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  Cultura  Florian Zeller, dramaturgo, cineasta e imán de los grandes actores: “No escribo lo que le gusta a la gente, sino lo que podría gustarle”
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Florian Zeller, dramaturgo, cineasta e imán de los grandes actores: “No escribo lo que le gusta a la gente, sino lo que podría gustarle”

28 de enero de 2026
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Florian Zeller (París, 46 años) lleva casi 30 años triunfando en lo que hace, pero no deja de sentirse un principiante. Empezó escribiendo novelas en los años 2000 y no tardó en ganar el Premio Interallié, uno de los seis grandes reconocimientos literarios en Francia. Luego dio el salto al teatro escribiendo comedias para la Comédie-Française y, poco más tarde, cambió radicalmente de registro para abordar distintas formas de trauma familiar con El padre, La madre y El hijo, una de las trilogías más representadas del teatro contemporáneo, que consolidó su estatus como uno de los dramaturgos más celebrados de su generación. “Cada paso que he dado en mi carrera me ha hecho ser nuevo en algo otra vez. Me gusta no saberlo todo y exponerme a lo desconocido”, cuenta.. Seguir leyendo

 

Florian Zeller (París, 46 años) lleva casi 30 años triunfando en lo que hace, pero no deja de sentirse un principiante. Empezó escribiendo novelas en los años 2000 y no tardó en ganar el Premio Interallié, uno de los seis grandes reconocimientos literarios en Francia. Luego dio el salto al teatro escribiendo comedias para la Comédie-Française y, poco más tarde, cambió radicalmente de registro para abordar distintas formas de trauma familiar con El padre, La madre y El hijo, una de las trilogías más representadas del teatro contemporáneo, que consolidó su estatus como uno de los dramaturgos más celebrados de su generación. “Cada paso que he dado en mi carrera me ha hecho ser nuevo en algo otra vez. Me gusta no saberlo todo y exponerme a lo desconocido”, cuenta. Seguir leyendo

  

Florian Zeller (París, 46 años) lleva casi 30 años triunfando en lo que hace, pero no deja de sentirse un principiante. Empezó escribiendo novelas en los años 2000 y no tardó en ganar el Premio Interallié, uno de los seis grandes reconocimientos literarios en Francia. Luego dio el salto al teatro escribiendo comedias para la Comédie-Française y, poco más tarde, cambió radicalmente de registro para abordar distintas formas de trauma familiar con El padre, La madre y El hijo, una de las trilogías más representadas del teatro contemporáneo, que consolidó su estatus como uno de los dramaturgos más celebrados de su generación. “Cada paso que he dado en mi carrera me ha hecho ser nuevo en algo otra vez. Me gusta no saberlo todo y exponerme a lo desconocido”, cuenta.

Ese mismo impulso lo llevó a enviar la adaptación cinematográfica de El padre a Anthony Hopkins, un actor al que no conocía y al que acabaría dirigiendo en un debut en el cine que le valió el Oscar al mejor guion adaptado y le otorgó al intérprete su segunda estatuilla como mejor actor. Con ese empujón a la notoriedad de su trabajo, sus textos, no solo los tres más populares, sino los cerca de 15 que ha escrito para las tablas, no han dejado de recorrer el mundo —ya van casi 50 países—. En Madrid se representa ahora La verdad, una comedia que dirige Juan Carlos Fisher y protagoniza Joaquín Reyes en el teatro Infanta Isabel. Además, la editorial De Conatus publica la célebre trilogía traducida al español.

