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  Internacional  España ante la fractura atlántica
Internacional

España ante la fractura atlántica

6 de marzo de 2026
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Existe en la historia diplomática un patrón recurrente que los tratadistas clásicos han descrito con precisión: el momento en que un Estado aliado, por cálculo doméstico o por error de apreciación, adopta una posición que lo sitúa simultáneamente fuera del consenso de su alianza y dentro del perímetro discursivo de los adversarios o incluso enemigos de la propia alianza.. El Gobierno español ha conseguido un resultado que ningún responsable de política exterior debería considerar aceptable: recibir el reconocimiento público del embajador de la República Islámica de Irán (nada menos que el presidente de la República Islámica) y de Hamás, mientras el presidente de Estados Unidos califica a España de «aliado terrible» delante del Canciller Federal de Alemania que lejos de defenderle abundó en su señalamiento como gobierno insolidario con la defensa común. El senador Lindsay Graham uno de los más cercanos a Trump y más influyentes del Partido Republicano, lo señala como «aberración» y «modelo de liderazgo patéticamente débil».. La decisión del Ejecutivo de vetar el uso de las bases de Rota y Morón en el marco de la ofensiva contra Irán no puede analizarse como un episodio aislado. Representa la culminación de una trayectoria de su política exterior, se presenta como una defensa del derecho internacional, pero el efecto objetivo es radicalmente distinto: proyecta ante Washington la imagen de un socio que, cuando el riesgo es real, se ampara en tecnicismos jurídicos y en declaraciones retóricas mientras se beneficia del paraguas norteamericano.. La fiabilidad no se mide en tiempos de calma, sino en momentos de crisis. Un aliado que condiciona su solidaridad a la ausencia de coste político doméstico deja de ser un aliado operativo para convertirse en un aliado-obstáculo, o peor aliado-adversario. La acusación de doble rasero, en el lenguaje de la política de alianzas resulta particularmente corrosiva: España se indigna ante Moscú, pero aparece complaciente ante Teherán y muy crítica con Estados Unidos.. El presidente Trump, ante el canciller alemán Friedrich Merz, en la Casa Blanca, se ha referido a España como «un aliado terrible» y «un socio terrible», ha anunciado su disposición a interrumpir «todo el comercio» y «todos los tratos comerciales» con España, añadiendo «no tiene nada que nosotros necesitemos», salvo «gente estupenda y un mal liderazgo».. Sería un error de primer orden circunscribir este fenómeno al universo ideológico del trumpismo. Las cuestiones de seguridad nacional, sus fuerzas armadas y la solidaridad de los aliados, es algo hondamente arraigado en la mentalidad de los estadounidenses. La contención de Irán y la seguridad de Israel no constituyen un debate partidista: configuran un consenso muy generalizado, cierto es que no unánime.. Demócratas moderados, independientes y un número significativo de legisladores que jamás respaldarían a Trump comparten una premisa axial: un aliado que se beneficia del paraguas militar norteamericano y se sustrae a sus obligaciones cuando las circunstancias exigen sacrificios reales, no merece la consideración de socio estratégico.. Frente a una ofensiva política y mediática de esta magnitud, la respuesta del Ministerio de Asuntos Exteriores ha revelado una desconcertante combinación de autosatisfacción y déficit de anticipación. El ministro Albares compareció ante la opinión pública invocando con solemnidad los artículos del convenio bilateral de cooperación en materia de defensa y asegurando categóricamente que «no habrá consecuencias» por la negativa a autorizar el uso de las bases. La realidad le desmintió de forma inmediata y contundente. La imprevisión exhibida sugiere una desconexión preocupante entre la acción diplomática y la evaluación estratégica.. La amenaza, a todas luces excesiva, de un «corte total» de relaciones comerciales, pertenece, naturalmente, al ámbito del maximalismo retórico. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que no es necesario alcanzar ese extremo para infligir daño significativo. Un tratamiento singularmente punitivo contra España, impulsado por motivación política desde la Casa Blanca, podría restar décimas al crecimiento económico, encarecer las exportaciones españolas y desviar flujos comerciales hacia competidores considerados más fiables.. En materia de inversión, el efecto es menos visible pero igualmente corrosivo. España constituye un destino relevante para el capital norteamericano y alberga, simultáneamente, intereses significativos de grandes empresas españolas en Estados Unidos. Nada será inmediato la erosión será gradual. La inversión de los EE UU representa nada menos que el 15% del total de la inversión directa extranjera en España.. El daño potencial en los ámbitos de defensa e inteligencia es posiblemente el más grave y el más duradero. España ha invertido décadas en construir una reputación de socio fiable, a pesar de que nuestro gasto en defensa sea substancialmente inferior al de la inmensa mayoría de nuestros aliados. El mensaje es terrible: cuando la solidaridad aliada exige asumir costes políticos, el gobierno actual escurre el bulto.. Las represalias en este ámbito no serán inmediatas ni espectaculares. Se manifestarán de manera más sutil y más dañina: restricción del flujo de inteligencia compartida, descenso en la prioridad de los despliegues conjuntos, exclusión progresiva de programas avanzados de defensa, mayor recelo en la cooperación antiterrorista y policial. En la gramática de las alianzas, el daño invisible es el más abrasivo y socava, esperemos que no sin remedio, los cimientos de la relación bilateral.. Estados Unidos es el primer emisor extracomunitario de turistas hacia España, con un perfil de gasto muy elevado y en expansión sostenida. No se requiere un boicot formal para que una campaña política prolongada que presente a España como «aliado ingrato» podría empujar a una significativa de los potenciales turistas norteamericanos a no visitarnos.. En el ámbito científico y tecnológico, donde un número considerable de convocatorias depende de agencias federales y de contratos vinculados al Pentágono o al Departamento de Energía, la percepción de España como socio insolidario, puede inclinar la balanza hacia otros países europeos.. En el plano simbólico, esta crisis constituye una amplificación exponencial del episodio protagonizado por el presidente Zapatero cuando permaneció sentado al paso de la bandera estadounidense. Lo que hoy enfrenta España es mucho más grave, un Gobierno que, en el contexto de un conflicto abierto con Irán, niega a su principal aliado el uso de infraestructuras críticas de defensa, siendo elogiado a continuación por Teherán, como en su día hiciera Hamás. Resulta difícil encontrar en geopolítica una combinación más disolvente.. A todo esto, el bochorno sin precedentes de negar en público lo que al parecer una parte del gobierno se habría comprometido a hacer en privado, pone de manifiesto, improvisación, descoordinación, incoherencia del mensaje, por no hablar de pura incompetencia. Todo esto, créanme, ha provocado un deterioro de nuestra imagen que tardaremos muchos años en reparar.

