Existía una idea embalada y ansiosa que correteaba desde hacía tiempo por ese territorio con vocación universalista de arcadias visuales, cotidianidades embellecidas y dignidades evocadas que constituyen los sueños y la cabeza de José Luis Guerín. Una idea cuyo nacimiento primigenio se remonta a un día cualquiera de 1977 (momento en el que el director pisó por primera vez ese lugar todavía desconocido mientras acompañaba a un amigo a hacer unas encuestas para el Partido Socialista de Cataluña), una idea en apariencia sencilla, elemental, evidente, pero igualmente estimulante en términos creativos que permitió al maestro sembrar el germen de un impulso que posteriormente desembocaría en algo mayor y que remite al siguiente pensamiento: todas las ciudades en algún momento fueron construidas sobre el campo.. «Esto que parece tan simple, es una realidad muy elocuente en Vallbona y algo que conecta con el mundo entero. Ninguna ciudad escapa a ese conflicto que se ha vivido en algún momento entre civilización y naturaleza», introduce en entrevista con este periódico el cineasta, experto en el manejo virtuoso de los géneros fronterizos, aludiendo al origen que sustenta el surgimiento del barrio periférico que cartografía con afinamiento etnográfico en su último y monumental trabajo, «Historias del buen valle», y detrás de cuya coproducción con agentes franceses se encuentra la productora de Jonás Trueba (dueño de una mirada y energía que dialogan de manera perfecta con las de Guerín) y Javier Lafuente, Los Ilusos Films. «Cuando me hicieron una propuesta en el MACBA para hacer un trabajo en un espacio expositivo sobre este barrio utilizado un poco como espacio de descartes del centro de Barcelona, encontré aspectos como este que me interesaron mucho y que me llevaron a ir soñando ya un largo. Pronto se abrió mi apetito por seguir desarrollando, más allá del encargo que había recibido, y convertir mi investigación en una película».. Guerín vuelve a ejercer aquí sus cualidades sobresalientes de podador de belleza, despojando de todo exceso o capa accesoria y reiterativa al movimiento vivo de la convivencia vecinal entre los integrantes del barrio, para dotar a todo ese compendio de imágenes delicadas y puras que se ilustran mediante la utilización de pausas y silencios al servicio de los tiempos que rigen la realidad de las cosas, de una significación humanista que va más allá de la limitación del registro o del simple formato documental. «Cada vez que hay problemas en los núcleos urbanos se evacúan llevándolos a la periferia. En los años 80 hubo poblados gitanos muy importantes que causaban problemas en barrios y se solucionaba trasladándolos a Vallbona. Es decir, que se ha utilizado un poco como espacio de descartes del centro. Sin embargo ellos para obtener los servicios más elementales que damos por descontados en una ciudad tuvieron que luchar mucho. Este lugar es un resultado de reivindicaciones vecinales. El alcantarillado lo construyeron ellos mismos en los días de fiesta. Digamos que hay una especie de sentimiento de deuda con un barrio completamente invisibilizado. La gente de Barcelona que sale hacia el norte, hacia las localidades de veraneo más frecuentadas de la Costa Brava, Gerona o el Ampurdán, siempre cruza por ese barrio sin saber que está cruzando un sitio en el que vive gente, porque está oculto por paneles publicitarios que parecen más concebidos para tapar que para ver», concede.. Sin evitar una mirada conscientemente moral sobre el objeto de filmación –en este caso, las transformaciones estructurales y los cambios sociales experimentados en este reducto de la periferia donde las luchas vecinales y los pulsos por la supervivencia de sus habitantes conviven con los rituales asociativos de acompañamiento prácticamente desaparecidos de los epicentros de los espacios urbanos–, el realizador procura a todas estas personas que conforman el tejido social de los márgenes de Vallbona una dignidad extensible a los personajes y espacios presentes en otras de sus cintas como «En construcción», donde la rehabilitación del barrio de El Raval en Barcelona opera como escenario de cambio. Nos sentamos frente al maestro para desgranar las consecuencias de estos cambios en uno de los interiores habilitados de la Cineteca y conversar sin prisa, sin estrechamientos, sin histerias o imposturas.. Hay en la Vallbona