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  Cultura  Juvenal: Netflix et Circenses
Cultura

Juvenal: Netflix et Circenses

13 de abril de 2026
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“Panem et circenses” (pan y circo). Así resume el viejo Juvenal, en sus «Sátiras», la postración espiritual del pueblo romano de época imperial, una masa aborregada a la que el poder tenía totalmente sumisa e inerme merced a las dádivas y a los juegos: entre el reparto de la porción de trigo que le toca a cada cual y los espectáculos de gladiadores y carreras, se olvidaba cualquier inquietud intelectual o política, todo intento de resistir a un poder total. Parece una constante histórica, cuando el potentado de turno quiere anular al pueblo y hacerse con sus favores, el recurso a este sometimiento mediante la promoción de un ocio torpe y embrutecedor.. De hecho, esa expresión del poeta romano Juvenal pronto se popularizó para designar una suerte de despotismo (no precisamente ilustrado) con el que el gobernante de turno se complace entretener a la gente a través de diversas estrategias que se centran principalmente su vulgarización y degradación por el entretenimiento: y no es precisamente el concepto de ocio elevado –”otium cum dignitate”, el “otium” frente al “negotium”– de clásicos como Cicerón o Séneca a través de la cultura, las artes y la responsabilidad cívica (los griegos hablaban del ocio con la palabra “scholé”, que dará luego en castellano “escuela”, frente al trabajo o “no-ocio”, la “ascholía”). No, el poder controlador prefiere someternos a un ocio siempre anulador del pensamiento y la sensibilidad, como el representado por el circo y el hipódromo en la antigüedad romana, además del subsidio alimenticio a la plebe. Pan y circo.. Preferencias dirigidas. Luego, la España ilustrada, que quería hacer despertar al pueblo frente al antiguo régimen y que progresara, actualizó la expresión con el lema “pan y toros”, atribuido a Jovellanos (pero seguramente de León de Arroyal), que, ciertamente, tenía la misma intención (hubo una zarzuela de Barbieri con ese nombre). En lo moderno, se volvió a adaptar, bajo el franquismo, como “pan y fútbol”: espectáculos, bienestar económico básico, cero preguntas… ¿Y hoy día? Ahora el control social se ejerce explotando la individualidad y el aislamiento, nos quieren a cada uno en nuestras pantallas, en casa o en el metro, entre ficciones aislantes que se ven con oprimentes auriculares: ya ni siquiera es un espectáculo compartido, en torno a una sola lumbre catódica. Hoy Juvenal habría hablado de “Netflix et circenses”, o sea, Netflix y circo (¿el pan sería una renta básica soñada?), con lo que un poder difuso nos da alimento de fácil consumo y calidad mediocre.. En ese espectáculo puede que haya algo de factura técnica, pero nula en lo artístico, y se elabora quienes no quieren complicarse ni pensar cosas diferentes a las que las grandes corporaciones y sus servidores –nuestros poderes públicos– quieren que pensemos. Perdemos el áureo tiempo viendo series –pasatiempo