la visión tradicional que se ha tenido de tales asuntos, que nacía, en lo fundamental, desde arriba», por resultar de un ejercicio de introspección consciente, ahora podemos agregar una visión «desde abajo», que tiene en cuenta lo que sucede en nuestro organismo cuando creamos y utilizamos dichos fenómenos… y, por lo que nos dicen artículos como el que comentamos, también cuando los disfrutamos. En realidad, la biología es otra manera, ciertamente más exacta por lo que tiene de experimental y cuantificable, de seguir indagando en la naturaleza humana, de continuar siendo fieles, como lo hemos venido siendo desde hace siglos, al dictado délfico (y luego socrático): «conócete a ti mismo». Para las humanidades, este cambio de paradigma debería constituir un revulsivo. Los humanistas llevan demasiado tiempo discutiendo las mismas cuestiones de un modo sustancialmente solipsista y, por consiguiente, poco productivo a la postre: es dudoso que se haya dicho algo nuevo sobre la naturaleza de lo bello después de Platón o de Kant, mientras que una neurociencia de los fenómenos estéticos podría suponer una genuina revolución dentro de este ámbito, no solo conceptual, sino también metodológica.. Y para quienes sienten que esta biologización del espíritu puede acabar despojando al ser humano (y al mundo) de su misterio, de su poesía, por lo que tiene de poner el foco en la materia y en sus interacciones, nada más lejos de ello, porque si algo revelan estudios como el discutido en esta tribuna, es la complejidad y sofisticación del cuerpo humano. Qué mayor misterio o qué poesía más elevada que «la polirritmia de sus contracciones y de sus dilataciones» o «la ingeniería de los pulmones, de los riñones, de la apresurada circulación», como escribía el poeta polaco Stanisław Baracazk en una de sus composiciones. La visión estética del mundo (y esto es extensible a cualquier mirada humanística sobre la realidad) puede y debe convivir con la científica. Se puede disfrutar de un cuadro de Van Ruisdael (y con más esfuerzo, de uno de Mondrian) comprendiendo a la vez el fundamento del placer estético que nos procura, aun siendo fisiológico dicho fundamento en último extremo. Es más, deberíamos disfrutar el doble: por el placer en sí que genera su contemplación y por la satisfacción que entraña entender las razones por las que sentimos tal placer. Si pensamos que algo así despoetiza nuestra interacción con el mundo, es porque seguimos presos de un dualismo anacrónico, según el cual la conciencia es patrimonio del espíritu y el cuerpo se encarga solo de mantenernos vivos. O como lo expresa otro gran poeta polaco, Józef Baran, porque seguimos concibiéndonos como seres escindidos: «arriba/Su Ilustrísima Cabeza/repleta de aristocráticas maneras/y de ideas que son de otro mundo / abajo . /la nebulosa/vida de los instintos». Y nada más lejos de la realidad.

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«Pensadores de toda condición han discutido acaloradamente acerca de la esencia de lo bello»

  