que reflejas una preservación del ritual colectivo relacionado con nuestros vínculos vecinales que dista mucho de lo que podemos encontrar ahora mismo en las ciudades. ¿Crees que progresivamente esos lazos se pueden llegar a extinguir hasta el punto de no saber quién vive en la puerta de al lado?. Me aterra la pérdida de tejido social que en buena medida garantizaban los pequeños comercios familiares tradicionales y que han desaparecido al reemplazarse por las grandes franquicias comerciales, los Starbucks Coffee de turno… etc. Es muy distinto que en un bar te conozcan como vecino y a veces te traten por tu propio nombre que ir a una de esas cadenas donde jamás sabrán quién eres. Cuando filmé mi película “En construcción”, por ejemplo, varias escenas se desarrollaban en la calle entre vecinos que hablaban. Fíjate que cosa tan sencilla. Pues creo que es muy difícil encontrar eso ahora. El espacio público en Europa ha enmudecido enormemente y vivimos inmersos en ese desplazamiento de lo que podría ser la vida popular hacia las periferias. Aún así te diría que en Vallbona la mayoría de problemáticas y formas de vida de los vecinos son homologables a las del centro de la ciudad, porque la realidad que vive como ciudad dormitorio es mayoritaria. Hay muchos vecinos que llegan por las políticas de protección de vivienda social, por desahucios o personas jóvenes que viven ahí porque no pueden pagar un alquiler en el centro. No tienen ningún arraigo ni conocimiento del barrio y en ese sentido es muy parecido a lo que sucede en el resto de la ciudad. Sin embargo yo me he centrado sobre todo en aquellos personajes que mantienen un vínculo con el barrio, que dan una apropiación a los espacios asilvestrados y que crean unas formas de vida que ya no existen en el centro. Ese comercio de franquicias, ese turismo depredador y despiadado ha transformado mucho la forma de relacionarnos con y dentro de la ciudad. Es otro de los temas que me apasionan: cómo el urbanismo y la arquitectura condicionan las relaciones humanas.. «La identidad, si está viva, cambia cada día. Esa es su principal consecuencia». José Luis Guerín. ¿Concibes como director un tipo de cine que no esté necesariamente atravesado por un componente moral?. Creo que no, porque es una consecuencia de una forma de mirar, y siempre te debes a una moral. Es muy distinto por ejemplo la moral que se deriva de una película como «En la ciudad de Sylvia» o «Tren de sombras», que están mucho más imbricadas en problemáticas sociales muy comunes y que la gente reconoce enseguida. Pero eso no quiere decir que las otras películas estén para mí desprovistas de moral. Me pongo muy alerta ante el “neomoralismo” y el fariseísmo actuales, hay actitudes moralistas que me agitan sobremanera, y que para mí son todo lo contrario a la moral.. Dentro del contexto cinematográfico, te refieres.. Sí, sí. Me ocurre una cosa y es que en el cine, lo que yo valoro como espectador ante todo es que exista un sentimiento de verdad derivado de lo que siente el cineasta y lo que muestra. Aunque esté a las antípodas ideológicas de mis ideas, pero si yo siento esa verdad, me acaba traspasando y creo que en general siempre he sido muy sensible a esta circunstancia. Sin embargo, muchísimas veces, ante muchísimas películas, siento voluntades forzadas para gustar, para ser aceptado, para estar de acuerdo con los códigos morales de cada momento. Percibo una pérdida de ese sentimiento de verdad que es lo que me hace feliz como espectador.. ¿Serías capaz de identificar la última vez que sentiste eso?. Siempre me pasa, yo creo que estos son los problemas de las neuronas cuando has pasado los 60 años, que cuando me preguntan, ¿y qué es lo último que has visto? Pum, me quedo frente a la hoja en blanco -asume entre risas-. Seguro que hay algunas mucho más recientes, pero pienso en las películas que hizo en Irán Abbas Kiarostami como “Dónde está la casa de mi amigo”, ahí siento esa verdad. O en “El sol del membrillo”, de Víctor Erice, también me llega.. «Como director necesito hacer abstracción y seguir pensando el cine tal como yo lo sueño». José Luis Guerín. ¿La pausa, como herramienta formal en el cine, se ha convertido en un privilegio?. La pausa y el silencio. Precisamente aquel bello aforismo de Bresson lo resumía muy bien diciendo que “el cine sonoro ha inventado el silencio”. El detenimiento, la