Pocos pueden discutir quiénes son los reyes del rap nacional en este momento. Se llaman Gonzalo, Fernando y Jorge, pero se les conoce como Natos, Waor y Recycled J. Juntos, perdonen el trabalenguas, son los Hijos de la Ruina y anoche, en Madrid, jugaban en casa. Chicos de los barrios de la capital, estos tres gatos callejeros han escalado, de la Traba (un centro okupado) al Wanda y en el camino han renovado el rap nacional de espaldas a la industria con sonidos y versos que anoche corearon, de principio a fin, durante 39 temas y casi tres horas, una generación empadronada en los parques y plazas de la ciudad, un hotel de siete estrellas. Esta noche, el trío repite en su feudo con todo el papel vendido: 15.150 localidades con las manos en el aire.. En su cuarto trabajo juntos, Hijos de la Ruina han buscado bases electrónicas y programaciones de club, como pequeñas porciones de una rave, que suponen un aire fresco en un género a veces demasiado preso de sí mismo en España. Ya lo hicieron antes con aguerridos ritmos urbanos, incluso latinos, sin miedo a ver el verano en el hip hop español, tan circunspecto a veces. Su último trabajo también es una reivindicación, casi un manifiesto, por su insistencia temática: un alegato en favor del diamante oculto y humilde de su ciudad y su escena, un golpe en la mesa: de Aluche a Canillejas. «Underground barriero», chicos listos, cantan en «Hijos de la capital».. Las canciones de los Hijos de la Ruina tratan de tugurios, de vicios, de pérdidas y ansiolíticos. De química orgánica en múltiples formulaciones. De los problemas de una mayoría social que apenas cuenta, en la que nadie repara hasta dentro, quizá, de cuatro años. También, cada vez más, sus textos se han vuelto autorreferenciales, y su éxito se trasluce en uno de los temas clásicos y favoritos del rap para sus canciones: los billetes, el oro, los talegos que entran a espuertas. Porque estos muchachos nacidos del olvido y el anonimato facturan pabellones. Lo que hay en medio, ya lo saben: peritos y abogados, delitos y faltas, Leganitos y sustancias. Como dicen Los Chichos: ellos cantan a la realidad y les llaman marginales, les señalan con el dedo. Lumpenproletariat del suroeste. Porque aquí, una vez más, hay un nosotros y un vosotros. O escupes o tragas. El conflicto social late detrás de cada verso del trío, sin necesidad de explicitar consignas. Pero el subtexto está para quien quiera leerlo.. En los temas de este trío hay, claro, bajona, arrepentimiento, mil salidas del tiesto. Todas esas taras universales, esas simas antológicas que los perros mestizos no se sirven a sí mismos como autocompadecimiento para merendar, sino como la seca ración de realidad diaria. Estar enamorado de la calle tiene sus riesgos y los amantes los asumen con serenidad. Lo de anoche en Madrid fue una nueva demostración de fidelidad: cuando cantaron «Hija de puta» del primer volumen del trío, ahí estaba Madrid, su cielo, sus adicciones y su decepción, imperturbable desde hace casi quince años. Vaya sonido el de entonces, por cierto. Basta picotear el cuarto volumen para notar la explosión sonora pero sentir que las canciones son cadenas y collares para la misma vida perra. O quizá sea el mismo perro con distinto collar.. Y claro, en Madrid tenían que estar Suite Soprano, renovadores de la escena desde el underground de la capital hace más de una década, como Los Hijos Bastardos, también celebrados en el Movistar Arena. «Nada ha cambiado, somos los mismos», reinvindicaron de nuevo. Sería en vano mencionar sus hits. Anoche sonaron tantos como fueron posibles y quedaron regalos como «Gold Diggers» con Al Safir en directo. A otros colaboradores se les echó de menos al verles en la pantalla. El trío, de Aluche a Caraban, anunció su regreso: en otoño del año próximo cerrarán la gira actual de vuelta en la capital. ¿Que cómo estuvo su actuación? Pongamos siete estrellas.