actual favorito– salvo que estas sean obras maestras: que las hay, pero pocas. Los argumentos quintaesenciales de la narrativa patrimonial se encuentran a menudo reflejados en esas producciones de calidad, como han estudiado en sendos libros los expertos en narrativa audiovisual Jordi Balló y Xavier Pérez: sobre el cine, “La semilla inmortal” indaga en varios motivos eternos, como el héroe que busca su regreso, la venganza o el amor destructor; sobre las series, “Yo ya he estado aquí”, habla de la mejor serialidad, desde la “sitcom” a las series épicas, desde «Los Soprano» a «The Wire».. Sin embargo, la mayoría de series que vemos en las plataformas son productos de consumo de ínfima calidad, hechos sobre moldes viejos y reutilizados, guiones simplistas que ahora además apestan a la IA, que estira el argumento para que los consumamos sin parar: estrategias burdas, personajes y tramas hueros, adictiva sucesión automática de episodios, supresión de títulos de crédito y demás trucos nos privan del disfrute de otro ocio más productivo o creativo, además de apartarnos de la vida social, familiar o de pareja: ¿no sería mejor leer, ir al cine, teatro y ópera, al parque, al polideportivo, jugar con los hijos? Las inacabables series privan de mucha vida, desde la social a la interior. Los algoritmos que lo dominan todo indagan en nuestros gustos y nos proponen nuevas series que abundan en nuestros sesgos y opiniones y que desarrollan los aspectos más superficiales (o a veces nocivos) de nuestra personalidad, sin desarrollarla o desafiarla: una tras otra las vemos, una tras otras las olvidamos, tras entumecer nuestras almas. Consumimos tantas que se convierten en un placebo de vida, de arte: atrofian tantas cosas que deberían emocionarnos…. Netflix y circo: píldoras fáciles que nos da la todopoderosa corporación de corporaciones que nos gobierna y nos hace olvidar, después de un día agotador, lo que era dormir tranquilamente o leer antes de conciliar el sueño, hacer el amor con la pareja, contar un cuento a los hijos y tantas otras cosas. La plataforma es red de redes que nos atrapa, puro canto de sirena… Hay excepciones, claro: verán buen cine de autor en varias (Filmin y otras): ¡cuánto mejor repasar la filmografía de los grandes, aunque sea a fragmentos, si nos vence el sueño, antes que vendernos a cualquier subproducto serial! La creatividad auténtica, por cierto, no sabe de señuelos, estereotipos, cuotas étnicas o sexuales, la narrativa y el arte en serio no responde a ningún corsé o dirigismo, ni comercial ni ideológico: a esos subproductos se les ve demasiado ve el cartón. Mejor no perdernos en sus inmensos catálogos, que ni en varias vidas podríamos agotar: como si fuéramos inversores, mejor que en valores volátiles y pasajeros, conviene poner nuestro capital temporal en lo que es estable y perenne, en los temas universales, más allá de toda especulación o manipulación que el poder nos quiera vender: inviertan en clásicos –literatura, cine, arte…– que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir” (Calvino)