respiración que te da una película, incluso la intriga o el suspense que puede contener ese mismo silencio era algo que en el cine mudo no existía. Si hoy en día mantienes un silencio un poco largo en una película, enseguida notarás que hay espectadores que tosen. Y esas toses no son fruto de un resfriado sobrevenido, sino que son un mecanismo psicológico para enfrentarse al silencio, que se siente como una amenaza casi. Para mí sin pausa no hay composición posible y entiendo el cine sobre todo como una composición. Hay que hacer abstracción de estas cosas, porque si eres muy consciente de ello, tendrá un efecto inmovilizador en el resultado de lo que quieres mostrar. Por ejemplo, la oscuridad, la penumbra, para mí es también un momento muy privilegiado del cine. Muchos directores de fotografía manifiestan que probablemente donde mejor muestran su arte, su destreza, es en el claro oscuro. Ahora bien, si juegas con las penumbras, los claroscuros, incluso un fundido a negro lento… visto en el ordenador es un horror, porque la oscuridad solo existe en la sala de cine. ¿Qué ves en el ordenador cuando hay oscuridad? Un reflejo de tu rostro, de las ventanas de tu casa. Ese tipo de ideas, si las piensas, te detienen como cineasta, porque la mayoría de miradas proyectadas en tu trabajo que vas a tener no van a ser en salas, sino en plataformas y pantallas domésticas. Entonces como director necesito hacer abstracción y seguir pensando el cine tal como yo lo sueño.. Y las frecuencias o ritmos de esos sueños seguro que no se parecen nada a los practicados hoy en día por las generaciones más jóvenes a los que les cuesta o directamente resulta imposible contemplar una película de dos horas de duración sin mirar el móvil.. Tengo claro que, si te dicen que los jóvenes ahora no pueden estar concentrados más de tres minutos, no voy a intentar competir con las redes para hacer un cine histérico que les mantenga pendiente y concentrada la mirada. Es una obligación moral estar ahí resistiendo y precisamente la función que tiene el cine, yo creo, es la de actuar como contrapoder frente a las redes sociales. Reivindicar otro tiempo, otra meditación. A mí me parece una falta de respeto con el mundo, con la sociedad, la gente que pone paridas constantemente en las redes, que vomita cada día insultos, algo que no ha pasado por ningún filtro de reflexión. Una total falta de respeto con los otros. Y el cine tiene ese privilegio de tener otro tiempo que te permite elaborar más, pensar que las formas con las que trabajas responden a un pensamiento más profundo. Sobre todo, dar la réplica rotunda al esquematismo que promueven las redes en las que una persona queda catalogada con una única categoría. Un ser humano, que es un pozo sin fondo, queda reducido a un juicio, a un prejuicio, a un insulto o a una alabanza de una única categoría. Es una locura si lo piensas. El cine tiene el deber moral, en mi opinión, de devolver la complejidad de la realidad y eso pasa por evitar el cine discursivo, porque a menudo el cine que privilegia el discurso somete la riqueza de la realidad a una simple lógica de representación, reduce la realidad para que sirva sólo como ilustración de un discurso. Yo como cineasta necesito ver la realidad con su belleza, porque siempre contiene muchos matices, muchas contradicciones, muchas ambigüedades.. «El cine que privilegia el discurso, somete la riqueza de la realidad a una simple lógica de representación». José Luis Guerín. Cuando recibiste el premio en la última edición del Festival de San Sebastián, mentaste una frase de Pizarnik con referencia a lo que significaba para ella la patria. «Mi única patria es mi memoria y no tiene himnos». ¿Desde qué lugar dirías que te relacionas con los recuerdos?. Vivo de ellos, ¿no? -sonríe flexible-. No sé interpretar el presente que veo sin acudir a mi memoria y a las cosas que he aprendido de la historia. Y sí que observo con un poco de preocupación a una serie de cineastas muy jóvenes para quienes no existe la historia del cine, por ejemplo, por ceñirnos ya al ámbito puramente cinematográfico. Incluso a veces veo que titulan sus películas con títulos de películas que ya existen. Quizás para mí ahí está la frontera entre lo que separa el audiovisual del cine: no sería una cuestión ni de formato ni de soporte, sino de una manera de pensar que tiene que ver con la asunción de