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Paradójicamente, Zeller es de los que quieren tenerlo todo controlado. Prevé con antelación los preparativos de la entrevista, prefiere que no se le haga ninguna foto y reprime con delicadeza a quien rompe el silencio del bar del hotel Ritz de Madrid, todavía cerrado, que acoge la charla. “Tengo problemas con dejar que las cosas pasen sin controlarlas”, reconoce. Habla con parsimonia, medita sus respuestas y se inclina sobre la mesa cuando la evidente pasión que siente por contar historias lo desborda. Su representante indica que en caso de padecer algún catarro el periodista, acuda con mascarilla. No es el caso. Zeller ha llegado a la cita en medio de una pausa en el rodaje de su nueva película, Búnker, protagonizada por Javier Bardem y Penélope Cruz, y escrita por él por primera vez pensando directamente en el cine. Además, con una importante parte en español, idioma que no habla.

“Está siendo una experiencia intensa, honesta y hermosa. De verdad los amo, los admiro mucho [a Bardem y Cruz]. Han sido intrépidos, exploramos territorios íntimos, territorios emocionales, y ellos han sido muy valientes al hacerlo como pareja, porque no es tan fácil. Sí, ha sido una de las experiencias más alegres, intensas y emocionalmente gratificantes de mi vida. Ambos son actores extraordinarios, sin duda, pero también son personas hermosas”, cuenta el autor. Es su tercer trabajo como director de cine, tras adaptar también El hijo —mucho menos exitoso que su debut—. El texto de Búnker lo escribió pensando específicamente en la pareja española. Lo mismo pasó con la adaptación de El padre, donde cambió el nombre del personaje de André a Anthony para tener al actor estadounidense en su mente aunque aquello le pareciera un “sueño irrealizable”.

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Olivia Colman y Anthony Hopkins, en la versión cinematográfica de’El padre’.

Los intérpretes son uno de los pilares de su escritura, y le pone sus caras a los personajes en cuanto empieza a teclear. “Yo empiezo a escribir con un actor muy específico en la mente. Disfruto mucho de transformar el deseo de contar con un gran actor en una experiencia artística”, explica. Quizá por ese compromiso, sus poderosos personajes, que transitan de la cordura a la locura, ofrecen un festín interpretativo para quien los aprovecha. Han sido imanes de algunos de los más grandes —sin caer en la exageración— actores de su época. En la piel del anciano que poco a poco se pierde en la demencia en El padre, se han metido, además de Hopkins, Frank Langella, Kenneth Cranham, Héctor Alterio o Josep Maria Pou. En la de la esposa, madre y ama de casa que entra en depresión cuando sus hijos se van de casa en La madre, Isabelle Huppert, Gina McKee o Aitana Sánchez-Gijón. Y en la de los padres que lidian con una cruel depresión de su hijo adolescente, en El hijo, Yvan Attal, Amanda Abbington o John Light.

Son textos que abordan temas sociales, pero siempre desde una experiencia íntima. Porque para Zeller, “el buen teatro trata de la experiencia humana”. “No me gusta el teatro político. El arte es un lugar para plantear preguntas. Hay diferentes voces y no es el papel del dramaturgo decir quién tiene razón y quién no”, explica. Tampoco siente responsabilidad por el impacto social de su trabajo, a pesar de que toca temas delicados: “De lo único que me siento responsable es de explorar hasta qué punto podemos ser empáticos con los demás. Para mí, lo más ambicioso es intentar que las personas se sientan conectadas consigo mismas. Y todo se reduce a la empatía”.

En su trabajo hay dos referencias muy claras: Harold Pinter y David Lynch. Los dos se encuentran fácilmente en sus obras. El onirismo de uno y la relevancia en el silencio del otro (“silencio”, “pausa”, “larga pausa”, se lee con regularidad en el libro que ahora publica). “Pinter fue quien me enseñó que lo que importa no es solo lo que se dice, sino también lo que no se dice, lo que está detrás de las palabras. Un personaje puede decir que no y significa que sí”, explica.

Las historias de Zeller se sumergen en la profundidad de la mente humana. La forma construye al personaje (o lo deconstruye, en realidad). Es habitual que el espectador, como el protagonista de la historia, nunca sepa si lo que ocurre es real o no. “Yo soy el primero en sorprenderme de lo que pasa. Con El padre, por ejemplo, escribía sin saber cómo sería. Intenté ponerme en una situación mental en la que realmente no sabía lo que iba a pasar en el minuto siguiente. Y así, de repente, se abrió una puerta y entró un personaje que yo no esperaba. Para entender lo que está pasando, necesito seguir escribiendo”, expone el creador.