El trío de raperos, el más poderoso de la escena nacional, demuestra sus galones en un Movistar Arena en estado febril
Pocos pueden discutir quiénes son los reyes del rap nacional en este momento. Se llaman Gonzalo, Fernando y Jorge, pero se les conoce como Natos, Waor y Recycled J. Juntos, perdonen el trabalenguas, son los Hijos de la Ruina y anoche, en Madrid, jugaban en casa. Chicos de los barrios de la capital, estos tres gatos callejeros han escalado, de la Traba (un centro okupado) al Wanda y en el camino han renovado el rap nacional de espaldas a la industria con sonidos y versos que anoche corearon, de principio a fin, durante 39 temas y casi tres horas, una generación empadronada en los parques y plazas de la ciudad, un hotel de siete estrellas. Esta noche, el trío repite en su feudo con todo el papel vendido: 15.150 localidades con las manos en el aire.. En su cuarto trabajo juntos, Hijos de la Ruina han buscado bases electrónicas y programaciones de club, como pequeñas porciones de una rave, que suponen un aire fresco en un género a veces demasiado preso de sí mismo en España. Ya lo hicieron antes con aguerridos ritmos urbanos, incluso latinos, sin miedo a ver el verano en el hip hop español, tan circunspecto a veces. Su último trabajo también es una reivindicación, casi un manifiesto, por su insistencia temática: un alegato en favor del diamante oculto y humilde de su ciudad y su escena, un golpe en la mesa: de Aluche a Canillejas. «Underground barriero», chicos listos, cantan en «Hijos de la capital».. Las canciones de los Hijos de la Ruina tratan de tugurios, de vicios, de pérdidas y ansiolíticos. De química orgánica en múltiples formulaciones. De los problemas de una mayoría social que apenas cuenta, en la que nadie repara hasta dentro, quizá, de cuatro años. También, cada vez más, sus textos se han vuelto autorreferenciales, y su éxito se trasluce en uno de los temas clásicos y favoritos del rap para sus canciones: los billetes, el oro, los talegos que entran a espuertas. Porque estos muchachos nacidos del olvido y el anonimato facturan pabellones. Lo que hay en medio, ya lo saben: peritos y abogados, delitos y faltas, Leganitos y sustancias. Como dicen Los Chichos: ellos cantan a la realidad y les llaman marginales, les señalan con el dedo. Lumpenproletariat del suroeste. Porque aquí, una vez más, hay un nosotros y un vosotros. O escupes o tragas. El conflicto social late detrás de cada verso del trío, sin necesidad de explicitar consignas. Pero el subtexto está para quien quiera leerlo.. En los temas de este trío hay, claro, bajona, arrepentimiento, mil salidas del tiesto. Todas esas taras universales, esas simas antológicas que los perros mestizos no se sirven a sí mismos como autocompadecimiento para merendar, sino como la seca ración de realidad diaria. Estar enamorado de la calle tiene sus riesgos y los amantes los asumen con serenidad. Lo de anoche en Madrid fue una nueva demostración de fidelidad: cuando cantaron «Hija de puta» del primer volumen del trío, ahí estaba Madrid, su cielo, sus adicciones y su decepción, imperturbable desde hace casi quince años. Vaya sonido el de entonces, por cierto. Basta picotear el cuarto volumen para notar la explosión sonora pero sentir que las canciones son cadenas y collares para la misma vida perra. O quizá sea el mismo perro con distinto collar.. Y claro, en Madrid tenían que estar Suite Soprano, renovadores de la escena desde el underground de la capital hace más de una década, como Los Hijos Bastardos, también celebrados en el Movistar Arena. «Nada ha cambiado, somos los mismos», reinvindicaron de nuevo. Sería en vano mencionar sus hits. Anoche sonaron tantos como fueron posibles y quedaron regalos como «Gold Diggers» con Al Safir en directo. A otros colaboradores se les echó de menos al verles en la pantalla. El trío, de Aluche a Caraban, anunció su regreso: en otoño del año próximo cerrarán la gira actual de vuelta en la capital. ¿Que cómo estuvo su actuación? Pongamos siete estrellas.
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