ese legado cultural que es la historia del cine. A veces veo películas de jóvenes cineastas donde siento que a lo mejor no han visto muchas películas, pero que tienen el ADN ya de ese legado cultural que está sumido, frente a otras en donde observo que no existe para nada el pensamiento cinematográfico, donde veo que el espejo en el que se mira es en el de las series y en el de la televisión. Veo muy claramente esto. Quiénes son más del audiovisual y quiénes son más del cine.. Llevándonos ese concepto de memoria a la propia configuración de tu cine y a la integración que haces de ella en tus películas (“Historias del buen valle” vuelve a ser un gran ejemplo de ello), ¿de dónde nace esta suerte de obsesión por la observación de lugares que antes eran de una manera y ahora, víctimas erosionadas de las consecuencias del paso del tiempo, son de otra?. Me sale así, es decir, que no hay nada premeditado de cómo voy a abordarlo, sino que el peso del pasado se instala de una manera muy orgánica en mis películas. Me parece también que para dar una visión consolidada del presente, la propuesta debe contener las huellas y los indicios del pasado que lo hicieron posible, ¿no? Fíjate que cuando hacía el casting con los personajes para hacer “Historias del buen valle”, la frase que más me repetían los vecinos era siempre la de que había llegado demasiado tarde, que la historia del barrio ya había pasado. Por todas esas luchas que hemos mencionado antes. Pero yo entendía sobre todo la importancia de mi cámara, de mis herramientas para capturar el presente sabiendo que ese presente debe contener necesariamente signos del pasado y también intentar dotarle de los indicios del futuro. Pero bueno, también es que soy… -confiesa reflexivo-, supongo que tengo una tendencia melancólica que hace que tenga un peso desproporcionado esto del pasado en mi cine.. «Supongo que tengo una tendencia melancólica que hace que tenga un peso desproporcionado esto del pasado en mi cine». José Luis Guerín. Hay quien llamaría a eso nostalgia.. Algo que sin duda siento que está ontológicamente presente en la propia invención del cinematógrafo. Su cualidad más extraña para mí sigue siendo la de capturar y preservar trocitos de tiempo. El tiempo se fuga, se escapa. Al final, toda película acaba siendo esto: un testimonio del tiempo fugaz que ya pasó. Quizá unos tenemos más conciencia de eso que otros. El cine es movimiento y todo movimiento contiene una realidad que declina y otra que surge. Es mi forma de ver la realidad. Vea lo que vea, siempre contemplo algo que está desapareciendo para dar lugar a algo nuevo que aparece. Por eso la identidad está siempre en movimiento. Por eso el barrio mismo de Vallbona construye su identidad día a día. Por eso los nacionalistas están equivocados, sean del signo que sean, porque creen que la identidad es un corsé que puedes imponer, una instancia fija. La identidad, si está viva, cambia cada día. Esa es su principal consecuencia.. Hay mucha mixtura cultural e identitaria en los habitantes de este barrio de Vallbona que se traslada a través de las imágenes y a través de la propia realidad filmada. Y hay una convivencia que a veces resulta complicada, pero que también concede muchos destellos de generosidad. Teniendo en cuenta este contexto irrespirable y tensionado que estamos viviendo en determinadas partes del mundo y que imposibilita la convivencia pacífica con el otro, ¿a qué piensas que deben apelar los creadores?. A la empatía. Es que no se ve al otro actualmente. Es que a mí me deprime que incluso en mi barrio de Vallbona, algunos vecinos que han vivido ellos mismos la emigración, invisibilizan prácticamente a los que están llegando nuevos. Esto que te voy a comentar ahora es algo que me he preguntado muchas veces, ¿yo qué he hecho para nacer en un contexto mínimamente confortable? Yo no he hecho nada. Esto es un azar. Se me hace muy difícil verme poniendo dificultades a otros que no han tenido esta suerte. ¿Qué legitimidad tengo yo para limitar los derechos a mejorar su vida de otros que han nacido en otra parte menos favorecida? Nacer en un lugar o en otro, para quienes no creemos en las metafísicas de las naciones, es un accidente administrativo.. Remata convencido de lo imprescindible que resulta, hoy más que nunca, ver al otro.
