Una experiencia límite como corresponsal de guerra en Kosovo cambió la vida de Josep M. Palau. Solo después de un año sabático viajando por América Latina entendió que desde entonces quería contar la vida en positivo, alejado de las trincheras del periodismo de guerra para enfocarse en el relato de viajes. Muchos años después de aquel punto de inflexión, mantiene el espíritu inquieto en su nuevo libro “Mi madre se convirtió en pájaro” (editorial Viajes al pasado), en el que narra un viaje que le llevó a lo más profundo del Amazonas, a la reserva peruana del Manu, una de las zonas más protegidas y misteriosas del planeta.. Allí encontró que lo extraordinario es una rutina de belleza inagotable. «Tienes árboles que caminan, gente que considera maravilloso tener una serpiente en casa que hace las funciones del gato, y ríos voladores, que son corrientes de aire húmeda que viajan por toda América Latina y regulan el clima», relató durante la presentación en Pangea (Madrid) ante un auditorio curioso por conocer todos los detalles del libro, del viaje y de tan sugerente título. Un título que surgió durante el encuentro de Palau con un insólito chamán -ingeniero de formación, curandero de vocación- que le contó con total naturalidad que su madre había ido al río y se había convertido en pájaro. «Es una explicación que bueno, hay que reflexionarla y no tomarla en sentido literal», dijo el autor entre las risas cómplices del público.. Palau advirtió que «este libro no es una guía práctica ni un manual para el visitante» sino una vivencia personal en la que se cuela una reflexión sobre el futuro del planeta y la fragilidad de este paisaje sobrecogedor que es también un regulador climático en peligro. Ofreció al respecto un dato revelador. El Amazonas ha perdido un 18% de la masa forestal, pero lo peor ocurrirá el día en que se alcance la barrera del 25%. “Entonces habremos llegado a un punto de no retorno”, advirtió. «A la que hayamos cortado cuatro árboles más, esos ríos voladores y ese clima ya van a cambiar del todo».. El periodista -director de la revista “Viajar”- dijo haberse sentido un «invitado torpe» en el “ecosistema” amazónico en el que todo escapa al control humano, y donde la frontera entre lo natural y lo sobrenatural es inexistente. «Llegas a ese mundo salvaje que nunca vas a dominar y donde siempre te sientes como un intruso. Esa sensación de tener que parar, de quitarte los relojes y de decir: ¡uf!, estoy en un terreno absolutamente incontrolable».. Allí trabó contacto con los Machiguengas, un pueblo indígena ancestral peruano, y conoció el caso de un nativo que tras integrarse en la vida urbana decidió regresar “con su familia a la espesura de la selva, a las profundidades del bosque”, ya que se había sentido inútil fuera de su entorno. “Nuestra civilización siempre es un problema antes que una solución para estas etnias”, afirmó. El periodista también alertó sobre los riesgos del turismo irresponsable -como organizar viajes para descubrir comunidades no contactadas- y recordó que gestos aparentemente inocentes -como regalar ropa- pueden tener consecuencias nefastas por las infecciones.. Tirando de ironía, Palau desmontó la imagen de postal que existe en torno al consumo de la ayahuasca. «La gente se imagina que esto es como llegar a un lugar y salir de cañas con los amigos», dijo. Para él, este ritual forma parte de una cosmogonía y una sabiduría tradicional de sanación. «La experiencia física es cualquier cosa menos placentera», advirtió.. La búsqueda de ciudades perdidas es otro de los motores que alimentan la fascinación por el Amazonas. Lo más cercano a el Dorado que Palau encontró fue un lugar remoto formado por paredes de hasta 30 metros de altura cubiertas de grabados «extrañísimos», los petroglifos de Pusharo. Su olfato le dijo que «aquello era una construcción” y que “ahí había algo» misterioso e insondable.. ¿Te cambian los viajes?, le preguntaron. «Todos los días te cambian de alguna manera”, respondió quitando gravedad al debate. En cualquier caso, defendió que viajar es una herramienta de autoconocimiento, y reivindicó la humildad del viajero: “Eres un visitante y tienes que ser respetuoso”. No vale, por tanto, ni la apropiación cultural ni la identificación superficial con las comunidades visitadas: “Ellos han nacido y vivido allí, para ti es una experiencia que luego tiene un billete de vuelta. Vestirte de tuareg no te convierte en tuareg”.
