En su enjuto y sustancioso ciclo sinfónico, alejada episódicamente del foso del Teatro Real, su hábitat habitual, esta Orquesta madrileña ha programado la monumental Sinfonía nº 8 de Anton Bruckner. Obra exigente, sombría, meditativa y heroica. Un adelanto del expresionismo en ciernes (aunque más lo sería la Novena del mismo autor). Su escucha no es fácil. Para degustarla se precisa, más que un estudio analítico y formal, una colaboración activa.. La Octava es partitura de impresionantes dimensiones, probablemente la más extensa sinfonía puramente instrumental nunca escrita, como se ha dicho más de una vez. “Coronación sinfónica del siglo XIX”, supone la inmersión de Bruckner en territorios desconocidos, en paisajes misteriosos y sobrecogedores que otorgan a la composición un tono primigenio, una expresión entre petrificada y lacerante –así la describe Martinotti- que nos hace enfrentarnos –como lo intentó el propio autor- con zonas de sombra, con pavorosos paisajes, y nos empuja a sumergirnos en un mundo recóndito y desconocido.. No está de más releer estas palabras del director Bruno Walter, discípulo de Mahler –que lo era a su vez de Bruckner-, que tardó años en entrar en esta música, de comprenderla: “Encontré en el contenido melódico, en el edificio dominante, en el mundo de los sentidos de las sinfonías, el alma pía e infantil de su creador. No soy capaz de enunciar qué importancia desde entonces ganó la obra de Bruckner en mi vida, en qué medida había aumentado siempre mi admiración hacia la belleza y hacia el poder sinfónico de su música, en qué fuente de sublimación, siempre fluyendo ricamente, se convirtió para mí”.. Todo ello plantea exigencias innegables a la hora de interpretar la composición. Gimeno afrontó la prueba con decisión y forjó un meritorio acercamiento. Su ágil batuta, elástica y clara en el dibujo y en la medida, orientó bien a los instrumentistas desde un comienzo bien pautado y una directa cantabilità en la exposición del rumoroso primer tema. En las grandes peroraciones posteriores nos pareció que no se consiguió el deseado empaste, la limpieza de líneas. Sonoridades agrestes a falta de una elaboración más refinada. Aunque hay que reconocer que no faltó la deseada conjunción y que el primer gran crescendo fue construido compás a compás. En la coda faltó una más detallada elaboración, una planificación más limpia. Bien marcado rítmicamente el Scherzo, un poco a las bravas, aunque de manera eficaz manejando el juguetón tema que el compositor llamaba del “travieso Miguelito.. El director enfocó con cautela el gigantesco Adagio (Lento, con solemnidad, pero sin arrastrar), centro neurálgico de la Sinfonía, “un amplio diario de soledad y de pasión, de resignación y esperanza”, en palabras del musicólogo Martinotti. Un gran lied-sonata dividido en tres secciones y una coda con dos grupos de temas como base del material melódico presidido por ese crucial y básico cinquillo enunciado al comienzo y que se constituye en el nervio central del movimiento. Al gran crescendo sobre esa figura le faltó una más medida progresión antes del estallido. Las tres arpas quedaron demasiado en segundo plano.. El Finale. Feierlich, nicht schnell (Solemne, no rápido), inaugurado con ese tremebundo arranque, alusivo según el compositor, al encuentro en Olomouc del emperador Francisco José (dedicatario de la composición) y el zar de Rusia, estuvo bien medido dentro de la agresividad tímbrica de la versión. La cuerda quedó más de una vez demasiado oscurecida. Y así fue también en la gigantesca coda, en la que se dan cita los cuatro temas principales de la composición en un pasaje de enorme complejidad, y que no terminó de quedar del todo clarificada. En la concepción de Gimeno, que muestra un buen sentido de la progresión, vemos buenas ideas a falta de una mejor concreción; y quizá una más extensa labor de ensayos. La Sinfónica de Madrid puede mejorar su prestación.
