En diciembre de 1223, Francisco de Asís no tenía ya nada del joven que recorrió predicando por el sur de Francia, España, Italia, y hasta llegó a Egipto con la quinta cruzada (1217-1221). Tenía poco más de cuarenta años, el cuerpo marcado por la enfermedad y era ya un santo en vida.. En la pequeña localidad de Greccio, en los Apeninos italianos, Francisco de Asís introdujo una forma nueva de celebrar la Navidad, un cambio en la manera de percibir el nacimiento de Cristo. Aquel invierno, la Navidad dejó de ser únicamente un relato escuchado en la misa o una imagen contemplada en la pared, para convertirse en una experiencia concreta, física y compartida.. La trayectoria vital de Francisco de Asís era ya bien conocida. Nacido como Giovanni, hijo de Madonna Pica de Bourlemont y de Pietro di Bernardone, una familia de comerciantes acomodados de Asís. Su padre decidió cambiarle a su hijo el nombre a «Francesco», seguramente derivado del país que le había dado la fortuna familiar, que no era otro que Francia.. Después de la guerra entre Asís y Perugia en el 1202, y su encarcelamiento y enfermedad severa durante un año, renunció a la herencia paterna, abrazó la pobreza voluntaria y fundó una fraternidad basada en la vida itinerante, el trabajo manual y la cercanía con los marginados. Su espiritualidad se caracterizaba por una desconfianza constante hacia la abstracción. Prefería los gestos visibles, los signos sencillos, las prácticas que implicaban al cuerpo y a los sentidos.. La celebración de Greccio responde a ese mismo impulso. Francisco pidió a un amigo noble, Giovanni di Velita, que preparara un establo real, con un pesebre, paja, un buey y un asno. No quiso imágenes talladas. Tampoco se colocó un niño en el pesebre. El centro no era la escenografía, sino el espacio. La misa se celebró allí, en plena noche, con la comunidad reunida alrededor, y al mismo nivel. No había separación clara entre celebrantes y fieles. Campesinos, frailes, nobles locales y vecinos compartían el mismo espacio. La jerarquía se diluía en favor de una experiencia común. El frío nocturno, la roca áspera, la respiración de los animales, la precariedad del establo y la luz de las antorchas formaban parte inseparable del acto.. El objetivo era «ver con los ojos del cuerpo» las condiciones en las que, según los Evangelios, nació Jesús de Nazaret. Francisco proponía una comprensión de la Navidad basada en la percepción sensorial. El misterio de la encarnación no debía ser solo comprendido intelectualmente, sino experimentado a través de la vista, el tacto, el oído y el entorno físico. La pobreza del lugar no era simbólica, sino real. La comunidad no asistía como espectadora, sino que estaba presente.. Este enfoque supuso un desplazamiento importante respecto a la celebración navideña dominante en la Edad Media. Hasta entonces, la Navidad se celebraba principalmente en el interior de las iglesias, en latín, con una liturgia solemne y distante para la mayoría de la población. Greccio, en cambio, situaba el acontecimiento fuera, en un entorno rural, accesible, comprensible sin mediaciones eruditas, reforzando la idea de una creación entera reunida en torno al nacimiento.. Y se armó el belén. La iniciativa tuvo una rápida difusión. Los compañeros de Francisco de Asís la imitaron, y con el tiempo el belén se convirtió en una práctica habitual en conventos, iglesias, mercados de Navidad y, más tarde, en hogares a través de los «belenes navideños». Con el paso de los siglos, aquella experiencia austera se transformó en una tradición decorativa, muy a menudo idealizada.. Aunque también existe arraigada la tradición de visitar los pesebres vivientes por diferentes pueblos de España como Santillana del Mar (Cantabria), Bàscara (Girona), Beas (Huelva), Buitrago de Lozoya (Madrid), Cabezón de Pisuerga (Valladolid), Las Cabezas de San Juan o Arcos de la Frontera (Cádiz), entre otros.. Francisco murió en el año 1226, apenas tres años después de la celebración de Greccio. Su legado se expresa en diferentes relatos que mezclan la historia con la fantasía; y en prácticas concretas como la del belén viviente. Transformó la Navidad en algo que se puede recorrer, habitar y sentir, introduciendo la idea de que el nacimiento de Cristo es un acontecimiento que se recrea mediante el cuerpo, el espacio y la comunidad.
