Hay hombres que necesitan desembarazarse del pasado para proseguir, y la destrucción se convierte para ellos en una manera de impulsarse hacia el futuro. 1954 y 1955 son los años fundacionales de Jasper Johns. En esas fechas rompió su obra anterior en un acto con mucho de rito de paso. Esa cremación metafórica alumbró a un creador que inauguró una época en la pintura norteamericana de los años cincuenta y abre las puertas a una inteligencia rompedora, inconformista, con tendencia a la ironía, una versátil capacidad para el juego, una insólita originalidad y un intuitivo talento para la parodia o la broma.. Hermético, callado, poco dado a pronunciarse y extenderse en explicaciones que siempre ha considerado innecesarias, renuente a facilitar respuestas a los comisarios de sus muestras o a ahondar en demasiadas aclaraciones sobre el significado de su pintura, Jasper Johns, con 96 inviernos a sus espaldas, todo un clásico vivo y una de las firmas más cotizadas del arte. –junto a Jeff Koons, Damien Hirst y Gerhard Richter–, se convirtió de manera inmediata en una referencia de la actualidad artística en su país con una serie de cuadros que todavía perduran en la memoria colectiva mundial. Sus banderas de Estados Unidos y sus célebres dianas de colores, que son memoria visual del siglo XX y parte del equipaje imprescindible del ciudadano corriente, elevaron su nombre a los altares de la vanguardia.. Símbolos y paradojas. Esos cuadros, tan icónicos, avanzaban los postulados pictóricos de un artista inconformista, de una gran envergadura que, a lo largo de su vida, iría reformulándose, ajeno al miedo inherente que conllevan los cambios. Estas piezas, tan simbólicas, revelan al mismo tiempo una de las paradojas que encarna: todo lo que conocemos de él y, también, todo lo que desconocemos de él por culpa de los tópicos y los lugrares comunes. Una dualidad que puede corroborarse con facilidad a través de la exposición «Night Driver», comisariada por Enrique Juncosa y patrocinada por la Fundación BBVA, que propone el Museo [[LINK:TAG|||tag|||6336153559a61a391e0a0e8e|||Guggenheim de Bilbao. ]]. Una retrospectiva sobre el artista que abarca seis décadas, desde sus obras inaugurales hasta su última pintura reconocida. Un recorrido jalonado por esas obras/hito esenciales que todos identificamos enseguida y también, por otras inesperadas y aún extrañas a nuestra sensibilidad que vienen a decirnos que Jasper Johns, a pesar de lo famoso que es, todavía contiente recodos desconocidos.. Íntimo amigo de Robert Rauschenberg, John Cage o Merce Cunningham, que contribuyeron a renovar el panorama artístico de su país, Jaspers Johns recurrió como materia de su trabajo a mapas, números o banderas. Objetos reconocibles por todo el mundo y al alcance de cualquier ciudadano para plantear juegos ópticos y reflexionar sobre temas pictóricos, como es el fondo y la figura, probar cómo el ojo tiende a corregir la mirada y, a la vez, proponer una irónica meditación alrededor de Pollock y su pintura, algo que resulta patente en «Map» (1961) o en «De 0 a 9», una racional aproximación a la abstracción a través de la suma de números y vistosos colores que está considerada por algunos como una ruptura con el expresionismo abstracto vigente en ese periodo.. La abstracción. El interés de Johns por el arte que se hacía en su tiempo y que hemos heredado de periodos anteriores es sencillo rastrear en sus telas a través de guiños, alusiones o referencias a autores, como Rothko –al que parodia en «Cajón»–, Leonardo da Vinci o a Frida Kahlo. En el apartado enmarcado por el nombre de «Tramas cruzadas» pueden observarse unos cuadros abstractos, pero, no del todo, porque en sus líneas encontramos menciones, por ejemplo, al dibujo de las colchas que podemos encontrar en el cuadro «Entre el reloj y la cama», de Edvard Munch. Una «cita pictórica» que, de una manera sutil, lo ancla a la realidad. Jasper Johns, que consideraba que «todo