Víctor Küppers, nos ofrece unas palabras para la reflexión. Dice que la inteligencia por sí sola no convierte a nadie en admirable, que tenerla es algo casi genético, como ser físicamente bello y, que, sin embargo, ser buena persona es un esfuerzo, algo que construimos desarrollando la empatía y otros valores. No sé yo. Aunque en lo básico estoy de acuerdo con él. Es decir, que lo importante en este mundo desalmado no es ser un gran erudito, es ser una gran persona. También estoy profundamente de acuerdo en que esta sociedad puramente mercantilista valora más al perverso que al ingenuo, al trepa que al compasivo, al impostor que al auténtico. ¿De qué si no iban a estar los poderes llenos de psicópatas? ¿De que si no tendríamos estos políticos y administradores públicos? La corrupción en ellos, a la que todos estamos expuestos, y que no sabemos si caeríamos nosotros cuando la tuviéramos a mano, no es un mal para un partido político u otro, es un mal que nos afecta a todos, porque si lo que vivimos es que el mundo está guiado por sinvergüenzas y que solo siéndolo tendremos admiración y riqueza, nos están trasmitiendo veneno o dolor. Veneno a los dogmáticos, dolor a los humanistas. Nada bueno en ningún caso. Sin embargo, no comparto del todo el que la bondad no tenga algo de genético. He conocido a pocas personas buenas de verdad y, aparte de su actitud existencial, eran personas buenas desde niños. Puede responderme Küppers que ya la gestación y los primeros meses de vida marcan, estoy de acuerdo, pero, ¿tanto? Fíjense que yo creo que los humanos más heridos en la infancia y conscientes de ello, son los que mejor pueden desarrollar la bondad de adultos. Un ser que no ha sufrido difícilmente podrá ponerse en la piel de uno que sí. Un ser que sabe mucho del dolor y se plantea quitarse el resentimiento es la persona perfecta para hacer ese recorrido. Porque la verdadera inteligencia es la que se destina a la bondad.
Los humanos más heridos en la infancia y conscientes de ello, son los que mejor pueden desarrollar la bondad de adultos
Víctor Küppers, nos ofrece unas palabras para la reflexión. Dice que la inteligencia por sí sola no convierte a nadie en admirable, que tenerla es algo casi genético, como ser físicamente bello y, que, sin embargo, ser buena persona es un esfuerzo, algo que construimos desarrollando la empatía y otros valores. No sé yo. Aunque en lo básico estoy de acuerdo con él. Es decir, que lo importante en este mundo desalmado no es ser un gran erudito, es ser una gran persona. También estoy profundamente de acuerdo en que esta sociedad puramente mercantilista valora más al perverso que al ingenuo, al trepa que al compasivo, al impostor que al auténtico. ¿De qué si no iban a estar los poderes llenos de psicópatas? ¿De que si no tendríamos estos políticos y administradores públicos? La corrupción en ellos, a la que todos estamos expuestos, y que no sabemos si caeríamos nosotros cuando la tuviéramos a mano, no es un mal para un partido político u otro, es un mal que nos afecta a todos, porque si lo que vivimos es que el mundo está guiado por sinvergüenzas y que solo siéndolo tendremos admiración y riqueza, nos están trasmitiendo veneno o dolor. Veneno a los dogmáticos, dolor a los humanistas. Nada bueno en ningún caso. Sin embargo, no comparto del todo el que la bondad no tenga algo de genético. He conocido a pocas personas buenas de verdad y, aparte de su actitud existencial, eran personas buenas desde niños. Puede responderme Küppers que ya la gestación y los primeros meses de vida marcan, estoy de acuerdo, pero, ¿tanto? Fíjense que yo creo que los humanos más heridos en la infancia y conscientes de ello, son los que mejor pueden desarrollar la bondad de adultos. Un ser que no ha sufrido difícilmente podrá ponerse en la piel de uno que sí. Un ser que sabe mucho del dolor y se plantea quitarse el resentimiento es la persona perfecta para hacer ese recorrido. Porque la verdadera inteligencia es la que se destina a la bondad.
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