En la Nochebuena de 1223, en una aldea de los Apeninos, la Navidad dejó de ser solo un relato para convertirse en una experiencia compartida
En diciembre de 1223, Francisco de Asís no tenía ya nada del joven que recorrió predicando por el sur de Francia, España, Italia, y hasta llegó a Egipto con la quinta cruzada (1217-1221). Tenía poco más de cuarenta años, el cuerpo marcado por la enfermedad y era ya un santo en vida.. En la pequeña localidad de Greccio, en los Apeninos italianos, Francisco de Asís introdujo una forma nueva de celebrar la Navidad, un cambio en la manera de percibir el nacimiento de Cristo. Aquel invierno, la Navidad dejó de ser únicamente un relato escuchado en la misa o una imagen contemplada en la pared, para convertirse en una experiencia concreta, física y compartida.. La trayectoria vital de Francisco de Asís era ya bien conocida. Nacido como Giovanni, hijo de Madonna Pica de Bourlemont y de Pietro di Bernardone, una familia de comerciantes acomodados de Asís. Su padre decidió cambiarle a su hijo el nombre a «Francesco», seguramente derivado del país que le había dado la fortuna familiar, que no era otro que Francia.. Después de la guerra entre Asís y Perugia en el 1202, y su encarcelamiento y enfermedad severa durante un año, renunció a la herencia paterna, abrazó la pobreza voluntaria y fundó una fraternidad basada en la vida itinerante, el trabajo manual y la cercanía con los marginados. Su espiritualidad se caracterizaba por una desconfianza constante hacia la abstracción. Prefería los gestos visibles, los signos sencillos, las prácticas que implicaban al cuerpo y a los sentidos.. La celebración de Greccio responde a ese mismo impulso. Francisco pidió a un amigo noble, Giovanni di Velita, que preparara un establo real, con un pesebre, paja, un buey y un asno. No quiso imágenes talladas. Tampoco se colocó un niño en el pesebre. El centro no era la escenografía, sino el espacio. La misa se celebró allí, en plena noche, con la comunidad reunida alrededor, y al mismo nivel. No había separación clara entre celebrantes y fieles. Campesinos, frailes, nobles locales y vecinos compartían el mismo espacio. La jerarquía se diluía en favor de una experiencia común. El frío nocturno, la roca áspera, la respiración de los animales, la precariedad del establo y la luz de las antorchas formaban parte inseparable del acto.. El objetivo era «ver con los ojos del cuerpo» las condiciones en las que, según los Evangelios, nació Jesús de Nazaret. Francisco proponía una comprensión de la Navidad basada en la percepción sensorial. El misterio de la encarnación no debía ser solo comprendido intelectualmente, sino experimentado a través de la vista, el tacto, el oído y el entorno físico. La pobreza del lugar no era simbólica, sino real. La comunidad no asistía como espectadora, sino que estaba presente.. Este enfoque supuso un desplazamiento importante respecto a la celebración navideña dominante en la Edad Media. Hasta entonces, la Navidad se celebraba principalmente en el interior de las iglesias, en latín, con una liturgia solemne y distante para la mayoría de la población. Greccio, en cambio, situaba el acontecimiento fuera, en un entorno rural, accesible, comprensible sin mediaciones eruditas, reforzando la idea de una creación entera reunida en torno al nacimiento.. Y se armó el belén. La iniciativa tuvo una rápida difusión. Los compañeros de Francisco de Asís la imitaron, y con el tiempo el belén se convirtió en una práctica habitual en conventos, iglesias, mercados de Navidad y, más tarde, en hogares a través de los «belenes navideños». Con el paso de los siglos, aquella experiencia austera se transformó en una tradición decorativa, muy a menudo idealizada.. Aunque también existe arraigada la tradición de visitar los pesebres vivientes por diferentes pueblos de España como Santillana del Mar (Cantabria), Bàscara (Girona), Beas (Huelva), Buitrago de Lozoya (Madrid), Cabezón de Pisuerga (Valladolid), Las Cabezas de San Juan o Arcos de la Frontera (Cádiz), entre otros.. Francisco murió en el año 1226, apenas tres años después de la celebración de Greccio. Su legado se expresa en diferentes relatos que mezclan la historia con la fantasía; y en prácticas concretas como la del belén viviente. Transformó la Navidad en algo que se puede recorrer, habitar y sentir, introduciendo la idea de que el nacimiento de Cristo es un acontecimiento que se recrea mediante el cuerpo, el espacio y la comunidad.
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