puede tener más de un significado», ha convertido su obra en un gigantesco intento de cimentar la gramática de un lenguaje distinto a los que existían y, al mismo tiempo, que fuera propio y universal, hermético y sensorial, o lo que es lo mismo, al alcance de todos.. Un propósito que se codeaba con esos impulsos emocionales, reflejo de sus desilusiones y rupturas sentimentales, que dejarían una evidente huella biográfica en su obra. Su viraje al gris responde a esto y supone la introducción de emociones personales como tema de su obra. En un principio, Johns está dispuesto a revelar estos aspectos íntimos que iría apuntalando a través de referencias literario/poéticas y figurativas. En este contexto aparece por primera vez la calavera, que luego ocultó, aunque la radiografía de la obra permite identificarla.. Esto sucede porque Johns es un creador polifacético, pero también púdico, dado a insinuar más que a mostrar. Sin embargo, cuando percibe que ha enseñado de sí mismo más de lo que debe o asoma con demasiada claridad, corre a ocultarlo enseguida, convirtiéndose así su pintura en un trampantojo de ocultaciones, revelaciones y alusiones.. Es lo que sucede en «Memoria de mis sentimientos» o en «Souvenir», un autorretrato que cuenta con una de las características más reconocibles de sus telas: la inclusión de objetos tridimensionales. En este caso, un plato con una foto de él, una linterna y un espejo retrovisor, que se reinterpretan como una reflexión sobre el pasado. El artista, que se identificó con el rojo, el amarillo y el azul, que son casi una firma propia, continuaba estas prospecciones de la pintura en el dibujo y la obra gráfica, que se convirtieron en una extensión de su pensamiento. Lo habitual es que el esbozo preludie siempre el nacimiento de una pintura, pero Johns hacía el camino inverso, quizá porque hay hombres que solo encuentran sentido viviendo a contracorriente.
El Museo Guggenheim de Bilbao dedica una retrospectiva de 140 obras que revela el lado más desconocido del artista
Hay hombres que necesitan desembarazarse del pasado para proseguir, y la destrucción se convierte para ellos en una manera de impulsarse hacia el futuro. 1954 y 1955 son los años fundacionales de Jasper Johns. En esas fechas rompió su obra anterior en un acto con mucho de rito de paso. Esa cremación metafórica alumbró a un creador que inauguró una época en la pintura norteamericana de los años cincuenta y abre las puertas a una inteligencia rompedora, inconformista, con tendencia a la ironía, una versátil capacidad para el juego, una insólita originalidad y un intuitivo talento para la parodia o la broma.. Hermético, callado, poco dado a pronunciarse y extenderse en explicaciones que siempre ha considerado innecesarias, renuente a facilitar respuestas a los comisarios de sus muestras o a ahondar en demasiadas aclaraciones sobre el significado de su pintura, Jasper Johns, con 96 inviernos a sus espaldas, todo un clásico vivo y una de las firmas más cotizadas del arte. –junto a Jeff Koons, Damien Hirst y Gerhard Richter–, se convirtió de manera inmediata en una referencia de la actualidad artística en su país con una serie de cuadros que todavía perduran en la memoria colectiva mundial. Sus banderas de Estados Unidos y sus célebres dianas de colores, que son memoria visual del siglo XX y parte del equipaje imprescindible del ciudadano corriente, elevaron su nombre a los altares de la vanguardia.. Símbolos y paradojas. Esos cuadros, tan icónicos, avanzaban los postulados pictóricos de un artista inconformista, de una gran envergadura que, a lo largo de su vida, iría reformulándose, ajeno al miedo inherente que conllevan los cambios. Estas piezas, tan simbólicas, revelan al mismo tiempo una de las paradojas que encarna: todo lo que conocemos de él y, también, todo lo que desconocemos de él por culpa de los tópicos y los lugrares comunes. Una dualidad que puede corroborarse con facilidad a