Aunque escribió mucho y de modo muy sentido sobre ella, se atribuye falsamente a Rilke una cita sobre la infancia que ha llegado a ser más conocida que la mayoría de sus poemas, a saber, que se trata de la única patria que tiene el hombre. Por desgracia, se trata de una patria en trance de desaparición, no solo porque su territorio lo pueblan cada vez menos gentes, sino porque sus escasos habitantes intentan cruzar lo antes posible sus fronteras para adentrarse en el país limítrofe, el de la adultez. Y es que cada vez hay menos niños y cada vez somos niños menos tiempo. Paralelamente, ese estado vecino va anexionándose poco a poco el reino de la infancia, porque, de modo creciente, los adultos juegan a ser niños, casi siempre para escapar de las obligaciones que entraña la madurez.. En España nacen seis niños por cada mil habitantes, lo que supone que cada mujer tiene, en promedio, solo 1,10 hijos. Al mismo tiempo, la edad media a la que son madres se sitúa por encima de los treinta y dos años. Estos pocos niños con progenitores mayores van a vivir, además, infancias más breves, tanto biológica como culturalmente. Estudios recientes indican que la pubertad llega cada vez más pronto (en Estados Unidos, la menarquia lo hace alrededor de los doce años, cinco antes que un siglo atrás). Las causas son diversas, incluyendo la obesidad infantil, el estrés y la exposición a compuestos artificiales que interactúan con los mecanismos hormonales que regulan la maduración sexual. Claro que ni siquiera dejamos que los niños lo sean plenamente durante el menguante intervalo de tiempo que les brinda la biología. Socialmente, se ven cada vez más presionados a adoptar comportamientos propios de los adultos. Las niñas, por ejemplo, visten y actúan como mujeres desde muy pronto y el mercado les proporciona encantado (tanto como los padres que se aprestan a comprárselos) todos los aditamentos necesarios para ello, desde maquillaje hasta bañadores con relleno. A lo anterior contribuye, de modo decisivo, la precoz disponibilidad de dispositivos móviles, que suele conllevar una integración no menos prematura en las redes sociales. Los niños se ven, así, expuestos desde edades muy tempranas, y sin tutelaje efectivo alguno (porque aprenden rápidamente a sortear cualesquiera filtros o cortafuegos que los adultos tratemos de imponerles), a contenidos inadecuados, desde la pornografía al consumismo más descarnado, lo que los lleva a adquirir comportamientos, actitudes y valores indeseables, especialmente para ellos. Móviles y redes sociales han cambiado también, y lo han hecho para peor, su forma de socializar, que ha dejado de ser analógica y sincrónica, para convertirse en virtual y asíncrona, lo que supone que los niños convivan cada vez menos con otros niños en el mundo real. Pero el juego infantil es un simulacro de vida, que les permite adquirir destrezas motoras, cognitivas y sociales, y, sobre todo, que los obliga a enfrentarse, de forma controlada y por consiguiente más segura, a los retos que comporta vivir, haciendo que ganen seguridad en sí mismos y reforzando su autonomía y su autoestima. No debería sorprendernos, por tanto, que muchos niños de hoy, hiperprotegidos cuando salen a ese mundo real, pero desprotegidos cuando deambulan por el virtual, hayan acabado convirtiéndose en criaturas ansiosas e inseguras, y aún peor, en caricaturas de (lo menos encomiable de) los adultos.. A la vez que empujamos a los niños, directa o indirectamente, a abandonar cuanto antes la infancia, los adultos prolongan, o adoptan de nuevo, comportamientos típicamente infantiles. No es solo que personas con treinta años sigan jugando a la consola, que los cuarentones hagan fiestas de pijamas, o que a los cincuenta solo veamos películas de superhéroes, sino que asistimos a una ludificación generalizada de nuestras vidas. Así, cuando compramos en una tienda, en lugar de solicitarnos que describamos en detalle las deficiencias y las bondades del servicio recibido, solo se nos pide que pulsemos un emoticono (triste o sonriente, según el caso) en una pantalla. Del mismo modo, en el aula las tareas se han «gamificado», lo que significa que ahora se diseñan (y hasta se puntúan) como videojuegos, porque el objetivo principal del aprendizaje no consiste