Morante ha vuelto loco a todo el mundo. Y no es una hipérbole periodística. Es un hecho. Ha descolocado a la afición, ha partido Madrid en dos, ha hecho temblar Sevilla y ha puesto en vilo a una generación entera que se ha asomado al toreo como quien descubre algo prohibido, bello y peligroso a la vez. La locura de Morante no es solo la suya. Es la que provoca.. Hace más de veinte años que arrastra una enfermedad mental que le ha colocado demasiadas veces en el disparadero. Una lucha íntima, silenciosa, devastadora, que ha convivido con el genio creador y con el precio de una sensibilidad extrema. Lo extraordinario —lo casi incomprensible— es que en la pasada campaña, cuando todo parecía conducir al repliegue, Morante alcanzó el éxtasis. En los ruedos y en la gente. No solo toreó como nunca: conquistó definitivamente al público. También al joven. Especialmente al joven.. Lo de Madrid fue un punto y aparte. Un desenlace que rompió la plaza y a la afición. Y cuando se supo que Morante se iba, que paraba, que se apartaba otra vez, la locura ya no estuvo solo en el ruedo. Se desató fuera. Rumores, conjeturas, silencios interpretados, palabras medidas. Desde entonces, todo es especulación.. En paralelo, Sevilla vive su propio temblor. Con la llegada de José María Garzón al frente de la Maestranza, el sueño, otro que Morante vuelva a la temporada en la plaza del Baratillo. La suya. Aunque no siempre lo fue. Torero de Sevilla, sí. Pero a Morante le costó la vida —literal y metafóricamente— entrar en el corazón sevillano. Se fue en Madrid. Ironías del toreo.. Hoy Sevilla mira a Portugal. Allí pasa Morante largas temporadas junto a su apoderado, Pedro Marques. Allí recompone, ordena, resiste. Se dice que podría volver para irse. Definitivamente. No lo creo. Se dice, se cuenta. Pero Morante nunca ha respondido a las reglas del relato ajeno.. Tal vez necesite tiempo. Tal vez lo veamos en Sevilla y entonces la locura será total: una revolución de entradas, de expectativas, de fe. Tal vez Ronda. Tal vez no. Solo su cabeza conoce las normas de una mente sufriente y desgarrada que ha hecho del toreo un acto de honor, de belleza y de supervivencia.. Esa es la locura de Morante. Y también la nuestra.
Son muchos los rumores sobre el futuro del torero de La Puebla para este 2026 que acaba de empezar
Morante ha vuelto loco a todo el mundo. Y no es una hipérbole periodística. Es un hecho. Ha descolocado a la afición, ha partido Madrid en dos, ha hecho temblar Sevilla y ha puesto en vilo a una generación entera que se ha asomado al toreo como quien descubre algo prohibido, bello y peligroso a la vez. La locura de Morante no es solo la suya. Es la que provoca.. Hace más de veinte años que arrastra una enfermedad mental que le ha colocado demasiadas veces en el disparadero. Una lucha íntima, silenciosa, devastadora, que ha convivido con el genio creador y con el precio de una sensibilidad extrema. Lo extraordinario —lo casi incomprensible— es que en la pasada campaña, cuando todo parecía conducir al repliegue, Morante alcanzó el éxtasis. En los ruedos y en la gente. No solo toreó como nunca: conquistó definitivamente al público. También al joven. Especialmente al joven.. Lo de Madrid fue un punto y aparte. Un desenlace que rompió la plaza y a la afición. Y cuando se supo que Morante se iba, que paraba, que se apartaba otra vez, la locura ya no estuvo solo en el ruedo. Se desató fuera. Rumores, conjeturas, silencios interpretados, palabras medidas. Desde entonces, todo es especulación.. En paralelo, Sevilla vive su propio temblor. Con la llegada de José María Garzón al frente de la Maestranza, el sueño, otro que Morante vuelva a la temporada en la plaza del Baratillo. La suya. Aunque no siempre lo fue. Torero de Sevilla, sí. Pero a Morante le costó la vida —literal y metafóricamente— entrar en el corazón sevillano. Se fue en Madrid. Ironías del toreo.. Hoy Sevilla mira a Portugal. Allí pasa Morante largas temporadas junto a su apoderado, Pedro Marques. Allí recompone, ordena, resiste. Se dice que podría volver para irse. Definitivamente. No lo creo. Se dice, se cuenta. Pero Morante nunca ha respondido a las reglas del relato ajeno.. Tal vez necesite tiempo. Tal vez lo veamos en Sevilla y entonces la locura será total: una revolución de entradas, de expectativas, de fe. Tal vez Ronda. Tal vez no. Solo su cabeza conoce las normas de una mente sufriente y desgarrada que ha hecho del toreo un acto de honor, de belleza y de supervivencia.. Esa es la locura de Morante. Y también la nuestra.
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