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El satírico autor romano resulta muy oportuno para analizar de forma crítica el ocio embrutecedor que nos inoculan las grandes corporaciones

  

“Panem et circenses” (pan y circo). Así resume el viejo Juvenal, en sus «Sátiras», la postración espiritual del pueblo romano de época imperial, una masa aborregada a la que el poder tenía totalmente sumisa e inerme merced a las dádivas y a los juegos: entre el reparto de la porción de trigo que le toca a cada cual y los espectáculos de gladiadores y carreras, se olvidaba cualquier inquietud intelectual o política, todo intento de resistir a un poder total. Parece una constante histórica, cuando el potentado de turno quiere anular al pueblo y hacerse con sus favores, el recurso a este sometimiento mediante la promoción de un ocio torpe y embrutecedor.. De hecho, esa expresión del poeta romano Juvenal pronto se popularizó para designar una suerte de despotismo (no precisamente ilustrado) con el que el gobernante de turno se complace entretener a la gente a través de diversas estrategias que se centran principalmente su vulgarización y degradación por el entretenimiento: y no es precisamente el concepto de ocio elevado –”otium cum dignitate”, el “otium” frente al “negotium”– de clásicos como Cicerón o Séneca a través de la cultura, las artes y la responsabilidad cívica (los griegos hablaban del ocio con la palabra “scholé”, que dará luego en castellano “escuela”, frente al trabajo o “no-ocio”, la “ascholía”). No, el poder controlador prefiere someternos a un ocio siempre anulador del pensamiento y la sensibilidad, como el representado por el circo y el hipódromo en la antigüedad romana, además del subsidio alimenticio a la plebe. Pan y circo.. Luego, la España ilustrada, que quería hacer despertar al pueblo frente al antiguo régimen y que progresara, actualizó la expresión con el lema “pan y toros”, atribuido a Jovellanos (pero seguramente de León de Arroyal), que, ciertamente, tenía la misma intención (hubo una zarzuela de Barbieri con ese nombre). En lo moderno, se volvió a adaptar, bajo el franquismo, como “pan y fútbol”: espectáculos, bienestar económico básico, cero preguntas… ¿Y hoy día? Ahora el control social se ejerce explotando la individualidad y el aislamiento, nos quieren a cada uno en nuestras pantallas, en casa o en el metro, entre ficciones aislantes que se ven con oprimentes auriculares: ya ni siquiera es un espectáculo compartido, en torno a una sola lumbre catódica. Hoy Juvenal habría hablado de “Netflix et circenses”, o sea, Netflix y circo (¿el pan sería una renta básica soñada?), con lo que un poder difuso nos da alimento de fácil consumo y calidad mediocre.. En ese espectáculo puede que haya algo de factura técnica, pero nula en lo artístico, y se elabora quienes no quieren complicarse ni pensar cosas diferentes a las que las grandes corporaciones y sus servidores –nuestros poderes públicos– quieren que pensemos. Perdemos el áureo tiempo viendo series –pasatiempo actual favorito– salvo que estas sean obras maestras: que las hay, pero pocas. Los argumentos quintaesenciales de la narrativa patrimonial se encuentran a menudo reflejados en esas producciones de calidad, como han estudiado en sendos libros los expertos en narrativa audiovisual Jordi Balló y Xavier Pérez: sobre el cine, “La semilla inmortal” indaga en varios motivos eternos, como el héroe que busca su regreso, la venganza o el amor destructor; sobre las series, “Yo ya he estado aquí”, habla de la mejor serialidad, desde la “sitcom” a las series épicas, desde «Los Soprano» a «The Wire».. Sin embargo, la mayoría de series que vemos en las plataformas son productos de consumo de ínfima calidad, hechos sobre moldes viejos y reutilizados, guiones simplistas que ahora además apestan a la IA, que estira el argumento para que los consumamos sin parar: estrategias burdas, personajes y tramas hueros, adictiva sucesión automática de episodios, supresión de títulos de crédito y demás trucos nos privan del disfrute de otro ocio más productivo o creativo, además de apartarnos de la vida social, familiar o de pareja: ¿no sería mejor leer, ir al cine, teatro y ópera, al parque, al polideportivo, jugar con los hijos? Las inacabables series privan de mucha vida, desde la social a la interior. Los algoritmos que lo dominan todo indagan en nuestros gustos y nos proponen nuevas series que abundan en nuestros sesgos y opiniones y que desarrollan los aspectos más superficiales (o a veces nocivos) de nuestra personalidad, sin desarrollarla o desafiarla: una tras otra las vemos, una tras otras las olvidamos, tras entumecer nuestras almas. Consumimos tantas que se convierten en un placebo de vida, de arte: atrofian tantas cosas que deberían emocionarnos…. Netflix y circo: píldoras fáciles que nos da la todopoderosa corporación de corporaciones que nos gobierna y nos hace olvidar, después de un día agotador, lo que era dormir tranquilamente o leer antes de conciliar el sueño, hacer el amor con la pareja, contar un cuento a los hijos y tantas otras cosas. La plataforma es red de redes que nos atrapa, puro canto de sirena… Hay excepciones, claro: verán buen cine de autor en varias (Filmin y otras): ¡cuánto mejor repasar la filmografía de los grandes, aunque sea a fragmentos, si nos vence el sueño, antes que vendernos a cualquier subproducto serial! La creatividad auténtica, por cierto, no sabe de señuelos, estereotipos, cuotas étnicas o sexuales, la narrativa y el arte en serio no responde a ningún corsé o dirigismo, ni comercial ni ideológico: a esos subproductos se les ve demasiado ve el cartón. Mejor no perdernos en sus inmensos catálogos, que ni en varias vidas podríamos agotar: como si fuéramos inversores, mejor que en valores volátiles y pasajeros, conviene poner nuestro capital temporal en lo que es estable y perenne, en los temas universales, más allá de toda especulación o manipulación que el poder nos quiera vender: inviertan en clásicos –literatura, cine, arte…– que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir” (Calvino)

 

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