ya en adquirir conocimientos o habilidades, sino, sobre todo, en disfrutar. Todo tiene que ser divertido, ligero, motivador y entusiástico, como si estuviésemos de visita en un parque de atracciones. Hemos convertido en juego lo que no debería serlo (o no principalmente), a la vez que hemos despojado a quienes deberían jugar del tiempo necesario para ello y, especialmente, de los tipos de juegos a los que tendrían que jugar: los que ayudan a convertirse en adultos autosuficientes. Las fronteras entre la niñez y la adultez se han vuelto fatalmente permeables, cuando en todas las culturas constituyen etapas bien diferenciadas, con funciones claramente delimitadas y para las que la transición de una a otra, siempre sin vuelta atrás, se señalan (y se celebran comunitariamente) mediante comportamientos reconocibles e institucionalizados, que los antropólogos denominan ritos de paso. Así, por ejemplo, en muchas culturas africanas o australianas, el paso de niño a hombre supone ser circuncidado, mientras que en la Polinesia implica cortarse el cabello o tatuarse la piel. Tales ritos evidencian una conciencia de que la vida humana es una sucesión de etapas definidas, fundamentadas en la biología y reelaboradas culturalmente, y que atravesarlas adecuadamente es importante no solo para ocupar el lugar que nos corresponde en la sociedad a la que pertenecemos, sino también para que cristalice nuestra propia identidad. Dicho de otro modo, al pasar por tales ritos, el niño no solo se convierte en adulto a ojos de la comunidad, sino a sus propios ojos. En Occidente apenas quedan ya ritos de paso de esta clase. Y los pocos que persisten han sido parasitados y desvirtuados por los adultos hasta tal punto, que se han vuelto sustancialmente inservibles. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con ceremonias religiosas como la Primera Comunión o la Confirmación, trasunto de genuinos ritos de paso a la madurez, que hoy son remedos de ceremonias nupciales, y en general, meras excusas para consumir y hacer ostentación de lo consumido. La desritualización creciente de nuestras sociedades ha despojado a nuestros adolescentes de indicadores fiables de cuándo han dejado de ser niños para convertirse en adultos, contribuyendo a exacerbar las inseguridades y ansiedades propias de esta fase vital, potenciando, de este modo, el efecto negativo de las redes sociales, y la virtualización y ludificación de nuestra existencia.. Hay que volver a poner en valor la niñez como una etapa importante en sí misma y no como una simple fase de transición hacia la vida adulta. Cuando somos niños concluimos un desarrollo que, por nuestras especiales características biológicas, no es posible llevar a término dentro del útero materno: nuestro cerebro es tan grande que, si tuviésemos que nacer dotados de todas las capacidades que acabaremos adquiriendo, no conseguiríamos atravesar el canal del parto. En tanto que primates sociales, necesitamos además crecer en el seno de un entorno social y cultural suficientemente rico, pero interactuando con él, y no solo como meros espectadores. Al mismo tiempo, los niños no son simples esponjas que absorben pasivamente cuanto dicen y hacen los adultos. Estudios recientes sugieren que desarrollan sus propias expresiones culturales, que los antropólogos llaman «cultura de iguales», las cuales no constituyen tampoco copias imperfectas de las culturas adultas. Por un lado, tienen un carácter innovador, hasta el punto de que muchas de sus creaciones acaban siendo adoptadas por toda la comunidad. Por otro lado, funcionan como genuinos acervos de diversidad cultural, ya que los niños preservan prácticas y comportamientos abandonados por sus mayores, los cuales pueden volver a ser de utilidad en el futuro. Una cultura infantil, que solo florece jugando en grupo en el mundo real, es así un taller de ideas y un seguro de vida para la sociedad. No habríamos llegado a ser lo que somos sin el concurso de los niños. Urge, pues, recordarle a este mundo de hoy, empeñado en devorar la infancia, las palabras de Juvenal: «Maxima debetur puero reverentia», es decir, «la infancia merece nuestro máximo respeto». Claro que respetarla es, ante todo, dejar que los niños sigan siendo niños todo el tiempo que verdaderamente necesitan.
