No, no se supera la muerte de un hijo. Creo que se aprende, con el tiempo, a no morirse con él. En definitiva no es solo que falte una persona: falta el futuro que estaba escrito alrededor de ese niño. Sí, faltan las preguntas que no hará, las discusiones que no llegarán y las versiones de sí misma que esa madre nunca podrá ser. La pérdida no es puntual, es expansiva. Se extiende hacia atrás, cambiando los recuerdos, y hacia adelante, borrando lo que parecía seguro.. Lo que está claro es que una madre no “acepta” la muerte de su hijo. Aceptar implicaría estar de acuerdo, y nadie está de acuerdo con lo inadmisible. Lo que hace es convivir con una realidad que no eligió…. Se levanta cada día en un mundo que no reconoce del todo. Y mientras por dentro sigue ocurriendo el mismo derrumbe. Siempre he pensado que el duelo no es tristeza constante; más bien es inestabilidad. Es poder reír por la mañana y no poder respirar por la noche. Es sentirse culpable por estar cansada de llorar y culpable también por no llorar. Es amar a los que están y, al mismo tiempo, sentir que una parte del amor quedó detenida en el tiempo, sin destinatario posible.. Y sin embargo, el amor no se va. Cambia de forma. Se vuelve recuerdo, se vuelve conversación silenciosa, se vuelve una presencia que acompaña incluso cuando duele. Hay madres que siguen hablando con sus hijos, que les cuentan lo que pasó en el día, que les piden fuerzas. No es negación: es vínculo. Es la manera que encuentra el amor de seguir existiendo cuando el cuerpo ya no está.. Con los años (si es que los años ayudan en algo) no desaparece la herida, pero deja de sangrar todo el tiempo. Se puede decir el nombre sin romperse en cada sílaba. Se puede mirar una foto sin que el aire se acabe. No porque duela menos, sino porque el cuerpo aprende, lentamente, a sostener lo que antes lo desbordaba.. Eso es lo más parecido a “salir adelante”. No es volver a ser quien se era, porque esa mujer ya no existe. Es convertirse en otra: más frágil, más consciente, a veces más dura, a veces más compasiva. Una mujer que sabe que la felicidad no es un estado permanente, sino momentos breves, y que aun así aprende a tomarlos sin culpa, como pequeños actos de resistencia.. La sociedad habla de cerrar ciclos. Las madres que han perdido a un hijo saben que hay ciclos que no se cierran, se integran. El hijo no queda atrás: camina con ella. En su forma de amar, en sus miedos, en su manera de mirar el mundo. No es una sombra: es una parte de su identidad.. Por eso no se trata de superar.. Se trata de seguir amando en ausencia.. De seguir viviendo con un hueco que no se llena, pero que se vuelve habitable.. De construir una vida que no niegue la pérdida, sino que la incluya.. Y si hay algún sentido posible en medio de tanto dolor, no está en la explicación ni en la resignación. Está en la memoria. En decir el nombre. En afirmar, una y otra vez, que ese niño existió, fue amado, dejó una marca imposible de borrar.. Porque mientras una madre recuerde a su hijo, mientras lo lleve en la forma en que respira y en las decisiones que toma, la muerte no tiene la última palabra.. El amor la contradice todos los días.
«Siempre he pensado que el duelo no es tristeza constante; más bien es inestabilidad»
No, no se supera la muerte de un hijo. Creo que se aprende, con el tiempo, a no morirse con él. En definitiva no es solo que falte una persona: falta el futuro que estaba escrito alrededor de ese niño. Sí, faltan las preguntas que no hará, las discusiones que no llegarán y las versiones de sí misma que esa madre nunca podrá ser. La pérdida no es puntual, es expansiva. Se extiende hacia atrás, cambiando los recuerdos, y hacia adelante, borrando lo que parecía seguro.. Lo que está claro es que una madre no “acepta” la muerte de su hijo. Aceptar implicaría estar de acuerdo, y nadie está de acuerdo con lo inadmisible. Lo que hace es convivir con una realidad que no eligió…. Se levanta cada día en un mundo que no reconoce del todo. Y mientras por dentro sigue ocurriendo el mismo derrumbe. Siempre he pensado que el duelo no es tristeza constante; más bien es inestabilidad. Es poder reír por la mañana y no poder respirar por la noche. Es sentirse culpable por estar cansada de llorar y culpable también por no llorar. Es amar a los que están y, al mismo tiempo, sentir que una parte del amor quedó detenida en el tiempo, sin destinatario posible.. Y sin embargo, el amor no se va. Cambia de forma. Se vuelve recuerdo, se vuelve conversación silenciosa, se vuelve una presencia que acompaña incluso cuando duele. Hay madres que siguen hablando con sus hijos, que les cuentan lo que pasó en el día, que les piden fuerzas. No es negación: es vínculo. Es la manera que encuentra el amor de seguir existiendo cuando el cuerpo ya no está.. Con los años (si es que los años ayudan en algo) no desaparece la herida, pero deja de sangrar todo el tiempo. Se puede decir el nombre sin romperse en cada sílaba. Se puede mirar una foto sin que el aire se acabe. No porque duela menos, sino porque el cuerpo aprende, lentamente, a sostener lo que antes lo desbordaba.. Eso es lo más parecido a “salir adelante”. No es volver a ser quien se era, porque esa mujer ya no existe. Es convertirse en otra: más frágil, más consciente, a veces más dura, a veces más compasiva. Una mujer que sabe que la felicidad no es un estado permanente, sino momentos breves, y que aun así aprende a tomarlos sin culpa, como pequeños actos de resistencia.. La sociedad habla de cerrar ciclos. Las madres que han perdido a un hijo saben que hay ciclos que no se cierran, se integran. El hijo no queda atrás: camina con ella. En su forma de amar, en sus miedos, en su manera de mirar el mundo. No es una sombra: es una parte de su identidad.. Por eso no se trata de superar.. Se trata de seguir amando en ausencia.. De seguir viviendo con un hueco que no se llena, pero que se vuelve habitable.. De construir una vida que no niegue la pérdida, sino que la incluya.. Y si hay algún sentido posible en medio de tanto dolor, no está en la explicación ni en la resignación. Está en la memoria. En decir el nombre. En afirmar, una y otra vez, que ese niño existió, fue amado, dejó una marca imposible de borrar.. Porque mientras una madre recuerde a su hijo, mientras lo lleve en la forma en que respira y en las decisiones que toma, la muerte no tiene la última palabra.. El amor la contradice todos los días.
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