En «Historias del buen valle», el maestro catalán detiene la cámara en el ecosistema de gentes del barrio de Vallbona para cartografiar con sensibilidad la periferia
Existía una idea embalada y ansiosa que correteaba desde hacía tiempo por ese territorio con vocación universalista de arcadias visuales, cotidianidades embellecidas y dignidades evocadas que constituyen los sueños y la cabeza de José Luis Guerín. Una idea cuyo nacimiento primigenio se remonta a un día cualquiera de 1977 (momento en el que el director pisó por primera vez ese lugar todavía desconocido mientras acompañaba a un amigo a hacer unas encuestas para el Partido Socialista de Cataluña), una idea en apariencia sencilla, elemental, evidente, pero igualmente estimulante en términos creativos que permitió al maestro sembrar el germen de un impulso que posteriormente desembocaría en algo mayor y que remite al siguiente pensamiento: todas las ciudades en algún momento fueron construidas sobre el campo.. «Esto que parece tan simple, es una realidad muy elocuente en Vallbona y algo que conecta con el mundo entero. Ninguna ciudad escapa a ese conflicto que se ha vivido en algún momento entre civilización y naturaleza», introduce en entrevista con este periódico el cineasta, experto en el manejo virtuoso de los géneros fronterizos, aludiendo al origen que sustenta el surgimiento del barrio periférico que cartografía con afinamiento etnográfico en su último y monumental trabajo, «Historias del buen valle», y detrás de cuya coproducción con agentes franceses se encuentra la productora de Jonás Trueba (dueño de una mirada y energía que dialogan de manera perfecta con las de Guerín) y Javier Lafuente, Los Ilusos Films. «Cuando me hicieron una propuesta en el MACBA para hacer un trabajo en un espacio expositivo sobre este barrio utilizado un poco como espacio de descartes del centro de Barcelona, encontré aspectos como este que me interesaron mucho y que me llevaron a ir soñando ya un largo. Pronto se abrió mi apetito por seguir desarrollando, más allá del encargo que había recibido, y convertir mi investigación en una película».. Guerín vuelve a ejercer aquí sus cualidades sobresalientes de podador de belleza, despojando de todo exceso o capa accesoria y reiterativa al movimiento vivo de la convivencia vecinal entre los integrantes del barrio, para dotar a todo ese compendio de imágenes delicadas y puras que se ilustran mediante la utilización de pausas y silencios al servicio de los tiempos que rigen la realidad de las cosas, de una significación humanista que va más allá de la limitación del registro o del simple formato documental. «Cada vez que hay problemas en los núcleos urbanos se evacúan llevándolos a la periferia. En los años 80 hubo poblados gitanos muy importantes que causaban problemas en barrios y se solucionaba trasladándolos a Vallbona. Es decir, que se ha utilizado un poco como espacio de descartes del centro. Sin embargo ellos para obtener los servicios más elementales que damos por descontados en una ciudad tuvieron que luchar mucho. Este lugar es un resultado de reivindicaciones vecinales. El alcantarillado lo construyeron ellos mismos en los días de fiesta. Digamos que hay una especie de sentimiento de deuda con un barrio completamente invisibilizado. La gente de Barcelona que sale hacia el norte, hacia las localidades de veraneo más frecuentadas de la Costa Brava, Gerona o el Ampurdán, siempre cruza por ese barrio sin saber que está cruzando un sitio en el que vive gente, porque está oculto por paneles publicitarios que parecen más concebidos para tapar que para ver», concede.. Sin evitar una mirada conscientemente moral sobre el objeto de filmación –en este caso, las transformaciones estructurales y los cambios sociales experimentados en este reducto de la periferia donde las luchas vecinales y los pulsos por la supervivencia de sus habitantes conviven con los rituales asociativos de acompañamiento prácticamente desaparecidos de los epicentros de los espacios urbanos–, el realizador procura a todas estas personas que conforman el tejido social de los márgenes de Vallbona una dignidad extensible a los personajes y espacios presentes en otras de sus cintas como «En construcción», donde la rehabilitación del barrio de El Raval en Barcelona opera como escenario de cambio. Nos sentamos frente al maestro para desgranar las consecuencias de estos cambios en uno de los interiores habilitados de la Cineteca