Europa y Estados Unidos vuelven a verse las caras en Múnich en un momento de profunda desconfianza mutua. La 62ª Conferencia de Seguridad, que arranca este viernes en la capital bávara, reúne a más de medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno en un contexto marcado por el deterioro de la relación transatlántica y por una pregunta que sobrevuela cada pasillo del Hotel Bayerischer Hof: ¿sigue siendo fiable Washington como garante último de la seguridad europea?. El foro, tradicionalmente concebido como el termómetro de la alianza occidental, se celebra este año bajo el impacto del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y de su voluntad explícita de revisar las reglas del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. El propio informe de la conferencia advierte de una etapa de demolición institucional en la que algunas potencias parecen más dispuestas a erosionar el sistema que a reformarlo.. En ese escenario, la representación estadounidense adquiere un significado político que va más allá del protocolo. No acude el presidente ni su vicepresidente. La delegación la encabeza el secretario de Estado, Marco Rubio. Un gesto que no ha pasado desapercibido en las capitales europeas, que interpretan la ausencia del presidente como un síntoma de distanciamiento en un momento en que la guerra de Ucrania y el debate sobre el gasto en defensa exigen coordinación. Las tensiones no son nuevas, pero se han agravado en los últimos meses.. Desde Washington se insiste en que el reparto de cargas dentro de la OTAN ha sido históricamente desequilibrado y se exige a los socios europeos un mayor esfuerzo presupuestario; de ahí, que muchos gobiernos hayan reaccionado acelerando sus planes de inversión militar. Alemania se dispone a duplicar su gasto en defensa en los próximos años. Otros países, como España, siguen defendiendo un compromiso más gradual.. El trasfondo, sin embargo, es más profundo que una discusión presupuestaria. Varios analistas consultados por la prensa alemana advierten de que el problema no es tanto una retirada abrupta del paraguas estadounidense como el desgaste progresivo de la confianza. Si crece la duda sobre la disposición real de Estados Unidos a cumplir sus compromisos, incluso en el ámbito nuclear, la arquitectura de disuasión que ha garantizado la estabilidad europea durante décadas podría verse debilitada sin necesidad de un anuncio formal.. Esa incertidumbre ha reabierto un debate que hasta hace poco parecía marginal: la posibilidad de reforzar o incluso redefinir la disuasión europea. Se habla de mayor autonomía estratégica, de coordinación reforzada entre París y Berlín e incluso de nuevas fórmulas institucionales dentro de la Unión Europea. Pero los expertos alertan de que no existen soluciones rápidas ni fórmulas mágicas.. Construir una alternativa creíble requeriría años de inversión, cohesión política y consenso social. En este aspecto, el canciller alemán, Friedrich Merz, afronta su primera Conferencia de Seguridad en el cargo con la intención de enviar un mensaje de firmeza y responsabilidad europea. En sus intervenciones previas ha insistido en que Alemania solo puede proyectar influencia dentro de una Europa cohesionada y que cualquier tentación de liderazgo unilateral sería contraproducente. En París y Varsovia, no obstante, persiste la inquietud ante el peso creciente de Berlín en el ámbito militar.. También estará presente el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en un momento en que España mantiene una posición diferenciada en el debate sobre el gasto en defensa. Madrid ha reiterado su compromiso con la OTAN, pero sin asumir por ahora objetivos más ambiciosos que el 2% del PIB. En Múnich, Sánchez buscará proyectar la imagen de un socio fiable dentro del marco europeo, al tiempo que defiende una concepción de la seguridad que no se limita al aumento del presupuesto militar, sino que incluye estabilidad energética, cohesión social y autonomía tecnológica.. La guerra en Ucrania seguirá siendo un eje central del debate. El presidente ucraniano, Zelenski, participará en un momento en que se multiplican las especulaciones sobre posibles negociaciones y sobre el alcance de las garantías de seguridad futuras. En Berlín se insiste en que un alto el fuego sin un marco sólido podría generar una falsa sensación de seguridad y dejar abiertas nuevas amenazas en el flanco oriental de la OTAN.. La conferencia de este año también refleja una fragmentación más amplia del orden internacional. China estará representada al máximo nivel diplomático, mientras que Rusia mantiene su ausencia desde el inicio de la invasión de Ucrania. En paralelo, figuras de la oposición iraní y venezolana aprovecharán el escaparate de Múnich para denunciar la deriva autoritaria en sus países.. Pero, pese a la amplitud temática, el foco real sigue siendo la relación entre Europa y Estados Unidos. Muchos líderes europeos llegan a Baviera con la sensación de que el viejo consenso basado en valores compartidos ha sido sustituido por una lógica más transaccional, en la que cada compromiso se mide en términos de coste y beneficio inmediato. Múnich no resolverá esa brecha pero sí servirá para calibrar hasta qué punto la alianza atlántica atraviesa una crisis coyuntural o un cambio estructural. En los salones del Bayerischer Hof no solo se debatirá sobre presupuestos o estrategias militares. Se discutirá, en última instancia, si Occidente sigue siendo una comunidad política o se ha convertido en una suma de intereses divergentes obligados a convivir.
