Los Rendall-Montague son una famiia que acumulo talento. Diana Montague, mezzosoprano de Winchester que durante dos décadas fue una de las voces más refinadas de Europa y la conocimos bien en España; David Rendall, tenor que llegó a cantar bajo la batuta de Karajan, Bernstein y Barenboim antes de que una tramoya derrumbada en Copenhague le truncara la carrera. Huw es hijo de ambos grandes y lleva camino de serlo también.. El programa era ambicioso. El Bestiaire de Poulenc -seis miniaturas sobre textos de Apollinaire- sonó con la ligereza justa. «Le dromadaire» fue gracioso sin caer en la caricatura; «La carpe» tuvo esa melancolía susurrante que Poulenc esconde entre los compases como un secreto. Timbre aterciopelado, articulación impecable, a pesar de no dominar por completo el francés, como él mismo me confesó en la cena posterior. No son obras para enganchar al público sino para calentar la voz, aunque mi opinión es que eso se hace en el camerino. Y Vida al piano con esa economía de medios que es la marca del gran acompañante: presente sin invadir, colorista sin estridencias, ofreciendo exactamente lo que la voz necesitaba en cada momento.. La bonne chanson es otra cosa. Los nueve poemas de Verlaine que Fauré musicó exigen voz, pero sobre todo exigen algo que no tiene nombre y que podría llamarse verdad. Montague Rendall la tiene. «Une sainte en son auréole» tuvo solemnidad sin rigidez; «La lune blanche luit dans les bois» flotó en esa suspensión temporal que es la marca de las grandes interpretaciones de este ciclo. En «L’hiver a cessé», el cierre, la voz se abrió con una generosidad que provocó el silencio antes del aplauso.. Los Vier Lieder op. 2 de Schoenberg son las últimas obras tonales del compositor antes del salto al vacío. Montague Rendall abordó la «Erwartung» que abre el ciclo sin trucos, sin exagerar la angustia para hacerla sentir. «Waldsonne», la última, trajo una oscuridad luminosa, si se permite la paradoja, que dejó la sala detenida. Vida recorrió el cromatismo schoenbergiano con naturalidad pasmosa, sin exagerar las tensiones ni aplanarlas.. Los Rückert-Lieder de Mahler cerraron el programa. «Blicke mir nicht in die Lieder!» fue juguetona y exacta; «Ich atmet’ einen linden Duft!» tuvo la delicadeza de una flor que se abre en cámara lenta; «Liebst du um Schönheit» brilló con ese calor que solo los grandes liederistas consiguen extraer de este repertorio. Y «Ich bin der Welt abhanden gekommen» -el testamento en vida de Mahler, la canción que el propio compositor decía que se describía a sí mismo- fue conmovedora. Pero, con todo, fue la cuarta “Um Mitternacht” la que nos dejó sin aliento. El minuto de reflexión que el cantante se dedicó anunciaba algo especial y así fue. Vida, con una media voz pianística de gran transparencia, construyó a su alrededor la atmósfera precisa.. Una voz de barítono de timbre denso y coloreado, que casi funde la cuerda de tenor con la de barítono, con un legato que fluye y una igualdad de emisión en toda la tesitura. Pero lo que le distingue, además de la voz, es la inteligencia con que la usa. Alguien que convierte el recital en una conversación y no en un monólogo. Se nota que apenas pasa de los treinta años y el lied precisa una mayor madurez, pero no hay duda de que alcanzará las cotas más altas. Y un pianista que ha entendido que acompañar no es seguir, sino dialogar. Y los dos, juntos, demostrando que el lied sigue siendo el género más exigente y íntimo que existe.. Los padres de Huw Montague Rendall habrían disfrutado el liderabend y habrían reconocido, sin duda, de dónde viene ese don.
Obras de Poulenc, Fauré, Schoenberg y Mahler. Huw Montague Rendall, barítono; y Hélio Vida, piano. XXXII Ciclo de Lied. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 27-IV-2026
Los Rendall-Montague son una famiia que acumulo talento. Diana Montague, mezzosoprano de Winchester que durante dos décadas fue una de las voces más refinadas de Europa y la conocimos bien en España; David Rendall, tenor que llegó a cantar bajo la batuta de Karajan, Bernstein y Barenboim antes de que una tramoya derrumbada en Copenhague le truncara la carrera. Huw es hijo de ambos grandes y lleva camino de serlo también.. El programa era ambicioso. El Bestiaire de Poulenc -seis miniaturas sobre textos de Apollinaire- sonó con la ligereza justa. «Le dromadaire» fue gracioso sin caer en la caricatura; «La carpe» tuvo esa melancolía susurrante que Poulenc esconde entre los compases como un secreto. Timbre aterciopelado, articulación impecable, a pesar de no dominar por completo el francés, como él mismo me confesó en la cena posterior. No son obras para enganchar al público sino para calentar la voz, aunque mi opinión es que eso se hace en el camerino. Y Vida al piano con esa economía de medios que es la marca del gran acompañante: presente sin invadir, colorista sin estridencias, ofreciendo exactamente lo que la voz necesitaba en cada momento.. La bonne chanson es otra cosa. Los nueve poemas de Verlaine que Fauré musicó exigen voz, pero sobre todo exigen algo que no tiene nombre y que podría llamarse verdad. Montague Rendall la tiene. «Une sainte en son auréole» tuvo solemnidad sin rigidez; «La lune blanche luit dans les bois» flotó en esa suspensión temporal que es la marca de las grandes interpretaciones de este ciclo. En «L’hiver a cessé», el cierre, la voz se abrió con una generosidad que provocó el silencio antes del aplauso.. Los Vier Lieder op. 2 de Schoenberg son las últimas obras tonales del compositor antes del salto al vacío. Montague Rendall abordó la «Erwartung» que abre el ciclo sin trucos, sin exagerar la angustia para hacerla sentir. «Waldsonne», la última, trajo una oscuridad luminosa, si se permite la paradoja, que dejó la sala detenida. Vida recorrió el cromatismo schoenbergiano con naturalidad pasmosa, sin exagerar las tensiones ni aplanarlas.. Los Rückert-Lieder de Mahler cerraron el programa. «Blicke mir nicht in die Lieder!» fue juguetona y exacta; «Ich atmet’ einen linden Duft!» tuvo la delicadeza de una flor que se abre en cámara lenta; «Liebst du um Schönheit» brilló con ese calor que solo los grandes liederistas consiguen extraer de este repertorio. Y «Ich bin der Welt abhanden gekommen» -el testamento en vida de Mahler, la canción que el propio compositor decía que se describía a sí mismo- fue conmovedora. Pero, con todo, fue la cuarta “Um Mitternacht” la que nos dejó sin aliento. El minuto de reflexión que el cantante se dedicó anunciaba algo especial y así fue. Vida, con una media voz pianística de gran transparencia, construyó a su alrededor la atmósfera precisa.. Una voz de barítono de timbre denso y coloreado, que casi funde la cuerda de tenor con la de barítono, con un legato que fluye y una igualdad de emisión en toda la tesitura. Pero lo que le distingue, además de la voz, es la inteligencia con que la usa. Alguien que convierte el recital en una conversación y no en un monólogo. Se nota que apenas pasa de los treinta años y el lied precisa una mayor madurez, pero no hay duda de que alcanzará las cotas más altas. Y un pianista que ha entendido que acompañar no es seguir, sino dialogar. Y los dos, juntos, demostrando que el lied sigue siendo el género más exigente y íntimo que existe.. Los padres de Huw Montague Rendall habrían disfrutado el liderabend y habrían reconocido, sin duda, de dónde viene ese don.
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