Es obvio que el verso original de Keats nos conmueve mucho más: «la belleza es verdad, la verdad es belleza». Recoge, a modo de aforismo, esa sensación que todos hemos experimentado alguna vez de que las cosas hermosas, por estar armónicamente construidas y responder, por tanto, a un diseño eficiente, han de constituir, a buen seguro, un reflejo de los principios que rigen y organizan el mundo. De ahí, entonces, que el examen de la belleza pueda ser también fuente de conocimiento, aumentando el valor de aquello que, en principio, solo estaba pensado para provocar deleite. Claro que no es una pregunta trivial por qué aquella urna griega a la que Keats dedicó su famosa oda, con sus guirnaldas, doncellas y caramillos tallados en piedra, le parecía tan hermosa al poeta inglés. Durante siglos, pensadores de toda condición han discutido acaloradamente acerca de la esencia de lo bello. De igual modo, artistas, literatos o arquitectos han reflexionado con no menos apasionamiento y no menos desacuerdo sobre la naturaleza estética de sus creaciones. Borges escribió que la belleza es un misterio que ni la psicología ni la retórica son capaces de descifrar. Pero posiblemente estaba equivocado, al menos en lo que concierne a la primera de estas disciplinas. Y es que según la neurociencia (que está reexaminando muchas cuestiones que hasta la fecha han sido patrimonio casi exclusivo de la filosofía), lo que nos parece más bello podría ser, simplemente, lo que nos cuesta menos procesar a nivel cerebral. Así, en un artículo publicado recientemente, los investigadores encontraron una correlación inversa entre el gasto energético del cerebro al mirar una imagen y la valoración estética que dicha imagen recibe por parte del sujeto que la examina. De todos modos, no está todavía muy claro si juzgamos estéticamente superior aquello que, simplemente, exige menos consumo de energía, o si nos parece bello, en cambio, lo que nos resulta más familiar y que, por el hecho de serlo, es menos exigente para nuestro cerebro. A fin de cuentas, un cuadro hermoso suele ser más canónico y, por consiguiente, más prototípico. En todo caso, que nuestro cerebro nos haga sentir placer cuando llevamos a cabo las tareas menos costosas energéticamente, reforzando así nuestra tendencia a realizarlas, tiene mucho sentido, por cuanto se trata del órgano que más energía consume del cuerpo y la visión, la actividad que más recursos demanda de las que hace el cerebro. Obviamente, el mínimo gasto energético no puede ser la única causa de la emoción estética. De ser así, lo que más valoraríamos estéticamente sería contemplar una pared en blanco (o cerrar los ojos). Cualquier estímulo, para ser apreciado, debe despertar también en nosotros un cierto interés, que a su vez suele derivar del hecho de que sea informativo o incluso complejo (y nos suponga un reto procesarlo). Lo que este estudio sugiere es que cuando el estímulo visual es demasiado complicado y el coste de procesarlo resulta excesivo, se genera un sentimiento de rechazo que nos lleva a juzgarlo antiestético y que hace que dejemos de invertir energía en su procesamiento. Así pues, y por resumir este asunto, lo que valoramos como más hermoso sería aquello que nos resulta llamativo, pero no al precio de tener que gastar demasiada energía en su contemplación. Advirtamos también que estamos hablando únicamente de percepción. Porque es bien posible educarnos para sentir placer mirando composiciones ricas en motivos muy exigentes en términos energéticos (y, por tanto, potencialmente antiestéticos, al menos a nivel perceptivo), como grupos de rayas y puntos, y acabar disfrutando de un cuadro de Kandinsky o de Pollock.. El hecho de que algo que tradicionalmente se ha considerado exclusivo del ámbito espiritual, como la belleza, tenga un fundamento fisiológico no debería sorprendernos. Nuestra mente se nutre de la información que le transmiten los sentidos, los cuales son imprescindibles para desenvolvernos con éxito en nuestro entorno y sobrevivir en él. Aunque seamos capaces de reelaborar internamente toda la información que nos proporcionan nuestros órganos sensoriales, nuestra mente es, en buena medida, nuestro cuerpo y nuestra interacción con el entorno. No pensaríamos igual (o posiblemente no pensaríamos en absoluto) si estuviésemos desconectados por completo de lo que nos rodea. En realidad, todos los comportamientos que hemos venido considerando como «superiores» y distintivos del ser humano (o que nuestra especie nuestra en mayor grado que las restantes), y que además del gusto estético incluirían, por ejemplo, el amor romántico o la amistad, no solo tienen también un fundamento biológico, sino un propósito evolutivo. Así, nos embarcamos en largas relaciones monógamas porque nacemos más desvalidos que el resto de los primates y precisamos, para llegar a la adultez, de atenciones casi constantes durante nuestra dilatada infancia. Una inversión tan costosa de tiempo y esfuerzo solo es posible si los vínculos de la pareja son suficientemente estables y duraderos. Del mismo modo, la amistad, que no es más que un intercambio recíproco de favores, sirve, entre otras cosas, para que otros miembros del grupo contribuyan al cuidado de las crías. Y así, sucesivamente.. Esta creciente «biologización del espíritu» no debería tampoco desanimarnos. Que las ciencias se estén interesando por estudiar fenómenos que hasta la fecha parecían más propios de las humanidades, desde la naturaleza de las metáforas, a los principios de la eufonía en el verso, son buenas noticias, porque significa que a la visión tradicional que se ha tenido de tales asuntos, que nacía, en lo fundamental, desde arriba», por resultar de un ejercicio de introspección consciente, ahora podemos agregar una visión «desde abajo», que tiene en cuenta lo que sucede en nuestro organismo cuando creamos y utilizamos dichos fenómenos… y, por lo que nos dicen artículos como el que comentamos, también cuando los disfrutamos. En realidad, la biología es otra manera, ciertamente más exacta por lo que tiene de experimental y cuantificable, de seguir indagando en la naturaleza humana, de continuar siendo fieles, como lo hemos venido siendo desde hace siglos, al dictado délfico (y luego socrático): «conócete a ti mismo». Para las humanidades, este cambio de paradigma debería constituir un revulsivo. Los humanistas llevan demasiado tiempo discutiendo las mismas cuestiones de un modo sustancialmente solipsista y, por consiguiente, poco productivo a la postre: es dudoso que se haya dicho algo nuevo sobre la naturaleza de lo bello después de Platón o de Kant, mientras que una neurociencia de los fenómenos estéticos podría suponer una genuina revolución dentro de este ámbito, no solo conceptual, sino también metodológica.. Y para quienes sienten que esta biologización del espíritu puede acabar despojando al ser humano (y al mundo) de su misterio, de su poesía, por lo que tiene de poner el foco en la materia y en sus interacciones, nada más lejos de ello, porque si algo revelan estudios como el discutido en esta tribuna, es la complejidad y sofisticación del cuerpo humano. Qué mayor misterio o qué poesía más elevada que «la polirritmia de sus contracciones y de sus dilataciones» o «la ingeniería de los pulmones, de los riñones, de la apresurada circulación», como escribía el poeta polaco Stanisław Baracazk en una de sus composiciones. La visión estética del mundo (y esto es extensible a cualquier mirada humanística sobre la realidad) puede y debe convivir con la científica. Se puede disfrutar de un cuadro de Van Ruisdael (y con más esfuerzo, de uno de Mondrian) comprendiendo a la vez el fundamento del placer estético que nos procura, aun siendo fisiológico dicho fundamento en último extremo. Es más, deberíamos disfrutar el doble: por el placer en sí que genera su contemplación y por la satisfacción que entraña entender las razones por las que sentimos tal placer. Si pensamos que algo así despoetiza nuestra interacción con el mundo, es porque seguimos presos de un dualismo anacrónico, según el cual la conciencia es patrimonio del espíritu y el cuerpo se encarga solo de mantenernos vivos. O como lo expresa otro gran poeta polaco, Józef Baran, porque seguimos concibiéndonos como seres escindidos: «arriba/Su Ilustrísima Cabeza/repleta de aristocráticas maneras/y de ideas que son de otro mundo / abajo . /la nebulosa/vida de los instintos». Y nada más lejos de la realidad.

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