Europa y Estados Unidos vuelven a verse las caras en Múnich en un momento de profunda desconfianza mutua. La 62ª Conferencia de Seguridad, que arranca este viernes en la capital bávara, reúne a más de medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno en un contexto marcado por el deterioro de la relación transatlántica y por una pregunta que sobrevuela cada pasillo del Hotel Bayerischer Hof: ¿sigue siendo fiable Washington como garante último de la seguridad europea?. El foro, tradicionalmente concebido como el termómetro de la alianza occidental, se celebra este año bajo el impacto del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y de su voluntad explícita de revisar las reglas del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. El propio informe de la conferencia advierte de una etapa de demolición institucional en la que algunas potencias parecen más dispuestas a erosionar el sistema que a reformarlo.. En ese escenario, la representación estadounidense adquiere un significado político que va más allá del protocolo. No acude el presidente ni su vicepresidente. La delegación la encabeza el secretario de Estado, Marco Rubio. Un gesto que no ha pasado desapercibido en las capitales europeas, que interpretan la ausencia del presidente como un síntoma de distanciamiento en un momento en que la guerra de Ucrania y el debate sobre el gasto en defensa exigen coordinación. Las tensiones no son nuevas, pero se han agravado en los últimos meses.. Desde Washington se insiste en que el reparto de cargas dentro de la OTAN ha sido históricamente desequilibrado y se exige a los socios europeos un mayor esfuerzo presupuestario; de ahí, que muchos gobiernos hayan reaccionado acelerando sus planes de inversión militar. Alemania se dispone a duplicar su gasto en defensa en los próximos años. Otros países, como España, siguen defendiendo un compromiso más gradual.. El trasfondo, sin embargo, es más profundo que una discusión presupuestaria. Varios analistas consultados por la prensa alemana advierten de que el problema no es tanto una retirada abrupta del paraguas estadounidense como el desgaste progresivo de la confianza. Si crece la duda sobre la disposición real de Estados Unidos a cumplir sus compromisos, incluso en el ámbito nuclear, la arquitectura de disuasión que ha garantizado la estabilidad europea durante décadas podría verse debilitada sin necesidad de un anuncio formal.. Esa incertidumbre ha reabierto un debate que hasta hace poco parecía marginal: la posibilidad de reforzar o incluso redefinir la disuasión europea. Se habla de mayor autonomía estratégica, de coordinación reforzada entre París y Berlín e incluso de nuevas fórmulas institucionales dentro de la Unión Europea. Pero los expertos alertan de que no existen soluciones rápidas ni fórmulas mágicas.. Construir una alternativa creíble requeriría años de inversión, cohesión política y consenso social. En este aspecto, el canciller alemán, Friedrich Merz, afronta su primera Conferencia de Seguridad en el cargo con la intención de enviar un mensaje de firmeza y responsabilidad europea. En sus intervenciones previas ha insistido en que Alemania solo puede proyectar influencia dentro de una Europa cohesionada y que cualquier tentación de liderazgo unilateral sería contraproducente. En París y Varsovia, no obstante, persiste la inquietud ante el peso creciente de Berlín en el ámbito militar.. También estará presente el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en un momento en que España mantiene una posición diferenciada en el debate sobre el gasto en defensa. Madrid ha reiterado su compromiso con la OTAN, pero sin asumir por ahora objetivos más ambiciosos que el 2% del PIB. En Múnich, Sánchez buscará proyectar la imagen de un socio fiable dentro del marco europeo, al tiempo que defiende una concepción de la seguridad que no se limita al aumento del presupuesto militar, sino que incluye estabilidad energética, cohesión social y autonomía tecnológica.. La guerra en Ucrania seguirá siendo un eje central del debate. El presidente ucraniano, Zelenski, participará en un momento en que se multiplican las especulaciones sobre posibles negociaciones y sobre el alcance de las garantías de seguridad futuras. En Berlín se insiste en que un alto el fuego sin un marco sólido podría generar una falsa sensación de seguridad y dejar abiertas nuevas amenazas en el flanco oriental de la OTAN.. La conferencia de este año también refleja una fragmentación más amplia del orden internacional. China estará representada al máximo nivel diplomático, mientras que Rusia mantiene su ausencia desde el inicio de la invasión de Ucrania. En paralelo, figuras de la oposición iraní y venezolana aprovecharán el escaparate de Múnich para denunciar la deriva autoritaria en sus países.. Pero, pese a la amplitud temática, el foco real sigue siendo la relación entre Europa y Estados Unidos. Muchos líderes europeos llegan a Baviera con la sensación de que el viejo consenso basado en valores compartidos ha sido sustituido por una lógica más transaccional, en la que cada compromiso se mide en términos de coste y beneficio inmediato. Múnich no resolverá esa brecha pero sí servirá para calibrar hasta qué punto la alianza atlántica atraviesa una crisis coyuntural o un cambio estructural. En los salones del Bayerischer Hof no solo se debatirá sobre presupuestos o estrategias militares. Se discutirá, en última instancia, si Occidente sigue siendo una comunidad política o se ha convertido en una suma de intereses divergentes obligados a convivir.
El foro, tradicionalmente concebido como el termómetro de la alianza occidental, se celebra este año bajo el impacto del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y de su voluntad explícita de revisar las reglas del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial
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