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  Internacional  Groenlandia expone la fragilidad del escudo occidental
Internacional

Groenlandia expone la fragilidad del escudo occidental

10 de enero de 2026
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Pocas veces la geopolítica ofrece una paradoja tan desnuda. Los líderes europeos intentan implicar a la Administración de Donald Trump en la defensa de la soberanía de Ucrania frente al expansionismo ruso, mientras ese mismo Estados Unidos —tras su controvertida operación militar en Venezuela— amenaza ahora con hacerse con Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, una nación europea y miembro de la OTAN. La ironía revela hasta qué punto el orden internacional que el Viejo Continente intenta preservar está siendo cuestionado por quien debería ser su principal garante.. Durante más de ochenta años, la OTAN se ha regido por una premisa simple: la amenaza venía de fuera. Primero la Unión Soviética, luego Rusia; más tarde el terrorismo, Oriente Próximo o China. En definitiva, la alianza nació para proteger a Europa de fuerzas externas. Pero hoy ese axioma se ha quebrado.. Las presiones que la Casa Blanca ejerce sobre Groenlandia no son una extravagancia diplomática, sino una crisis estructural para la arquitectura de seguridad occidental. La isla —estratégica en el Ártico y rica en tierras raras y minerales críticos para armamento, chips y tecnología verde— no es una «terra nullius». Es parte del Reino de Dinamarca. Que el presidente de Estados Unidos sugiera abiertamente que podría adquirirla de forma unilateral, incluso mediante el uso de la fuerza, abre una grieta sin precedentes dentro del sistema de defensa colectiva. En Moscú y Pekín se frotan las manos: si Washington puede intimidar a un aliado europeo, ¿con qué legitimidad puede denunciar la anexión de Crimea o las ambiciones chinas sobre Taiwán?. Nadie quiere enfrentarse a Trump. Groenlandia encaja plenamente en la lógica de America First. Para Trump, la política exterior ya no gira en torno a alianzas o normas compartidas, sino a ventajas estratégicas concretas. El control del Ártico y de sus recursos críticos se ha convertido en una prioridad para que Estados Unidos no pierda terreno frente a China y Rusia, y eso redefine la relación con aliados menores. Dinamarca deja de ser un socio que merece protección y pasa a ser, simplemente, un actor sentado sobre un activo que Washington considera demasiado importante para dejarlo fuera de su órbita.. Y la OTAN nunca fue diseñada para resolver conflictos de este tipo. Sus tratados no distinguen entre una agresión externa y una interna, pero existe una convención clara: el Artículo 5 —el «todos para uno y uno para todos»— no se aplica cuando un miembro ataca a otro. El precedente es Chipre, cuando Turquía invadió la isla en 1974. La OTAN no intervino; Estados Unidos medió. La diferencia hoy es que Estados Unidos no es un mediador: es el actor que provoca la crisis.. Ahí reside el verdadero dilema europeo. Nadie quiere enfrentarse a Trump, que nunca ha ocultado su desprecio por la alianza. Cuando la tensión política aumentó en Washington, seis grandes potencias europeas —entre ellas el Reino Unido, Francia, Alemania y España— emitieron una declaración conjunta defendiendo que la seguridad en el Ártico debe abordarse dentro de la OTAN y que solo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir su futuro. Pero evitaron cualquier crítica directa a Estados Unidos. No fue una casualidad, sino que se valoró como una muestra más de dependencia.. Un estilo intimidatorio. Y ese es el núcleo del problema. El estilo de Trump intimida. Los líderes europeos han optado sistemáticamente por gestionar al presidente estadounidense en lugar de confrontarlo, temerosos de perder su respaldo en un momento en que Rusia sigue siendo una amenaza militar y China una potencia ascendente. La reciente guerra de aranceles lo ha dejado claro: Europa prefiere ceder en comercio antes que poner en riesgo su paraguas de seguridad.. Pero una OTAN dividida es una OTAN debilitada. Y una OTAN debilitada es una invitación para las potencias revisionistas. Mientras Rusia mantiene la presión en Ucrania y China amplía su huella en Eurasia y el Indo-Pacífico, Europa se encuentra en una posición incómoda, ya que sus garantías de seguridad ya no descansan en normas, tratados o instituciones, sino en la volatilidad política de Washington.. Trump logró que casi todos los aliados —excepto España— se comprometieran a aumentar masivamente su gasto en defensa. Pero eso no ha reducido la dependencia europea de Estados Unidos en inteligencia, mando y control, capacidad aérea y logística estratégica. Washington lo sabe. Y en geopolítica, la dependencia es poder.. Lo que está ocurriendo con Groenlandia no es una disputa territorial menor. Es una señal de que el orden surgido tras 1945 —basado en soberanía, alianzas y reglas compartidas— está siendo erosionado desde dentro. Trump no opera en ese marco. Su lógica es la de las grandes potencias sin restricciones: territorio, recursos, ventaja estratégica. En ese mundo, Groenlandia no es una sociedad con derechos, sino un activo. Dinamarca no es un aliado, sino un obstáculo. Y la OTAN no es una comunidad de valores, sino una herramienta mientras sirva a los intereses estadounidenses.. Por eso la pregunta ya no es quién controla Groenlandia, sino si Europa conserva aún alguna capacidad real para decidir su propio destino dentro de una alianza dominada por un país que más que socio empieza a comportarse como un rival.