El periodista narra en su nuevo libro la convivencia con comunidades indígenas en la reserva peruana del Manu
Una experiencia límite como corresponsal de guerra en Kosovo cambió la vida de Josep M. Palau. Solo después de un año sabático viajando por América Latina entendió que desde entonces quería contar la vida en positivo, alejado de las trincheras del periodismo de guerra para enfocarse en el relato de viajes. Muchos años después de aquel punto de inflexión, mantiene el espíritu inquieto en su nuevo libro “Mi madre se convirtió en pájaro” (editorial Viajes al pasado), en el que narra un viaje que le llevó a lo más profundo del Amazonas, a la reserva peruana del Manu, una de las zonas más protegidas y misteriosas del planeta.. Allí encontró que lo extraordinario es una rutina de belleza inagotable. «Tienes árboles que caminan, gente que considera maravilloso tener una serpiente en casa que hace las funciones del gato, y ríos voladores, que son corrientes de aire húmeda que viajan por toda América Latina y regulan el clima», relató durante la presentación en Pangea (Madrid) ante un auditorio curioso por conocer todos los detalles del libro, del viaje y de tan sugerente título. Un título que surgió durante el encuentro de Palau con un insólito chamán -ingeniero de formación, curandero de vocación- que le contó con total naturalidad que su madre había ido al río y se había convertido en pájaro. «Es una explicación que bueno, hay que reflexionarla y no tomarla en sentido literal», dijo el autor entre las risas cómplices del público.. Palau advirtió que «este libro no es una guía práctica ni un manual para el visitante» sino una vivencia personal en la que se cuela una reflexión sobre el futuro del planeta y la fragilidad de este paisaje sobrecogedor que es también un regulador climático en peligro. Ofreció al respecto un dato revelador. El Amazonas ha perdido un 18% de la masa forestal, pero lo peor ocurrirá el día en que se alcance la barrera del 25%. “Entonces habremos llegado a un punto de no retorno”, advirtió. «A la que hayamos cortado cuatro árboles más, esos ríos voladores y ese clima ya van a cambiar del todo».. El periodista -director de la revista “Viajar”- dijo haberse sentido un «invitado torpe» en el “ecosistema” amazónico en el que todo escapa al control humano, y donde la frontera entre lo natural y lo sobrenatural es inexistente. «Llegas a ese mundo salvaje que nunca vas a dominar y donde siempre te sientes como un intruso. Esa sensación de tener que parar, de quitarte los relojes y de decir: ¡uf!, estoy en un terreno absolutamente incontrolable».. Allí trabó contacto con los Machiguengas, un pueblo indígena ancestral peruano, y conoció el caso de un nativo que tras integrarse en la vida urbana decidió regresar “con su familia a la espesura de la selva, a las profundidades del bosque”, ya que se había sentido inútil fuera de su entorno. “Nuestra civilización siempre es un problema antes que una solución para estas etnias”, afirmó. El periodista también alertó sobre los riesgos del turismo irresponsable -como organizar viajes para descubrir comunidades no contactadas- y recordó que gestos aparentemente inocentes -como regalar ropa- pueden tener consecuencias nefastas por las infecciones.. Tirando de ironía, Palau desmontó la imagen de postal que existe en torno al consumo de la ayahuasca. «La gente se imagina que esto es como llegar a un lugar y salir de cañas con los amigos», dijo. Para él, este ritual forma parte de una cosmogonía y una sabiduría tradicional de sanación. «La experiencia física es cualquier cosa menos placentera», advirtió.. La búsqueda de ciudades perdidas es otro de los motores que alimentan la fascinación por el Amazonas. Lo más cercano a el Dorado que Palau encontró fue un lugar remoto formado por paredes de hasta 30 metros de altura cubiertas de grabados «extrañísimos», los petroglifos de Pusharo. Su olfato le dijo que «aquello era una construcción” y que “ahí había algo» misterioso e insondable.. ¿Te cambian los viajes?, le preguntaron. «Todos los días te cambian de alguna manera”, respondió quitando gravedad al debate. En cualquier caso, defendió que viajar es una herramienta de autoconocimiento, y reivindicó la humildad del viajero: “Eres un visitante y tienes que ser respetuoso”. No vale, por tanto, ni la apropiación cultural ni la identificación superficial con las comunidades visitadas: “Ellos han nacido y vivido allí, para ti es una experiencia que luego tiene un billete de vuelta. Vestirte de tuareg no te convierte en tuareg”.
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