y conversar sin prisa, sin estrechamientos, sin histerias o imposturas.. Hay en la Vallbona que reflejas una preservación del ritual colectivo relacionado con nuestros vínculos vecinales que dista mucho de lo que podemos encontrar ahora mismo en las ciudades. ¿Crees que progresivamente esos lazos se pueden llegar a extinguir hasta el punto de no saber quién vive en la puerta de al lado?. Me aterra la pérdida de tejido social que en buena medida garantizaban los pequeños comercios familiares tradicionales y que han desaparecido al reemplazarse por las grandes franquicias comerciales, los Starbucks Coffee de turno… etc. Es muy distinto que en un bar te conozcan como vecino y a veces te traten por tu propio nombre que ir a una de esas cadenas donde jamás sabrán quién eres. Cuando filmé mi película “En construcción”, por ejemplo, varias escenas se desarrollaban en la calle entre vecinos que hablaban. Fíjate que cosa tan sencilla. Pues creo que es muy difícil encontrar eso ahora. El espacio público en Europa ha enmudecido enormemente y vivimos inmersos en ese desplazamiento de lo que podría ser la vida popular hacia las periferias. Aún así te diría que en Vallbona la mayoría de problemáticas y formas de vida de los vecinos son homologables a las del centro de la ciudad, porque la realidad que vive como ciudad dormitorio es mayoritaria. Hay muchos vecinos que llegan por las políticas de protección de vivienda social, por desahucios o personas jóvenes que viven ahí porque no pueden pagar un alquiler en el centro. No tienen ningún arraigo ni conocimiento del barrio y en ese sentido es muy parecido a lo que sucede en el resto de la ciudad. Sin embargo yo me he centrado sobre todo en aquellos personajes que mantienen un vínculo con el barrio, que dan una apropiación a los espacios asilvestrados y que crean unas formas de vida que ya no existen en el centro. Ese comercio de franquicias, ese turismo depredador y despiadado ha transformado mucho la forma de relacionarnos con y dentro de la ciudad. Es otro de los temas que me apasionan: cómo el urbanismo y la arquitectura condicionan las relaciones humanas.. «La identidad, si está viva, cambia cada día. Esa es su principal consecuencia». ¿Concibes como director un tipo de cine que no esté necesariamente atravesado por un componente moral?. Creo que no, porque es una consecuencia de una forma de mirar, y siempre te debes a una moral. Es muy distinto por ejemplo la moral que se deriva de una película como «En la ciudad de Sylvia» o «Tren de sombras», que están mucho más imbricadas en problemáticas sociales muy comunes y que la gente reconoce enseguida. Pero eso no quiere decir que las otras películas estén para mí desprovistas de moral. Me pongo muy alerta ante el “neomoralismo” y el fariseísmo actuales, hay actitudes moralistas que me agitan sobremanera, y que para mí son todo lo contrario a la moral.. Dentro del contexto cinematográfico, te refieres.. Sí, sí. Me ocurre una cosa y es que en el cine, lo que yo valoro como espectador ante todo es que exista un sentimiento de verdad derivado de lo que siente el cineasta y lo que muestra. Aunque esté a las antípodas ideológicas de mis ideas, pero si yo siento esa verdad, me acaba traspasando y creo que en general siempre he sido muy sensible a esta circunstancia. Sin embargo, muchísimas veces, ante muchísimas películas, siento voluntades forzadas para gustar, para ser aceptado, para estar de acuerdo con los códigos morales de cada momento. Percibo una pérdida de ese sentimiento de verdad que es lo que me hace feliz como espectador.. ¿Serías capaz de identificar la última vez que sentiste eso?. Siempre me pasa, yo creo que estos son los problemas de las neuronas cuando has pasado los 60 años, que cuando me preguntan, ¿y qué es lo último que has visto? Pum, me quedo frente a la hoja en blanco -asume entre risas-. Seguro que hay algunas mucho más recientes, pero pienso en las películas que hizo en Irán Abbas Kiarostami como “Dónde está la casa de mi amigo”, ahí siento esa verdad. O en “El sol del membrillo”, de Víctor Erice, también me llega.. «Como director necesito hacer abstracción y seguir pensando el cine tal como yo lo sueño». ¿La pausa, como herramienta formal en el cine, se ha convertido en un privilegio?. La pausa y el silencio. Precisamente aquel bello aforismo de Bresson lo resumía muy bien diciendo que “el cine