A Londres le gusta amanecer con sobresaltos culturales. Una ciudad donde cada piedra parece tener dueño y cada monumento responde a una versión oficial de la historia sigue siendo, sin embargo, territorio fértil para la guerrilla artística de Banksy. Su última irrupción ha vuelto a producirse como mejor sabe hacerlo: de madrugada, sin aviso y dejando a la ciudad preguntándose qué demonios significa lo que acaba de aparecer.. Esta vez no ha sido un grafiti. Ha sido una estatua. Plantada en plena noche en Waterloo Place, en el corazón monumental de Westminster, la nueva obra muestra a un hombre con traje, en lo que parece ser un político, avanzando hacia delante, casi precipitándose fuera de su pedestal, con una gran bandera desplegada que le cubre completamente el rostro. Una imagen sencilla, pero cargada de electricidad política.. La firma apareció garabateada en la base. Y, como suele ocurrir con Banksy, conocido por su estilo artístico urbano, repleto de crítica y sátira, tanto social como política y cultural, confirmó horas después su autoría en Instagram. Lo hizo con un vídeo cuidadosamente construido. En él se ve la escultura siendo transportada de noche hacia su destino definitivo, mientras se intercalan imágenes de la estatua de Winston Churchill, banderas británicas, un Beefeater y uno de esos taxis negros que forman parte del ADN visual de la capital británica.. Nada en Banksy es casual. Tampoco el lugar elegido. Waterloo Place no es una calle cualquiera. Es uno de esos espacios donde la memoria oficial se exhibe en bronce y piedra. Allí conviven Edward VII, Florence Nightingale, la gran reformadora de la enfermería moderna, y el memorial a los caídos en la Guerra de Crimea. La irrupción de esta nueva figura, sin rostro y cubierta por una bandera, introduce una grieta en ese relato.. Porque esa parece ser la pregunta central de la obra: ¿qué ocurre cuando la bandera deja de representar y empieza a ocultar? Banksy siempre ha entendido algo fundamental: que el símbolo nacional es uno de los materiales más inflamables del arte político. Y en el Reino Unido de hoy, con la identidad nacional convertida en campo de batalla permanente —Brexit, inmigración, polarización política, guerra cultural—, cubrir un rostro con una bandera es un gesto que inevitablemente incomoda.. Banksy lleva años utilizando el espacio público como lugar de confrontación. Aunque su lenguaje natural sigue siendo el esténcil, la escultura no es nueva en su repertorio. Ya lo hizo en 2004 con «The Drinker», instalada en Shaftesbury Avenue, una versión ebria y descarada de «The Thinker» («El pensador») de Auguste Rodin. Como tantas de sus intervenciones, desapareció rápidamente. Lo efímero forma parte del mensaje.. También sucedió con aquel mural de diciembre en Bayswater, donde dos niños tumbados señalaban el cielo junto a la Centre Point Tower, una imagen interpretada como denuncia de la crisis de sinhogarismo. Y antes, frente a los Royal Courts of Justice, pintó a un juez golpeando con un mazo a un manifestante indefenso, en pleno debate sobre la criminalización de las protestas propalestinas. Banksy nunca llega en momentos neutros. Siempre aterriza en el punto exacto donde la tensión política ya está latiendo. Quizá por eso sigue siendo tan eficaz.. Su trayectoria ha convertido el sabotaje artístico en una forma de comentario político de alta precisión. Desde la autodestrucción de «Girl with Balloon» en plena subasta hasta «Dismaland», su parodia oscura de Disneyland, pasando por Devolved Parliament, aquella pintura donde el Parlamento británico aparecía tomado por chimpancés, vendida en subasta por más de 10 millones de euros.. Todo esto coincide, además, con el regreso de las especulaciones sobre su identidad. La agencia Reuters ha vuelto a señalar a Robin Gunningham, artista de Bristol, como el hombre detrás del mito. Una teoría antigua que reaparece una y otra vez y que él sigue negando. Su abogado insiste en que el anonimato es parte esencial de su protección. Pero también de su leyenda. Porque Banksy no es solo un artista. Es un mecanismo narrativo. Un creador que ha entendido que, en tiempos saturados de exposición, el misterio sigue siendo una forma de poder.