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Pocas veces la geopolítica ofrece una paradoja tan desnuda. Los líderes europeos intentan implicar a la Administración de Donald Trump en la defensa de la soberanía de Ucrania frente al expansionismo ruso, mientras ese mismo Estados Unidos —tras su controvertida operación militar en Venezuela— amenaza ahora con hacerse con Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, una nación europea y miembro de la OTAN. La ironía revela hasta qué punto el orden internacional que el Viejo Continente intenta preservar está siendo cuestionado por quien debería ser su principal garante.. Durante más de ochenta años, la OTAN se ha regido por una premisa simple: la amenaza venía de fuera. Primero la Unión Soviética, luego Rusia; más tarde el terrorismo, Oriente Próximo o China. En definitiva, la alianza nació para proteger a Europa de fuerzas externas. Pero hoy ese axioma se ha quebrado.. Las presiones que la Casa Blanca ejerce sobre Groenlandia no son una extravagancia diplomática, sino una crisis estructural para la arquitectura de seguridad occidental. La isla —estratégica en el Ártico y rica en tierras raras y minerales críticos para armamento, chips y tecnología verde— no es una «terra nullius». Es parte del Reino de Dinamarca. Que el presidente de Estados Unidos sugiera abiertamente que podría adquirirla de forma unilateral, incluso mediante el uso de la fuerza, abre una grieta sin precedentes dentro del sistema de defensa colectiva. En Moscú y Pekín se frotan las manos: si Washington puede intimidar a un aliado europeo, ¿con qué legitimidad puede denunciar la anexión de Crimea o las ambiciones chinas sobre Taiwán?. Nadie quiere enfrentarse a Trump. Groenlandia encaja plenamente en la lógica de America First. Para Trump, la política exterior ya no gira en torno a alianzas o normas compartidas, sino a ventajas estratégicas concretas. El control del Ártico y de sus recursos críticos se ha convertido en una prioridad para que Estados Unidos no pierda terreno frente a China y Rusia, y eso redefine la relación con aliados menores. Dinamarca deja de ser un socio que merece protección y pasa a ser, simplemente, un actor sentado sobre un activo que Washington considera demasiado importante para dejarlo fuera de su órbita.. Y la OTAN nunca fue diseñada para resolver conflictos de este tipo. Sus tratados no distinguen entre una agresión externa y una interna, pero existe una convención clara: el Artículo 5 —el «todos para uno y uno para todos»— no se aplica cuando un miembro ataca a otro. El precedente es Chipre, cuando Turquía invadió la isla en 1974. La OTAN no intervino; Estados Unidos medió. La diferencia hoy es que Estados Unidos no es un mediador: es el actor que provoca la crisis.. Ahí reside el verdadero dilema europeo. Nadie quiere enfrentarse a Trump, que nunca ha ocultado su desprecio por la alianza. Cuando la tensión política aumentó en Washington, seis grandes potencias europeas —entre ellas el Reino Unido, Francia, Alemania y España— emitieron una declaración conjunta defendiendo que la seguridad en el Ártico debe abordarse dentro de la OTAN y que solo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir su futuro. Pero evitaron cualquier crítica directa a Estados Unidos. No fue una casualidad, sino que se valoró como una muestra más de dependencia.. Un estilo intimidatorio. Y ese es el núcleo del problema. El estilo de Trump intimida. Los líderes europeos han optado sistemáticamente por gestionar al presidente estadounidense en lugar de confrontarlo, temerosos de perder su respaldo en un momento en que Rusia sigue siendo una amenaza militar y China una potencia ascendente. La reciente guerra de aranceles lo ha dejado claro: Europa prefiere ceder en comercio antes que poner en riesgo su paraguas de seguridad.. Pero una OTAN dividida es una OTAN debilitada. Y una OTAN debilitada es una invitación para las potencias revisionistas. Mientras Rusia mantiene la presión en Ucrania y China amplía su huella en Eurasia y el Indo-Pacífico, Europa se encuentra en una posición incómoda, ya que sus garantías de seguridad ya no descansan en normas, tratados o instituciones, sino en la volatilidad política de Washington.. Trump logró que casi todos los aliados —excepto España— se comprometieran a aumentar masivamente su gasto en defensa. Pero eso no ha reducido la dependencia europea de Estados Unidos en inteligencia, mando y control, capacidad aérea y logística estratégica. Washington lo sabe. Y en geopolítica, la dependencia es poder.. Lo que está ocurriendo con Groenlandia no es una disputa territorial menor. Es una señal de que el orden surgido tras 1945 —basado en soberanía, alianzas y reglas compartidas— está siendo erosionado desde dentro. Trump no opera en ese marco. Su lógica es la de las grandes potencias sin restricciones: territorio, recursos, ventaja estratégica. En ese mundo, Groenlandia no es una sociedad con derechos, sino un activo. Dinamarca no es un aliado, sino un obstáculo. Y la OTAN no es una comunidad de valores, sino una herramienta mientras sirva a los intereses estadounidenses.. Por eso la pregunta ya no es quién controla Groenlandia, sino si Europa conserva aún alguna capacidad real para decidir su propio destino dentro de una alianza dominada por un país que más que socio empieza a comportarse como un rival.

 

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