“Yo experimento la escritura como una conexión directa con el público. Cuando escribo una obra siento que estoy en un teatro, delante de un espectáculo que se desarrolla solo para mí”. Por eso construye lo que él llama “un sistema de arquitectura compleja”, que invita a la audiencia a ser parte del espectáculo. “Me interesa ponerlos en una posición activa. Es una invitación para que encuentren su propio camino, busquen significado, emociones, y quiero que participen activamente en el proceso de la narración”, razona. Aunque ese virtuosismo técnico no está exento de suspicacias. Hay quien critica que su forma pueda ser repetitiva. Él lo tiene claro: “De lo que se trata es de no mentirte a ti mismo y pensar constantemente en el público. Para mí, ese es mi punto de partida. No se trata de escribir lo que le gusta a la gente, sino de escribir lo que podría gustarles”.

Eso explica que sea previsiblemente muy celoso con su texto. A pesar de haber recorrido el mundo, intenta mantenerlo siempre “intocable” y alejado de los experimentos ajenos, incluidos los de los actores, por más extraordinarios que sean. “Trato de ser lo más preciso posible e invito a los actores a ser precisos con el lenguaje. Lo que quiero que aporten no es texto, es su intuición, su voz y su presencia. A veces, si tienes la suerte de trabajar con grandes actores, puedes ser testigo de la belleza y la gracia que emergen a través de un cuerpo”, añade. Aunque, luego, lo imprevisible del teatro (que no se cansa de repetir que ama) le causa bastante frustración: “Un día tienes gracia y otro día no funciona. Un día el público lo recibe bien, otro día no. Un día los actores lo hacen genial, y otro no”.

Eso en el cine no le pasa. Ahí encontró un espacio de mayor control creativo, o al menos de “ilusión de control”. “En El padre como película, uno de los más grandes alivios que tuve fue haber editado mi versión ideal. Fue exactamente lo que sentía en mi corazón. El cine es eso, no está vivo y para quienes, como yo, tenemos problemas con la idea de dejar que las cosas fluyan, la ilusión es muy tentadora”, cuenta. También encuentra un refugio detrás de la pantalla: “El teatro es la única forma de arte en la que asistes a la recepción de tu propio trabajo. Con el cine puedes mentirte a ti mismo. Pero cuando una obra de teatro no funciona, es una experiencia física. Puedes darte cuenta cuando estás en la sala de que algo anda mal”. Aunque eso también le parece “lo hermoso del teatro: su verdad”. De las críticas del cine, como las que recibió después de su segundo filme, prefiere aislarse. “Me ayuda a intentar aprender a no existir a través de la mirada de otra persona, del juicio de otra persona. Exponernos públicamente a reseñas y críticos te obliga a tener claro por qué haces las cosas que haces”.

A él volverá, dice, después de terminar su nueva película. Y lo seguirá acompañando una trilogía con la que, a más de 15 años de su llegada a los escenarios, se sigue sintiendo “muy conectado”. No le preocupa que eso marque su carrera, ni piensa que limite la creatividad de su trabajo próximo. ¿Le falta algo a esos personajes, ya icónicos, por hacer? Para empezar, la adaptación al cine que falta de La madre —“No lo he hecho porque era demasiado pronto, es demasiado parecido a El padre, pero espero hacerlo algún día”, reconoce— y un último capricho de su creador: “En estas tres obras no es que sean los mismos personajes, pero podrían serlo, y me encantaría ver algún día a los mismos actores interpretando las tres obras en la misma semana. Pero solo por mi placer personal”. El anzuelo está lanzado, seguramente no faltará quien lo recoja.

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