El artista interviene en Londres con una estatua crítica con la polarización de la sociedad británica, sumergida en la guerra cultural permanente
A Londres le gusta amanecer con sobresaltos culturales. Una ciudad donde cada piedra parece tener dueño y cada monumento responde a una versión oficial de la historia sigue siendo, sin embargo, territorio fértil para la guerrilla artística de Banksy. Su última irrupción ha vuelto a producirse como mejor sabe hacerlo: de madrugada, sin aviso y dejando a la ciudad preguntándose qué demonios significa lo que acaba de aparecer.. Esta vez no ha sido un grafiti. Ha sido una estatua. Plantada en plena noche en Waterloo Place, en el corazón monumental de Westminster, la nueva obra muestra a un hombre con traje, en lo que parece ser un político, avanzando hacia delante, casi precipitándose fuera de su pedestal, con una gran bandera desplegada que le cubre completamente el rostro. Una imagen sencilla, pero cargada de electricidad política.. La firma apareció garabateada en la base. Y, como suele ocurrir con Banksy, conocido por su estilo artístico urbano, repleto de crítica y sátira, tanto social como política y cultural, confirmó horas después su autoría en Instagram. Lo hizo con un vídeo cuidadosamente construido. En él se ve la escultura siendo transportada de noche hacia su destino definitivo, mientras se intercalan imágenes de la estatua de Winston Churchill, banderas británicas, un Beefeater y uno de esos taxis negros que forman parte del ADN visual de la capital británica.. Nada en Banksy es casual. Tampoco el lugar elegido. Waterloo Place no es una calle cualquiera. Es uno de esos espacios donde la memoria oficial se exhibe en bronce y piedra. Allí conviven Edward VII, Florence Nightingale, la gran reformadora de la enfermería moderna, y el memorial a los caídos en la Guerra de Crimea. La irrupción de esta nueva figura, sin rostro y cubierta por una bandera, introduce una grieta en ese relato.. Porque esa parece ser la pregunta central de la obra: ¿qué ocurre cuando la bandera deja de representar y empieza a ocultar? Banksy siempre ha entendido algo fundamental: que el símbolo nacional es uno de los materiales más inflamables del arte político. Y en el Reino Unido de hoy, con la identidad nacional convertida en campo de batalla permanente —Brexit, inmigración, polarización política, guerra cultural—, cubrir un rostro con una bandera es un gesto que inevitablemente incomoda.. Banksy lleva años utilizando el espacio público como lugar de confrontación. Aunque su lenguaje natural sigue siendo el esténcil, la escultura no es nueva en su repertorio. Ya lo hizo en 2004 con «The Drinker», instalada en Shaftesbury Avenue, una versión ebria y descarada de «The Thinker» («El pensador») de Auguste Rodin. Como tantas de sus intervenciones, desapareció rápidamente. Lo efímero forma parte del mensaje.. También sucedió con aquel mural de diciembre en Bayswater, donde dos niños tumbados señalaban el cielo junto a la Centre Point Tower, una imagen interpretada como denuncia de la crisis de sinhogarismo. Y antes, frente a los Royal Courts of Justice, pintó a un juez golpeando con un mazo a un manifestante indefenso, en pleno debate sobre la criminalización de las protestas propalestinas. Banksy nunca llega en momentos neutros. Siempre aterriza en el punto exacto donde la tensión política ya está latiendo. Quizá por eso sigue siendo tan eficaz.. Su trayectoria ha convertido el sabotaje artístico en una forma de comentario político de alta precisión. Desde la autodestrucción de «Girl with Balloon» en plena subasta hasta «Dismaland», su parodia oscura de Disneyland, pasando por Devolved Parliament, aquella pintura donde el Parlamento británico aparecía tomado por chimpancés, vendida en subasta por más de 10 millones de euros.. Todo esto coincide, además, con el regreso de las especulaciones sobre su identidad. La agencia Reuters ha vuelto a señalar a Robin Gunningham, artista de Bristol, como el hombre detrás del mito. Una teoría antigua que reaparece una y otra vez y que él sigue negando. Su abogado insiste en que el anonimato es parte esencial de su protección. Pero también de su leyenda. Porque Banksy no es solo un artista. Es un mecanismo narrativo. Un creador que ha entendido que, en tiempos saturados de exposición, el misterio sigue siendo una forma de poder.
Noticias de cultura en La Razón