«Hay que volver a poner en valor la niñez como una etapa importante en sí misma»
Aunque escribió mucho y de modo muy sentido sobre ella, se atribuye falsamente a Rilke una cita sobre la infancia que ha llegado a ser más conocida que la mayoría de sus poemas, a saber, que se trata de la única patria que tiene el hombre. Por desgracia, se trata de una patria en trance de desaparición, no solo porque su territorio lo pueblan cada vez menos gentes, sino porque sus escasos habitantes intentan cruzar lo antes posible sus fronteras para adentrarse en el país limítrofe, el de la adultez. Y es que cada vez hay menos niños y cada vez somos niños menos tiempo. Paralelamente, ese estado vecino va anexionándose poco a poco el reino de la infancia, porque, de modo creciente, los adultos juegan a ser niños, casi siempre para escapar de las obligaciones que entraña la madurez.. En España nacen seis niños por cada mil habitantes, lo que supone que cada mujer tiene, en promedio, solo 1,10 hijos. Al mismo tiempo, la edad media a la que son madres se sitúa por encima de los treinta y dos años. Estos pocos niños con progenitores mayores van a vivir, además, infancias más breves, tanto biológica como culturalmente. Estudios recientes indican que la pubertad llega cada vez más pronto (en Estados Unidos, la menarquia lo hace alrededor de los doce años, cinco antes que un siglo atrás). Las causas son diversas, incluyendo la obesidad infantil, el estrés y la exposición a compuestos artificiales que interactúan con los mecanismos hormonales que regulan la maduración sexual. Claro que ni siquiera dejamos que los niños lo sean plenamente durante el menguante intervalo de tiempo que les brinda la biología. Socialmente, se ven cada vez más presionados a adoptar comportamientos propios de los adultos. Las niñas, por ejemplo, visten y actúan como mujeres desde muy pronto y el mercado les proporciona encantado (tanto como los padres que se aprestan a comprárselos) todos los aditamentos necesarios para ello, desde maquillaje hasta bañadores con relleno. A lo anterior contribuye, de modo decisivo, la precoz disponibilidad de dispositivos móviles, que suele conllevar una integración no menos prematura en las redes sociales. Los niños se ven, así, expuestos desde edades muy tempranas, y sin tutelaje efectivo alguno (porque aprenden rápidamente a sortear cualesquiera filtros o cortafuegos que los adultos tratemos de imponerles), a contenidos inadecuados, desde la pornografía al consumismo más descarnado, lo que los lleva a adquirir comportamientos, actitudes y valores indeseables, especialmente para ellos. Móviles y redes sociales han cambiado también, y lo han hecho para peor, su forma de socializar, que ha dejado de ser analógica y sincrónica, para convertirse en virtual y asíncrona, lo que supone que los niños convivan cada vez menos con otros niños en el mundo real. Pero el juego infantil es un simulacro de vida, que les permite adquirir destrezas motoras, cognitivas y sociales, y, sobre todo, que los obliga a enfrentarse, de forma controlada y por consiguiente más segura, a los retos que comporta vivir, haciendo que ganen seguridad en sí mismos y reforzando su autonomía y su autoestima. No debería sorprendernos, por tanto, que muchos niños de hoy, hiperprotegidos cuando salen a ese mundo real, pero desprotegidos cuando deambulan por el virtual, hayan acabado convirtiéndose en criaturas ansiosas e inseguras, y aún peor, en caricaturas de (lo menos encomiable de) los adultos.. A la vez que empujamos a los niños, directa o indirectamente, a abandonar cuanto antes la infancia, los adultos prolongan, o adoptan de nuevo, comportamientos típicamente infantiles. No es solo que personas con treinta años sigan jugando a la consola, que los cuarentones hagan fiestas de pijamas, o que a los cincuenta solo veamos películas de superhéroes, sino que asistimos a una ludificación generalizada de nuestras vidas. Así, cuando compramos en una tienda, en lugar de solicitarnos que describamos en detalle las deficiencias y las bondades del servicio recibido, solo se nos pide que pulsemos un emoticono (triste o sonriente, según el caso) en una pantalla. Del mismo modo, en el aula las tareas se han «gamificado», lo que significa que ahora se diseñan (y hasta se puntúan) como videojuegos, porque el objetivo principal del aprendizaje