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Existe en la historia diplomática un patrón recurrente que los tratadistas clásicos han descrito con precisión: el momento en que un Estado aliado, por cálculo doméstico o por error de apreciación, adopta una posición que lo sitúa simultáneamente fuera del consenso de su alianza y dentro del perímetro discursivo de los adversarios o incluso enemigos de la propia alianza.. El Gobierno español ha conseguido un resultado que ningún responsable de política exterior debería considerar aceptable: recibir el reconocimiento público del embajador de la República Islámica de Irán (nada menos que el presidente de la República Islámica) y de Hamás, mientras el presidente de Estados Unidos califica a España de «aliado terrible» delante del Canciller Federal de Alemania que lejos de defenderle abundó en su señalamiento como gobierno insolidario con la defensa común. El senador Lindsay Graham uno de los más cercanos a Trump y más influyentes del Partido Republicano, lo señala como «aberración» y «modelo de liderazgo patéticamente débil».. La decisión del Ejecutivo de vetar el uso de las bases de Rota y Morón en el marco de la ofensiva contra Irán no puede analizarse como un episodio aislado. Representa la culminación de una trayectoria de su política exterior, se presenta como una defensa del derecho internacional, pero el efecto objetivo es radicalmente distinto: proyecta ante Washington la imagen de un socio que, cuando el riesgo es real, se ampara en tecnicismos jurídicos y en declaraciones retóricas mientras se beneficia del paraguas norteamericano.. La fiabilidad no se mide en tiempos de calma, sino en momentos de crisis. Un aliado que condiciona su solidaridad a la ausencia de coste político doméstico deja de ser un aliado operativo para convertirse en un aliado-obstáculo, o peor aliado-adversario. La acusación de doble rasero, en el lenguaje de la política de alianzas resulta particularmente corrosiva: España se indigna ante Moscú, pero aparece complaciente ante Teherán y muy crítica con Estados Unidos.. El presidente Trump, ante el canciller alemán Friedrich Merz, en la Casa Blanca, se ha referido a España como «un aliado terrible» y «un socio terrible», ha anunciado su disposición a interrumpir «todo el comercio» y «todos los tratos comerciales» con España, añadiendo «no tiene nada que nosotros necesitemos», salvo «gente estupenda y un mal liderazgo».. Sería un error de primer orden circunscribir este fenómeno al universo ideológico del trumpismo. Las cuestiones de seguridad nacional, sus fuerzas armadas y la solidaridad de los aliados, es algo hondamente arraigado en la mentalidad de los estadounidenses. La contención de Irán y la seguridad de Israel no constituyen un debate partidista: configuran un consenso muy generalizado, cierto es que no unánime.. Demócratas moderados, independientes y un número significativo de legisladores que jamás respaldarían a Trump comparten una premisa axial: un aliado que se beneficia del paraguas militar norteamericano y se sustrae a sus obligaciones cuando las circunstancias exigen sacrificios reales, no merece la consideración de socio estratégico.. Frente a una ofensiva política y mediática de esta magnitud, la respuesta del Ministerio de Asuntos Exteriores ha revelado una desconcertante combinación de autosatisfacción y déficit de anticipación. El ministro Albares compareció ante la opinión pública invocando con solemnidad los artículos del convenio bilateral de cooperación en materia de defensa y asegurando categóricamente que «no habrá consecuencias» por la negativa a autorizar el uso de las bases. La realidad le desmintió de forma inmediata y contundente. La imprevisión exhibida sugiere una desconexión preocupante entre la acción diplomática y la evaluación estratégica.. Las consecuencias. La amenaza, a todas luces excesiva, de un «corte total» de relaciones comerciales, pertenece, naturalmente, al ámbito del maximalismo retórico. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que no es necesario alcanzar ese extremo para infligir daño significativo. Un tratamiento singularmente punitivo contra España, impulsado por motivación política desde la Casa Blanca, podría restar décimas al crecimiento económico, encarecer las exportaciones españolas y desviar flujos comerciales hacia competidores considerados más fiables.. En materia de inversión, el efecto es menos visible pero igualmente corrosivo. España constituye un destino relevante para el capital norteamericano y alberga, simultáneamente, intereses significativos de grandes empresas españolas en Estados Unidos. Nada será inmediato la erosión será gradual. La inversión de los EE UU representa nada menos que el 15% del total de la inversión directa extranjera en España.. El daño potencial en los ámbitos de defensa e inteligencia es posiblemente el más grave y el más duradero. España ha invertido décadas en construir una reputación de socio fiable, a pesar de que nuestro gasto en defensa sea substancialmente inferior al de la inmensa mayoría de nuestros aliados. El mensaje es terrible: cuando la solidaridad aliada exige asumir costes políticos, el gobierno actual escurre el bulto.. Las represalias en este ámbito no serán inmediatas ni espectaculares. Se manifestarán de manera más sutil y más dañina: restricción del flujo de inteligencia compartida, descenso en la prioridad de los despliegues conjuntos, exclusión progresiva de programas avanzados de defensa, mayor recelo en la cooperación antiterrorista y policial. En la gramática de las alianzas, el daño invisible es el más abrasivo y socava, esperemos que no sin remedio, los cimientos de la relación bilateral.. Estados Unidos es el primer emisor extracomunitario de turistas hacia España, con un perfil de gasto muy elevado y en expansión sostenida. No se requiere un boicot formal para que una campaña política prolongada que presente a España como «aliado ingrato» podría empujar a una significativa de los potenciales turistas norteamericanos a no visitarnos.. En el ámbito científico y tecnológico, donde un número considerable de convocatorias depende de agencias federales y de contratos vinculados al Pentágono o al Departamento de Energía, la percepción de España como socio insolidario, puede inclinar la balanza hacia otros países europeos.. En el plano simbólico, esta crisis constituye una amplificación exponencial del episodio protagonizado por el presidente Zapatero cuando permaneció sentado al paso de la bandera estadounidense. Lo que hoy enfrenta España es mucho más grave, un Gobierno que, en el contexto de un conflicto abierto con Irán, niega a su principal aliado el uso de infraestructuras críticas de defensa, siendo elogiado a continuación por Teherán, como en su día hiciera Hamás. Resulta difícil encontrar en geopolítica una combinación más disolvente.. A todo esto, el bochorno sin precedentes de negar en público lo que al parecer una parte del gobierno se habría comprometido a hacer en privado, pone de manifiesto, improvisación, descoordinación, incoherencia del mensaje, por no hablar de pura incompetencia. Todo esto, créanme, ha provocado un deterioro de nuestra imagen que tardaremos muchos años en reparar.

 

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