sonoro ha inventado el silencio”. El detenimiento, la respiración que te da una película, incluso la intriga o el suspense que puede contener ese mismo silencio era algo que en el cine mudo no existía. Si hoy en día mantienes un silencio un poco largo en una película, enseguida notarás que hay espectadores que tosen. Y esas toses no son fruto de un resfriado sobrevenido, sino que son un mecanismo psicológico para enfrentarse al silencio, que se siente como una amenaza casi. Para mí sin pausa no hay composición posible y entiendo el cine sobre todo como una composición. Hay que hacer abstracción de estas cosas, porque si eres muy consciente de ello, tendrá un efecto inmovilizador en el resultado de lo que quieres mostrar. Por ejemplo, la oscuridad, la penumbra, para mí es también un momento muy privilegiado del cine. Muchos directores de fotografía manifiestan que probablemente donde mejor muestran su arte, su destreza, es en el claro oscuro. Ahora bien, si juegas con las penumbras, los claroscuros, incluso un fundido a negro lento… visto en el ordenador es un horror, porque la oscuridad solo existe en la sala de cine. ¿Qué ves en el ordenador cuando hay oscuridad? Un reflejo de tu rostro, de las ventanas de tu casa. Ese tipo de ideas, si las piensas, te detienen como cineasta, porque la mayoría de miradas proyectadas en tu trabajo que vas a tener no van a ser en salas, sino en plataformas y pantallas domésticas. Entonces como director necesito hacer abstracción y seguir pensando el cine tal como yo lo sueño.. Y las frecuencias o ritmos de esos sueños seguro que no se parecen nada a los practicados hoy en día por las generaciones más jóvenes a los que les cuesta o directamente resulta imposible contemplar una película de dos horas de duración sin mirar el móvil.. Tengo claro que, si te dicen que los jóvenes ahora no pueden estar concentrados más de tres minutos, no voy a intentar competir con las redes para hacer un cine histérico que les mantenga pendiente y concentrada la mirada. Es una obligación moral estar ahí resistiendo y precisamente la función que tiene el cine, yo creo, es la de actuar como contrapoder frente a las redes sociales. Reivindicar otro tiempo, otra meditación. A mí me parece una falta de respeto con el mundo, con la sociedad, la gente que pone paridas constantemente en las redes, que vomita cada día insultos, algo que no ha pasado por ningún filtro de reflexión. Una total falta de respeto con los otros. Y el cine tiene ese privilegio de tener otro tiempo que te permite elaborar más, pensar que las formas con las que trabajas responden a un pensamiento más profundo. Sobre todo, dar la réplica rotunda al esquematismo que promueven las redes en las que una persona queda catalogada con una única categoría. Un ser humano, que es un pozo sin fondo, queda reducido a un juicio, a un prejuicio, a un insulto o a una alabanza de una única categoría. Es una locura si lo piensas. El cine tiene el deber moral, en mi opinión, de devolver la complejidad de la realidad y eso pasa por evitar el cine discursivo, porque a menudo el cine que privilegia el discurso somete la riqueza de la realidad a una simple lógica de representación, reduce la realidad para que sirva sólo como ilustración de un discurso. Yo como cineasta necesito ver la realidad con su belleza, porque siempre contiene muchos matices, muchas contradicciones, muchas ambigüedades.. «El cine que privilegia el discurso, somete la riqueza de la realidad a una simple lógica de representación». Cuando recibiste el premio en la última edición del Festival de San Sebastián, mentaste una frase de Pizarnik con referencia a lo que significaba para ella la patria. «Mi única patria es mi memoria y no tiene himnos». ¿Desde qué lugar dirías que te relacionas con los recuerdos?. Vivo de ellos, ¿no? -sonríe flexible-. No sé interpretar el presente que veo sin acudir a mi memoria y a las cosas que he aprendido de la historia. Y sí que observo con un poco de preocupación a una serie de cineastas muy jóvenes para quienes no existe la historia del cine, por ejemplo, por ceñirnos ya al ámbito puramente cinematográfico. Incluso a veces veo que titulan sus películas con títulos de películas que ya existen. Quizás para mí ahí está la frontera entre lo que separa el audiovisual del cine: no sería una cuestión ni de formato ni de soporte, sino de una manera de pensar