no consiste ya en adquirir conocimientos o habilidades, sino, sobre todo, en disfrutar. Todo tiene que ser divertido, ligero, motivador y entusiástico, como si estuviésemos de visita en un parque de atracciones. Hemos convertido en juego lo que no debería serlo (o no principalmente), a la vez que hemos despojado a quienes deberían jugar del tiempo necesario para ello y, especialmente, de los tipos de juegos a los que tendrían que jugar: los que ayudan a convertirse en adultos autosuficientes. Las fronteras entre la niñez y la adultez se han vuelto fatalmente permeables, cuando en todas las culturas constituyen etapas bien diferenciadas, con funciones claramente delimitadas y para las que la transición de una a otra, siempre sin vuelta atrás, se señalan (y se celebran comunitariamente) mediante comportamientos reconocibles e institucionalizados, que los antropólogos denominan ritos de paso. Así, por ejemplo, en muchas culturas africanas o australianas, el paso de niño a hombre supone ser circuncidado, mientras que en la Polinesia implica cortarse el cabello o tatuarse la piel. Tales ritos evidencian una conciencia de que la vida humana es una sucesión de etapas definidas, fundamentadas en la biología y reelaboradas culturalmente, y que atravesarlas adecuadamente es importante no solo para ocupar el lugar que nos corresponde en la sociedad a la que pertenecemos, sino también para que cristalice nuestra propia identidad. Dicho de otro modo, al pasar por tales ritos, el niño no solo se convierte en adulto a ojos de la comunidad, sino a sus propios ojos. En Occidente apenas quedan ya ritos de paso de esta clase. Y los pocos que persisten han sido parasitados y desvirtuados por los adultos hasta tal punto, que se han vuelto sustancialmente inservibles. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con ceremonias religiosas como la Primera Comunión o la Confirmación, trasunto de genuinos ritos de paso a la madurez, que hoy son remedos de ceremonias nupciales, y en general, meras excusas para consumir y hacer ostentación de lo consumido. La desritualización creciente de nuestras sociedades ha despojado a nuestros adolescentes de indicadores fiables de cuándo han dejado de ser niños para convertirse en adultos, contribuyendo a exacerbar las inseguridades y ansiedades propias de esta fase vital, potenciando, de este modo, el efecto negativo de las redes sociales, y la virtualización y ludificación de nuestra existencia.. Hay que volver a poner en valor la niñez como una etapa importante en sí misma y no como una simple fase de transición hacia la vida adulta. Cuando somos niños concluimos un desarrollo que, por nuestras especiales características biológicas, no es posible llevar a término dentro del útero materno: nuestro cerebro es tan grande que, si tuviésemos que nacer dotados de todas las capacidades que acabaremos adquiriendo, no conseguiríamos atravesar el canal del parto. En tanto que primates sociales, necesitamos además crecer en el seno de un entorno social y cultural suficientemente rico, pero interactuando con él, y no solo como meros espectadores. Al mismo tiempo, los niños no son simples esponjas que absorben pasivamente cuanto dicen y hacen los adultos. Estudios recientes sugieren que desarrollan sus propias expresiones culturales, que los antropólogos llaman «cultura de iguales», las cuales no constituyen tampoco copias imperfectas de las culturas adultas. Por un lado, tienen un carácter innovador, hasta el punto de que muchas de sus creaciones acaban siendo adoptadas por toda la comunidad. Por otro lado, funcionan como genuinos acervos de diversidad cultural, ya que los niños preservan prácticas y comportamientos abandonados por sus mayores, los cuales pueden volver a ser de utilidad en el futuro. Una cultura infantil, que solo florece jugando en grupo en el mundo real, es así un taller de ideas y un seguro de vida para la sociedad. No habríamos llegado a ser lo que somos sin el concurso de los niños. Urge, pues, recordarle a este mundo de hoy, empeñado en devorar la infancia, las palabras de Juvenal: «Maxima debetur puero reverentia», es decir, «la infancia merece nuestro máximo respeto». Claro que respetarla es, ante todo, dejar que los niños sigan siendo niños todo el tiempo que verdaderamente necesitan.
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