Bruckner. Octava Sinfonía . Orquesta Sinfónica de Madrid. Director: Gustavo Gimeno. Madrid, Auditorio Nacional, 27 de marzo de 2026
En su enjuto y sustancioso ciclo sinfónico, alejada episódicamente del foso del Teatro Real, su hábitat habitual, esta Orquesta madrileña ha programado la monumental Sinfonía nº 8 de Anton Bruckner. Obra exigente, sombría, meditativa y heroica. Un adelanto del expresionismo en ciernes (aunque más lo sería la Novena del mismo autor). Su escucha no es fácil. Para degustarla se precisa, más que un estudio analítico y formal, una colaboración activa.. La Octava es partitura de impresionantes dimensiones, probablemente la más extensa sinfonía puramente instrumental nunca escrita, como se ha dicho más de una vez. “Coronación sinfónica del siglo XIX”, supone la inmersión de Bruckner en territorios desconocidos, en paisajes misteriosos y sobrecogedores que otorgan a la composición un tono primigenio, una expresión entre petrificada y lacerante –así la describe Martinotti- que nos hace enfrentarnos –como lo intentó el propio autor- con zonas de sombra, con pavorosos paisajes, y nos empuja a sumergirnos en un mundo recóndito y desconocido.. No está de más releer estas palabras del director Bruno Walter, discípulo de Mahler –que lo era a su vez de Bruckner-, que tardó años en entrar en esta música, de comprenderla: “Encontré en el contenido melódico, en el edificio dominante, en el mundo de los sentidos de las sinfonías, el alma pía e infantil de su creador. No soy capaz de enunciar qué importancia desde entonces ganó la obra de Bruckner en mi vida, en qué medida había aumentado siempre mi admiración hacia la belleza y hacia el poder sinfónico de su música, en qué fuente de sublimación, siempre fluyendo ricamente, se convirtió para mí”.. Todo ello plantea exigencias innegables a la hora de interpretar la composición. Gimeno afrontó la prueba con decisión y forjó un meritorio acercamiento. Su ágil batuta, elástica y clara en el dibujo y en la medida, orientó bien a los instrumentistas desde un comienzo bien pautado y una directa cantabilità en la exposición del rumoroso primer tema. En las grandes peroraciones posteriores nos pareció que no se consiguió el deseado empaste, la limpieza de líneas. Sonoridades agrestes a falta de una elaboración más refinada. Aunque hay que reconocer que no faltó la deseada conjunción y que el primer gran crescendo fue construido compás a compás. En la coda faltó una más detallada elaboración, una planificación más limpia. Bien marcado rítmicamente el Scherzo, un poco a las bravas, aunque de manera eficaz manejando el juguetón tema que el compositor llamaba del “travieso Miguelito.. El director enfocó con cautela el gigantesco Adagio (Lento, con solemnidad, pero sin arrastrar), centro neurálgico de la Sinfonía, “un amplio diario de soledad y de pasión, de resignación y esperanza”, en palabras del musicólogo Martinotti. Un gran lied-sonata dividido en tres secciones y una coda con dos grupos de temas como base del material melódico presidido por ese crucial y básico cinquillo enunciado al comienzo y que se constituye en el nervio central del movimiento. Al gran crescendo sobre esa figura le faltó una más medida progresión antes del estallido. Las tres arpas quedaron demasiado en segundo plano.. El Finale. Feierlich, nicht schnell (Solemne, no rápido), inaugurado con ese tremebundo arranque, alusivo según el compositor, al encuentro en Olomouc del emperador Francisco José (dedicatario de la composición) y el zar de Rusia, estuvo bien medido dentro de la agresividad tímbrica de la versión. La cuerda quedó más de una vez demasiado oscurecida. Y así fue también en la gigantesca coda, en la que se dan cita los cuatro temas principales de la composición en un pasaje de enorme complejidad, y que no terminó de quedar del todo clarificada. En la concepción de Gimeno, que muestra un buen sentido de la progresión, vemos buenas ideas a falta de una mejor concreción; y quizá una más extensa labor de ensayos. La Sinfónica de Madrid puede mejorar su prestación.
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