través de la exposición «Night Driver», comisariada por Enrique Juncosa y patrocinada por la Fundación BBVA, que propone el Museo Guggenheim de Bilbao.. Una retrospectiva sobre el artista que abarca seis décadas, desde sus obras inaugurales hasta su última pintura reconocida. Un recorrido jalonado por esas obras/hito esenciales que todos identificamos enseguida y también, por otras inesperadas y aún extrañas a nuestra sensibilidad que vienen a decirnos que Jasper Johns, a pesar de lo famoso que es, todavía contiente recodos desconocidos.. Íntimo amigo de Robert Rauschenberg, John Cage o Merce Cunningham, que contribuyeron a renovar el panorama artístico de su país, Jaspers Johns recurrió como materia de su trabajo a mapas, números o banderas. Objetos reconocibles por todo el mundo y al alcance de cualquier ciudadano para plantear juegos ópticos y reflexionar sobre temas pictóricos, como es el fondo y la figura, probar cómo el ojo tiende a corregir la mirada y, a la vez, proponer una irónica meditación alrededor de Pollock y su pintura, algo que resulta patente en «Map» (1961) o en «De 0 a 9», una racional aproximación a la abstracción a través de la suma de números y vistosos colores que está considerada por algunos como una ruptura con el expresionismo abstracto vigente en ese periodo.. La abstracción. El interés de Johns por el arte que se hacía en su tiempo y que hemos heredado de periodos anteriores es sencillo rastrear en sus telas a través de guiños, alusiones o referencias a autores, como Rothko –al que parodia en «Cajón»–, Leonardo da Vinci o a Frida Kahlo. En el apartado enmarcado por el nombre de «Tramas cruzadas» pueden observarse unos cuadros abstractos, pero, no del todo, porque en sus líneas encontramos menciones, por ejemplo, al dibujo de las colchas que podemos encontrar en el cuadro «Entre el reloj y la cama», de Edvard Munch. Una «cita pictórica» que, de una manera sutil, lo ancla a la realidad. Jasper Johns, que consideraba que «todo puede tener más de un significado», ha convertido su obra en un gigantesco intento de cimentar la gramática de un lenguaje distinto a los que existían y, al mismo tiempo, que fuera propio y universal, hermético y sensorial, o lo que es lo mismo, al alcance de todos.. Un propósito que se codeaba con esos impulsos emocionales, reflejo de sus desilusiones y rupturas sentimentales, que dejarían una evidente huella biográfica en su obra. Su viraje al gris responde a esto y supone la introducción de emociones personales como tema de su obra. En un principio, Johns está dispuesto a revelar estos aspectos íntimos que iría apuntalando a través de referencias literario/poéticas y figurativas. En este contexto aparece por primera vez la calavera, que luego ocultó, aunque la radiografía de la obra permite identificarla.. Esto sucede porque Johns es un creador polifacético, pero también púdico, dado a insinuar más que a mostrar. Sin embargo, cuando percibe que ha enseñado de sí mismo más de lo que debe o asoma con demasiada claridad, corre a ocultarlo enseguida, convirtiéndose así su pintura en un trampantojo de ocultaciones, revelaciones y alusiones.. Es lo que sucede en «Memoria de mis sentimientos» o en «Souvenir», un autorretrato que cuenta con una de las características más reconocibles de sus telas: la inclusión de objetos tridimensionales. En este caso, un plato con una foto de él, una linterna y un espejo retrovisor, que se reinterpretan como una reflexión sobre el pasado. El artista, que se identificó con el rojo, el amarillo y el azul, que son casi una firma propia, continuaba estas prospecciones de la pintura en el dibujo y la obra gráfica, que se convirtieron en una extensión de su pensamiento. Lo habitual es que el esbozo preludie siempre el nacimiento de una pintura, pero Johns hacía el camino inverso, quizá porque hay hombres que solo encuentran sentido viviendo a contracorriente.
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