que tiene que ver con la asunción de ese legado cultural que es la historia del cine. A veces veo películas de jóvenes cineastas donde siento que a lo mejor no han visto muchas películas, pero que tienen el ADN ya de ese legado cultural que está sumido, frente a otras en donde observo que no existe para nada el pensamiento cinematográfico, donde veo que el espejo en el que se mira es en el de las series y en el de la televisión. Veo muy claramente esto. Quiénes son más del audiovisual y quiénes son más del cine.. Llevándonos ese concepto de memoria a la propia configuración de tu cine y a la integración que haces de ella en tus películas (“Historias del buen valle” vuelve a ser un gran ejemplo de ello), ¿de dónde nace esta suerte de obsesión por la observación de lugares que antes eran de una manera y ahora, víctimas erosionadas de las consecuencias del paso del tiempo, son de otra?. Me sale así, es decir, que no hay nada premeditado de cómo voy a abordarlo, sino que el peso del pasado se instala de una manera muy orgánica en mis películas. Me parece también que para dar una visión consolidada del presente, la propuesta debe contener las huellas y los indicios del pasado que lo hicieron posible, ¿no? Fíjate que cuando hacía el casting con los personajes para hacer “Historias del buen valle”, la frase que más me repetían los vecinos era siempre la de que había llegado demasiado tarde, que la historia del barrio ya había pasado. Por todas esas luchas que hemos mencionado antes. Pero yo entendía sobre todo la importancia de mi cámara, de mis herramientas para capturar el presente sabiendo que ese presente debe contener necesariamente signos del pasado y también intentar dotarle de los indicios del futuro. Pero bueno, también es que soy… -confiesa reflexivo-, supongo que tengo una tendencia melancólica que hace que tenga un peso desproporcionado esto del pasado en mi cine.. «Supongo que tengo una tendencia melancólica que hace que tenga un peso desproporcionado esto del pasado en mi cine». Hay quien llamaría a eso nostalgia.. Algo que sin duda siento que está ontológicamente presente en la propia invención del cinematógrafo. Su cualidad más extraña para mí sigue siendo la de capturar y preservar trocitos de tiempo. El tiempo se fuga, se escapa. Al final, toda película acaba siendo esto: un testimonio del tiempo fugaz que ya pasó. Quizá unos tenemos más conciencia de eso que otros. El cine es movimiento y todo movimiento contiene una realidad que declina y otra que surge. Es mi forma de ver la realidad. Vea lo que vea, siempre contemplo algo que está desapareciendo para dar lugar a algo nuevo que aparece. Por eso la identidad está siempre en movimiento. Por eso el barrio mismo de Vallbona construye su identidad día a día. Por eso los nacionalistas están equivocados, sean del signo que sean, porque creen que la identidad es un corsé que puedes imponer, una instancia fija. La identidad, si está viva, cambia cada día. Esa es su principal consecuencia.. Hay mucha mixtura cultural e identitaria en los habitantes de este barrio de Vallbona que se traslada a través de las imágenes y a través de la propia realidad filmada. Y hay una convivencia que a veces resulta complicada, pero que también concede muchos destellos de generosidad. Teniendo en cuenta este contexto irrespirable y tensionado que estamos viviendo en determinadas partes del mundo y que imposibilita la convivencia pacífica con el otro, ¿a qué piensas que deben apelar los creadores?. A la empatía. Es que no se ve al otro actualmente. Es que a mí me deprime que incluso en mi barrio de Vallbona, algunos vecinos que han vivido ellos mismos la emigración, invisibilizan prácticamente a los que están llegando nuevos. Esto que te voy a comentar ahora es algo que me he preguntado muchas veces, ¿yo qué he hecho para nacer en un contexto mínimamente confortable? Yo no he hecho nada. Esto es un azar. Se me hace muy difícil verme poniendo dificultades a otros que no han tenido esta suerte. ¿Qué legitimidad tengo yo para limitar los derechos a mejorar su vida de otros que han nacido en otra parte menos favorecida? Nacer en un lugar o en otro, para quienes no creemos en las metafísicas de las naciones, es un accidente administrativo.. Remata convencido de lo imprescindible que resulta, hoy más que nunca, ver al otro.
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